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Un verano de libros III: doña Rosa, la escritora que no aparecía en los manuales de literatura
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CRÓNICAS ESTIVALES

Un verano de libros III: doña Rosa, la escritora que no aparecía en los manuales de literatura

Al llegar el verano, época ideal para esos libros que tenemos pendientes, pregunté en varias librerías por 'La sinrazón'. Una librera me dijo que era una obra maestra que nadie reeditaba

Foto: Rosa Chacel.
Rosa Chacel.

En 1995, al cursar el ya desaparecido COU, abrí con gran expectación mi manual de literatura. Se titulaba 'Literatura del siglo XX' y lo publicaba Anaya. Iba firmado por Vicente Tusón Valls y Fernando Lázaro Carreter, dos pesos pesados de la docencia de la literatura en España. Se trataba de dos estudiosos de indudable mérito, sobre todo Lázaro Carreter, quien escribió con el citado Tusón y con Evaristo Correa Calderón la mayor parte de los libros de texto de literatura que se usaron en nuestro país en educación secundaria desde 1960 a 1990. El dato no deja de llamar la atención: en 30 años que incluyen el paso de la dictadura a la democracia, con sus distintos gobiernos, los referentes en el ámbito de la educación literaria siguieron siendo los mismos.

Yo era, en aquella época, una lectora voraz, de ahí mi curiosidad por el manual. De los autores de posguerra había leído por mi cuenta a Camilo José Cela, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet, Ramón J. Sender, Ignacio Aldecoa, Mercè Rodoreda, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute y Miguel Delibes. Sin embargo, no conocía a Rosa Chacel. Nadie me había hablado de ella hasta que finalmente me la encontré como destacada en negrita en 'Literatura del siglo XX'. Aparecía en el apartado "Novelistas españoles en el exilio", del capítulo "La novela posterior a 1936. Los años 40 y 50", junto con Ramón J. Sender, Francisco Ayala y Max Aub, a quienes se les dedicaba una semblanza somera, pero suficiente. Para Chacel, solo había dos líneas: "De Rosa Chacel (1898-1994) debe mencionarse, entre sus obras de posguerra, 'La sinrazón' (1960), ambiciosa novela intelectual". Figuraba al final del epígrafe junto con Manuel Andújar, José Ramón Arana y Segundo Serrano Poncela, escritores que recibían similar atención a pesar de que, y a diferencia de Chacel, pocos sepan hoy quiénes son.

placeholder Estatua de Rosa Chacel en Valladolid.
Estatua de Rosa Chacel en Valladolid.

Sentí decepción al comprobar que no había en ese manual ni una sola escritora que se propusiera como lectura. Su destino era el ser nombradas con brevedad, y únicamente Laforet disponía de algo más de espacio. Desde que comencé a cursar literatura, solo había estudiado a fondo a dos autoras: santa Teresa de Jesús y Rosalía de Castro. Una más si sumo la historia de la literatura catalana: Rodoreda. Me pregunté por qué ninguna autora de la posguerra era digna de figurar como propuesta de lectura. Aunque en las lecturas que yo había hecho por mi cuenta las escritoras me habían parecido tan buenas como los escritores, me di una respuesta cándida, acorde con mis 17 años y la legitimidad que le condecía a un manual: supuse que en España, en esa época, ninguna mujer había igualado las gestas literarias masculinas, y que eso era algo que yo no sabía ver por no ser una experta.

Al llegar el verano, época ideal para todos esos libros que tenemos pendientes, pregunté en varias librerías por 'La sinrazón'. Una librera me dijo que era una obra maestra que nadie reeditaba. Todo lo que pudo conseguirme fue un ejemplar de segunda mano de 'Desde el amanecer'. Recuerdo mi asombro ante la clarividencia con la que Chacel desgrana los primeros años de su infancia, pues de eso va ' Desde el amanecer': son las memorias de la niñez de esta vallisoletana que declaraba con orgullo haber nacido en 1898, cuando España perdió las últimas colonias. De ellas, y en un arranque fabuloso, Chacel afirma tener recuerdos (en realidad, los recuerdos eran de su madre, criada en las colonias). La escritora da a entender, a través de la evocación de un día de lluvia tropical que jamás vivió, la fantasmagoría de nuestra maleta vital, de nuestra identidad: nos apropiamos de todo, incluso de lo que no hemos experimentado directamente. La autora cree que nuestro ser es radicalmente poroso, y de esa porosidad se alimenta con avidez la niña Rosa, capaz no solo de recrearse en recuerdos ajenos, sino de asimilar en su propio cuerpo el latido de otros a través de una observación atenta.

placeholder 'Desde el amanecer', de Rosa Chacel.
'Desde el amanecer', de Rosa Chacel.

'Desde el amanecer' empieza en un Valladolid espléndido y termina en un Madrid mezquino, no solo por las ilusiones frustradas, sino por la pobreza material y de espíritu de quienes la rodean, que la futura escritora absorbe con la convicción de que el aprendizaje pasa también por aceptar las lecciones del dolor. La niña se ve forzada a convivir con su abuela, quien se empeña en enseñarle que 'la mujer' (así lo consigna Chacel, en cursiva) debe ser autosuficiente, pero siempre dentro de su propio rol. Sin querer destacar. Sin atrevimiento y resignada a ser eso: 'la mujer'. La resistencia de la niña a dejarse atrapar por ese funesto 'la mujer' de su abuela, por ese distingo que la mutilaba, sumado al machismo de su padre y a la sumisión de su madre, seguramente expliquen que, ya de adulta, Chacel desarrollara alergia no solo a ser identificada como femenina, sino al propio feminismo: no estaba dispuesta a asumirse como 'la mujer'.

El libro, al que he vuelto varias veces, me pareció en aquella primera lectura tan extraordinario que me dolió que Chacel no fuera célebre, como sí lo eran en aquel tiempo Martín Gaite, Umbral, Cela o Delibes. Tal vez por ello no se me olvidan las dos primeras reivindicaciones entusiastas que encontré sobre ella, una de Julián Marías en un artículo de 'ABC' de 1987, al que accedí cuando se generalizó el uso de internet, titulado 'Rosa Chacel: la memoria como invención', y otra en una novela autobiográfica que iguala en maestría a 'Desde el amanecer': me refiero a ' La novela luminosa', del uruguayo Mario Levrero, quien encuentra en Chacel a una hermana, y a quien acaba llamado doña Rosa: "Me maravilla la cantidad de coincidencias que hay entre doña Rosa y yo. Percepciones, sentires, ideas, fobias, malestares muy parecidos", dice Levrero, y también: "Hace muchísimo tiempo que no me entusiasmaba tanto con un autor". Consigna asimismo el extraño silencio en torno a ella: "El otro día estuve buscando a doña Rosa en internet; aparecieron 365 entradas con su nombre, pero ninguna tenía información útil, ni biografía, ni bibliografía".

Levrero escribe esto último en el año 2000. Aunque Chacel parece ahora haber ganado visibilidad, tengo la impresión de que aún no la leemos como se merece.

En 1995, al cursar el ya desaparecido COU, abrí con gran expectación mi manual de literatura. Se titulaba 'Literatura del siglo XX' y lo publicaba Anaya. Iba firmado por Vicente Tusón Valls y Fernando Lázaro Carreter, dos pesos pesados de la docencia de la literatura en España. Se trataba de dos estudiosos de indudable mérito, sobre todo Lázaro Carreter, quien escribió con el citado Tusón y con Evaristo Correa Calderón la mayor parte de los libros de texto de literatura que se usaron en nuestro país en educación secundaria desde 1960 a 1990. El dato no deja de llamar la atención: en 30 años que incluyen el paso de la dictadura a la democracia, con sus distintos gobiernos, los referentes en el ámbito de la educación literaria siguieron siendo los mismos.

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