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Intenta cenar con tu pareja en Madrid por 14 euros
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Intenta cenar con tu pareja en Madrid por 14 euros

¿Sabes lo que significa la 'reduflación'?, le pregunté. Pues mira, vamos a ser un poco más delgados mientras pagamos lo mismo por pasar más hambre

Foto: Menú de hamburguesa con patatas
Menú de hamburguesa con patatas

Pasaba el domingo noche por Medina de Río Seco. Encontrar un sitio para cenar se antojaba hazaña compleja, pero uno no se rinde fácilmente y decidí patear las calles con la esperanza de toparme con uno de esos sitios en los que las normas habituales suelen estirarse un poco más. Tras dos cocinas cerradas y un hotel con máquina de venta fría, encontramos un restaurante en el que una encantadora camarera nos llevó a una mesa, mientras comprobaba en la cocina, un reluciente e impoluto fin de jornada. Tras un breve intercambio de palabras entre camarera y cocinera, la segunda volvió a atarse el delantal y la primera trajo las cartas esbozando una sonrisa. Con un bocadillo o un pincho nos vale, le dije. No, por favor. Pediros lo que os apetezca, contestó. Muchas gracias. No era fácil encontrar una cocina abierta a las once y media de la noche. Para eso estamos.

Cada poco, un camión enorme se cruzaba el pueblo cargado de todo; unos dirección Valladolid; otros hacia Salamanca y Portugal. Me vino a la mente el sueño y la distancia que recorren estos caballeros de asfalto, a esta hora en la que toda la ciudad duerme y el precio del gasoil les hace derrapar en sus carteras. Sobre todo, cuando la carretera es de dos sentidos y cruzan vidas en vez de autopistas. Estos son los que se partieron para que no faltara harina en pandemia, comento. Me pido una hamburguesa con queso y bacon, una ración de patatas fritas caseras, una botella de agua grande, y…, un número 4, por favor, añade mi mujer. ¿Te apetece una ensalada o algo con el combinado?, pero, lleva patatas y dos huevos fritos, además del pollo a la pancha, ¿no? Sí, pero si quieres un poco de lechuga y tomate, te lo traigo también. Pues, muchísimas gracias. Aprovechemos que aún hay de temporada, le agradece.

Mientras, durante la siguiente media hora, aparecen dos o tres camioneros y una familia que parece volverse. Observo a la camarera tener la misma conversación con la cocinera; dos limpiezas de plancha después y ya les había sentado con la misma sonrisa. Perdone, ¿me dice cuánto le debo, por favor? Ahora mismo os lo traigo, chicos. La observo picar en la pantalla nuestra comanda y vuelve con el ticket mientras nos esforzamos por terminar la generosa ración. ¿Habéis cenado bien? Hemos cenado fenomenal y muchísimas gracias por atendernos a estas horas. Para eso estamos, chicos, muchas gracias a vosotros. Miro el reloj encima de la barra: son las doce y cuarto. La cuenta: catorce euros. Espera, que lo reviso, se han debido confundir. Levanto la mano mientras me pongo las gafas. Ya está a mi lado de nuevo cuando compruebo que todo está bien en el ticket. Son catorce euros justos, sí. ¿Catorce?, pregunta extrañada, mi mujer. Sí, catorce. Hazle una foto que luego se nos olvida. Pues ahora podríamos dar un paseo por el pueblo. Con todo lo que hemos cenado cualquiera se duerme, sentenció.

Se vende piso

Salimos del restaurante pensando que nos querían más que a cualquier otra persona. Otro camión rugía de prisa por entre las viejas piedras y ecos solitarios de Medina de Río Seco, que hasta parece pegarte un tortazo de cómo suena, le dije. Mira, esa casa de ahí se vende. Ella, arquitecto, enseguida se dio cuenta de la buena forma que tenía esa fachada antigua: una galería que miraba a Oporto y esa lenta austera belleza de llevar ahí dos siglos mirándolo todo. ¿Qué costará?. Ni idea. Tiene un cartel, acércate. Sesenta mil euros. Pues estamos a veinte kilómetros de Pucela que tiene estación de AVE. Si tienes una reunión importante no tardas nada. ¿Sesenta mil euros? Eso te cuesta media plaza de garaje en el centro.

¿Sabes por qué ahora van a diez por hora todos los repartidores, en Madrid? Pues para que no se les caiga la coca cola y tengan que anular el pedido. Y cuidado con decirle a una bici o a un patinete, que no se salte un semáforo. Pues me han dicho que, entre propinas y vainas, algunos se meten de dos mil quinientos para arriba. ¿Qué dices, hombre? A dos pavos por reparto y otros dos de propina por pena, los repartidores se aprovechan y acumulan las zonas para llevar de golpe tres o cuatro pedidos, así que por viaje se meten veinte o treinta euros. Pues van a terminar repartiendo en camiones como estos. Pues al menos los conductores ganarían más. ¿Qué podemos cenar los dos en Madrid por catorce euros? Sólo la sonrisa con la que nos han atendido esa mujer se paga al doble, añade la mía.

Hay una imagen obscena en las ciudades y capitales, cuando se acerca la hora de comer

Hay una imagen obscena en las ciudades y capitales, cuando se acerca la hora de comer. Repartidores de todos los colores ruedan con sus comandas acumuladas con la precaución de no verter las coca colas, de un sin fin de hormigas que salen de su celda para sentirse ricos, al menos, recogiendo en la puerta su comida embalada. La vida es para ellos un sábado y un domingo, porque los otros cinco mantienen las hipotecas del decimocuarto teléfono, de un coche que debes cambiar cada cuatro años porque si no eres el diablo, y, están dispuestos a compartir la custodia de un perro que supuso el regalo de reyes de otro tiempo mejor. Como el carro de la compra, en ese nuevo intento de seguir construyendo un comunismo de franquicia, que en realidad está haciendo que paguemos el doble o el triple por todo, mientras recomiendan arruinar al pequeño comercio, al de proximidad, al que te fía porque siempre vuelves. Mejor vaya a una gran superficie, a esos que compran en tal volumen que se permiten un margen que ni siquiera soñaría la sonrisa y el delantal que nos ha dado de cenar por catorce euros, así de bien. Pronto abrirán un nuevo centro, una nueva nave y seremos un poquito más pobres comiendo todavía peor. ¿Sabe que este pienso que compra en el supermercado no es nada recomendable para la salud de su perro? Le dijo a mi mujer la del veterinario. No, sí ahora resulta que en mi casa todos comemos del super menos el perro, ¿no le ladra?. La sonrío.

¿Sabes lo que significa la “reduflación”?, le pregunté. Pues mira, vamos a ser un poco más delgados mientras pagamos lo mismo por pasar más hambre. ¿Y por qué no nos venimos a vivir a un sitio como este en vez de morirnos en una ciudad como la nuestra? Pues, no sé, mi amor, ¿por las oportunidades? Ten cuidado, A.J., creo que tu cerebro está ya en reduflación. ¿Lo harán también con los servicios sexuales? Claro, casi hasta el final por el mismo precio pero en vez de 'happy end' se llamará, 'cuasi end'.

Pasaba el domingo noche por Medina de Río Seco. Encontrar un sitio para cenar se antojaba hazaña compleja, pero uno no se rinde fácilmente y decidí patear las calles con la esperanza de toparme con uno de esos sitios en los que las normas habituales suelen estirarse un poco más. Tras dos cocinas cerradas y un hotel con máquina de venta fría, encontramos un restaurante en el que una encantadora camarera nos llevó a una mesa, mientras comprobaba en la cocina, un reluciente e impoluto fin de jornada. Tras un breve intercambio de palabras entre camarera y cocinera, la segunda volvió a atarse el delantal y la primera trajo las cartas esbozando una sonrisa. Con un bocadillo o un pincho nos vale, le dije. No, por favor. Pediros lo que os apetezca, contestó. Muchas gracias. No era fácil encontrar una cocina abierta a las once y media de la noche. Para eso estamos.

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