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La vida desaforada de Rocío Quillahuaman: de inmigrante pobre a estrella 'millennial' de 'Forbes'
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La vida desaforada de Rocío Quillahuaman: de inmigrante pobre a estrella 'millennial' de 'Forbes'

La ilustradora acaba de publicar 'Marrón', unas memorias en las que cuenta, con mucha ironía y mala leche, su aterrizaje en España y los conflictos con su identidad latina

Foto: Rocío Quillahuaman utiliza una foto de su infancia, vestida de traje tradicional, en la portada de 'Marrón', donde cuenta cómo nada más llegar a Madrid destriparon a su peluche en busca de cocaína. (Blackie Books)
Rocío Quillahuaman utiliza una foto de su infancia, vestida de traje tradicional, en la portada de 'Marrón', donde cuenta cómo nada más llegar a Madrid destriparon a su peluche en busca de cocaína. (Blackie Books)

A Rocío Quillahuaman España la recibió con los brazos abiertos. Tenía diez años y, en el aeropuerto, un policía cogió al peluche de Winnie The Pooh que traía en brazos y lo rajó desde la ingle hasta la nuez -si los peluches tuvieran tal cosa-, metió la mano en las vísceras de algodón en busca de supuestos fardos de cocaína y, al no encontrar nada, le devolvió el cadáver de fieltro eviscerado sin más disculpas que "¡Siguiente!". De aquella entrada triunfal han pasado diecisiete años, cientos de formularios a rellenar y muchas mudanzas, y Quillahuaman se ha convertido en una animadora de referencia para la generación Z con sus dibujos de trazo agresivo y sus personajes gritones, urbanitas y cabreados con el mundo y su crítica al hipsterismo y su humor negro y neurótico, que la han llevado a que Forbes la eligiese entre los cien españoles más creativos del mundo.

Quillahuaman estudió Comunicación Audiovisual en Barcelona, ha trabajado creando vídeos para Yorokobu y Amazon Prime. Y en Instagram cuenta con más de 181.000 seguidores. Ahora publica Marrón (Blackie Books, 2022), su primer libro de memorias y su primer libro, a secas. En él, con mucho sentido del humor y mucho corazón -y un poco de rabia-, cuenta cómo pasó su infancia en el distrito limeño de San Juan de Miraflores en una casita construida poco a poco por su propia madre. Calles sin asfaltar, bandas callejeras, edificios sin acabar: el mismo paisaje arenoso que podemos encontrar en un país de Oriente Medio en guerra. Sólo que en Perú, en teoría, no hay guerra. Ahora visita su calle desde la seguridad del Google Maps. Y se le encoge el estómago. Cuenta que, durante la gira de presentación de sus memorias en Perú, una niña se le acercó y le preguntó: "¿Crees que si te hubieses quedado aquí hubieses llegado tan lejos?". Quillahuaman no pudo contestarla; no quería mentirle.

"Marrón". "Color puerta". "Color chaufa". El olor de la piel como objeto de mofa. "En Perú son términos que utilizan para hablar de gente como yo de forma despectiva. Color chaufa, viene de un plato típico de la comida peruana que se cocina con soja y es de color marrón. En España no se usa marrón de manera despectiva, pero cuando leí el artículo de Gabriela Wiener en The New York Times sobre el Orgullo marrón, fue cuando me di cuenta de que no estaba sola en esta experiencia y que necesitaba reapropiarme de esa palabra, marrón, para despojarla de ese sentido despectivo y simplemente como una definición de mi identidad, porque, al final, es lo que soy".

Gracias a la reagrupación familiar y tras un intenso papeleo, Quillahuaman, su madre y una de sus hermanas se mudaron a Barcelona. Su padre y otra de sus hermanas ya residían en España. El primer año todos sus amigos fueron ecuatorianos, colombianos, chilenos, peruanos y uruguayos. Pero en el instituto decían que "varios miembros de bandas latinas habían estudiado o estudiaban allí y organizaban peleasen el parque; era algo que corría de boca en boca, pero si preguntabas nadie sabía contarte un hecho concreto, sólo rumores". "Fue la primera vez que fui consciente de que ser latino era sinónimo de problemas", escribe Quillahuaman en Marrón. "Mi madre se había enterado también y estaba muy preocupada. Si hubiera podido, me habría matriculado en un instituto concertado en el barrio del Eixample, donde estudiaban los niños a los que cuidaba en su trabajo, pero no se lo podía permitir. Así que sólo le quedaba decirme que fuera con mucho cuidado con los latinos".

placeholder Rocío Quillahuaman en una foto promocional. (Blackie Books)
Rocío Quillahuaman en una foto promocional. (Blackie Books)

Este conflicto identitario es el hilo conductor de Marrón, donde Quillahuaman incide en las contradicciones de una búsqueda de arraigo, mientras ni unos ni otros te sienten como propio. "El gran tema del libro es ese sentirme desencajada en un lugar y en otro", explica la autora al otro lado del teléfono, recién llegada de la gira que la ha llevado de vuelta a su tierra natal. "Cómo, cuando estoy con mis amigas de aquí, hablo de una forma y de unos temas muy concretos -por ejemplo cuando hablo en el libro de los traumas infantiles; los suyos no son los mismos que los míos y si yo los contase les cortaría totalmente el rollo- y, luego, llego a casa y es Perú: comemos siempre comida peruana y hablamos la jerga de allá. Cuando vienes de niña intentas adaptarte a las dos partes porque, si no lo haces, te arrastra la culpa y la vergüenza. Esa confusión y esas dudas sobre la identidad propia te hacen sentir muy sola, porque no llegas a formar parte de ninguna de las dos realidades. Yo recuerdo ya de pequeña estar agotada con estas dos identidades".

Es más, durante la escritura de Marrón, la autora no sólo ha reflexionado sobre el racismo al que se enfrentó al llegar a España, sino que se ha dado cuenta del racismo que ha llegado a sentir hacia sí misma. "En el proceso descubrí cosas sobre el racismo, pero no sólo desde fuera, sino también desde dentro. Me di cuenta de que tenía un racismo interiorizado contra mí misma, que me hacía odiarme a mí misma por ser como soy. El camino para aceptar mi identidad ha sido bastante duro". Hasta el punto de querer rasparse la piel para quitarse las manchas oscuras de los codos o las rodillas, como cuenta en uno de los capítulos.

Hasta los años 2000, la cifra de inmigrantes era residual en los gráficos demográficos españoles. Ha sido en estos últimos veinte años cuando el país ha experimentado esta nueva realidad en las calles de sus ciudades. ¿Cómo siente Quillahuaman que hemos cambiado en este sentido desde que ella llegó a mediados de los 2000? "Menos racista seguro que no es", se ríe. "Ahora, con el auge de Vox, España se siente más racista. Ahora están desatados y yo siento miedo. Yo sé que tengo un color de piel que es más reconocible. Me pasa cuando voy en el metro y entra en el vagón un grupo de nazis que yo sé que son nazis porque ellos quieren que todo el mundo sepa que son nazis. Yo estoy aterrorizada. No me escondo. No quiero convertirme en uno de esos vídeos que se viralizan en los que le dan una patada a una viajera delante de todo el mundo. Y eso es terrorífico. Yo lo siento más fuerte, pero entiendo que siempre ha estado ahí. Soy bastante pesimista, pero con mi libro, que pensé que sólo les interesaría a personas migrantes, he visto que hay gente blanca que lo está leyendo y que están comprendiendo otras realidades y que entienden cosas de sus amigos migrantes".

Quillahuaman es una de esas personas que te cruzas por internet, que sale de esa ola de artistas jóvenes nacidos al amparo de las redes sociales y que han vivido la hiperexposición mediática al mismo tiempo que la precariedad. Nunca pensó en escribir un libro hasta que Blackie Books se lo propuso. Y, después de darle muchas vueltas a la idea, concluyó que a la Rocío recién llegada a España le hubiese gustado contar con un libro como Marrón para entender que, antes que ella, mucha gente había pasado por una experiencia como la suya. Entender que no estaba sola. Sobre todo, cuando ni el cine ni la televisión ni la literatura dejan espacio de representación para las personas migrantes, más allá del cine social, cuando la realidad es que, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, más de un 11% de la población en España es extranjera.

"A mí cuando me hacía falta esa representación era cuando niña, porque luego tienes el acceso a internet y allí encuentras un poco todo, como cuando yo encontré a Gabriela Wiener. De pequeña siempre veía en la televisión representaciones estereotipadas. Me acuerdo de esta serie, Aída, en la que había un personaje al que, directamente, llamaban Machu Pichu. Un personaje así genera que te puedan llamar a ti Machu Pichu cuando vas por la calle sólo porque seas marrón. No tener referentes implica sentirse invisibilizada y sentir que tus historias no valen nada".

¿Ha cambiado esta representación en los últimos años, cuando la ficción ha sido consciente de este desajuste y ha intentado ser más inclusiva? "No he visto las últimas temporadas de Élite, pero sí las primeras, y en ellas vale que hay algún latinoamericano, pero son latinoamericanos pijos. Yo creo que lo que hace falta es la representación de los migrantes que estamos aquí, que estamos en todas partes. Pienso en mi madre, que es cuidadora, y en todas esas cuidadoras migrantes que cuidan a los abuelos y a las familias de aquí, pero parecen invisibles, realidades a las que la ficción no accede. Pero no estoy hablando de cine social. Hablo una serie como Merlí. A ver, que yo he ido a colegio público en Barcelona y éramos un montón de latinoamericanos en clase. Y de otro tipo de migrantes. Y no verlo es como si fuésemos personajes de fondo. ¿Tú sabes lo importante que sería la trama de una familia latinoamericana? No sólo para nosotros, sino para que la gente vea nuestras realidades y las entienda". "En el colegio éramos muchos latinos en clase", continúa. "En la universidad era la única. En Bachillerato lo dejaban muchísimos, porque tenían que ponerse a trabajar. Y yo tuve el privilegio de que mi madre me podía pagar los estudios. Difícilmente vamos a estar en los medios de comunicación, a tener voz"

Ya han pasado cuatro años desde que Quillahuaman lo petó en internet con sus animaciones radicales con voces desagradables y que tan bien condensan el espíritu neurótico de su generación. "Yo siempre había intentado encajar siendo la inmigrante perfecta, la que siempre sonríe. Pasar de eso a mis animaciones, que son como son, fue una catarsis. Al principio me costó mucho asimilar que a tanta gente le gustaban mis animaciones. Han pasado cuatro años y va bien y puedo ayudar a mi madre y desarrollar mis ideas. Y, como soy pesimista, siempre estaba esperando que todo se fuese a la mierda. Pero no".

A Rocío Quillahuaman España la recibió con los brazos abiertos. Tenía diez años y, en el aeropuerto, un policía cogió al peluche de Winnie The Pooh que traía en brazos y lo rajó desde la ingle hasta la nuez -si los peluches tuvieran tal cosa-, metió la mano en las vísceras de algodón en busca de supuestos fardos de cocaína y, al no encontrar nada, le devolvió el cadáver de fieltro eviscerado sin más disculpas que "¡Siguiente!". De aquella entrada triunfal han pasado diecisiete años, cientos de formularios a rellenar y muchas mudanzas, y Quillahuaman se ha convertido en una animadora de referencia para la generación Z con sus dibujos de trazo agresivo y sus personajes gritones, urbanitas y cabreados con el mundo y su crítica al hipsterismo y su humor negro y neurótico, que la han llevado a que Forbes la eligiese entre los cien españoles más creativos del mundo.

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