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El niño ese que hace los deberes en el bar mientras te pones piojo
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'TRINCHERA CULTURAL'

El niño ese que hace los deberes en el bar mientras te pones piojo

'Collado: la maldición de una casa de comidas', de Carles Armengol, es un libro único y sensacional, la mejor 'literatura de bares' que puedas leer

Foto: El bar Collado, en Collblanc. (Cedida)
El bar Collado, en Collblanc. (Cedida)

Los que seáis parroquianos, como yo, os habréis hecho esta pregunta más de una vez en más de un bar: ¿qué demonios pinta ahí ese niño que intenta hacer los deberes sobre un mantel de papel granulado y deslizante con las palabras "buen provecho" impresas? La respuesta es sencilla, solo hay tres posibilidades: o ese niño es el hijo del dueño, o es el hijo de algún camarero, o -en la peor hipótesis- es el hijo del tipo que hay soldado a la tragaperras, junto a la puerta. En los dos primeros casos, el crío no tiene más remedio que convivir con la patulea de alcohólicos y glotones, de balas perdidas y divorciados, y señoras que toman descafeinado, que rueda como las siete plagas por todos los bares con personalidad de España. De cualquier forma, esa pequeña presencia discreta tiene una historia. Una historia que no se ha contado.

El niño que coloca un estuche abierto entre los cercos de los vasos y las marcas de platos calientes y desgastados, que saca su cuaderno de mates y se enfrasca, es el prisionero del bar. Vive allí, prácticamente, como sus padres (normalmente el jefe y la jefa), y como sus hermanos mayores, y cuando tenga edad para hacerse pajas será quien te ponga alguna caña. En España hay miles de bares y restaurantes regentados por matrimonios, cuya progenie utiliza el local como sala de estudio y también como jardín de infancia, como guardería, esté lleno hasta la bandera o mustio y desangelado. Los clientes fijos lo conocen y le hacen carantoñas, y él se acostumbra a que sus amigos, en vez de otros niños, sean esos señores con la nariz roja por las venillas rotas a vinazos, las putas en descanso y los viudos que no saben freír un huevo.

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Mi yayo Juan, de 96 años, sigue yendo al bar La Perla de Yecla, donde siempre que voy me presenta a su tío, un niño de 10 años al que le hace mucha gracia que le haya salido un sobrino tan viejo. Ese niño es uno de tantos prisioneros de esos lugares aparentemente abiertos al público: el hijo del dueño.

Literatura de bares

Pese a que la literatura de los bares es un género literario en sí mismo, el hijo del dueño es uno de los personajes menos explotados por ella. Que existan tantos libros ambientados en bares tiene una explicación: buena parte de los escritores, incluso de los mejores escritores de la historia, han sido y son unos borrachos de tomo y lomo. Y el que no bebe, lo frecuenta por otros motivos. Jardiel Poncela, que solo tomaba café, no podía escribir fuera de un bar español, hasta el punto de que cuando se fue a trabajar de guionista a Hollywood hizo construir a los carpinteros de decorados de cine el trampantojo de un bar español, solo para él.

La literatura de bares existe en España, país de bares, y en todas partes. En los Estados Unidos tiraron de ella Truman Capote o Fitzgerald para ambientes distinguidos y decadentes, y todos los autores de novela negra para la sordidez de los dinner de carretera. En Francia los cafés fueron la cuna del surrealismo, los escenarios picarescos de Boris Vian, y en Alemania las cervecerías y los cabarets eran la forja de buena parte de la producción literaria.

Ahora uno de esos niños que hacen los deberes en la mesa del fondo ha crecido, se ha formado y ha escrito un libro

Sin embargo, este género literario ha tenido un agujero enorme hasta este momento: lo han escrito siempre los clientes, y los clientes, incluso los más persistentes y borrachuzos, tienen siempre una visión sesgada de lo que es un bar. Pues bien: ahora uno de esos niños que hacen los deberes en la mesa del fondo ha crecido, se ha formado y ha escrito un libro. Un libro que es único y jodidamente sensacional.

Se llama 'Collado: la maldición de una casa de comidas', y su autor, niño de bar en los ochenta, es Carles Armengol. Su nombre no te suena de nada porque no es famoso, y no es famoso porque ha publicado en una pequeña editorial, Colectivo Bruxista, y no está de moda. Si hubiera sacado el mismo libro en Anagrama o Blackie Books todo el mundo estaría hablando de él. Dirían cosas ampulosas como que es la voz de los sin voz, un canto al proletariado del sector servicios, etcétera. Pero no es lo que nos interesa aquí.

placeholder Carles Armengol.
Carles Armengol.

Armengol debe ser leído no sólo por la brillantez de la escritura, que hace palidecer a autores bien conocidos, o por lo jugoso de las reflexiones del libro, o por lo increíble y descacharrante de las historias que cuenta (todas reales), sino porque su libro es el retrato más profundo, tridimensional y excitante de un escenario que todos creemos conocer muy bien, por frecuentado, pero del que sabemos tan poco -si no somos parte del gremio- como de los terráqueos de la superficie de Plutón.

Armengol, que escribe mejor que los escritores que van a los cafés a dejarse ver con la Moleskine, abre la persiana hasta que choca con el techo y presenta con toda la crudeza y no poco cariño la vida de camareros, dueños, parroquianos y atracadores en una pequeña casa de comidas de Hospitalet, desaparecida en 2012: la de su familia. Conocemos también a esta familia, de paso, que ha tenido que vivir en el bar, mañanas y tardes, sin eso que todas las familias normales tienen: libertad de movimientos e intimidad. Es el mejor libro que se ha escrito en España sobre los bares, y posiblemente el mejor que pueda llegar a escribirse.

Los que seáis parroquianos, como yo, os habréis hecho esta pregunta más de una vez en más de un bar: ¿qué demonios pinta ahí ese niño que intenta hacer los deberes sobre un mantel de papel granulado y deslizante con las palabras "buen provecho" impresas? La respuesta es sencilla, solo hay tres posibilidades: o ese niño es el hijo del dueño, o es el hijo de algún camarero, o -en la peor hipótesis- es el hijo del tipo que hay soldado a la tragaperras, junto a la puerta. En los dos primeros casos, el crío no tiene más remedio que convivir con la patulea de alcohólicos y glotones, de balas perdidas y divorciados, y señoras que toman descafeinado, que rueda como las siete plagas por todos los bares con personalidad de España. De cualquier forma, esa pequeña presencia discreta tiene una historia. Una historia que no se ha contado.

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