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El Juli: cómo el niño prodigio se convirtió en hombre prodigio
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El Juli: cómo el niño prodigio se convirtió en hombre prodigio

El diestro madrileño tutea a Morante y Roca Rey con una tauromaquia deslumbrante que le permite consagrarse en Sevilla y rendir Las Ventas

Foto: El diestro Julián López 'El Juli'. (EFE/Juanjo Martín)
El diestro Julián López 'El Juli'. (EFE/Juanjo Martín)

La temporada transcurre como se esperaba, o sea, en la polarización que trasladan la lírica de Morante y la épica de Roca Rey, pero el duelo o el antagonismo perfecto se resienten de la irrupción de El Juli, triunfador de la feria de abril en Sevilla y artífice de las mayores proezas isidriles.

Hasta seis orejas podría haber cortado Julián López en Madrid como recompensa a las dos tardes en que se anunciaba. Se lo impidió la torpeza con la espada, pero la ineficacia en la suerte suprema representa una anécdota frente a la consagración rotunda, deslumbrante y unánime del maestro madrileño.

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Nunca ha toreado mejor El Juli que ahora. Ni tan despacio. Ni tan puro. Y nunca ha sabido gestionar mejor las limitaciones de los toros o la psicología del público. Se le ha entregado Madrid con devoción y mansedumbre. Ha capitulado la beligerancia del tendido siete, cuyos ultras conspiraban sistemáticamente para impedir que El Juli consiguiera abrir la Puerta Grande.

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Y no lo ha conseguido este año en San Isidro, pero no le ha hecho falta. El escándalo entusiasta de sus faenas, la plenitud del toreo fundamental (la verónica, el natural), y la largura inverosímil de los muletazos, han subordinado el valor de la estadística a la estricta conmoción. Dirán los aficionados del siete que la nueva dimensión de El Juli es la que explica la gran reconciliación. Y que la hostilidad enfática de los años anteriores ha servido de estímulo al perfeccionamiento de su tauromaquia.

Es una teoría atractiva, pero no convincente. Ya había expuesto muchas razones El Juli para conseguir la rendición de Las Ventas. Faenas categóricas. Toros cuajados. Y un agravio comparativo que reflejaba el fervor de Sevilla —siete Puertas del Príncipe— respecto a la cicatería de Madrid. Una sola vez ha abierto Julián López la Puerta Grande de Las Ventas (2007).

Dirán los aficionados del siete que la nueva dimensión de El Juli es la que explica la gran reconciliación

Porque Madrid rara vez le es propicia a las figuras. Menos aún si han nacido en el foro. Y peor aún cuando la beligerancia de los aficionados ultras aspira a reprochar a la máxima figura la profanación de todos los dogmas.

Ha rendido El Juli Las Ventas. La ha tiranizado y esclavizado. Y lo ha conseguido en un estado de gracia y de madurez que le sorprende en el umbral de los 40 años —los celebra en octubre— y a punto de cumplir un cuarto de siglo de alternativa (2023). El dato permite evocar la irrupción de Julián López como niño prodigio, pero resulta aún más interesante su proceso de perfeccionamiento, el 'cursus honorum' que lo ha convertido en hombre prodigio. Quizá porque se ha liberado de las presiones competitivas, de los números. Y no porque El Juli se haya despojado de los espolones, sino porque el objetivo no consiste en torear más que nadie, sino en torear mejor.

Lo demuestra su faena templada y estética al ejemplar de Victoriano del Río en La Maestranza. Y lo prueban la pulcritud y la despaciosidad con que meció las embestidas de un bellísimo ejemplar de La Quinta en su primera tarde de San Isidro (11 de mayo). Empezaba a percibirse el cambio de humores, pero fue necesario esperar unos minutos más —el quinto de la tarde— hasta precipitarse el acabose en los tendidos, el delirio de El Juli con la mano izquierda. No tenían fin los muletazos. Los hilvanaba entre el asombro y la anestesia. Las Ventas rugía como la plaza de México en régimen de ebriedad. Y El Juli rompía en lágrimas refugiado en el burladero.

Foto: El diestro peruano Andrés Roca Rey. (EFE/Martín)

Era la manera de reaccionar al contraste extremo de las emociones. El éxtasis del ruedo y la frustración de la espada. La combustión. Y las contradicciones de una tarde arrebatadora cuyos destellos predisponían la expectación de la segunda tarde en la feria (20 de mayo).

Se puso el 'no hay billetes'. Y se le hizo saludar a El Juli nada más romperse el paseíllo. Se trataba de identificar al ídolo. De obedecerlo. Y de sugestionar la escandalera que se precipitó en la faena mayúscula al cuarto ejemplar de Garcigrande. Y no porque el toro colaborara decididamente al triunfo en los orígenes de la faena, sino porque Julián López fue capaz de ahormarlo, de 'construirlo' con paciencia y clarividencia, para luego seducirlo en una cadena de naturales interminables que conmovieron los tendidos.

Ha entrado en una nueva dimensión El Juli. Ni le ha abrumado la plenitud de Morante ni le ha intimidado el poder de Roca Rey. De hecho, la epifanía de Las Ventas sobrepasa todas las sumisiones y todas las convenciones: El Juli ha abierto la Puerta Grande de Madrid sin necesidad de abrirla.

La temporada transcurre como se esperaba, o sea, en la polarización que trasladan la lírica de Morante y la épica de Roca Rey, pero el duelo o el antagonismo perfecto se resienten de la irrupción de El Juli, triunfador de la feria de abril en Sevilla y artífice de las mayores proezas isidriles.

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