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El gran dilema del asiento reclinable del avión en Occidente
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MALA FAMA

El gran dilema del asiento reclinable del avión en Occidente

Tomar una aeronave en clase turista vuelve toda comodidad propia una molestia para otro

Foto: ¿Reclinar o no reclinar? Esa es la cuestión. (EFE/Efrén Hernández)
¿Reclinar o no reclinar? Esa es la cuestión. (EFE/Efrén Hernández)

Dejemos lo importante y vayamos a lo fundamental: el asiento reclinable en los aviones. Después de muchos años, volé de nuevo y en clase turista y con destino francés. Todo iba lo suficientemente mal como para empeorar enseguida. Un joven con pinta de activista y su novia completaron la fila de tres asientos donde yo ocupaba el más cercano al pasillo. Era un Airbus A320 con configuración 3+3. Otra pareja, más mayor y aburguesada, ocupó dos asientos en la fila de delante. El avión despegó y el activista, como era previsible, empezó a comer jamón de York y pan. Su novia no. Era alemana.

A medio vuelo, en mitad del cielo que nunca le ha hecho daño a nadie, la pareja de clase media alta hizo algo interesante: se separaron. Ella quedó en el asiento de ventanilla, mientras que él ocupó el que daba al pasillo, delante de mí. En el asiento del medio de su fila no iba nadie, y ahí pusieron un bolso. De pronto, simultáneamente, como si el conflicto tuviera sus horas precisas y sus coreografías implacables, los pasajeros necesitados de accionar el botón que reclina su asiento apretaron todos juntos el botón que reclinaba sus asientos. Algo parecido a la dialéctica del amo y el esclavo empezó a desarrollarse.

Mi amo era el señor atildado, cuyo respaldo me hacía imposible seguir leyendo un libro. El amo de la novia alemana del activista que comía jamón de York con pan era la mujer de este hombre. Y el amo del activista era un bolso. Pero no fue tan fácil descubrirlo.

Yo, que soy castellano, me resigné a la molestia que la comodidad del pasajero que iba delante de mí me provocaba reclinando su asiento

Porque yo, que soy castellano, me resigné a la molestia que la comodidad del pasajero que iba delante de mí me provocaba reclinando su asiento. Y la novia alemana (la escuché hablar varias veces) no podía hacer mucho contra una señora que también quería volar más a gusto. Pero ¿y el joven activista? El pobre chico miraba a su novia, fruncía el entrecejo, echaba cuentas (dos personas, tres asientos), ponía las manos con las palmas para arriba, miraba ese respaldo que le invadía el jamón de York con pan. Luego fisgó por el espacio entre los asientos. Finalmente, se puso de puntillas, con gran dificultad, para ver por encima del reposacabezas quién necesitaba reclinar el asiento delante de él, pues los tres habíamos visto cómo solo dos pasajeros viajaban en la fila de delante, y ahora estaban uno a cada lado, y teóricamente nadie en el centro, aunque ese asiento también hubiera sido inclinado. Cuando el joven se aseguró de que en ese asiento solo iba un bolso, hubo un paréntesis cómico, admirado, casi performativo. Un bolso quería reclinar el asiento, eso era lo que había.

La rubia se rebela

Mientras, varias filas más adelante, un hombre fuerte y bronceado había reclinado su asiento. Y una joven delgada y rubia, detrás de él, no pudo soportarlo más y, con las rodillas, empezó a empujar firmemente el respaldo que la aplastaba. Entonces el hombre se levantó, le gritó algo en quién sabe qué idioma tallado en piedra, y golpeó su propio respaldo con una violencia patriarcal inexcusable, pero muy efectiva. Quiere decirse que había mucho mal rollo por todas partes.

Mi vecino activista, quizá después de acabarse el dichoso jamón de York, dio un paso al frente, tras comprobar de nuevo lo insensato de la situación. Lo insensato de la situación era que dos personas habían reclinado todos los asientos de su fila de tres.

Foto: Vuelo de prueba del Airbus A320neo. (EFE)

Así que tocó en el hombro al señor y le preguntó si podía por favor poner recto el respaldo del asiento donde no iba nadie, solo equipaje. El hombre, con una escalofriante educación muy entrenada, le contestó: “Tú también puedes reclinar tu asiento”. Y el joven dijo: “Pero es que yo no quiero molestar a nadie”. El hombre no supo qué replicar, pero tranquilamente se volvió y siguió mirando su móvil.

Todo lo mal que me había caído este chico desde el primer vistazo se diluyó en la poesía, la filosofía, la filantropía de esa frase: “Yo no quiero molestar a nadie”. He ahí, sin más, a una buena persona.

“A mí también me molestan muchas cosas, no te digo, y me tengo que aguantar”. Esto lo dijo la esposa del señor, con el clásico cuidado que pone una en hablar bajito para que los demás la escuchen bien. Yo había observado concienzudamente a la pareja burguesa en lo que llevábamos de vuelo. Me parecía que había algo en ellos totalmente imperdonable: eran ricos e infelices. Y, cuando eres infeliz, solo puedes hacer una cosa: joder a los demás.

Todo lo mal que me había caído este chico desde el primer vistazo se diluyó en la poesía, la filosofía, la filantropía de esa frase

El dilema del asiento reclinable en Occidente era intrincado: todo el mundo puede molestar a alguien que a su vez puede suavizar su suplicio molestando a un tercero. Si eliges no molestar, sufrirás varias horas de apretujamiento. Si decides apretujar, necesitarás un individualismo de convicciones verdaderamente resistentes para soportar la culpa. Debes pensar que no eres un torturador porque, a fin de cuentas, el propio avión te permite reclinar tu asiento, va en el precio del billete y todo el mundo puede hacerlo.

Sin embargo, lo que empieza como una parábola ultraliberal tiene su giro ideológico sorpresivo: ¿no es acaso comunismo lo que te pide un Airbus A320? Es decir, en rigor el avión pide que todos y cada uno de los pasajeros de clase turista configurada 3+3 reclinen su asiento para ser felices. No vale que uno no quiera reclinar su asiento, no vale el pensamiento propio, no se admiten versos sueltos y erguidos. Todos inclinados.

El señor mantuvo inclinado todo el vuelo el asiento donde no viajaba nadie, y que molestaba al joven que no quería a su vez aplastar a otro. Vi al señor mirar Idealista. “Ha bajado”, le dijo a su mujer. Le enseñó la pantalla. Era una casa de 800.000 euros. Si fueran ricos de verdad, pensé, lo cierto es que no viajarían en clase turista; no andarían mirando rebajas mínimas en inmuebles caros. El bolso seguía en el asiento central. Yo no dejaba de pensar en ese momento en que dos personas deciden reclinar un asiento vacío.

Dejemos lo importante y vayamos a lo fundamental: el asiento reclinable en los aviones. Después de muchos años, volé de nuevo y en clase turista y con destino francés. Todo iba lo suficientemente mal como para empeorar enseguida. Un joven con pinta de activista y su novia completaron la fila de tres asientos donde yo ocupaba el más cercano al pasillo. Era un Airbus A320 con configuración 3+3. Otra pareja, más mayor y aburguesada, ocupó dos asientos en la fila de delante. El avión despegó y el activista, como era previsible, empezó a comer jamón de York y pan. Su novia no. Era alemana.

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