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Le Pen y la extrema derecha de Francia antes llamada FN: de anti-Rusia a cobrar de Putin
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Le Pen y la extrema derecha de Francia antes llamada FN: de anti-Rusia a cobrar de Putin

El padre de la candidata es esencial para entender cómo ha evolucionado esta formación hasta la temerosa posibilidad de alcanzar el Elíseo, 'a priori' descartada para 2022 y más posible en la ronda de 2027

Foto: Marine Le Pen durante su encuentro en Moscú con Vladimir Putin en 2017. (EFE/Michael Klimentyev)
Marine Le Pen durante su encuentro en Moscú con Vladimir Putin en 2017. (EFE/Michael Klimentyev)

Marine Le Pen es un blanco fácil, y en una época de ruido constante esto impide resaltar sus habilidades, entre ellas una bastante soslayada durante estas semanas de campaña presidencial francesa: el Front National existe, pero desde el primero de junio de 2018 luce otro nombre, herencia de otros movimientos galos de extrema derecha. Rassemblement National suena más suave. El cambio se enmarca dentro del eterno proceso de desdemonización para atraer un abanico electoral más amplio y expiar los pecados del pasado, la mayoría de ellos fruto de la imprudente verborrea del patriarca del invento, Jean-Marie Le Pen, quien, en sintonía con la tradición ultra en nuestro país vecino, nunca se distinguió por su rusofilia.

A lo largo del siglo XX todo aquello proveniente de Moscú era una antípoda de todo aquello con aire fascistoide, tanto por el comunismo de la Unión Soviética como por su papel en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Esto solo sufrirá un brusco viraje tras la caída del telón de acero, cuando Rusia reingresará a la órbita capitalista, erigiéndose en faro y modelo de la nueva extrema derecha tras el ascenso al poder de Vladimir Putin el viernes 31 de diciembre de 1999.

placeholder Jean-Marie Le Pen y su hija Marine en 2010. (Reuters/Pascal Rossignol)
Jean-Marie Le Pen y su hija Marine en 2010. (Reuters/Pascal Rossignol)

El idilio entre el Front National y el coloso eslavo tuvo su flechazo poco antes. En febrero de 1996 Jean-Marie Le Pen propuso al recientemente fallecido Vladimir Zhirinovski la unión de los patriotas de todo el mundo, ardid incrementado en 2005, cuando propuso en la capital rusa la creación de un espacio boreal, cristiano y humanista, idea ampliada en 2011 mediante la sugerencia de una unión paneuropea con Suiza y sin Turquía.

Estas fantasías son una nadería si las cotejamos con apoyos y acciones mucho más tangibles, como las frecuentes visitas moscovitas de los cuadros del FN desde 2012, el sí incondicional de Marine Le Pen a la farsa del referéndum de 2014 en Crimea y el financiamiento de las campañas del partido de extrema derecha a través de la sociedad chipriota Vernonsia Holdings Ltd, alimentada por fondos rusos y, según Mediapart, gestionada por un ex del KGB. Asimismo, en septiembre de 2014, el Front National recibió 9 millones de euros del First Czech Russian Bank, con sede en Moscú.

Génesis

El padre de la candidata es esencial para entender cómo ha evolucionado esta formación hasta la temerosa posibilidad de alcanzar el Elíseo, a priori descartada para 2022 y más posible en la ronda de 2027 si prosigue la tendencia actual hacia la casi desaparición de los partidos tradicionales, a la que se añade la obligada ausencia de Emmanuel Macron dentro de un quinquenio, pues la Repúblique En Marche, como tantos otros fenómenos de nuestro tiempo, se basa en un hiperliderazgo carismático de difícil sucesión, algo peligroso a largo plazo para allanar, sin querer, el camino de Marine Le Pen hacia la cumbre. El origen del viejo FN fue tortuoso, y así como ha aprovechado como pocos el contexto de nuestro siglo también le costó crecer a causa del legado la anterior centuria, donde la barbarie de nazis y fascistas estaba bien fresca en la memoria colectiva.

placeholder Cartel del Frente Nacional en 1991. (Cedida)
Cartel del Frente Nacional en 1991. (Cedida)

En el caso francés, este recuerdo del horror se determinaba por otros factores históricos, derivados del periodo de entreguerras, como por ejemplo la famosa manifestación del 6 de febrero de 1934 en la parisina plaza de la Concordia o el Colaboracionismo durante la ocupación alemana, entre 1940 y 1944. A estos episodios se sumaban otros más recientes, fruto de las guerras de la década de los cincuenta, tales como la catástrofe de Indochina o el terrorismo de la OAS (Organización del Ejército Secreto), en Argelia, más grave si se quiere por su cariz militar.

Jean-Marie Le Pen es hijo y partícipe de estos procesos. Nacido en 1928, fue paracaidista y participó en Indochina, Suez y Argelia, además de ser el diputado más joven de la Asamblea Nacional Francesa en 1956, cuando fue elegido por los votantes de la Unión de Defensa de los Comerciantes y Artesanos, surgida en el departamento de Lot. Este movimiento defendía el pequeño comercio frente a las grandes superficies, y bajo el manto de Pierre Poujade propugnó reforzar la identidad francesa desde un nacionalismo proteccionista contrario a los cambios del incipiente europeísmo y ese preludio del capitalismo global a finales de los cincuenta.

Jean-Marie Le Pen nació en 1928, fue paracaidista y combatió en Indochina, Suez y Argelia

La conexión de estos dos orígenes de Le Pen podría ayudar a comprender la forja de credo politítico, complementado por dos elementos harto significativos. El primero, no tan anecdótico, sería su papel de jefe de campaña en las presidenciales de 1965 del ultra Jean Louis Tixier-Vignancour, censor durante Vichy, denigrado con la indignidad nacional durante diez años tras la Liberación, fundador del breve Rassemblement National Français de 1954 y abogado defensor de nombres tan vinculados con la extrema derecha como el escritor Louis-Ferdinand Céline o el golpista Raoul Salan.

El resultado, una cuarta posición en la primera vuelta con poco más del 5% de los sufragios, fue una ligera decepción y reveló en Le Pen una voluntad de no ser nunca más cola de león. La oportunidad de ser cabeza de ratón se concretó en 1972, eso sí, con una trampa venenosa para su porvenir. Ese año la organización Ordre Nouveau quiso dar el salto a la seriedad de la arena electoral, algo más bien complicado si atendemos a sus coordenadas, desde su logo con una cruz céltica hasta su evidente inspiración con la italiana Ordine Nuovo, a su vez amparada por los nada disimulados fascistas del Movimento Sociale Italiano de Giorgio Almirante.

La llama tricolor de estos alumbró el logotipo del Front National, consecuencia de este intento por dotar de respetabilidad a esos extremistas apóstoles de la violencia contra comunistas e inmigrantes. Para ello auparon a Jean-Marie Le Pen a lo más alto de su pirámide en una maniobra de soberana estupidez para sus intereses, pues el antiguo militar no dudó en moldear a la criatura a su imagen y semejanza, aún desde la conciencia de asumir una posición marginal en un espectro político dominado por la derecha gaullista, intocable en esos últimos compases de los treinta gloriosos.

Travesías y dislates

Durante los setenta, el Front National fue un grupúsculo con ínfulas, casi cómico de no ser por cómo el panorama preparaba las condiciones para su eclosión como alternativa. En 1974, tras la repentina muerte del presidente Georges Pompidou, el partido apenas sacó un 0,8% de votos en las presidenciales ganadas por Valéry Giscard d’Estaing. La travesía del desierto de los setenta fue una mezcla entre la antología del disparate y el esbozo de unas claras señas de identidad determinadas por el caudillismo del líder, como si el FN fuera un cortijo familiar, y para muestra basta ver el botón de Marine Le Pen.

Su padre fue seleccionado en 1976, tal como lo leen, para recibir una cuantiosa herencia de unos 30 millones de francos de un seguidor alcoholizado, pero en vez de rentabilizarla para el FN, la usó para dar con la tecla de su estabilidad personal. La de sus siglas iba a la deriva, con intuiciones programáticas más o menos coetáneas a las metamorfosis del conservadurismo de su época y vendidas como innovaciones, cuando en realidad la defensa de postulados neoconservadores en lo económico se gestó en todo Occidente durante ese instante histórico. Otras características de esa infancia, más tarde imitadas hasta por Macron, capitaneada por un veterano irían desde definirse ni de izquierda ni de derechas y propugnar un furibundo anticomunismo mientras se renegaba de mentirijilla del otro sistema hegemónico de la Guerra Fría, el capitalismo.

placeholder Manifestación del movimiento neofascista francés Ordre Nouveau. (Cedida)
Manifestación del movimiento neofascista francés Ordre Nouveau. (Cedida)

El Front National fue inofensivo hasta 1983, cuando en las elecciones municipales de la localidad de Dreux cosechó un 16% del escrutinio y pactó con los gaullistas para asegurarles la alcaldía, así a bote pronto una contradicción a la leyenda sacrosanta del cordón sanitario contra los ultras.

¿Cómo pudo producirse esta alianza? Jacques Chirac, a la sazón líder del RPR, lo justificó por la coalición de los triunfales socialistas de Mitterrand con los comunistas. Los bloques se enmarcaban en la dialéctica izquierda/derecha, con una salvedad omitida por el mismo Chirac: los pactos podían establecerse a nivel municipal, no así a gran escala nacional, quizá para guardar las apariencias, quizá para preservar la hegemonía de una derecha civilizada de cara a la opinión pública. El cordón sanitario existió y existe, sí, con matices abracadabrantes.

Mitterrand dio carta blanca a una mayor presencia televisiva de la extrema derecha para debilitar a sus adversarios

Le Pen y los suyos recibieron otro aval desde el mismísimo Elíseo, donde François Mitterrand dio carta blanca a una mayor presencia televisiva de la extrema derecha para debilitar a sus adversarios. Esto ayudó al FN a consolidarse desde las elecciones europeas de 1984, cuando cosechó más del 10% de los votos. Su discurso ahondaba más en la criminalización de los inmigrantes porque el incremento del paro le servía para demonizar a este colectivo y remarcar su nacionalismo identitario, abrazado por comunistas desencantados ante el fulgurante proceso desindustrializador. Por otra parte, Le Pen recibió una fundamental inyección económica del coreano Sun Myung Moon, fundador de la particular Iglesia de la Unificación y admirado por muchos insiders del Washington de la presidencia Reagan, quien validó al mandamás del FN al departir con él durante unos minutos, suficientes para la foto de rigor.

Todos estos logros chocaron con cierta ingenuidad mediática del líder en algunas entrevistas en 'prime time', tal como cuentan Dominique Albertini y David Doucet en su imprescindible 'Histoire du Front National' (Texto). Estos periodistas de Libération cifran el debut de la definitiva demonización del partido a finales de los ochenta, cuando Jean-Marie Le Pen no midió bien los tempos en dos temáticas cruciales. Pidió la instauración de sidódromos para alejar a los enfermos del resto del cuerpo social y definió de detalle el uso de las cámaras de gas durante el Holocausto, palabras que a la postre supusieron su ruptura con su hija Marine en 2015, quien no dudo en expulsarlo para sanear el FN y asi apuntalar su ruta para ocultar el demonio, tan a sus anchas en esos dominios.

Auge, caída y reforma

La travesía del desierto solo podía concluir con el adiós del patriarca. Desde dentro, se intentaron golpes, como la escisión del horlogista Bruno Mégret en 1998, insuficiente porque, no es complicado entenderlo, el FN tiene en su estructura familiar un puntal de costumbre y una hecatombe de déficit democrático. Los noventa no fueron positivos, con el nuevo siglo como falsa esperanza de renacer con las presidenciales de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen obtuvo el acceso a la segunda vuelta por la debilidad de la izquierda, representada en esos comicios por Lionel Jospin. La derrota aplastante contra Chirac, quien se impuso con el 82% frente al 18% del sempiterno candidato del Front National, fue dulce y dura, por el rechazo en bloque de la ciudadanía a la hipótesis de un Elíseo ultra.

Marine Le Pen aprendió de todas estas lecciones, preparándose para la sucesión con una agenda donde en rojo marcaba qué no hacer. En las últimas semanas, cosas de redes e inmediatez, queda genial ponderar cómo la candidata acaricia gatos, pero eso también lo hacía el malo del Inspector Gadget, quien con toda probabilidad no consultaba a diario la página web Fdeosouche, cuyos pilares desde 2005 se constituyen mediante el tríptico Islam, inmigración e inseguridad.

Las propuestas del extinto FN se han dulcificado tras 2011, cuando su padre le cedió el mando

Estos tres vocablos han planeado sobre el siglo europeo, imponiéndose en el debate público. La hija del fundador, con muchas declaraciones desafortunadas en su currículum, los ha manipulado para exhibir un rostro óptimo en pos de ampliar su abanico electoral. Las propuestas del extinto FN se han dulcificado tras el relevo de 2011, cuando su padre le cedió el mando. Desde ese momento, la percepción es otra, con victorias en elecciones europeas, porcentajes inauditos en las presidenciales y una exposición mediática siempre en el punto de mira, suavizándose aún sin ponerse del todo la máscara normativa, como se ha apreciado a lo largo de esta primavera con sus juicios, algo clave dada la actual encrucijada, sobre Vladimir Putin y la Unión Europea. El eje de antaño era ideológico, el de hoy en día sigue siéndolo con los términos alterados. De izquierda/ derecha hemos virado a mundialización versus territorialidad, y quizá deberíamos plantearnos, Le Pen nos aporta un sinfín de fuentes para verificarlo, si no deberíamos ser aún más duros a la hora de calificar a ciertas formaciones como extrema derecha desde una serie de premisas comunes en todo el occidente capitalista, sin dejarnos engañar por sonrisas o proclamas teñidas de populismo, tan rentable en tiempos de crisis.

Marine Le Pen es un blanco fácil, y en una época de ruido constante esto impide resaltar sus habilidades, entre ellas una bastante soslayada durante estas semanas de campaña presidencial francesa: el Front National existe, pero desde el primero de junio de 2018 luce otro nombre, herencia de otros movimientos galos de extrema derecha. Rassemblement National suena más suave. El cambio se enmarca dentro del eterno proceso de desdemonización para atraer un abanico electoral más amplio y expiar los pecados del pasado, la mayoría de ellos fruto de la imprudente verborrea del patriarca del invento, Jean-Marie Le Pen, quien, en sintonía con la tradición ultra en nuestro país vecino, nunca se distinguió por su rusofilia.

Marine Le Pen Extrema derecha
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