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Qué podemos aprender del caballo de carreras más derrotado de la historia
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Qué podemos aprender del caballo de carreras más derrotado de la historia

La yegua japonesa Haru Urara perdió todas las carreras que corrió en Japón... convirtiéndose así en toda una celebridad y "una esperanza para todos los perdedores del mundo"

Foto: Haru Urara.
Haru Urara.

Hay una yegua de carreras color café cortado, pelo brillante, elástica, de crines negras y montura amarilla marcada con el número cinco, tocada con un gorro orejero rosa de Hello Kitty, que se prepara para tomar la salida junto al resto de competidores, 11 en total, humillados ante la última caricia de la mano del jockey, aquella mañana de marzo en el hipódromo japonés de Kochi.

Falta muy poco para el Hanami, la época de la famosa floración de cerezos, y no hay un solo asiento vacío aquel histérico 22 de marzo de 2004 en el que todo parece un gran concierto de Julio Iglesias. La estrella es la yegua color café castaño. Se llama Haru Urara, “primavera esplendorosa”. Es un caballo igual que el resto y, al mismo tiempo, completamente distinto.

Foto: Sol Daurella. (Coca-Cola)

Lo monta, por un día, Yutaka Take, el mejor corredor de Japón. Su misión es torcer una estadística imposible: Haru Urara ha corrido 106 carreras y ha ganado… un total de cero veces. Ninguna. ¿Y si, por alguna razón, empujada por todo el país, gobernada por el mejor jinete posible, ganaba esa mañana?

La estrella de los perdedores

En el año 2003, Japón no había salido todavía de su llamada Década Perdida (1991-2001). Aún crecía solo al 1%. Su particular milagro económico de posguerra había derivado en una burbuja inmobiliaria de un tamaño que hacía bromear a los japoneses: “Valen más los terrenos del Palacio Imperial de Tokio que todo el estado de California”.

La burbuja explotó y la resaca fue larga y dolorosa. El país se resignó a cifras de crecimiento del tamaño de los netsuke, de las liebres con ojos de ámbar. Los japoneses se avergonzaron de sus sueños recientísimos de primera economía del mundo. La marea tocó también algo tan poco importante como las carreras de caballos. Tan poco importante casi siempre.

placeholder Haru Urara.
Haru Urara.

El modesto hipódromo de Kochi estaba condenado a cerrar. Sus dificultades no eran diferentes a las de las fábricas o los centros comerciales de la periferia del país y sus cifras de afluencia y apuestas eran depresivas. Pero algunos de sus trabajadores insistían. Se trataba de conseguir publicidad para aquel recinto sin pedigrí.

“Buscaba todo tipo de historias. Algo tenía que vender”, cuenta su responsable de comunicación, Mashadi Yoshida, en el magnífico cortometraje documental The Shining Star of Loser Everywhere (2016). “Y un día, el speaker Koji Hashiguchi me dijo: 'Aquí hay un caballo que pierde siempre'. Yo le respondí que no sabía si algo así era una historia muy ganadora para nosotros”.

Pero lo fue. Los periódicos de Kochi picaron y compraron la historia de la impenitente yegua Haru Urara. El personaje saltó luego a los medios de Tokio y a todo el país porque su persistencia capturó el corazón de los apocados japoneses. La singularidad del animal no era solo su fracaso sin excepción. En el mundo de la hípica, era atípico que no fuera sacrificado o estabulado un caballo de carreras incapaz de ganar, de ser rentable, más de 80 veces seguidas.

En la hípica, era atípico que no fuera sacrificado o estabulado un caballo incapaz de ganar

Haru lo llevaba intentando desde 1998, y fue en el verano de 2003 cuando empezó a ser conocida. La bola de nieve continuó engordando gracias a lo más importante: Haru siguió perdiendo y perdiendo. Lo hizo hasta alcanzar las 106 derrotas. Lo hizo hasta llegar a la misma boca del primer ministro Junichiro Koizumi, sumado al furor popular: “Me encantaría que ganara, aunque solo fuera una vez. Es un ejemplo para no rendirse”. Cientos de cartas de personas en problemas llegaban para ella cada semana. Personas inspiradas por Haru. Los boletos con apuestas fallidas a favor del caballo se convirtieron en amuletos.

Aquel 22 de marzo, en que los inspirados publicistas del hipódromo montaron al mejor auriga sobre el bólido menos fiable, se coparon enseguida las 14.000 localidades y el desembolso de apuestas en sus taquillas ascendió al millón de dólares. Apuestas a favor de la victoria de Haru. Su primer puesto se pagaba 1,8 a uno. Haru había quedado segunda cuatro veces en seis años. Haru no era mala yegua. Haru corrió ante el delirio y la presencia de periodistas británicos, alemanes y estadounidenses. Cruzó la meta… penúltima, de un total de 11 corredores. Fue una enorme decepción y, al mismo tiempo, un inmenso alivio. Haru podía seguir perdiendo. Ovacionada, dio la vuelta de honor destinada a quienes vencían.

Foto: Armando Olivas, en primer plano, guía a un caballo. (Cedida)

El fenómeno salvó al hipódromo de Kochi de la bancarrota. La yegua perdió siete veces más en los siguientes meses y luego desapareció. La plusmarca quedó en 113. Fue redescubierta en 2014 pastando su jubilación, aún atlética e igual de tímida que siempre, en una granja a las afueras de Tokio. Todo lo pagaban sus seguidores. “Fue una esperanza para todos los perdedores del mundo”, resume su entrenador, Dai Muneishi.

Mala fama

Sin especial disimulo, se ha especializado en derrotados el director americano Mickey Duzyj. Después de contar la historia de este caballo inasequible a la victoria, lanzó en 2019 Perdedores (Netflix), una estupenda serie documental sobre triunfadores torcidos o a la inversa. El campeón mundial de boxeo que no quería serlo Michael Bentt. El mal marido y mal padre y maratoniano italiano Mauro Prosperi, que se perdió en el desierto. El baloncestista callejero Jack Ryan, tan cerca y tan lejos de la NBA. O el modestísimo equipo de fútbol inglés Torquay United, que salvó la categoría gracias a un pastor alemán (y hasta ahí puedo leer).

“Lo que admiro de ellos es que, pese a todo, han encontrado su lugar en el mundo”, destaca de estos desheredados el director Duzyj. Lo ejemplifica la fotografía más famosa del golfista francés Jean van de Velde. Un desconocido a punto de ganar el Wimbledon del golf, el Abierto Británico, con los pantalones remangados sobre un arroyo. Allí cayó su bola cuando se disponía a confirmar su victoria en el hoyo 72. Sonríe en la foto, brazos en jarras, porque su caddie le dijo en ese momento: “Si esperas unas horas a que baje la marea, podrás golpear la bola”. Es una sonrisa radiantemente perdedora. Van de Velde acepta hoy encantado mirar a su pasado de estrella truncada y hace su vida como profesor de golf y embajador de Unicef.

Escribe Ander Izagirre en su libro Vuelta al país de Elkano, hablando de la imprevista peripecia de Magallanes y del marino de Guetaria, que fueron a por especias y terminaron (terminó Elcano) dando la vuelta al mundo sin pretenderlo y por pura supervivencia: “No lo hicieron siguiendo un plan, sino impulsados por el fracaso, esa circunstancia que tan mala fama tiene, a pesar de que a veces nos libra de la complicación, nos evita las dudas y nos ofrece, tan evidente, un solo camino”.

Hay una yegua de carreras color café cortado, pelo brillante, elástica, de crines negras y montura amarilla marcada con el número cinco, tocada con un gorro orejero rosa de Hello Kitty, que se prepara para tomar la salida junto al resto de competidores, 11 en total, humillados ante la última caricia de la mano del jockey, aquella mañana de marzo en el hipódromo japonés de Kochi.

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