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Esa persona tan famosa de la que todo el mundo está hablando no llega a final de mes
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'TRINCHERA CULTURAL'

Esa persona tan famosa de la que todo el mundo está hablando no llega a final de mes

Hay gente con mucha visibilidad que no cobra lo suficiente como para hacer la declaración de la renta: el gran truco es que todos nos sintamos famosos sin llevarnos un duro por ello

Foto: 'Photocall' en Cannes. (Reuters/Stephane Mahe)
'Photocall' en Cannes. (Reuters/Stephane Mahe)

Si tuviese que elegir una imagen que resumiese las contradicciones de nuestra época, un gesto en el que colisionen la política, la economía y las luchas por el poder de nuestro tiempo, esa sería la haka interpretada por Gerard Romero, periodista deportivo y 'streamer' (o, seguramente, 'streamer' y periodista), ante el compungido rostro del futbolista Luis Suárez, que no entiende nada.

Para el que no lo haya visto, el 'streamer' interpreta una complicada haka, esa danza ritual neozelandesa, cada vez que alguien se suscribe a su canal. Movimientos de brazos, palmadas y otras coreografías que provocan la cara de ascopena del delantero. La respuesta del futbolista cuando Romero le explica que eso significa que va a tener más ingresos es demoledora: "Pasaste de ponerte frente a Xavi, Iniesta y Messi a hacer esto".

La cara de Suárez es la suya, es la mía, es la del Ángel de la Historia flipando ante el siglo XXI. Esos movimientos forzados, histriónicos, ejecutados con el entusiasmo de un mono autómata al que le han echado un euro para que baile y dé palmas resumen la tragedia del trabajador de nuestros días, obligado a autoexplotarse para simplemente existir. En el teatro de las profesiones creativas, de la comunicación y el periodismo y el 'mundillo', necesitas llamar la atención para que alguien se fije en ti. Queríamos ser Norman Mailer, pero un día nos despertamos y somos un meme.

Durante los últimos meses, me he ido fijando, a medida que iba conociendo a distintas personas de diferentes ámbitos con cierto renombre, relativamente conocidas, incluso famosas, que sus ingresos apenas llegan al sueldo mínimo. Una amiga me envía por WhatsApp el siguiente mensaje: "El otro día me crucé con alguien que curra mucho y con mucha visibilidad y descubrí que no tenía que hacer la declaración de la renta porque no llegaba al mínimo".

Cada día que pasa cuesta más ganar menos

Al mismo tiempo que esto ocurría, reparé en que una compañera tenía una idea bastante equivocada de mi sueldo, al que atribuía algún que otro cero de más por mi "firma". "Firmita", respondí yo. La firma solo le importa a otros ilusos como nosotros. Otros veteranos compañeros dedican horas y horas de su semana a mantener sus cuentas de Patreon, a pasar las tardes conectados, retransmitiéndose mientras juegan a videojuegos, saltando de casilla en casilla para arañar unos euros. Viejos periodistas reconvertidos a 'streamers' que publican 10 piezas a la semana cuando hace 20 años habrían cobrado exactamente lo mismo por dos entrevistas. La relación entre visibilidad y rendimiento económico es cada vez menos clara, especialmente cuando todo el mundo tiene ya una firma.

Un artículo aquí, una charla allí, una presentación y un acto para redondear el día, una tertulia de vez en cuando, una vida de bolos que, acumulados, tan solo forman una pequeña montaña de arena. La maldición de este mercado es que cuesta cada vez más sacar rédito económico a cada uno de tus esfuerzos, que cada día que pasa cuesta más ganar menos. Como diría la amiga Naiara Puertas, "el reconocimiento sin redistribución es la maldición de la generación Z, un caramelito para el capital" en referencia a la economía de los creadores de Twitch, que reciben cada vez menos por su trabajo, lo que, a cambio, les obliga a echar más horas. Contento con ver tu nombre en el top, estás dispuesto a olvidar que quien se lo está llevando crudo es la plataforma, que es la que termina decidiendo quién, qué y por qué, la que impone sus términos mientras sus productores de contenido se consuelan pensando que la fama algún día les diferenciará de los demás. Pero es mala amante la fama.

Es mala amante la fama.

La gran disonancia cognitiva se produce en esa brecha entre la reputación percibida y la recompensa material real, lo que conduce indefectiblemente a la sospecha de estar siendo estafados. Esa supuesta fama raramente supone una emancipación en las condiciones de vida, porque en pocos casos se deja de ser un asalariado o esclavo de las plataformas. Por otra parte, resulta difícil monetizar la fama, por no decir imposible, pues en sí misma no es productiva. Que todo el mundo hable de ti no genera dinero: de ahí la gran cantidad de programas, pódcast o libros confeccionados a medida de la mediocelebridad de turno para explotar su efímera fama.

De repente, una de esas no celebridades por un rato se para a observar cómo en la mayoría de trabajos tradicionales los sueldos siguen sin estar ligados a ninguna clase de visibilidad y que en ellos uno puede vivir hasta bien sin que nadie le conozca. De repente, anhelan la estabilidad del anonimato, la vida gris que te permite no tener que pasar todo el día en un continuo 'networking'. Cuando dejan de vampirizar la admiración de sus seguidores, de repente se plantean si no habría sido mucho mejor si hubiesen decidido desaparecer de la vista de los demás.

Uno hace más cosas para ser más visible y, por lo tanto, que le pidan hacer más cosas

Alguien puede aducir que esto ha ocurrido siempre, que futbolistas y estrellas del 'rock' terminaban arruinadas por su incapacidad de manejar correctamente sus finanzas. Bruce Springsteen siempre dijo que hasta la época de 'Born in the USA', a sus treinta y bastantes y tras llenar unos cuantos recintos deportivos, no tenía un duro en la cuenta. La diferencia hoy es que, de hecho, parece haber una relación inversamente proporcional entre esfuerzo y recompensa, la lucha de Sísifo contra una piedra cada vez más pesada. A medida que pasa el tiempo y cada vez más gente aspira a su trozo de tarta, las raciones van haciéndose más y más pequeñas y las microcelebridades salen de debajo de las piedras.

Una de las cosas que uno aprende tras publicar un libro es que el reconocimiento no te lleva a vivir mejor, sino a tener más obligaciones: no consigues más dinero, sino más encargos, más peticiones, más compromisos, más ofertas para hacer más libros. Uno repara, entonces, en la escasa rentabilidad de cada uno de sus esfuerzos, de la gran cantidad de cosas que uno tiene que hacer para conseguir un altavoz. ¿Un altavoz, para qué? Para hacer más cosas para tener más altavoces en un ciclo sin fin, porque el verdadero poder (e influencia) se mueve a otros niveles.

Famosos en tres calles

Una de las maravillas de nuestra época es que cualquiera puede ser una pequeña celebridad. En un mundo fragmentado y atomizado, todos somos ultravisibles, "conocidos" en determinados ambientes. Ahora, cualquier nombre puede sonar. Así, uno se siente de repente privilegiado, sin darse cuenta de que eso no supone ningún salto cualitativo. Que no somos nosotros lo que con nuestros méritos hemos triunfado, sino que simplemente el mundo ha cambiado y hoy interesa que haya más famosos que nunca luchando por su trozo de churro.

Tiene mogollón de fieles. Harían lo que fuera por él, por ser como él.

Tan solo mirando la nómina o la cuenta corriente, uno se da cuenta del auténtico alcance de su supuesta fama y reconocimiento, aunque uno se engañe pensando que se trata de una situación transitoria, que tarde o temprano esa fama y visibilidad tendrán su recompensa económica. Se van a dar cuenta, claro que se van a dar cuenta. Simplemente, aún no ha llegado el momento, pero pronto alguien caerá en el error.

Quizás, al final, todos seamos como en esa descripción que Michel Foucault recogía en 'Vigilar y castigar': "Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de contraluz, se puede percibir desde la torre, recortándose perfectamente sobre la luz, las pequeñas siluetas cautivas en las celdas de la periferia. Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible". ¿Seré yo el loco, el enfermo, el condenado, el obrero o el escolar?

Somos transparentes para los demás, pero opacos para nosotros mismos

Como no soy 'streamer', no sé qué se siente, solo en casa, antes de darle al botón de encender la cámara para presentarse ante decenas, cientos o miles de personas; ese instante en el que uno pasa de la invisibilidad absoluta a ser el centro de atención. Transparentes para los demás, opacos para nosotros mismos, salvo en el momento de revelación en el que, como hace Gerard Romero, obligado por las risas de Luis Suárez, uno admite que sí, que qué pena terminar así. Al final, todos nos pasamos la vida bailando hakas, haciendo aspavientos para que no se olviden de nosotros. Cada vez más desesperados, cada vez más ruidosos, bajando siempre el listón. Como en la canción, ¿qué estarías dispuesto a hacer para ser famoso en tres calles?

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Si tuviese que elegir una imagen que resumiese las contradicciones de nuestra época, un gesto en el que colisionen la política, la economía y las luchas por el poder de nuestro tiempo, esa sería la haka interpretada por Gerard Romero, periodista deportivo y 'streamer' (o, seguramente, 'streamer' y periodista), ante el compungido rostro del futbolista Luis Suárez, que no entiende nada.

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