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La culpa de todo la tiene Yoko Ono: la loca historia del Plan Donatello y el robo del siglo
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La culpa de todo la tiene Yoko Ono: la loca historia del Plan Donatello y el robo del siglo

El Plan Donatello se estudió para no fallar en la ejecución, más de quinientos días buscando grietas, para conseguir el famoso robo del Banco Río en Acassuso, Buenos Aires

Foto: 'Los Ladrones: la verdadera historia del robo del siglo' dirigida por Matías Gueilburt
'Los Ladrones: la verdadera historia del robo del siglo' dirigida por Matías Gueilburt

Era un plan perfecto. Más de quinientos días buscando grietas, todas las salidas cubiertas, las dudas resueltas, cada paso diseñado al dedillo y un sinfín de innovaciones en la toma de decisiones que sirvieron para despistar a militares, policías, prensa, y a un país entero que pudo ver en televisión, a tiempo real —que dicen ahora—, el robo del Banco Río en Acassuso, Buenos Aires, en 2006. Los datos: veintitrés rehenes, una cifra que oscila, según versiones, entre quince y cuarenta millones de dólares de botín, negociadores, pizzas y después humo. Humo por todas partes, el humo de una nube de aire que deshizo cualquier atisbo de atrapar a los ladrones, a los artistas, a los que lograron el robo perfecto, la actuación deseada por cualquier capo de guante blanco, el de los Dani Barcelona bonaerenses, de los que salieron ilesos y forrados y de los otros que añoraron presos, desde la sombra y el tiempo lento de la celda, el anhelo del éxito roto.

De este modo, el plan se estudió para no fallar en la ejecución como una lámpara que convertía la obra de arte del hurto en un premio, un sobresaliente, ese estrecho paso del nueve al diez. Y todo ideado por una especie de mago, un pintor, un karateka, un agricultor, uno que tiene un poco de asceta y de anfeta en sí mismo, un dibujante exquisito, un pensador, narciso, preciso, él: Fernando Araujo. De su cabeza nace esta bizarra historia, “Yo no odio el capitalismo. Para mí es el sistema que funciona. Lo único es que quería un cachito de su negocio y no iba a fundar un banco”.

En esta personalidad, en su carácter de reto, de misión y esfuerzo por encontrar cualquier fuga que pudiera hundir el bote, es donde Fernando vislumbra una clave que hace perderse en protocolos y antecedentes a las fuerzas de seguridad que rodearon el banco durante el palo: “el butrón lo haremos para salir y no para entrar”, que resulta que nunca se había invertido en la efeméride del crimen desorganizado. Quedaba inaugurado el Plan Donatello, “pero no por Donatello, el artista, sino por el de las Tortugas Ninja”, añade Araujo, “estaba en los desagües, hacían artes marciales y eran verdes como el cannabis”.

Araujo requeriría rodearse de la banda adecuada para que el plan saliera perfecto

Después vendría la faceta fundamental y única de aplicar sus conocimientos en meditación, mecánica y electrónica, El arte de la guerra, de Sun Tzu y su máxima de no violencia, tanto para rehenes como para las fuerzas de seguridad, detalle que reduciría su pena en un futuro juicio. Y en esa nube creativa y verde, meditada y suscitada desde un reto a un plan para después convertirlo en obsesión, todo comenzó a rodar tal y como venía vislumbrando en su taller de meditación, lámparas de crecimiento, pintura y música.

Araujo se dio cuenta de que bajo el suelo de la Avenida del Perú, yacía en paralelo uno de los desagües que atravesaban la ciudad de Buenos Aires. Así, la huida por las entrañas de la urbe les podía brindar cien salidas distintas a pocas cuadras, made in Argentina, de la sucursal del Banco Río. Solo requeriría un estudio profundo y elaborado del suelo para la excavación del túnel, algo de electrónica, de motores y de rodearse de la banda adecuada para que el plan saliera perfecto. Y aquí es dónde el director se sale.

Todo estaba ideado para no fallar, excepto un detalle que ni Araujo pudo prevenir

'Los Ladrones: la verdadera historia del robo del siglo', dirigida por Matías Gueilburt y que acaba de estrenar Netflix, cuenta como principal valor frente a las decenas de libros, películas y reportajes publicados en torno a este suceso, con la participación de los cuatro implicados en el robo, que además de Fernando Araujo, fueron Mario Sellanes, Rubén de la Torre, alías “el Hampón”, y Sebastián García Bolster, conocido como “el ingeniero”. El director brinda a cada uno de ellos un espacio propio y distinto, una puesta en escena singular y que varía en pantalla según rueda la cámara sobre cada historia, recreando el golpe con maniquíes y recreando el gigantesco túnel por el que burlaron a las autoridades. Todos son fundamentales por sus dotes técnicas o callejeras y se lo narran a Gueilburt con el desparpajo de quienes saben que cometieron un robo distinto al resto, único y que por ese motivo merece la pena contarlo en detalle, cosa crítica en algunos círculos que pretenden tapar las grietas del sistema. Todo estaba perfectamente ideado para no fallar, todo, excepto un detalle que ni siquiera la brillante mente renacentista de Araujo pudo prevenir: no traigas a tu chica al local de ensayo.

Alicia di Tullio, esposa del Hampón, fue la Yoko Ono de esta trama real. El dinero ciega, pero lo hace mucho antes, sí lo riegas de avaricia, envidia y despecho. Y el resto quizás sería mucho más oportuno que lo vieran ustedes mismos, que para eso hay una inversión detrás, un trabajo de muchos y un fondo de genialidad sobre el que nacen las historias que son especiales. No es una apología al crimen, ni mucho menos el empuje que les falta para que se tiren al mundo del hampa, sino una canción de tres minutos a la vida que acelera, la que prueba y se equivoca, la del relato que roba al criminal de corbata, al hueco que deja el sistema, o quizás a eso que tan bien dejó escrito Jabois días atrás y que no sale de mi cabeza, "al final, quien mejor se lo pasa es quien juega fuerte".

Una nota dejaron en la bóveda del banco: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores”.

Era un plan perfecto. Más de quinientos días buscando grietas, todas las salidas cubiertas, las dudas resueltas, cada paso diseñado al dedillo y un sinfín de innovaciones en la toma de decisiones que sirvieron para despistar a militares, policías, prensa, y a un país entero que pudo ver en televisión, a tiempo real —que dicen ahora—, el robo del Banco Río en Acassuso, Buenos Aires, en 2006. Los datos: veintitrés rehenes, una cifra que oscila, según versiones, entre quince y cuarenta millones de dólares de botín, negociadores, pizzas y después humo. Humo por todas partes, el humo de una nube de aire que deshizo cualquier atisbo de atrapar a los ladrones, a los artistas, a los que lograron el robo perfecto, la actuación deseada por cualquier capo de guante blanco, el de los Dani Barcelona bonaerenses, de los que salieron ilesos y forrados y de los otros que añoraron presos, desde la sombra y el tiempo lento de la celda, el anhelo del éxito roto.

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