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Tu abuela es un negocio: los horteras del inglés son ahora los neocastizos casposos
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'TRINCHERA CULTURAL'

Tu abuela es un negocio: los horteras del inglés son ahora los neocastizos casposos

Los que antes pensaban que lo de fuera era siempre mejor y los que a hoy se les llena la boca con lo auténtico de lo español seguramente sean los mismos

Foto: Se acabó el gin-tonic, vuelve el Anís del Mono. (EFE/Daniel Pérez)
Se acabó el gin-tonic, vuelve el Anís del Mono. (EFE/Daniel Pérez)

El otro día descubrí, estupefacto, que la Sala But ahora se llama La Paqui. Nunca antes un simple cambio de nombre había mostrado tan bien el cambio de los tiempos. Mucha gente simpatizó con el razonamiento sobre el asunto que realicé en Twitter, que venía a decir que esta tendencia a que todo suene forzadamente castizo es aún más casposa que la anglofilia de hace décadas.

Sala But (Sala… ¿Pero?) era el típico nombre vago que uno le pondría a su disco-pub de los años ochenta. La Paqui suena ya a los últimos coletazos de una era de grupos llamados Novedades Carminha y discotecas bautizadas Medias Puri. Una época en la que C. Tangana ha conseguido que un guiri de Texas se pregunte qué es Anís del Mono, en la que es imposible saber si uno está en Malasaña o Mota del Cuervo si solo se fija en los nombres de los locales, en la que el vermú está ganando a las cañas y las recetas de moda se sirven en platos Duralex sobre manteles de cuadros aferrados a la mesa con pinzas que el camarero saca del mandil.

Tu abuela vende mucho, porque a quién no le va a gustar una abuela

En la que, de repente, la Feria de Abril se ha llenado de gente que en otras circunstancias espacio-temporales habrían estado escuchando a Los Planetas en el Festival de Benicássim, gente que este fin de semana colgará el traje de corto o el disfraz de sevillana en el armario (hay gente que se viste; otra se disfraza) para calzarse el de chulapo o chulapa, en un furor por no dejar escapar la siguiente fiesta. Veo un anuncio de Nutella en una marquesina: "Lo bueno lo tenemos en casa".

Los carteles son los de hace medio siglo, pero el sentimiento muy distinto. La gasolina de este neocasticismo es una mezcla de ironía y sentimentalismo, dos rasgos que definen nuestra época. Hemos terminado por gentrificar a nuestra abuela, la Paqui, porque esta era es la del 'engagement' y no hay nada que genera más 'engagement' que la Paqui, porque a quién no le va a gustar la Paqui. Lo tierno, lo rural, lo íntimo, lo familiar, lo tradicional y la culpa hacia toda esa cultura que despreciamos por ser muy modernos se han convertido en un valor al alza dispuesto a ser explotado por salas de fiesta o marcas de cerveza.

placeholder El Primavera Sound de abril. (Reuters/Marcelo del Pozo)
El Primavera Sound de abril. (Reuters/Marcelo del Pozo)

Lo que está mal visto hoy es eso que gran parte de esa gente que hoy llama a su hija Antonia o Lucas habría hecho hace 20 años: cantar en inglés. Hoy es feo, está mal visto, es de antiguos. En la bolsa de valores cotiza más cantar un español 'impojtao', aunque tu dicción en las entrevistas sea de colegio privado, mientras la anglofilia se ve como algo desfasado, un complejo de inferioridad que dejamos atrás. Casi todos los grupos que cantaban en inglés han dejado de hacerlo. Qué vergüenza seguir haciéndolo, con lo auténticos que somos.

Aquella vieja fascinación por lo extranjero y el actual orgullo por lo patrio son la misma cara de una misma moneda, la del cambio constante como elemento estructural de la cultura de consumo que debe vender algo y su opuesto para que el ritmo no pare. Ambas cosas parten del mismo punto. Primero, la de la supuesta superioridad de lo extranjero y hoy, la de la supuesta superioridad de lo antiguo. Lo extranjero, lo moderno, eran los nombres en inglés. Lo antiguo, lo tradicional, lo auténtico, es la ración de oreja como plato 'instagrameable'. El rojo del cartílago da muy bien en cámara.

"Preocuparse en ser castizo es cerrarse las puertas para serlo", escribió Ortega

Lo que este neocasticismo pierde de vista es el carácter histórico, siempre cambiante, que definía lo castizo. Escribió Ortega y Gasset que "castizo es el nombre de lo absolutamente espontáneo, la manifestación de los instintos de una especie en un individuo, la espontaneidad sobreindividual, aquella de la que el individuo mismo no se percata. Por eso, preocuparse en ser castizo es cerrarse las puertas para serlo". Es lo que entendían bien Los Enemigos, grupo castizo por antonomasia, que no hizo ningún esfuerzo por serlo, y lo que no entenderán los que este fin de semana se disfracen de Tanganitas.

La cita aparece recogida en 'La rue del Percebe de la cultura y la niebla de la cultura digital' (Consonni) de Mery Cuesta (gracias por la recomendación a Silvia Nanclares), que realiza una interesante disquisición sobre el neocasticismo. "El gancho consiste en apelar a nuestro pasado más entrañable (la familia) y el paisaje familiar común", escribe la autora. "Así pues, resulta que ahora el escenario de lo castizo vende, reconforta, como lo hacen todas esas neobodegas de reciente apertura en las que se lleva a cabo una escenificación de antros tabernarios aunque el vino se cobra a precio de whisky añejo, no haya ni una mota de polvo, los barriles sean de pega y no se pueda subir la voz".

placeholder La paella popular, la más popular de las paellas. (EFE/Daniel Pérez)
La paella popular, la más popular de las paellas. (EFE/Daniel Pérez)

Hay quien ha interpretado este neocasticismo (como también ocurre con el nuevo andalucismo) en clave política, tanto en uno como en otro sentido. Por un lado, como una tendencia neorrancia de derechas; por otra, como una recuperación de lo popular. Me temo que es transversal: aquí todos comen cocido. La izquierda como nostalgia de comunidad y la derecha como tradición, ambos terminan convirtiendo aquella cultura en fetiche.

La invasión de los puristas

Aquellos viejos anglófilos son los nuevos castizos. Ambas tendencias, cada una a su manera, representan dos distintos momentos culturales de la historia de España. La anglofilia que nos dio a Dover y el 'wachuwachu', ese complejo de inferioridad y de ansias de modernización de los años noventa, en el que la España de la Expo y las Olimpiadas animaba a uno a preguntarse qué podía llegar a ser, y la respuesta se encontraba en el horizonte extranjero.

A lo que han hecho un 'deepfake' es a tu abuela, es decir, a nuestros recuerdos

El neocasticismo es, por el contrario, el símbolo de una época en lo que lo importante es uno mismo y su propia identidad; eso sí que es trampa identitaria. Hoy querer ser otra cosa que lo que uno no es es un símbolo de vanidad, lo importante es no desviarte demasiado de tus raíces. Lo que importa es el pasado, no el futuro. Como en el anuncio de Cruzcampo protagonizado por una Lola Flores 'deepfake' que se sacó de la manga Ogilvy: "¿Tú sabes por qué a mí se me entendió en todo el mundo? Por el acento. Y no me refiero a la forma de hablar, que también". Hoy lo internacional es lo ultralocal.

A quien también le han hecho un 'deepfake' es a tu abuela, es decir, a nuestros recuerdos, material publicitario de primera. Como ocurre con todos esos fenómenos relacionados con lo que llamaba el populismo pedante (la necesidad de intelectualizar cualquier expresión popular para dotarle de prestigio), es una muestra más de la homogeneización de la cultura por imitación, de la aceptación acrítica de cualquier cosa siempre y cuando nos confirme a nosotros mismos. Como escribe la propia Cuesta, "el confortabilísimo paradigma del cambio continuo es el nuevo pasotismo, porque tiene algo de conformista, de verlas venir".

El nuevo 'marketing' de lo castizo.

Cada día estoy más agotado de caldos en la nevera, de visiones infantiles de lo rural, de petardos, de macarras con palillo en la boca, de mamás, de arcaísmos encajados con calzador, de camisetas de tirante Abanderado, de modernos disfrazados en fiestas populares. Porque paseo por las fiestas de San Isidro y me doy cuenta de que en realidad lo que las caracteriza es la heterogeneidad, esa unión imposible de cincuentones del barrio con camisa de Leño y chavales latinos escuchando reguetón, de abuelillos con gorra de chulapo y chicxs con el pelo de colores. Si lo castizo no es purista sino espontáneo, lo más castizo no es esa apropiación comercial de nuestra memoria, sino una chavala ecuatoriana comiéndose un kebab mientras escucha por primera vez 'Días de escuela' de Asfalto, sin dar crédito a lo que oye.

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El otro día descubrí, estupefacto, que la Sala But ahora se llama La Paqui. Nunca antes un simple cambio de nombre había mostrado tan bien el cambio de los tiempos. Mucha gente simpatizó con el razonamiento sobre el asunto que realicé en Twitter, que venía a decir que esta tendencia a que todo suene forzadamente castizo es aún más casposa que la anglofilia de hace décadas.

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