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Rosalía desata el delirio en Madrid y cumple la última gran profecía de la música pop
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UNA CORONA PARA LA REINA

Rosalía desata el delirio en Madrid y cumple la última gran profecía de la música pop

La primera de las dos noches madrileñas de la gira 'Motomami' en Madrid mostró a una Rosalía en plenitud de facultades presentando un espectáculo minimalista y arrollador

Foto: Rosalía, durante el concierto en el WiZink Center. (EFE/Mariscal)
Rosalía, durante el concierto en el WiZink Center. (EFE/Mariscal)

Comienza a sonar el teclado de feria de ‘Bizcochito’ y tres cuartas partes del público alzan el móvil. Saben lo que está a punto de ocurrir y quieren tenerlo grabado: el guion ya conocido marca que es el momento en el que la Rosalía va a mascar su chicle, va a negar con la cabeza y se va a lanzar a cantar esa canción que parece una mezcla de música de coches de choque y j-pop. La imagen que lleva semanas circulando en TikTok, en Instagram, en Twitter. Convertirse en 'meme' en cuestión de días. Si esa es la medida de la gloria hoy, Rosalía es absolutamente gloriosa.

Apretado en las primeras filas, a unos metros del escenario, es ya como el tercer momento de delirio, en apenas 10 minutos, de un concierto que funciona no como una montaña rusa, sino como una de esas atracciones en las que te sueltan al vacío y caes… durante más de hora y media. Tras el arranque con una accidentada ‘Saoko’ por problemas en el micro y la templada ‘Candy’, a partir de ‘Bizcochito’ todo es trepidante.

La sensación que uno tiene a medida que se suceden grandes éxitos recientes como ‘La fama’, ‘Dolerme’, con la propia cantante a la eléctrica, el resto de ‘Motomami’, las canciones de ‘El mal querer’ y las conocidas colaboraciones que van cayendo poco a poco (‘Yo x ti, tú por mí’, ‘Con altura’), es que es una maldita 'genia'. La inteligencia del que es capaz de suscitar profundidad con sencillez. Pocas veces una persona con tanto carisma es, además, capaz de generar tanta simpatía. Sales pensando que es muy lista, sí, pero también que te gustaría que fuese tu mejor amiga.

Parece levitar sobre el suelo: es evidente que está viviendo su momento de gloria

Por no necesitar, no necesita ni banda. Tan solo unos bailarines, un tatami blanco y una voz impresionante, que cada día goza de más profundidad y emoción. El espectáculo es ella, y resulta obvio que está viviendo su momento de gloria. Parece levitar sobre el suelo: es evidente que está en plenitud de facultades. El público, veinteañeros que aplauden a su entrada por igual a Belén Esteban y Pedro Almodóvar, se despista entre las pantallas y el escenario, porque ocurren muchas cosas al mismo tiempo, tanto sobre el escenario como en canciones que no se agotan con las escuchas. Apenas hay concesiones populistas, ni siquiera un ‘medley’ con guiños al reguetón clásico de Lorna o Daddy Yankee: el 'show' funciona como una de esas metralletas que suenan al final de ‘Hentai’ y consigue que el lado más heterodoxo de ‘Motomami’ no quede suavizado. Es su mejor disco, ese ruido industrial mezclado con copla con arqueología latina. Pero qué lista es.

Nos cuesta entender desde España el verdadero alcance global de la cantante, esa mesías latino-europea que el pop estaba esperando. A día de hoy, ‘Motomami’ sigue siendo el mejor disco del año según Metacritic, la página que recoge la media de las puntuaciones de las revistas internacionales. Si la música tradicional sentó las bases para la música pop de masas durante el siglo XX, Rosalía ha matado el flamenco para convertirse en nuestra primera gran figura superpop. Y si vivimos en la nueva era del 'poptimismo', Rosalía es hoy su mejor embajadora, quizá porque ha conseguido desarrollar una capacidad especial para conciliar el giro musical pegadizo (“uh, uh, uh, ¡la Rosalía! Uh”) y el verso que encoge el corazón junto con la vuelta de tuerca que nadie espera.

placeholder No hay banda, solo bailarines. (EFE/Mariscal)
No hay banda, solo bailarines. (EFE/Mariscal)

La música de Rosalía hoy son las gominolas que sale comiendo en el análisis grabado con Altozano. Es el chicle de ‘Bizcochito’, pero relleno de licor. Quizás haya sido una española la que finalmente haya cumplido la profecía que Nik Cohn lanzó a finales de los sesenta en ‘Auambabuluba Balambambú’, aquel libro que lamentaba la intelectualización de la música pop y añoraba la desaparición de lo que él llamaba superpop. El lenguaje de los dioses, la música de las masas. Hace más de medio siglo, el periodista británico ya afirmaba que el superpop tiene que ser “sencillo e inteligente a la vez, debe encerrar hábilmente sus implicaciones y tiene que ser rápido, divertido, sexy, obsesivo y un poco épico”.

La gira ‘Motomami’ es, efectivamente, sencilla e inteligente, rápida, divertida, sexy, obsesiva y un poco épica. Tiene todas las virtudes del gran pop, su capacidad de agarrar de las entrañas y levantarte del suelo, de encogerte el corazón mientras te hace mover los pies. Se puede decir que es casi un concierto posmusical: no hay banda ni interpretación, solo un fondo musical sobre el que la catalana se luce. Hay que agradecerle también a Rosalía que hable abiertamente de sexo en sus canciones, con dobles sentidos entre lo ‘kitsch’ y lo juguetón; si uno tuviese que fiarse por el resto de la música pop, a lo mejor terminaba pensando que las mujeres no follan. La cantante interpreta ‘Hentai’ sentada sola ante el piano, en una pose casi estereotípica que, sin embargo, se convierte en uno de los momentos más sentidos de 'show'.

Si 'Motomami' es musicalmente minimalista, la puesta en escena también lo es

La última vez que vi a Rosalía fue otra noche de verano, hace exactamente cinco años, en el Parque de la Cuña Verde de O’Donnell, acompañada por un coro infantil, Raül Refree y el peso simbólico del repertorio flamenco de ‘Los ángeles’. Recordaba que había cantado vestida de luto, pero no, salió de rojo pasión como anoche. La memoria rellena los huecos como recuerda las cosas, y aquello fue tan bello como demasiado solemne. Hoy, Rosalía ha encontrado en esa ligereza, en la aparente frivolidad con la que se conduce en las entrevistas, su esperanto, el lenguaje global de una nueva época.

Porque el superpop es la música de la adolescencia, de la cultura ‘teen’, pero no está dirigida únicamente a menores de edad (en realidad, hoy seguimos siendo todos menores de edad de una forma u otra). Es, ante todo, una sensación olvidada que un buen día vuelve. La del torpe primer beso, las noches de verano que no se acababan, la de la ansiedad por esperar algo. La euforia que oculta una melancolía infinita, o simplemente una música patentemente triste que decide seguir bailando a pesar de todo. El reguetón, la bachata, la samba o el flamenco son simplemente incorporaciones tardías a esa paleta de colores. 'It’s my party and I’ll cry if I want to'.

El espacio vacío

Si ‘Motomami’ es musicalmente minimalista, la puesta en escena también lo es. A su manera, la acción transcurre en el mismo cubo diáfano que ha ensayado David Byrne durante los últimos años con magníficos resultados, pero una gran diferencia: si en aquel entraban y salían músicos e instrumentos, en el escenario de Rosalía solo están ella y sus bailarines. Nadie parece echar demasiado de menos un sonido más orgánico, quizá porque se trata de una experiencia corporal.

placeholder 'Es mala amante la fama y no va a quererte de verdad'. (EFE/Mariscal)
'Es mala amante la fama y no va a quererte de verdad'. (EFE/Mariscal)

El propio Cohn también anticipó las grandes maldiciones que habrían de perseguir al nuevo superpop. Por ejemplo, su obsesión por la imagen: cuando escribía que “los discos se pondrán en algo parecido a un gramófono con televisión incorporada” no iba muy desencaminado. Si los asistentes a los conciertos de C. Tangana salen maravillados porque “parece que está rodando una película en directo” (pero ¿quién quiere ver una película si puede estar en un concierto?), cantando a la cámara y no el público, en este caso es el cuerpo entero de Rosalía el que dialoga con la audiencia, lo que crea una extraña intimidad.

Rosalía es capaz de sobreponerse a otros males del superpop moderno, como el elevado precio de las entradas, la incomodidad de los grandes espacios o el peso de los videoclips en la puesta en escena. No da la sensación de estar presenciando un espectáculo coreografiado al detalle que apenas deja espacio para la improvisación, un hándicap salvado por el carisma de la catalana, que debe ser capaz de sonar igual de convincente tras decir mil veces “te quiero” que tras decirlo una. Pero la emoción es genuina y su voz incluso parece quebrarse al enfrentarse a ‘Sakura’.

Tiene el mundo a sus pies y lo sabe

Ya lo canta en ella: “Que si estoy en esto es para romper / Y si me rompo con esto, pues me romperé”. Ha nacido la última gran superestrella en el lugar que uno menos lo esperaba, la mesías perdida del pop que, además, podría vivir en el portal de al lado. Rosalía tiene ahora mismo el mundo a sus pies, y cuando canta, su voz nos dice que es plenamente consciente de ello, por mucho que pretenda ser modesta tachando de “locura” sus experimentos. Hoy también actúa en Madrid. Yo volvería. Y al otro, y al otro.

Comienza a sonar el teclado de feria de ‘Bizcochito’ y tres cuartas partes del público alzan el móvil. Saben lo que está a punto de ocurrir y quieren tenerlo grabado: el guion ya conocido marca que es el momento en el que la Rosalía va a mascar su chicle, va a negar con la cabeza y se va a lanzar a cantar esa canción que parece una mezcla de música de coches de choque y j-pop. La imagen que lleva semanas circulando en TikTok, en Instagram, en Twitter. Convertirse en 'meme' en cuestión de días. Si esa es la medida de la gloria hoy, Rosalía es absolutamente gloriosa.

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