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De Ana Obregón a Instagram: cómo el posado de verano se convirtió en un trabajo y robó nuestro tiempo
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'TRINCHERA CULTURAL'

De Ana Obregón a Instagram: cómo el posado de verano se convirtió en un trabajo y robó nuestro tiempo

Las redes sociales han cambiado el clásico posado veraniego y han redefinido los conceptos de trabajo y vacaciones

Foto: Foto: Reuters/Dado Ruvic.
Foto: Reuters/Dado Ruvic.

En otras décadas, quizá más frívolas que esta, posar para una foto era un símbolo de estatus, un gesto que no todos podían realizar. Aquello era una cosa de actrices, top models, farándula y casas reales. El posado fotográfico de estos modelos, físicos y de conducta, alcanza su forma final como fenómeno veraniego. Posado de verano son de la misma forma los Kennedy en Camp David que los borbones en Marivent; se codean Brigitte Bardot en Cannes y Gunilla von Bismarck en Puerto Banús; lo mismo es una portada de 'Sports Illustrated' que la tradicional felicitación estival de Anita Obregón. Estos retratos eran postales congeladas de todo lo inalcanzable y aspiracional: bronceados sin melanomas, borracheras sin resacas, dientes sin caries y ocio familiar sin conflicto. Una retahíla de segundas residencias, embarcaciones y cuerpos Danone que se alimentaban, literal y figuradamente, de nuestras miradas y atenciones.

Material fungible de revistas y televisiones, que a fuerza de repetición anual configuró un imaginario, el posado de verano cumple con varias funciones comerciales. Los caribe mix de la prensa gráfica aligeran pesares e incentivan el turismo, venden bañadores en junio y membresías de gimnasio en septiembre. Con la misma versatilidad, señalan el inicio de la temporada vacacional y la alargan artificialmente, cuando ya cada mochuelo está en su olivo, generalmente con la excusa de algún acontecimiento cultural en un pueblo de costa. También, de manera paradójica, acercan al público interesado a la jet set, mediante lujo moderado —al más puro estilo old money— y rostros de ojos muertos.

Posados, robados y viceversa

En contraposición al posado veraniego —todo estudio, marketing y trabajo nutricional— está el robado, mucho más problemático para el retratado. Son imágenes de carácter privado, tomadas en espacios públicos sin el consentimiento de sus protagonistas. A veces se trata de un pezonzuelo o una raja de culo en la cubierta de un yate, un gesto poco favorecedor frente al sol o una actitud de reprobable cariño. Robadas fueron las amistosas imágenes de Isabel Pantoja y María del Monte en la playa —que 27 años después escandalizan por motivos muy diferentes—, como fueron robados los pechos de Elsa Pataky por 'Interviú', para más inri, mientras posaba en un reportaje para la revista 'Elle'. Fue precisamente este robo el que cambió la tendencia a la violación de la privacidad de principios de milenio. La actriz llevó el caso a los tribunales y la multa resultante fue tan elevada que hizo que estas imágenes —y muchas más en el futuro— dejasen de ser rentables.

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Aquella primera década del siglo fue en la que el posado veraniego clásico murió de gloria mientras germinaba la semilla de lo que estaba por venir. La nueva era se caracteriza por el remix como método expresivo y no es menos así para la prensa rosa y los gabinetes de comunicación. Surge entonces la figura del posado robado, aquel que se hace como concesión al acoso externo e interno, una merced —la primera de muchas— al trabajo en supuesto tiempo de ocio. Se cede así un pequeño legajo de verdad representada para embellecer aquella que no puede mostrarse sin velos. El posado robado es algo así como el maquillaje correctivo: no crea nada nuevo, pero oculta lo inefable. Tiene algo de pedir repetir el brindis porque no se estaba grabando o quitarse la parte de arriba del pijama para una videollamada. La línea que lo separa del montaje es fina, pero crucial y el resultado final tiene un tinte de espontánea verdad a medias, como las ligeras variaciones que sufre una anécdota al ser contada.

Al mismo tiempo, la clase media compraba a sus hijos cámaras digitales compactas como regalo de comunión o premio por pasar de curso. Pronto, poner morritos ante el flash con un retrete de fondo se convirtió en una actividad de ocio para adolescentes tan válida como ir al cine. En los seis años que pasan desde el primer vello en el sobaco hasta el derecho a voto, una generación entera desarrolló su imagen corporal reproduciendo las posturas y ángulos de los medios de comunicación tradicionales, que mezcló con algo de pornografía y poses de cosecha propia, como la ya consabida cara de pato. Luego de la réplica, vino la distribución mediante Fotolog, MySpace o Tuenti, que ya contaban con sistemas de recompensa visibles por las visitas al perfil y popularidad de los post.

Vacaciones y trabajos forzados

Pronto, estas ocupaciones de recreo se transformaron en tareas de mantenimiento del prestigio y, cuando las marcas comenzaron a competir por un pedazo de esa audiencia, en labores obligatorias. El advenimiento de los influencers calcó las pretensiones y anhelos que vendía la crónica social y cultural, pero con un lenguaje más horizontal y sin ritmos anuales: actualización diaria de tus sueños e inspiraciones. Por supuesto, el posado veraniego —y sus variantes de playa paradisiaca, de piscina infinita, de cóctel herbáceo— es la joya de la corona y la cúspide del problema. Porque son muchos los que se van de vacaciones y los que quieren compartir sus fotos con sus seres queridos. Incluso hay quienes, de vez en cuando, piden un gintonic algo más florido de la cuenta. ¿Y quién no querría ganar un poco de dinero mientras haces lo que te gusta y conectas con nuevos amigos?

Con esta lógica subterránea de pagos en promesas, el ocio deja de ser ocio y forma parte del trabajo no remunerado que hacemos todos en redes sociales para las redes sociales. La democratización de las vías de comunicación ha resultado en una pretendida equidad social por el lado equivocado y nos ha convertido en protagonistas de nuestros propios tabloides. Tiranizados por dictaduras corporales, sociales y personales, figuramos en bellas playas y monumentos interpretando todos el mismo papel de 'prima donna', estrellas de nuestros propios posados robados. Nuestra privacidad ya está vendida por otros medios, que nada tienen que ver con nuestros 'top less' ordinarios, y nuestra influencia no puede medirse en las fotocopias del bienestar que son los retratos vacacionales. El tiempo y la atención son bienes escasos y se agotan; quizá sea momento de una huelga estival de trabajos forzados.

En otras décadas, quizá más frívolas que esta, posar para una foto era un símbolo de estatus, un gesto que no todos podían realizar. Aquello era una cosa de actrices, top models, farándula y casas reales. El posado fotográfico de estos modelos, físicos y de conducta, alcanza su forma final como fenómeno veraniego. Posado de verano son de la misma forma los Kennedy en Camp David que los borbones en Marivent; se codean Brigitte Bardot en Cannes y Gunilla von Bismarck en Puerto Banús; lo mismo es una portada de 'Sports Illustrated' que la tradicional felicitación estival de Anita Obregón. Estos retratos eran postales congeladas de todo lo inalcanzable y aspiracional: bronceados sin melanomas, borracheras sin resacas, dientes sin caries y ocio familiar sin conflicto. Una retahíla de segundas residencias, embarcaciones y cuerpos Danone que se alimentaban, literal y figuradamente, de nuestras miradas y atenciones.

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