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Centrales nucleares: 70 años destruyendo / salvando el mundo
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'TRINCHERA CULTURAL'

Centrales nucleares: 70 años destruyendo / salvando el mundo

La energía nuclear es bastante segura, siempre que haya condiciones políticas, económicas y sociales que lo garanticen, pero se convierte en un polvorín en situaciones de crisis

Foto: Nucelar, la palabra es "nu-ce-lar".
Nucelar, la palabra es "nu-ce-lar".

fEn los últimos años, con la amenaza del calentamiento global, estamos experimentando un cambio en nuestra percepción de las centrales nucleares. De monstruos devoradores de planetas, famosos por sus abominables flatulencias tóxico-chernobilianas, a escudos de uranio resplandeciente contra los gases de efecto invernadero. Lo cierto es que las centrales nucleares, dejando a un lado el problema de los accidentes o el combustible gastado, solo emiten vapor de agua.

Así que, ¿son negras o verdes? Depende de cuál consideres que es tu mayor problema. Si la prioridad es frenar el calentamiento atmosférico, tendríamos que estar construyendo centrales hasta en las isletas de las rotondas. Algunos países han cambiado su tendencia a erradicarlas, y hablan de prolongar la vida útil de las existentes y de construir otras nuevas. No es solo la amenaza climática lo que ha acentuado el cambio de tendencia en Europa, sino la dependencia del gas ruso.

Foto: Unos reactores nucleares tan pequeños que se pueden transportar en un camión. (Mitsubishi Heavy Industries)

Sea como fuere, en la civilización que hemos levantado necesitamos los megavatios equivalentes a un cojón (un Cojonio) para pestañear, bostezar y rascarnos la panza ante el episodio 344 de "La casa de papel", mientras invertimos en criptos y tuiteamos que #BastaDeAgresionesSexistas. Cualquier movimiento que hagamos devora tanta energía que el precio de la factura de la luz parece un problema pequeño. Hasta subir un vídeo a YouTube contra el cambio climático acelera el cambio climático.

Unos pocos se han convencido de que la solución es aprender de nuestros amigos, los australopitecos, mientras la mayoría discute de dónde sacar el Cojonio de energía que exige nuestro confort, nuestro ocio y nuestro trabajo. El tropo "energía verde" nace precisamente al calor de esa disputa para revertir el calentamiento sin perder un gramo de confort. Y es ahí, en ese club exclusivo y vegetariano, donde la energía nuclear se ha propuesto ser admitida.

Hasta ahora llamábamos "energía verde" a la renovable, es decir, a la que se alimenta de viento, sol, saltos de agua y demás procesos naturales más o menos intervenidos por el hombre, sin generar residuos, aparte de la chatarra de los aerogeneradores o paneles amortizados, o de la construcción faraónica de embalses. Se puede hacer girar una turbina o alimentar un fotolito sin quemar combustible y, por lo tanto, sin afectar al calentamiento, pero por el momento no se puede alimentar con eso la inmensa bulimia energética de nuestra civilización.

La nuclear es, a día de hoy, la única energía que proporciona Cojonios suficientes sin emitir CO², pero llega hasta nosotros demonizada por la cultura debido a catástrofes, reales y ficticias, como los accidentes nucleares hipercontaminantes de Chernóbil o Fukushima, los cementerios de combustible radiactivo que seguirán siendo pozos negros cuando el sol se haya apagado, las zonas de exclusión con ciudades fantasma, los niños deformes, la leucemia, Godzilla, Homer Simpson o las performances de Greenpeace.

Foto: Vehículos militares con misiles nucleares intercontinentales chinos DF-5B en la plaza de Tiananmen ( EFE EPA ROMAN PILIPEY)

Desde que en 1954 encendió su reactor la primera central para uso civil en Óbninsk, a cien kilómetros de Moscú, la energía atómica ha sido objeto de una guerra cultural. Ese mismo año, Eisenhower puso la primera piedra de la de Shippingport, en Pensilvania, como parte del programa "Átomos para la paz", que era una forma de ofrecer algo positivo ante el terror de la carrera armamentística entre Estados Unidos y la URSS, y un lavado de cara sobre Hiroshima y Nagasaki. Poco después se creaba la OIEA.

"Átomos por la paz" alimentó durante años la esperanza de una energía ilimitada, barata y segura, e irradió Occidente en la misión prometeica de asegurar el suministro energético a millones de nuevos clasemedianos, consumidores compulsivos, al tiempo que proporcionaba mejoras inauditas en las ciencias de la salud, la agricultura o la industria. Francia y Reino Unido fueron los países más entusiastas de Europa en la construcción de centrales nucleares civiles, y también las dos naciones europeas que se hicieron con la bomba. En el pecado iba la penitencia.

Foto: Central nuclear de Grohnde, en Alemania. (EFE/Focke Strangmann)

Pero después llegaron los primeros accidentes graves, que hicieron cobrar conciencia a la población de que las utopías energéticas no existen. Desde los años setenta, es decir, una década antes de la confirmación científica del calentamiento global, el ecologismo ha dicho que la única diferencia entre una bomba atómica y una central nuclear de uso civil es el tiempo. Las catástrofes nucleares han sido lo bastante espectaculares como para alimentar esta creencia, y a la cultura popular siempre le ha fascinado ese peligro invisible, por lo que el relato ha tenido pocos opositores.

Sin embargo, hoy los desiertos apocalípticos de la imaginación de la gente no se extienden después de fallos críticos en los reactores atómicos, sino por la emisión de gases de efecto invernadero. La conciencia, confirmada por la ciencia, de que el mundo habitable está amenazado de muerte brota del carbono, como el diamante, y la energía nuclear reclama su lugar en las filas de los amigos del medio ambiente. Como en todo, la cosa no se dirime en un documento DAFO de pros y contras, sino en función de las prioridades.

Foto: Lavrov, el pasado 22 de abril en Moscú. (EFE/Ministerio de Exteriores de Rusia)

Las centrales nucleares son bastante seguras siempre que haya condiciones políticas, económicas y sociales que así lo garanticen, pero se convierten en polvorines en situaciones de crisis o guerra, como la que azota Ucrania, la que pudrió la Unión Soviética o el maremoto de Japón. También pueden accidentarse por motivos más pedestres, como pasó en Three Mile Island, y esto sin contar con el problema, imposible de relativizar, por más que lo intente el lobby atómico, del combustible agotado. Pintarlas como benefactores sin sombra es pura propaganda.

Sin embargo, es cierto que en la ecuación de coste, riesgo y beneficio salen ganando, por el momento. La fisión nuclear podrá ser verde árbol o verde vengador tóxico en función de percepciones sutiles, pero mientras se desarrolla la fusión (que no deja residuos ni emite gases calientes) y se amplía la capacidad productiva de las renovables, parece que no nos queda otra que confiarnos a su ayuda según el viejo adagio de que los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos.

Si queremos frenar la deriva apocalíptica del calentamiento atmosférico, yo no veo más alternativa que considerar como (circunstancialmente) ecologista el lema "nuclear, sí".

fEn los últimos años, con la amenaza del calentamiento global, estamos experimentando un cambio en nuestra percepción de las centrales nucleares. De monstruos devoradores de planetas, famosos por sus abominables flatulencias tóxico-chernobilianas, a escudos de uranio resplandeciente contra los gases de efecto invernadero. Lo cierto es que las centrales nucleares, dejando a un lado el problema de los accidentes o el combustible gastado, solo emiten vapor de agua.

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