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Dime a qué te dedicas y te diré lo que molas
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'TRINCHERA CULTURAL'

Dime a qué te dedicas y te diré lo que molas

Tal vez mi problema fue estudiar algo que creía que me gustaba, pero luego no. O no haber seguido formándome o especializándome o reciclándome o biodegradándome

Foto: Una camarera trabaja en una cafetería de Toledo. (EFE/Ismael Herrero)
Una camarera trabaja en una cafetería de Toledo. (EFE/Ismael Herrero)

Ocurrió hace 12 años, durante la fiesta de cumpleaños de un completo desconocido (en lo sucesivo 'El Imbécil') en un bar de Malasaña que probablemente ya no exista, y a la que acudí acompañando, sin demasiadas ganas, a mi pareja de entonces. Él era amigo de una amiga de mi ex. Y de verdad, lo digo sin reservas, juro que era imbécil el chaval.

Resulta que había tenido la ocurrencia de organizar a los invitados por gremios. Por un lado, estaban todos los que, de un modo u otro, tenían relación con lo audiovisual: aspirantes a realizadores, guionistas o actores que formaban el grupo más numeroso y cuyo centro era él, en toda su imbecilidad. Luego, entre botellines y patatas rancias, estaba el resto: atomizados, privados de creatividad, sin brillibrilli.

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Gran anfitrión, en cuanto aparecimos, corrió a recibirnos de forma exageradamente protocolaria. Intercambiamos saludos y, una vez hechas las presentaciones, me soltó en seguida:

"¿Y tú, a qué te dedicas?".

"Soy teleoperador", le contesté.

"¿Teleoperador? De eso no tenemos aquí, tenemos realizadores, actores... Tenemos incluso algún médico, pero teleoperadores no, lo siento".

Entre botellines y patatas rancias, estaba el resto: atomizados, privados de creatividad...

¿Debería haberle dado un bofetón? No lo hice, pero tampoco hubiera pasado nada. Y no porque esto sucediera en una época anterior al 'affaire' Rock-Pinkett-Smith, los ofendiditos o el debate sobre los límites del humor, sino porque aquello no tenía gracia ni pretendía tenerla. Sencillamente, no era una broma.

Pero, si no estábamos en el medievo, sino en el siglo XXI, ¿a qué venía ese anacronismo de los gremios? ¡Y encima estando de fiesta! ¿Por qué tantas ganas de segregar a esas horas de la noche?

Hasta aquí la anécdota. La verdad, no recuerdo nada más, pero he querido traer a El Imbécil al presente para ilustrar el tema que me ocupa. Y es que no deja de sorprenderme cómo la noción de trabajo sigue siendo un sesgo tan importante para la consideración del otro, cuando el panorama es de inestabilidad y pérdida sistemática de calidad de vida y poder adquisitivo para sectores cada vez más amplios de la sociedad.

Estudiar lo que te gusta para trabajar en lo que puedas

Cada vez se apuesta más por una educación pragmática, orientada a la productividad, la rentabilidad económica y que va en detrimento de las, aparentemente inútiles, humanidades. MBA y escuelas de negocios surgiendo como setas y agotando plazas, padres diciendo: "Niño, estudia algo que tenga salidas" y demás bajonas contemporáneas.

Tal vez mi problema fue estudiar algo que creía que me gustaba, pero luego no. O no haber seguido formándome o especializándome o reciclándome o biodegradándome.

Entonces, ¿qué significa realmente eso de dedicarse a lo que te gusta? ¿Cómo es convertir una pasión o vocación en tu medio de vida, en la sustancia de tu sustento económico y anímico? Las más de las veces, acabar odiándolo.

Tal vez mi problema fue estudiar algo que creía que me gustaba, pero luego no

Definitivamente, la realidad política mundial y su devenir productivista y tecnocrático están motivando un cambio de paradigma, inflexible en su flexibilidad.

Me doy una vuelta por un portal de empleo: "Se busca joven con tragaderas", "Se busca felpudo humano", "Se busca chico para todo", "Se precisa hombre orquesta". Abro oferta. Requisitos mínimos: un par de premios Nobel y media vida de experiencia. Se ofrece: contrato por obra y servicio a jornada completa y retribuciones extra (tiques restaurante, clases de idiomas, gimnasio y un nicho en el cementerio). Salario no disponible. 975 personas inscritas. Cierro oferta.

Trabajos vocacionales

En su canción 'Quieren dinero' de 1986, el grupo de pop chileno Los Prisioneros cantaba: "Es mentira eso del amor al arte/ No es tan cierto eso de la vocación/ Estamos listos tú y yo para matarnos los dos/ Por algún miserable porcentaje".

En una época tan hiperbólica y sesgada como la actual, el uso indiscriminado de palabras como 'libertad', 'amor', 'arte' o 'talento' ha conseguido vaciarlas de significado. Bajo esta perspectiva, cuando el talento pretende convertirse en vocación, siempre debe ser doble. Al implicar, por un lado, talento para lo que sea y, por otro, el talento o al menos la voluntad de monetizarlo.

Trabajos liberales

El 'éxito' es la dimensión clave del orden de representación social, pero en los sectores liberales/creativos/pseudointelectuales está especialmente ligado a la estética. El prestigio y la identidad se proyectan a través del estatus que proporciona esa estética del 'éxito'. Acumular reconocimiento en la cultura de los 'likes', los 'plays' y los 'followers' parece hoy en día la consecuencia lógica de la calidad del trabajo realizado. En qué consiste ese trabajo importa menos, porque su verdadera sustancia es el talento para producir y exponer esa apariencia, ese éxito-estética que los distingue culturalmente. Esto podría funcionar como actualización de aquello a lo que Pierre Bordieu llamó "capital cultural", que, junto al "capital económico", se supone que conformarían las bases sociales del gusto y, por tanto, también ese prejuicio elitista por el cual los imbéciles del mismo gremio tendrían una mayor afinidad.

Trabajos esenciales

En los países escandinavos, los maestros son respetados por ser bastiones importantes en la formación de las nuevas generaciones. Viendo cómo se está enfocando la educación en este país, no me atrevería a afirmar lo mismo. De la misma manera, médicos y sanitarios están viendo denostada su labor a consecuencia de recortes y privatizaciones continuas. No obstante, podría decirse que estas profesiones aún gozan de cierto prestigio por considerarse esenciales para la sociedad. Pero ¿qué ocurre con esos otros trabajos, considerados 'no cualificados', que durante la pandemia empezaron a ser tomados como esenciales (cajeros, repartidores…)?
Sin poderse permitir parar y habiendo permanecido al pie del cañón, no han visto incrementado su reconocimiento social o salarial. A esos pobres ni un aplauso o, como hubiera dicho El Imbécil sin despeinarse: "Haber estudiado".

Trabajos de mierda

Existen profesionales altamente cualificados como programadores, técnicos e ingenieros de distinto tipo, pero ¿de verdad existen los trabajos 'no cualificados'?

Qué concepto más tramposo. En realidad, no existen los trabajos completamente disociados de alguna habilidad, aptitud o conocimiento necesario para llevarlos a cabo. Más bien, si nos interesara realmente hacer una valoración crítica desde una perspectiva antropológica honesta, convendría circunscribirse a lo que David Graeber planteó en su célebre 'Trabajos de mierda'. Lo que conllevaría, a su vez, un replanteamiento problemático de muchos empleos 'cualificados', al formular su tesis partiendo de la siguiente pregunta: ¿su trabajo tiene algún sentido para la sociedad?

Me imagino a un total de cero asesores, consultores o directores justificando una respuesta afirmativa sin dar vergüenza.

Cuéntame cómo te ha ido, si has conocido la felicidad

Teleoperador, repartidor de periódicos, mozo de almacén, captador de ONG, pegador de carteles, camarero, tendero, modelo de manos, niñero, redactor de horóscopos, músico, MÁXIMO EXPONENTE DEL PRECARIADO PROFESIONAL...

¡Guau! Después de tantos y diversos bandazos laborales, no sé qué decir. A todo eso y más me he dedicado eventualmente, pero, a la vez, con nada me he sentido realizado o lo bastante satisfecho para prolongarlo en el tiempo. Y, aunque para ligar siempre ha sido mejor lo último, tampoco creo que ninguna de esas actividades, meramente circunstanciales, me defina. Es más, ni siquiera considero que pueda extraerse de ahí una conclusión sobre mi persona que no sea la de haber estado más perdido que el barco del arroz.

A todo eso y más me he dedicado eventualmente, pero, a la vez, con nada me he sentido realizado o lo bastante satisfecho para prolongarlo

Y tú, ¿a qué te dedicas? En serio, cuánta información se puede inferir con una sola respuesta a la preguntita de marras. Cómo sacar una conjetura sobre el grado de conocimiento de nadie en (yo qué sé) psicoanálisis, MMA o la receta del gazpacho perfecto.

A estas alturas, ya te habrás dado cuenta de que no tengo respuestas para todas estas preguntas. Te diría que aún las estoy buscando, si no fuera mentira. El camino a la autorrealización por el trabajo en la centrifugadora turbocapitalista va a volvernos imbéciles a todos.

Ocurrió hace 12 años, durante la fiesta de cumpleaños de un completo desconocido (en lo sucesivo 'El Imbécil') en un bar de Malasaña que probablemente ya no exista, y a la que acudí acompañando, sin demasiadas ganas, a mi pareja de entonces. Él era amigo de una amiga de mi ex. Y de verdad, lo digo sin reservas, juro que era imbécil el chaval.

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