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Dejad de fomentar la cultura de la atropellación
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'Trinchera cultural'

Dejad de fomentar la cultura de la atropellación

¿Iba bebida la víctima? ¿Fue un despiste? Estas son preguntas malsanas que solo un monstruo podría hacer. Carlos es una víctima de un atropello unilateral

Foto: La secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez. (EFE/Sergio Pérez)
La secretaria de Estado de Igualdad, Ángela Rodríguez. (EFE/Sergio Pérez)

Llegan las fechas navideñas y otra vez, otra maldita y deprimente vez, aparecen esas infames campañas de la DGT financiadas con dinero público. Las campañas de la DGT son un cáncer que fomenta la cultura de la atropellación. Nos dicen que tengamos cuidado al cruzar la calle, que miremos a los lados, que vayamos por el paso de peatones y así, sibilinamente, es como criminalizan a las víctimas de los atropellos de tráfico para espanto de las personas decentes.

Mirad a Carlos, es este hombre de aquí, en silla de ruedas. ¿Su columna vertebral "se partió"? No, se la partieron. ¿Y quién fue? Un conductor que se saltó el semáforo. ¿Iba bebida la víctima? ¿Fue un despiste? ¿No miró por dónde iba? Estas son preguntas malsanas que solo un monstruo podría hacer. Carlos es una víctima de un atropello unilateral, y el que se saltó el semáforo es el único responsable de su desgracia. Cualquier otro enfoque que surja es promover la cultura de la atropellación.

Foto: Irene Montero en la sesión de control de este miércoles en el Congreso. (EFE/J. C. Hidalgo)

La cultura de la atropellación rige en una sociedad donde las personas son arrolladas por los conductores locos y además se las ofende, revictimiza e insulta, tanto con preguntas del entorno familiar y social, como desde las instituciones. El corolario o síntoma más patente son campañas que de forma insensible tratan al inocente como a un sospechoso de "habérselo buscado". Al poner el foco en las víctimas de los atropellos y sus circunstancias, lo que se hace es perpetuar modelos de atropellación.

Pedir prudencia a la gente de bien es una falta de sensibilidad. Y, por desgracia, pasa lo mismo en otros ámbitos, como con la cultura de la robación: cada vez que me siento en la estación del AVE, suena por megafonía un anuncio que dice que tenga vigiladas mis pertenencias en todo momento. ¡Pero bueno! Dado que hay robos, la megafonía de la estación debería decir todo el rato "¡no robéis, no hurtéis, respetad la propiedad privada, no seáis amigos de lo ajeno!". Yo tengo todo mi derecho a no tomar ninguna precaución nunca y vivir siempre en seguridad.

Foto: Irene Montero, apoyada por Belarra (i) y Vall (d), en el acto de hoy en Madrid. (EFE/Borja Sánchez Trillo)

Los responsables del hurto son los ladrones y los responsables de los mal llamados "accidentes de tráfico" (el lenguaje ya es criminalizador de las víctimas) son los conductores agresivos, enloquecidos y malvados. Personas torcidas, productos de la socialización en una cultura que se construye en torno a la velocidad heteronormativa e idolatra productos que fomentan los atropellamientos, como Mad Max Fury Road y Fast & Furious (películas que deberían ser prohibidas porque galvanizan malos modelos de conducta y conducción).

Por desgracia, tanto en un caso como en el otro, tanto en la cultura de la accidentación y la cultura de la robación, se están implantando visiones que luego se traducen incluso en los palacios de justicia. Allí, donde las víctimas debieran ser escuchadas, arropadas y simplemente creídas en todo momento, dado que son víctimas, se consiga probar o no el delito, ¿qué vemos? Pues preguntas insidiosas de jueces que no se han formado en la necesaria perspectiva de accidentación y robación. Preguntas que no deberían hacerse jamás y bajo ninguna circunstancia.

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La narrativa debe ser cambiada de raíz. En caso de que haya un responsable del daño, hay que atender solo el hecho final y no prestar atención a la cadena de acontecimientos. Esta es la forma más analítica y racional de luchar contra el crimen. La lupa en el agresor, jamás en la víctima. Las circunstancias, contextos o porciones dudosas del relato deben ser erradicadas. Para algo tenemos ideología, señores.

Podría seguir enumerando ejemplos para demostrar lo mal que se hacen las cosas. Pero todo se resume en esto: hay que parar de pedir a la gente en todos los casos que se cuide de cualquier forma y poner siempre el foco, únicamente, en los que atacan, hurtan, asesinan, apalean y yo qué sé cuántas otras conductas execrables más. Y llenarlo todo de carteles y anuncios de televisión que animen a la gente a educar correctamente a sus hijos para que no hagan cosas malas, y punto.

Esta es la única forma de erradicar las lacras de la sociedad y cualquier otra cosa que se haga no solo es equivocada, sino que es colocar a las víctimas, potenciales o verificadas, en una picota cultural permanente. Por cierto, para solucionarlo todo hay que contratarme a mí, y detener a quien discuta cualquiera de mis puntos de vista.

Llegan las fechas navideñas y otra vez, otra maldita y deprimente vez, aparecen esas infames campañas de la DGT financiadas con dinero público. Las campañas de la DGT son un cáncer que fomenta la cultura de la atropellación. Nos dicen que tengamos cuidado al cruzar la calle, que miremos a los lados, que vayamos por el paso de peatones y así, sibilinamente, es como criminalizan a las víctimas de los atropellos de tráfico para espanto de las personas decentes.

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