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Cuando los ingenieros informáticos comenzaron a tirarse desde la quinta planta
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Cuando los ingenieros informáticos comenzaron a tirarse desde la quinta planta

El cómic 'Cuando el trabajo mata' recoge la historia del suicidio de un trabajador de Renault en 2006 por el cual la empresa fue condenada

Foto: Portada del cómic 'Cuando el trabajo mata',
Portada del cómic 'Cuando el trabajo mata',

El 20 de octubre de 2006, Antonio B., ingeniero informático en Renault, se tiró desde la quinta planta que la empresa automovilística tenía en Guyancourt (Francia). Su suicidio no pasó desapercibido, ya que durante aquellos meses varios compañeros hicieron lo mismo. Su caso tuvo una enorme exposición mediática y también hizo ruido en los tribunales. Sobre todo por la sentencia, hecha pública en 2009 y ratificada por el Tribunal de Apelación en mayo de 2011 en la que se consideraba a la empresa culpable de su muerte por “falta inexcusable”. Es decir, como pedía su viuda, había sido su funcionamiento -la excesiva carga de trabajo y no ver las señales- lo que había matado a Antonio, no un criminal designado por alguien.

Esta historia fue ampliamente investigada por el periodista Hubert Prolongeau quien junto a Paul Moreira publicó un libro sobre el tema que acaba de salir ahora en formato cómic firmado junto al dibujante Gregory Mardon y el escritor de novelas gráficas Arnaud Delalande. El título no deja lugar a dudas: ‘Cuando el trabajo mata’ (Garbuix Books). El contenido, tampoco: es angustioso, agobiante y estresante desde la primera hasta la última página. El texto y las imágenes -un trazo muy claro, muy de storyboard de película- son adictivas. El lector puede sentir (y sufrir) la desesperación del trabajador, sus noches sin dormir, su pérdida de peso y sus problemas familiares derivados de su situación en la empresa. Y entender la solución final. Antonio B. solo tenía 39 años cuando su trabajo, sentencia dixit, le mató.

El lector puede sentir (y sufrir) la desesperación del trabajador, sus noches sin dormir, su pérdida de peso y sus problemas familiares

Han cambiado el nombre de Antonio por el de Carlos y tampoco citan a Renault en ningún momento, pero es de las pocas licencias que se han permitido los autores de esta novela gráfica cuya página más luminosa solo es la primera (y cuatro más casi hacia el final). El nombre en español se debe a que era hijo de inmigrantes españoles pobres, un hombre que había escalado desde lo más abajo con mucha pasión por su oficio hasta quedarse anclado como jefe del departamento de diseño de coches.

placeholder El feliz inicio de la historia
El feliz inicio de la historia

Los primeros años, todavía barbilampiño, la vida de Carlos/Antonio se le aparece al lector de una forma sencilla y bastante vulgar. Es 1988 y sale con su novia, se divierte en el trabajo, va subiendo posiciones, mejorando el salario. Ninguna alarma. Después se casa, la pareja se va a vivir a una casa más grande, tienen el primer hijo. Todo normal. Sin embargo, poco a poco la empresa empieza a entrar en una dinámica que escama al ingeniero. Una de las primeras cosas que le alertan es que de trabajar directamente con los vehículos y verlos en las cadenas de montaje pasa a hacerlo a través de fotografías e imágenes en el ordenador. “A veces pienso que si diseñase salchichones para cochonou sería lo mismo para mí. Hasta que no fuese al supermercado no vería lo que fabrico”, le dice resignado a su mujer.

El bucle infinito

Los años pasan y las cosas empeoran. Son los noventa. Aumentan los objetivos, se multiplican los nuevos modelos que hay que diseñar - “hay ángulos muertos de productividad sin explotar”, le dice uno de sus jefes-, pero no ocurre lo mismo con los recursos ni con los salarios. El bucle de desasosiego se estira como un tirabuzón sin fin. Hay que aprender nuevos programas informáticos para los que no hay formación, con la llegada de los móviles llega la disponibilidad 24/7 y aparecen nuevos jefes… que jamás han trabajado con coches, pero sí tienen unos cuantos cursos de coach a la espalda.

placeholder La historia se complica
La historia se complica

A comienzos de los 2000 muchas grandes multinacionales empezaron a deslocalizar sus empresas para trasladarse a países con salarios y recursos más baratos. Renault fue una de ellas. Y en el cómic es Carlos/Antonio quien se encarga de viajar a Buenos Aires y Rumanía para formar a los equipos autóctonos y despedir a muchos de sus trabajadores. Una tarea ingrata por varias razones: tiene que dejar a su familia con dos niños pequeños, dejar a la gente en la calle y trabajar con la mitad de recursos de los que dispone en Francia. La mecha para el trágico final avanza sin freno.

Hay un momento en el cómic -y supuestamente en la historia real- en el que todo se desparrama. El estrés está a un nivel tan alto que ya da igual lo que haga la empresa o el departamento de recursos humanos (que sale bastante mal parado). El trabajador entra en un comportamiento errático cercano a la locura sin escuchar los consejos de su mujer o de otros compañeros de trabajo que le piden que se calme. Y se produce el suicidio, que queda reflejado en cuatro páginas que si hubieran sido cine podrían haber estado firmadas por los Dardenne y con algo menos de sangre por Ken Loach.

Recursos inhumanos

El suicidio de Antonio B. no fue el único que sucedió en Renault en 2006. Los casos fueron muy llamativos, y más aún cuando 20 trabajadores de France Telecom (la actual Orange) hicieron lo mismo entre 2008 y 2009. Aquellas muertes conmovieron a la opinión pública y dieron lugar a películas como ‘Corporate’, en 2017, o ‘La punta del iceberg’, en 2016. También el escritor Pierre Lemaitre puso su granito de arena en ‘Recursos inhumanos’, una novela que relata la desesperación de un ex directivo de 57 años. Y, sin embargo, siguió sucediendo: entre 2013 y 2017, otra vez Renault salió en los periódicos por suicidios laborales. En 2019, siete directivos de France Telecom fueron juzgados y condenados… a un año de prisión “por acoso moral”, no por homicidio involuntario. La empresa (solo) tuvo que pagar 75.000 euros. Una empresa que cotiza en el índice bursátil francés.

placeholder El final de Antonio/Carlos
El final de Antonio/Carlos

Nos seguimos suicidando y muchas personas se escapan de los radares que hemos implementado”, escribe en el epílogo de esta novela gráfica el periodista Prolongeau tras hablar con expertos en derechos laborales. En estas interesantes últimas páginas se dan algunas explicaciones sobre por qué y cómo el trabajo puede matar. Ni el teletrabajo ni el compadreo festivo funciona mientras exista sobrecarga de trabajo, esfuerzos cercanos al sacrificio, evaluaciones individuales y/o basarlo todo en indicadores cuantitativos. Las consecuencias, resume este periodista, son que uno tiene la sensación de traición a uno mismo y que “se vuelve loco porque el trabajo se ha vuelto una locura”.

Hace ya más de quince años que Antonio B. se suicidó, pero este comic debería leerse en todos los departamentos de recursos humanos.

El 20 de octubre de 2006, Antonio B., ingeniero informático en Renault, se tiró desde la quinta planta que la empresa automovilística tenía en Guyancourt (Francia). Su suicidio no pasó desapercibido, ya que durante aquellos meses varios compañeros hicieron lo mismo. Su caso tuvo una enorme exposición mediática y también hizo ruido en los tribunales. Sobre todo por la sentencia, hecha pública en 2009 y ratificada por el Tribunal de Apelación en mayo de 2011 en la que se consideraba a la empresa culpable de su muerte por “falta inexcusable”. Es decir, como pedía su viuda, había sido su funcionamiento -la excesiva carga de trabajo y no ver las señales- lo que había matado a Antonio, no un criminal designado por alguien.