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Cómo la II Guerra Mundial dio lugar a la famosa salchicha al curri en Hamburgo
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Cómo la II Guerra Mundial dio lugar a la famosa salchicha al curri en Hamburgo

El 'bestseller' alemán 'La invención de la salchicha al curry', que se reedita ahora en español, contaba esta historia y la de una población harta de la guerra que no se creía las masacres nazis

Foto: Uno de los puestos callejeros de 'currywurst' más conocidos de Hamburgo. (iStock)
Uno de los puestos callejeros de 'currywurst' más conocidos de Hamburgo. (iStock)

El origen no está claro, pero las dos historias son bastante jugosas. Algo picantes y descarnadas, casi como la propia receta. Berlín y Hamburgo se disputan desde hace tiempo la creación de un plato tan simple, pero tan rico (y tan identitario) como la mítica salchicha al curri, o 'currywurst', en alemán. Las fechas son prácticamente las mismas: en la capital se dice que apareció por primera vez en 1949; en Hamburgo, en 1947. Y las dos fueron creadas por una mujer. En Berlín se debe a Herta Heuwer, que creó la mezcla en su 'imbiss' (puestecillo callejero) del barrio de Charlottenburg. En Hamburgo a Lena Brückner en un puesto de Grossneumarkt. Lo irrefutable es que hoy esta salchicha, servida en rodajas con una mezcla de curri y kétchup (más pimienta negra, algunos granos de mostaza y nuez moscada) y que se come normalmente en la calle, es todo un plato nacional que sienta como pocos un día de viento, lluvia o nieve.

La verdadera historia es, casi al cien por cien, la berlinesa, pero la controversia de los dos lugares llegó en 1993 cuando el escritor Uwe Timm publicó la novela ‘La invención de la salchicha al curry’, en la que contaba la historia de Lena Brückner y que rápidamente se convirtió en todo un 'bestseller'. Tanto que se ha ido reeditando cada poco tiempo —incluso en cómic— y ahora vuelve a llegar en español de la mano de la editorial AdN. No son malas fechas: la 'currywurst' apareció en una ciudad devastada por la guerra (ya sea Hamburgo o Berlín), con unos habitantes que no se podían creer que otros compatriotas hubieran asesinado a millones de personas en los campos de exterminio y cuyos últimos años de su vida se los habían pasado en refugios antiaéreos y búnkeres. La historia de la salchicha que contó Timm es también la historia del dolor y la tragedia que supone una guerra.

placeholder 'La invención de la salchicha al curry'.
'La invención de la salchicha al curry'.

Novela romántica, bélica y de terror

Todo comienza el 29 de abril de 1945, un día icónico, puesto que fue en el que se casaron Adolf Hitler y Eva Braun, oficiando como testigos Bormann y Goebbels. Otro día más de lluvia en un Hamburgo en el que toda diversión está clausurada: los cafés, los cabarets, los 'nightclubs' están cerrados. Hay toques de queda y continuos sonidos de las sirenas avisando de los ataques aéreos de las fuerzas aliadas (a esas alturas Hamburgo prácticamente está ya tomada por los ingleses). Lo único que queda abierto es el cine y allí es donde se dirige Lena Brückner, una mujer que casi llega a los 40 años, que tiene ya dos hijos mayores y un marido desaparecido, no sabe bien si en el frente… o con otras mujeres.

A partir de ahí se despliega una novela romántica canónica. Brückner conoce Herman Bremer, un contramaestre de la marina alemana, unos diez años más joven, en la cola del cine. Una mirada y el chispazo. Después de la peli suenan las sirenas y ambos corren a un refugio antiaéreo. Rápidamente, la historia se convierte en una novela bélica: “De repente, un temblor sordo y lejano, un socavar profundo. El puerto, dijo Lena Brückner. Están bombardeando el búnker de los submarinos. Lejos, el bramido de las bombas al estallar”. Lo más llamativo es que es una escena que solo ocurría en las novelas sobre la II Guerra Mundial y que ahora podemos leer cada día en los periódicos.

Hay toques de queda y continuos sonidos de las sirenas avisando de los ataques aéreos de las fuerzas aliadas. Lo único abierto es el cine

Brückner y Bremer acaban ese día en la casa de la primera. A la mañana siguiente él se convierte en desertor. Y entonces se inicia otra novela, una de terror y de culpa (histórica), la que durante décadas han arrastrado los alemanes y que tuvo un gran recorrido literario allá por los noventa, no solo con este título, sino también con otros como ‘ El lector’, de Bernhard Schlink (convertida años después en la película protagonizada por Kate Winslet).

Ya desde el principio la novela tiene un posicionamiento absolutamente antinazi. “Le contó que ahora ya no se podía poner en la radio la canción de moda: ‘Todo pasa, todo termina’. ¿Y por qué? Todos conocen la nueva letra: Todo va de cabeza, todo se desmorona, primero vuela Adolf Hitler, luego su partido”, escribe Timm. Efectivamente, a finales de la guerra también había muchos contrarios a la contienda bélica emprendida por Hitler en la propia Alemania… aunque no se pudiera decir (como pasa en tantas ocasiones). Este posicionamiento no podía ser de otra manera. Timm, en la actualidad uno de los escritores más conocidos de su país, tiene todo un pasado ligado a la izquierda. En su juventud formó parte de la Unión de Estudiantes Alemanes Socialistas y en los setenta fue miembro del Partido Comunista alemán. También es verdad que algo sabía de la guerra: su hermano fue soldado, miembro de las SS y murió en Ucrania en 1943, según su biografía.

Foto: Soldados alemanes en Stalingrado (Fuente: Wikimedia)

Las siguientes páginas muestran la convivencia entre Brückner y Bremen. Una relación sostenida sobre un pilar terrorífico: ella sabe que ha terminado la guerra, pero él, que tiene miedo a salir a la calle por si le encarcelan por haber desertado, no. Y ella no querrá decírselo durante días.

¿Campos de exterminio? Mentira

Uno de los pasajes más interesantes de la novela es cuando ella descubre en los periódicos las primeras fotografías de los campos de concentración nazi liberados por los aliados. “Fotografías que le quitaron el hambre a Lena Brückner, a pesar de no haber comido nada por la mañana, fotografías que la hicieron preguntarse por lo que había pensado y visto todos aquellos años o, mejor dicho, por lo que no había pensado y no había querido ver”, escribe Timm. La culpa alemana y esa gran duda que ha persistido entre lo que el ciudadano alemán de a pie sabía, no sabía o no quería saber sobre las atrocidades nazis, como también ha contado Geraldine Scchwarz en el estupendo ensayo ‘Los amnésicos’.

placeholder Uwe Timm, en la Feria de Fráncfort de 2013. (Creative Commons)
Uwe Timm, en la Feria de Fráncfort de 2013. (Creative Commons)

Por supuesto, hubo quien no quiso creer. No era la primera vez que pasaba y como podemos ver con otras masacres más actuales, tampoco fue la última. “Personas, judíos, le dijo a Bremer, e hizo esfuerzos por mantener la calma, dicen que los gaseaban y que los quemaban. Han pasado cosas inconcebibles. Dicen que había fábricas de la muerte”. “Cuentos, dijo Bremer, todo bobadas. Propaganda enemiga. ¿Quién tiene interés en que circulen estos rumores? Los rusos”. “Quizá no sea cierto. Las fotografías también se pueden trucar. No, no de aquella manera. Había montañas de cadáveres, cuerpos extenuados, dislocados, estaban revueltos, pies al lado de cabezas, cabezas sin pelo, cuencas hundidas, cráneos. Y entonces pensé en los judíos que conocía. Habían desaparecido”.

Son las conversaciones y pensamientos que tienen Brückner y Bremer. Y era lo que muchísima gente pensaba en aquel mayo de 1945 en Alemania. No extraña: la propaganda nazi también fue una maquinaria perfecta y la tecnología tampoco era tan sofisticada. Hoy, con una desconfianza aún mayor en las imágenes, se siguen negando matanzas grabadas por satélite en tiempo real. El ser humano y lo que quiere creer.

¿Y cuál es la historia de la 'currywurst'?

Pues se cuenta al final. Un par de años después de la guerra, en octubre de 1947, en Alemania apenas hay para comer y todo el mundo tiene que ponerse a trabajar. Lena Brückner consigue mediante algunos trueques de estraperlo hacerse con un puesto callejero, unos cuantos kilos de salchichas, kétchup y salsa de curri que daba sabor y sensación de saciedad. Y relata la novela que entonces hubo un tropiezo en la escalera y salieron volando el kétchup y la salsa de curri. Cayeron estrepitosamente en un escalón, Brückner los recogió y en un acto reflejo se llevó un dedo manchado a la boca para limpiárselo y así saboreó por primera vez el curri junto al kétchup. Le gustó, decidió juntarlo con las salchichas… Y así nació la primera 'currywurst', que se empezó a vender cerca de la Reeperbahn, la calle de clubes nocturnos y muchísima prostitución, por lo que las primeras clientas de la salchicha al curri… fueron las prostitutas que tenían que ganarse la vida y el pan después de que su país acabara destrozado por los delirios nazis.

El origen no está claro, pero las dos historias son bastante jugosas. Algo picantes y descarnadas, casi como la propia receta. Berlín y Hamburgo se disputan desde hace tiempo la creación de un plato tan simple, pero tan rico (y tan identitario) como la mítica salchicha al curri, o 'currywurst', en alemán. Las fechas son prácticamente las mismas: en la capital se dice que apareció por primera vez en 1949; en Hamburgo, en 1947. Y las dos fueron creadas por una mujer. En Berlín se debe a Herta Heuwer, que creó la mezcla en su 'imbiss' (puestecillo callejero) del barrio de Charlottenburg. En Hamburgo a Lena Brückner en un puesto de Grossneumarkt. Lo irrefutable es que hoy esta salchicha, servida en rodajas con una mezcla de curri y kétchup (más pimienta negra, algunos granos de mostaza y nuez moscada) y que se come normalmente en la calle, es todo un plato nacional que sienta como pocos un día de viento, lluvia o nieve.

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