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"Algunos silencios de Quintero no eran premeditados: era la depresión, que no le dejaba arrancar"
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ENTREVISTA CON JESÚS MELGAR, SU BIÓGRAFO

"Algunos silencios de Quintero no eran premeditados: era la depresión, que no le dejaba arrancar"

Uno de los compañeros que mejor conocieron al Loco de la Colina recuerda al personaje que cambió la radio española para siempre

Foto: Quintero durante la grabación de uno de sus programas. (Canal Sur)
Quintero durante la grabación de uno de sus programas. (Canal Sur)

"Porque la noche está llena de gente como yo, de gente mal amada, de poetas abuhardillados, de muchachos que preparan las oposiciones, de enfermos en los hospitales, de locos", respondió Jesús Quintero (Huelva, 1940-Ubrique, 2022) cuando le preguntaron por el éxito de su programa de madrugada en Radio Nacional. Eran los primeros 80 y en el ente nadie podía creerse que, desde los estudios de Sevilla, aquel melenudo que quemaba sándalo en la radio y locutaba a oscuras estuviera compitiendo con el deportivo de García... a nivel nacional.

"Bueno, es que aquel programa no era cualquier cosa. Por ejemplo, los guiones se los hacía Raúl del Pozo... aunque después me enteré de que copiaba frases enteras a Whitman y a Neruda", recuerda el periodista Jesús Melgar (Estación de San Roque, 1953), amigo, compañero y el único biógrafo, aunque no autorizado, de Quintero. "Por su parte, Del Pozo decía de Jesús que convertía sus palabras en himnos".

Melgar y Quintero trabajaron juntos más de una década, primero en la radio con 'El loco de la colina', después en televisión con 'El perro verde' y, por último, en Radio Romántica, una emisora impulsada por el dúo que tuvo que cerrar por falta de licencia. Charlamos con Jesús Melgar a primera hora de la mañana, antes de la avalancha de televisiones que a lo largo del día harán directos desde su casa. No solo es una de las personas que mejor le conoce: es también uno de los pocos que están dispuestos a recordarle como lo que fue, un personaje complejo, con sus luces, pero también con sus sombras.

(Melgar considera que como mejor se lee esta entrevista, siguiendo los deseos de Quintero, es escuchando 'Shine on, you crazy diamond', de Pink Floyd. Como la recomendación es fina, aquí les dejo el disco entero).

PREGUNTA. La primera pregunta es preceptiva: ¿Quintero era el Loco de la colina, o se lo hacía?

RESPUESTA. Jesús vivía en una especie de esquizofrenia. El Loco era su modelo, la persona que quería ser a nivel intelectual. Cuando le conocías, veías que había muchas diferencias; persona y personaje nunca llegaron a fundirse. Como si del retrato de Dorian Gray se tratase, las virtudes las tenía el Loco, pero era Quintero el que cumplía los años.

P. Tendemos a creer que ese personaje, ácrata y literato, nació del imaginario de Quintero, aunque lo cierto es que era hijo de su tiempo.

R. Absolutamente. El Loco nace a finales de los 70, en un país en plena ebullición que quiere cambios y modernidad. De ahí que un personaje izquierdoso, desobediente y rupturista le llegase a una buena parte del país. En una España que tenía miedo a la involución, el Loco tomaba las ondas a medianoche para mandar un mensaje revolucionario, que no se había escuchado nunca antes. De hecho, teníamos parroquianos ilustres.

P. Habla de Felipe González.

R. Entre otros, sí. Varias veces nos llamó un oyente al que le gustaba recitar poemas chinos en antena, lo hacía muy bien. Años después, cuando conseguimos entrevistar a Felipe González, ya como presidente del Gobierno, nos confesó que era él el de los poemas, era muy aficionado al programa.

P. ¿Qué les daba el Loco?

R. Una revolución tanto en contenido como en continente. El programa era la liturgia de Quintero, con una atmósfera cuidadísima, tanto literaria como musicalmente hablando. Le dedicaba todo el día al programa, a darle vueltas en torno a cómo mejorarlo, a cómo ofrecer cosas que nunca se hubieran escuchado. ¡Una vez hizo instalar una fuente real dentro del estudio! En el equipo teníamos la broma de que más de un oyente se tendría que levantar al baño con el murmullo del agua de fondo.

P. Quintero llevaba el personaje al límite. Grababa a oscuras, solo se preocupaba por la parte artística del programa... Entiendo que no era fácil trabajar con él.

R. No lo era. Era un jefe exigente, que sabía muy bien lo que quería y te hacía trabajar 10 o 12 horas diarias. Si cumplías con sus estándares de calidad, todo iba bien; pero ay como te relajases. Había que trabajar con mucha intensidad, adaptándonos a las nuevas ideas que le iban surgiendo, que eran constantes. Creo que nunca le he conocido sin un proyecto en la cabeza.

P. Quizá por este motivo su trayectoria es un reguero de programas que duran dos años.

R. Es así. Salvo 'El loco de la colina' en la radio, que estuvo seis temporadas, los demás son proyectos que empiezan y acaban el mismo año. Todos acabábamos exhaustos y necesitábamos un tiempo para volver, aunque los formatos no se diferenciaban mucho el uno del otro.

P. En el libro cuenta la anécdota de una vez en la que Montserrat Caballé le citó para una entrevista a las 8:30 de la mañana. Quintero no fue, pero en su lugar mandó un ramo de flores con una tarjeta en la que decía: "Para divo, yo".

R. A Jesús le gustaba el tratamiento de estrella del 'rock'. Siempre he dicho que tenía la elegancia de Lord Byron y la excentricidad de Mick Jagger. Tenía una colección enorme de fulares, le gustaba ir en descapotables y tenía esa colección de chalecos de colores... Su objetivo siempre era ser el centro de atención.

Le gustaba el tratamiento de estrella del 'rock'. Siempre he dicho que tenía la elegancia de Lord Byron y la excentricidad de Mick Jagger

P. Antes ha mencionado la cuestión de la edad, que era algo que aterraba a Quintero.

R. El Loco era un personaje joven y Jesús estaba obsesionado por el deterioro de la edad. Gastaba muchísimo dinero en cremas contra las arrugas y se preocupaba de parecer más joven de lo que era. En televisión, por ejemplo, empleaba más de una hora en chapa y pintura, poniéndose en manos de maquilladores escogidos por él. Se puede ver en los últimos tiempos que incluso se inyectó bótox: se negaba a envejecer.

P. Hablemos de los silencios de Quintero.

R. Los silencios eran marca de la casa. Nos dimos cuenta de que, a través del silencio, se creaba la atmósfera, pero también un 'horror vacui' en el entrevistado que le empujaba a hablar de más con tal de no enfrentarse al silencio. Quintero sabía utilizarlo con mucho compás, como los flamencos, para conseguir confesiones que de otra forma habrían sido imposibles.

P. En la biografía explica que detrás de algunas de estas pausas estaba la depresión.

R. Sí. Quintero sufrió varias depresiones a lo largo de su vida, algunas severas que le dejaron postrado en un sofá durante dos años, mirando a la pared. Él lo comentaba sin problema con el equipo, en una época en la que nadie hablaba de la salud mental. En ocasiones dejaba sonar la sintonía del comienzo del programa ocho o 10 minutos: eso no era premeditado, simplemente no encontraba las fuerzas para arrancar el programa. De todos modos, él estaba agradecido a su depresión: dice que ella consiguió que no hiciera radio grifo.

P. ¿Radio grifo?

R. Él odiaba ese concepto. Se refería a esa radio en la que abres el grifo y corre el agua, sin más.

placeholder Jesús Quintero firmando en la Feria del Libro, en Madrid. (EFE)
Jesús Quintero firmando en la Feria del Libro, en Madrid. (EFE)

P. Este concepto de radio cuidada le hizo una estrella en Latinoamérica.

R. Y tanto, sobre todo el Argentina. Allí empezaron a reemitir los programas de 'El Loco' en una radio minúscula y al mes tenía a todo el país pendiente del transistor. No dejaron de hacerle ofertas hasta que por fin se fue allí un año y medio, entrevistó a todos los personajes importantes de país y regresó a España. Al otro lado del Atlántico siempre valoraron su genio y ese impulso perfeccionista que movía todo lo que hacía.

P. En sus programas había momentos geniales, como cuando le preguntaba a Sánchez Dragó o a Jodorowsky si habían "conocido varón". ¿Eso estaba en el guion?

R. (Ríe) Es imposible saberlo. Quintero pedía cuestionarios a todos los guionistas, por separado, y luego iba cogiendo las preguntas que más le gustaban. Las escribía en un cuaderno grande, de esos que se usan para bocetos de dibujo, y a partir de ahí improvisaba. Por cierto, el Loco siempre jugó con su ambigüedad sexual, con el fin último de epatar a la audiencia, pero yo le he conocido a fondo y he de decir que era un fanático de las mujeres.

P. Me sorprende que un locutor con un deje tan local, tan andaluz, triunfase como fenómeno global.

R. Es que esa fue una de sus principales bazas. Nunca olvidó su tierra, sus orígenes. Es más, cuando caía ese halo de intelectualidad en el que se envolvía, salía el cateto de San Juan del Puerto, y ahí es donde se podía ver su genialidad en todo su esplendor. El embrujo sevillano, el del pícaro andaluz, le salía de dentro, y lo consideraba un atractivo indispensable. Él fue el primero en conseguir que un programa nacional se emitiese desde Sevilla a comienzos de los 80, cuando el Estado estaba fuertemente centralizado.

Quintero y Raúl del Pozo estuvieron a punto de llegar a las manos por el amor de Nadiuska

P. Le he leído decenas de anécdotas con Raúl del Pozo, a quien consideraba su mejor guionista, pero ninguna como la de Nadiuska. ¿La puede contar?

R. (Ríe) Nadiuska era el sueño húmedo de todos los españoles en los años 70. Fue una actriz guapísima, pero lo que a Quintero más le gustaba es que era una ruptura con todo lo visto antes. Salía desnuda en todas sus películas y tenía mucho contenido sexual, algo que no habíamos visto nunca en España. Quintero tenía una relación con ella cuando se enteró de que Del Pozo, otro fantástico espadachín del amor, se estaba viendo con ella en Madrid. Le llamó y le dijo que salía hacia la capital, que le esperase porque tenían que ajustar cuentas.

El caso es que quedaron en un mesón. Quintero llegó furibundo, con ganas de matar a Raúl. Este le vio aparecer a lo lejos, a través del cristal del mesón, hincó una rodilla en el suelo y, con una servilleta, escenificó recibirle a porta gayola. Esto desarmó a Quintero, le dio un ataque de risa, y al final acabaron abrazados bebiendo.

P. Quintero y Del Pozo eran tal para cual.

R. Dos tipos brillantes en el mejor momento de sus vidas. Raúl por entonces le escribía los discursos al presidente Suárez junto con Fernando Ónega, eran los dos negros oficiales del Reino, y le gustaba escuchar los discursos en el bar, jugando una partida de cartas. A menudo le anticipaba las frases a Suárez y, cuando le preguntaban si era adivino, decía: "Qué coño, si es que lo he escrito yo".

P. Se ha hablado mucho de los problemas de Quintero con el dinero. ¿Es verdad?

R. Sí. El Loco era un artista, pero un nefasto empresario. Gastaba el dinero sin pensar, quería que todo fuese perfecto en sus programas. Los mejores iluminadores, el mejor maquillador, los mejores guionistas... Todo eso salía carísimo, claro, pero a él no le importaba. Esto le provocó caer en la ruina en varias ocasiones. Y, para colmo, detestaba la publicidad. Cuando se fue de Radio Nacional a la SER, solo pidió dos cosas: que le diesen completa libertad creativa y que no hubiese un segundo de publicidad durante su programa. Esto, como comprenderás, era una concesión muy gravosa para una radio comercial, pero tuvieron que transigir, porque el Loco era mucho Loco, y, además, era único. Hacía prevalecer el apartado artístico ante aspectos tan mundanos como el de la pasta.

P. En los últimos años compró un teatro en Sevilla que fue su perdición.

R. Comprar ese teatro era uno de los sueños de su vida, porque Jesús siempre quiso ser actor. Emprendió una reforma faraónica que no tuvo forma de rentabilizar. Él sabía que el retorno iba a ser muy complicado, pero, aun así, se metió de lleno. Al final, terminó gastando todo su dinero y se vio obligado a dejar el teatro. Lo que nunca se dijo, porque él no lo publicitaba, es que le pagó la asistencia legal a muchos oyentes a lo largo de los años, o que contribuía a menudo en las cajas de resistencia de los huelguistas andaluces.

P. Arruinado y enfermo, Quintero pasó sus últimos días recluido, enfadado con el mundo.

R. El Loco era muy sensible. Leía las críticas y le dolían mucho. Decía que siempre tenía una cohorte de periodistas esperándole a la puerta de casa para regodearse en su miseria, buscando la imagen del juguete roto. No comprendía que no se respetase su trayectoria, los esfuerzos que había hecho por hacer un periodismo distinto, digno, de calidad. Detestaba con toda su alma a la prensa amarilla y huía de ellos, porque creía que solo querían una foto suya rebuscando comida en un contenedor.

Su respuesta ante todo esto fue la misma que antes, pero con otro matiz: el silencio. Antes cómplice, ahora defensivo.

P. Al final, como siempre pasa con los genios, la muerte le sorprendió con la cabeza llena de proyectos.

R. En su cabeza estaba una gran despedida de su audiencia, poner punto final a una obra que comenzó hace más de 40 años. No pudo ser: un infarto, seguido de varios microinfartos, le dejaron sin fuerzas en los últimos tiempos. Lo que más le dolería no haber acabado, sin duda, es un libro de desquite contra la prensa amarilla que tenía pensado hace años. Se iba a titular 'A mis queridos hijos de puta', que cuando se calentaba cambiaba por 'A mis queridos hijos de la grandísima puta'. Espérate que no aparezca por algún cajón escrito, eso sí que lo íbamos a disfrutar.

"Porque la noche está llena de gente como yo, de gente mal amada, de poetas abuhardillados, de muchachos que preparan las oposiciones, de enfermos en los hospitales, de locos", respondió Jesús Quintero (Huelva, 1940-Ubrique, 2022) cuando le preguntaron por el éxito de su programa de madrugada en Radio Nacional. Eran los primeros 80 y en el ente nadie podía creerse que, desde los estudios de Sevilla, aquel melenudo que quemaba sándalo en la radio y locutaba a oscuras estuviera compitiendo con el deportivo de García... a nivel nacional.