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Mi verano en el norte VI: el calor abrasa el Cantábrico y los papardos huyen a Islandia
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CRÓNICAS ESTIVALES

Mi verano en el norte VI: el calor abrasa el Cantábrico y los papardos huyen a Islandia

En Tinita los turistas entran estos días revolucionados con el nuevo destino que se baraja para huir de eso que ha dejado en marrón los verdes

Foto: Cincuenta años antes que se pusieran de moda las tiendas gourmet,Tinita ya tenía las mejoras galletas de mantequilla
Cincuenta años antes que se pusieran de moda las tiendas gourmet,Tinita ya tenía las mejoras galletas de mantequilla

No queda ninguna solución posible. Lo del cambio climático parece que va en serio y no sólo es Putin el culpable del buen tiempo que abrasa el norte este verano. Miro y no veo ni un solo prado en Comillas que no sea un parking, un dormitorio de caravanas o un mirador donde pararse a contemplar la puesta de sol, que ahora resulta que se pone a diario cual vulgar farlopero cuando siempre estuvimos viéndolas tras un velo blanco de nube que veraneaba también aquí. Y comienza a pasar lo que en todos sitios, que de boca a boca se escucha un run run que nos deja perplejos. Lo que se dice, lo que se comenta, lo que se cuece, además de todos nosotros, se contagia y provoca que algunos asientan como si regalaran más que un secreto a voces, una forma de cáliz de sabiduría suprema, porque lo debes saber si eres uno de los papardos, es decir, de los veraneantes que llevan cayendo por esta costa al menos cincuenta o cien años, descendientes de jándalos, de los que fueron a trabajarse la ciudad como escritores cualquiera, o de los que abandonaron su origen buscando las habichuelas que no les daba ni el campo ni la mar.

Como en cualquier sitio los chismes se cuecen o en el bar o en la tienda. En la mayoría de los pueblos del norte, si son pequeños, coincide en la misma barra, pero en Comillas, que fue el primer pueblo de España en tener luz eléctrica en tiempos de Alfonso XII, para celebrar un Consejo de Ministros que le pilló cazando con Edison por estos montes de mil verdes en 1881, la tienda lleva décadas siendo Tinita. Cincuenta años antes que se pusieran de moda las tiendas gourmet, delicatessen y demás gilipolleces que vacían las carteras en las capitales, Tinita ya tenía en sus estanterías las mejoras galletas de mantequilla de Francia, Inglaterra, pero también de Torrelavega o de San Sebastián, especias de cualquier rincón del mundo, conservas de anchoa para todos los bolsillos, embutidos, legumbres, mermeladas inglesas y de Novales, quesos franceses y de Tresviso, frutas y verduras que no recuerdas haber tomado igual, alcoholes, pastas italianas o pasteles de cabracho y patés cercanos, todo lo que quieras ya sea próximo o lejano. Y lo siguen haciendo bajo la batuta de la tercera generación, con el esfuerzo y la constancia que les hace tener abierta la tienda en verano hasta las tantas de la noche y repartiendo por todas las casas las mejores viandas que se puedan llevar a la boca.

Y es en Tinita donde los papardos entran estos días revolucionados con el nuevo destino que se baraja para huir de este calor abrasador que ha dejado en marrón los verdes.

los papardos entran estos días revolucionados con el nuevo destino que se baraja para huir del calor abrasador

Cuando entra alguno a comprar el pan o con familia completa, los papardos dejan de hablar y continúan metiendo cosas en la cesta. ¿Tienes buenos tomates, Tinita? Espera que trae ahora Miguel. Al abandonar la tienda, prosiguen: pues el año que viene me voy a Islandia. ¿A Islandia? Sí. Vengo de estar una semana y la temperatura es fantástica, me recuerda a cuando éramos niños por aquí, comenta mi primo Ignacio. Alquilas una casa por lo que cuestan tres cenas en algún restaurante de ahora. ¿Te acuerdas de las chocolatadas que hacíamos en Monte Corona con la abuela cuando llovía? Claro, hacíamos veinte cada año, como para olvidarlo. Pues en Islandia es más o menos parecido excepto que en vez de Monte Corona te tomas el chocolate en un volcán, pero con chupa. Miguel llega con los tomates y ni siquiera contesta porque no tiene tiempo. Sólo gira la cabeza de lado a lado porque a veces los papardos decimos muchas tonterías.

Luis, el otro hermano al que apodan “Tinito”, aprovecha para fumarse un piti mientras los coches forman colas interminables en el cruce del pueblo. Se ven coches enormes de renting que no caben por las calles cruzándose con clásicos Land Rover, tan bien restaurados que da un poco de grima pensar que todo este postureo dura dos semanas al año, para volver a ser durante once meses y medio, el jándalo de Visa Oro que está convirtiendo el norte en un sur cualquiera. Y tiene algo curioso todo esto.

Avión a Reikiavik

¿Entonces?, sigue oyéndose dentro de Tinita. Es bien sencillo: te coges un avión a Reikiavik, después alquilas un 4x4 para llegar hasta Kolbeinsstadhir, ciudad pequeña, de las que te gustan, y nada más llegar necesitarás un todoterreno aún más grande para circular hasta Bakkatunga, donde por cierto, habitan unos pescadores de hielo que te recordarán a Comillas en Navidad. Luego puedes hacer excursiones como las que te decía de la abuela en Hjardharfell, o bajarte hasta la playa en Stardastadur, que de verdad hay las mismas toallas que en Oyambre hace veinte años. Miguel Tinita sale a cargar la furgoneta de reparto y mi primo guarda silencio. Va acompañado de un nuevo propietario de urbanización a medio palo la casa y no quiere compartir el tesoro que maneja así por así.

Oye, papardos, nos dice Miguel, ¿Podéis dejar de decir tontás, que estamos a quince de agosto y de estos chancletas no veremos nada hasta el año que viene?

Y lo cierto es que tiene razón una vez más. La semana que viene ya no habrá parkings en prados, ni rentings que los llenen, ni colas en Cofiño, ni caravanas rompiendo el horizonte, ni estarán las playas llenas ni el sol quemando. Sin embargo, seguirán en Tinita llenando las estanterías, Iñaki no dejará de abrir el Muelle, Marcelo, Ray y Cristian volverán a charlar con la tierra para sacar de sus entrañas lo mejor y Samu seguirá cortando peces desde el alba. El sol volverá a bañarse en un mar cantábrico que duele si lo miras desde tu memoria y nosotros pasaremos un año de perros, rodeados de hienas, para volver a quejarnos durante un mes de lo acojonante que es nuestro arraigo, que cómo bien dice mi tío Javier, es lo único que nos queda.

No queda ninguna solución posible. Lo del cambio climático parece que va en serio y no sólo es Putin el culpable del buen tiempo que abrasa el norte este verano. Miro y no veo ni un solo prado en Comillas que no sea un parking, un dormitorio de caravanas o un mirador donde pararse a contemplar la puesta de sol, que ahora resulta que se pone a diario cual vulgar farlopero cuando siempre estuvimos viéndolas tras un velo blanco de nube que veraneaba también aquí. Y comienza a pasar lo que en todos sitios, que de boca a boca se escucha un run run que nos deja perplejos. Lo que se dice, lo que se comenta, lo que se cuece, además de todos nosotros, se contagia y provoca que algunos asientan como si regalaran más que un secreto a voces, una forma de cáliz de sabiduría suprema, porque lo debes saber si eres uno de los papardos, es decir, de los veraneantes que llevan cayendo por esta costa al menos cincuenta o cien años, descendientes de jándalos, de los que fueron a trabajarse la ciudad como escritores cualquiera, o de los que abandonaron su origen buscando las habichuelas que no les daba ni el campo ni la mar.

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