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Mi verano en el norte V: España está de verbenas
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CRÓNICAS ESTIVALES

Mi verano en el norte V: España está de verbenas

Las santas y santos sirven de excusa para que volvamos a las orquestas de pueblo con nombre de Paraíso o de accidente climático que tocan canciones de Camilo Sesto

Foto: Fiestas de San Cayetano. (EFE/Mariscal)
Fiestas de San Cayetano. (EFE/Mariscal)

Se aproximan efemérides que rigen las verbenas de las pedanías de nuestras plazas. Da lo mismo que pidas un cachi en vaso de mini que un rebujito de fino con Sprite, de Tarifa a Norteña todos buscan un enchufe donde poder conectar más vatios que bailen a la patrona, que para todos es similar aunque lleve el nombre de Carmen, de Paloma o de María, porque, como bien dice un paisano, no es que todas las mujeres sean iguales, amigo, es que son todas la misma. Así que aplicado queda para todas las santas y santos que sirven de excusa para que volvamos unos días a la orquesta del pueblo, al vino que te dan a probar solo con los labios y al primer sueño que te robas a ti mismo por esa chica que no volverás a ver hasta el año que viene.

Se mezcla el sudor con el frío de la brisa nocturna, huele a verano y se pega el pelo porque la espuma del puesto se derrite como lo hace el tiempo que no corre. Es de noche y ahora vuela, como vuelan los imberbes de un sitio a otro buscando una sombra, un callejón, esa piedra que siempre será más suya que de otros porque se sentaron sobre ella a terminarse las pipas mientras sonaba otra canción de Camilo Sesto, interpretada por una banda con nombre de Paraíso o de accidente climático, como trueno, estruendo o que pegue tanto al decirlo que ya te baile un poco. Y allí le robó el primer beso que le hizo sentirse una mujer y no una niña, y por eso, aunque siempre le viera un poco más crío, le seguirá gustando ese flequillo otros 30 veranos más.

Familias enteras que empinan el codo al tajo de las barras que son un poco las casas de todos

Un petardo interrumpe la impaciencia, los amigos, la pandilla, los primeros celos que aún sacuden en forma de nervios y el sonido del generador de remolque por el que te cuelas para que no te pille quien sea haciendo eso que haces de nuevas.

Foto: Foto: Unsplash/Christopher Stark.

Se mezclan niños y viejos entrando y saliendo del bar, estas noches sirven copas a pleno pulmón: hijos, sobrinas y hasta abuelas, familias enteras que empinan el codo al tajo de las barras que son un poco las casas de todos, de esos helados que ya no quedan, solo los que tengan precio, mesas de plástico eternas en la calle, laca y perfumes, vestidos de antaño, currantes peinados en trajes nuevos, polos de fresa, de limón, castañuelas, perros ladrando y dos o tres gatos que suben por los muros de piedras viejas, donde crecen esas primeras moras de zarza y de las que robas un par antes de tiempo porque no quieres que estas noches terminen nunca y no hay nada por lo que merezca la pena esperar. El tiempo hay que quemarlo, como se quema otra traca que resuena seguida de la bronca de una señora mayor que ya ha sufrido bastante hoy con las bombetas. También se sirve al que bebe un poco más de la cuenta y al que evitaba el vino de medio día por aquello que se dijo. Que nadie pueda decir en todo el país que no tiene un bar donde arreglar un problema, un rumor, una pella, o eso que le haya venido haciendo de menos y más extraño que antes. Pídale perdón a quien deba y dele un abrazo, ¿no ves que están cantando 'Ese toro enamorado de la luna'?

Alguien pensó que no haría falta una chaqueta, porque la noche avanza, como el verano

Y el fardón farda, el ligón liga, el de la lotería revende, el mayor se sienta y el niño se duerme en el hombro de un padre que tiene su segunda resaca del día, porque en el almuerzo se juntó con los suyos para comerse dos o tres animales enteros en el garaje donde ahora una bombilla refleja el cemento deslumbrado de varias sillas blancas vacías. Todo eso pasa mientras el aire empieza a tener un poco más de frío también y eriza el pelo en los brazos de alguien que pensó que no haría falta una chaqueta porque la noche avanza, como lo hace el verano y la vida. Entonces, la banda se cambia por un pinchadiscos, que es como siempre se llamó al que ponía canciones de otros, y le corta el rollo a los padres, que se cambian por los que vienen de fuera traídos por los hijos para conquistar el coso donde resonaba la tradición al compás de Paco y su chocolate.

De Lavapiés al barrio del Antiguo, de La Latina a Cimavilla, cualquier plaza Mayor a la Porticada, ya sea en Barna, en Sevilla, Xixón o en Villafranca de los Barros, en cada calle, kalea, rúa, carrer, caleya, pasaje o centro de cada pueblo, estas noches marcan lo que no terminaremos de ser nunca. Porque, como ellas, no dejaremos de soñar un poco ni de querer jugar a seguir siendo un poco trastos, que es a lo mismo a lo que juegan los niños, pero cuando crecen.

placeholder La comparsa de Gigantes y Cabezudos de Pamplona. (EFE/Villar López)
La comparsa de Gigantes y Cabezudos de Pamplona. (EFE/Villar López)

Hay bebés que lanzan su último chupete, así, en plan valientes, los cabezudos hacen gritar de miedo a todos los que no entienden de impurezas, las calles se llenan de olor a plancha, de vino y de humor, de chiste y de burla, de corrales, de música, de serrín, de primos, de arena, de recuerdos que han envejecido mejor de lo que pensabas, y de personas lejanas que estas noches vuelven más viejas, pero a las que también tienes un poco más cerca porque siempre estuvieron por aquí, en otro callejón, en otra sombra o en otra piedra, dando su primer beso a una chica que también te gustaba un poco a ti.

El cielo que nos cubre a todos es el mismo, parece que las estrellas quieran ser luces de una avenida de noche, como si nos dijera que estas son un poco más nuestras que nunca, que las tenemos pateadas y bien conocidas, que son las de todos los años, las de aquellos años, y que por eso están ahí de nuevo, pintadas con una luz blanca y brillante sobre un negro que poco a poco se hace azul con el paso de los excesos. Y lo hace para que no cambiemos del todo, para que sigamos siendo un poco como antes, como éramos, como fuimos cuando no sabíamos que todo era verdad y que dolía.

Se aproximan efemérides que rigen las verbenas de las pedanías de nuestras plazas. Da lo mismo que pidas un cachi en vaso de mini que un rebujito de fino con Sprite, de Tarifa a Norteña todos buscan un enchufe donde poder conectar más vatios que bailen a la patrona, que para todos es similar aunque lleve el nombre de Carmen, de Paloma o de María, porque, como bien dice un paisano, no es que todas las mujeres sean iguales, amigo, es que son todas la misma. Así que aplicado queda para todas las santas y santos que sirven de excusa para que volvamos unos días a la orquesta del pueblo, al vino que te dan a probar solo con los labios y al primer sueño que te robas a ti mismo por esa chica que no volverás a ver hasta el año que viene.

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