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De Elizabeth Holmes a Sam Bankman-Fried: la lección de los estafadores tecnológicos
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De Elizabeth Holmes a Sam Bankman-Fried: la lección de los estafadores tecnológicos

Algo estamos haciendo mal al convertir a jóvenes prometedores en modelos de conducta social. Y más preocupante que los aspirantes tramposos son los jueces, incapaces de detectarlos

Foto: Sam Bankman-Fried, en una imagen de archivo. (Getty/Craig Barritt)
Sam Bankman-Fried, en una imagen de archivo. (Getty/Craig Barritt)

El pasado 22 de septiembre, Sequoia, una empresa californiana de capital riesgo, publicó un informe sobre Sam Bankman-Fried, el fundador de la plataforma de criptomonedas FTX. En él se contaba cómo había fundado sus empresas y cómo, con solo 30 años, después de que su negocio empezara a dar dinero mucho antes que la mayoría de startups, se había labrado la reputación de ser un filántropo no solo generoso, sino muy efectivo. A los responsables de Sequoia, veteranos del sector, les había impresionado el discurso que había hecho Bankman para pedirles dinero y le dieron inmediatamente 210 millones de dólares (luego se supo que, mientras hablaba con ellos, estaba jugando al League of Legends en su ordenador). Pero sobre todo estaba la impresión que causaba ese joven que siempre iba con pantalones cortos, camiseta y el pelo despeinado. El informe exaltaba su “visión sobre el futuro del dinero”. “Su intelecto es tan increíble como intimidante”, decía. No es habitual encontrarse con informes financieros tan elogiosos. El joven había aparecido en actos públicos con Tony Blair, Bill Clinton y la supermodelo Giselle Bundchen, que había invertido en sus empresas de criptomonedas cientos de millones de dólares.

Hasta que la semana pasada Bankman-Fried reconoció que su negocio tenía un agujero de 8.000 millones de dólares y, al no encontrar quien se los diera, declaró la quiebra de la compañía y dimitió reconociendo que la había “cagado”. En los últimos días, se ha sabido que la empresa no llevaba una contabilidad formal, que el dinero pasaba de un sitio a otro sin registros, que los directivos vivían juntos y varios estaban liados entre sí, y que se sacaba dinero de los fondos de clientes para comprar casas en Bahamas (donde se encuentra la sede corporativa) para los empleados. El liquidador de la empresa, que fue el encargado de gestionar la bancarrota de Enron, dijo que era el peor caso de mala gestión empresarial que había visto en 40 años de experiencia.

placeholder Elizabeth Holmes, llegando a la Corte para conocer su sentencia. (EFE/EPA/Peter DaSilva)
Elizabeth Holmes, llegando a la Corte para conocer su sentencia. (EFE/EPA/Peter DaSilva)

No es ni mucho menos el primero. Elizabeth Holmes dejó la universidad para fundar una empresa revolucionaria, Theranos, dedicada a los análisis de sangre casi instantáneos. Invirtieron en ella gente tan poco sospechosa de ingenua como Henry Kissinger, el magnate de los medios (incluida la Fox) Rupert Murdoch o Jim Mattis, exsecretario de Defensa de Estados Unidos. Pero toda la empresa era un fraude, por el que el pasado fin de semana Holmes, a quien se llamó “la nueva Steve Jobs”, fue condenada a 11 años de cárcel. Adam Neumann fue expulsado de WeWork tras saberse que fomentaba el consumo de drogas y alcohol en el trabajo, había convertido la empresa en algo parecido a una secta donde abundaba la charla espiritualista y los lemas new age (“estamos elevando la conciencia del mundo”, lo cual era un poco raro para un negocio inmobiliario) y tenía constantes conflictos de interés entre él como individuo y la empresa. Neumann no cometió ningún delito, solo arruinó a su compañía tras hincharla de manera desproporcionada: llegó a valer más de 40.000 millones de dólares. Quien es posible que sí cometiera uno y sea condenado por ello es Jenaro García, el empresario que creó un servicio de wifi llamado Gowex, que se comparaba con Jeff Bezos por su visión de futuro y al que Mariano Rajoy felicitó por ser uno de los "exponentes que atesora este país". García, que en 2013 declaró unos beneficios de 182,6 millones de euros cuando, en realidad, no había ganado ni uno, sigue a la espera de juicio mientras la fiscalía pide para él 18 años de cárcel.

En nuestra era, los emprendedores tecnológicos se consideran un ejemplo a seguir por los jóvenes

No está mal si tenemos en cuenta que, en nuestra era, los emprendedores tecnológicos se consideran un ejemplo a seguir por los jóvenes y los portadores de las mejores virtudes de nuestra sociedad: la osadía, la innovación, la capacidad de seducción y de reinventar la economía mediante proyectos visionarios. Por supuesto, la inmensa mayoría de los emprendedores, y de los trabajadores del sector tecnológico, no son aspirantes a gurú, ni mucho menos estafadores. Pero hay algo en esta clase de personajes que es indicativo de la manera en que proyectamos las virtudes que envidiamos, o a las que aspiramos.

Una explicación sencilla

No se trata solo de la tecnología. El deporte sigue siendo, extrañamente, el mayor repositorio de mitos de nuestro tiempo. Como lo es, en ocasiones, la política. Se podría decir que en estos ámbitos hay malos ejemplos, como en todos, que no deben empañar las virtudes que encarnan la mayoría de sus miembros. Y es cierto. Existe una explicación sencilla de por qué en estos sectores se dan este tipo de casos. En ellos las recompensas, en forma de dinero y fama, son extraordinariamente elevadas y ser un tramposo es en cierto sentido racional, porque si te sale bien, consigues beneficios muy generosos.

Foto: Sam Bankman-Fried. (EC Diseño)

Pero hay algo más que eso: nuestra tendencia a buscar modelos de conducta en todas partes, personas que puedan “inspirarnos”, que sean “un ejemplo”, que establezcan “un precedente”, a las que podamos seguir y, gracias a ellas, alcanzar el éxito. Seguramente es una actitud muy humana. En la época clásica ya se hablaba de la “emulación” de los grandes hombres como camino para alcanzar la fama; y toda la cultura del Renacimiento, que hoy admiramos, se basó en la imitación de esos clásicos. De modo que nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, algo estamos haciendo mal al convertir a jóvenes prometedores en modelos de conducta social. Y más preocupante que los aspirantes tramposos son los jueces —las empresas de capital riesgo, los inversores, los reguladores o los propios accionistas— que no son capaces de detectarlos.

El motivo podría ser que vivimos en una sociedad que recompensa el riesgo, por lo que vale la pena soltar unos cuantos millones de euros, o hacer la vista gorda ante las prácticas incomprensibles, si la recompensa futura es muy prometedora. Puede ser. Sin embargo, hay algo mucho más probable: que nuestra capacidad para valorar el carácter y las virtudes de los demás sea pésima. Que no queramos reconocer que incluso los más listos y veteranos siguen dejándose seducir por la virtud más cotizada en todos los mercados: comportarse como un vendedor nato al mismo tiempo que se aparenta ser un genio. Hay que reconocer que es todo un arte. Hasta que te detectan un agujero de 8.000 millones de dólares. De modo que una recomendación: no admire usted muy intensamente a nadie.

El pasado 22 de septiembre, Sequoia, una empresa californiana de capital riesgo, publicó un informe sobre Sam Bankman-Fried, el fundador de la plataforma de criptomonedas FTX. En él se contaba cómo había fundado sus empresas y cómo, con solo 30 años, después de que su negocio empezara a dar dinero mucho antes que la mayoría de startups, se había labrado la reputación de ser un filántropo no solo generoso, sino muy efectivo. A los responsables de Sequoia, veteranos del sector, les había impresionado el discurso que había hecho Bankman para pedirles dinero y le dieron inmediatamente 210 millones de dólares (luego se supo que, mientras hablaba con ellos, estaba jugando al League of Legends en su ordenador). Pero sobre todo estaba la impresión que causaba ese joven que siempre iba con pantalones cortos, camiseta y el pelo despeinado. El informe exaltaba su “visión sobre el futuro del dinero”. “Su intelecto es tan increíble como intimidante”, decía. No es habitual encontrarse con informes financieros tan elogiosos. El joven había aparecido en actos públicos con Tony Blair, Bill Clinton y la supermodelo Giselle Bundchen, que había invertido en sus empresas de criptomonedas cientos de millones de dólares.

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