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Cosas que pasan en Primark, WOW y el nuevo Zara de Plaza de España: muchos Madrid en uno
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Cosas que pasan en Primark, WOW y el nuevo Zara de Plaza de España: muchos Madrid en uno

Como la cabra tira al monte, no se asusten, que este no es uno de esos artículos en los que la superioridad moral destila en cada párrafo. Fuera lecciones y más mariposear

Foto: Vista del exterior de la nueva tienda de Zara en Plaza España en Madrid. (EFE)
Vista del exterior de la nueva tienda de Zara en Plaza España en Madrid. (EFE)

"Lo hice mal durante quince años. Empecé a elegir mi propia ropa —con el dinero de mis padres, que duele menos— en la adolescencia. Armarios a rebosar. A punto de cumplir los treinta seguía vistiendo de pena. Mariposeaba por las tiendas, elegía al tuntún y luego no me ponía lo que había escogido. Aprender a comprar parece sencillo. No lo es".

Así comienza 'La moda justa. Una invitación a vestir con ética', el ensayo de la periodista Marta D. Riezu. Un ensayo precioso y preciso. Una invitación a convertir el consumo en reflexión previa. El impacto que tiene el hecho de entrar en una tienda. Tocar, probar, pagar. Porque una ya está en esa etapa de su vida en la que puede permitirse tanto reflexionar como pagar. Pero como la cabra tira al monte, no se asusten que este no es uno de esos artículos en los que la superioridad moral destila en cada párrafo. Fuera lecciones y más mariposear. Y de paso, hacer sociología barata. En los 1.200 metros que separan Wow Concept, la nueva tienda promovida por Dimas Gimeno y Rafael Medina, y la tienda de Zara más grande del mundo, en Plaza de España de Madrid, pasan muchas cosas y hay muchos Madrid en uno. Mi primera parada fue a mitad de camino, en Primark de Gran Vía.

El jueves por la tarde había mucha gente en cualquiera de las plantas. Mi primera sensación fue de sorpresa, porque en vez de música de discoteca sonaban pajarillos como hilo musical. Pero aquello duró poco. El tiempo suficiente para escuchar a mujeres periféricas, que hablan siempre de una forma rotunda y en voz muy alta. Jóvenes con cestas de la compra que tocan con ansia gafas de sol a tres euros y bolsos por 12, que miran con extrañeza a casi cincuentonas como yo, que mira la procedencia de las prendas en la etiqueta.

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Es aquello una mezcla curiosa, un Eurovegas pero con sede social en Irlanda. Con zonas para comprar cosas de casa en tonos pastel y enfrente, colores flúor y chillones en la ropa. Una pareja de adolescentes baila de la mano y ella sujeta un paquete de cinco tangas. Sudaderas de Barbie hacen las delicias de cuerpos en pleno festival de hormonas, las pieles por equilibrarse, los pantalones vaqueros muy rotos, las melenas larguísimas. Converse que no son Converse por diez euros. Son mis amigas y yo haciendo lo que entonces no pudimos hacer, venir a Madrid a sitios así. Primero porque no nos dejaban, segundo porque el Cercanías no te traía a Sol desde Getafe Central.

En otra de las plantas, sonando ya un Chimo Bayo de Hacendado, aquello se convierte en la campiña inglesa que no somos. Vestidos llenos de flores pequeñas y tonos discretos en los que yo veo siempre a Camila Parker Bowles. Una mujer pregunta a un grupo de adolescentes a qué tallas corresponden la S y la M. Contestan tan convencidas que tengo ganas de echar la tarde con ellas. Larga vida a las Vanes del mundo.

Miles de prendas y un cartel que pone 'Hacia un planeta mejor'. 'Bisuta' desde dos y tres euros y gomas a 1,5. Una madre intenta convencer a su hija para que se compre un bolso. "Tengo tres veces el mismo. ¿Para qué quiero esto, si no me cabe más en el armario?". Cerca, un córner con prendas de Harvard University, que es lo más cerca que estaremos los presentes de la Ivy League.

Lo lleva directo a la planta de caballeros, donde todo es pura deconstrucción. Muchos hombres en uno

Zonas de pijamas y lencería plagadas de mensajes aspiracionales. Acierto a leer "guapa, perfecta y maciza" y digamos que me sube el ánimo bastante. Tanto, que lamento no tener una despedida de soltera entre mis planes a corto plazo porque hay unos broches bastante aparentes en los que puede leerse 'Bride team'. A apenas dos metros de distancia soy testigo de una escena maravillosa. Una amiga coge un tanga y rodea el cuello de la que tiene enfrente. "Es tu talla, llévatelo", afirma con la asertividad que tanto me falta. Gracias por el truco, querida.

"¡Qué maravilla, aún nos quedan tres plantas!", comenta una mujer a su novio, al que no parece hacerle tanta ilusión el asunto. Lo lleva directo a la planta de caballeros, donde todo es pura deconstrucción. Muchos hombres en uno. El capitán del equipo de rugby de nuestra adolescencia, el de las sudaderas del Juego del Calamar y Bob esponja y el hombre sensible que lleva lino y un total de cero estampados.

A punto estoy de marcharme cuando oigo en voz aún más alta de la que me acompaña desde la infancia: "¡Que cojáis una cesta, coño!". Acudo hipnotizada a la madre que acompaña a su hija y a las amigas de esta y que hiperventilan en la zona destinada a pestañas postizas. Estas obedecen mientras ella filtra el género y ordena a una de sus súbditas que traiga perfiladores para labios y un espejo. Opto por salir antes de entregarle mi alma y mi cartera para que haga con ellas lo que quiera.

Una sudadera cuesta 55 euros, mientras que una bolsa enorme de cuadros vichy con la palabra Primark cuesta dos. Por contextualizar

Es entonces cuando me acerco a WOW Concept. A eso de las seis y media de la tarde no hay ni rastro de cola para entrar. De hecho, hay más gente fuera haciendo fotos del escaparate que dentro de la tienda. Es un sitio limpísimo y aspiracional en el que la música es suave y los que atienden saludan con educación exquisita. Es un lugar para ir y hacerse fotos, donde una intuye que se gasta más batería que dinero y donde hay pocas cosas, pero elegantemente bien puestas. Una chaqueta de punto por 340 euros, marcas nicho —de esas que cuando las conoces te hacen sentir más lista— y un espacio dedicado a merchandising propio. Una sudadera cuesta 55 euros, mientras que una bolsa enorme de cuadros vichy con la palabra Primark cuesta dos. Por contextualizar.

Un espacio multimarca por el que pasean personas con bolsas de otras tiendas, donde te pueden planchar el pelo y con una planta sótano de tecnología que tiene mucha más gente que las otras dos. Donde te recibe un holograma color verde con Rómulo y Remo y también unos cuantos jovenzanos que juegan al Streetfighter. Venden patinetes a 1.800 euros y bicicletas a 3.000. Ahí se nota la mano de Rafael Medina, actual Duque de Feria, a poco que alguien observe su perfil de Instagram. Una pareja vestida de profesionales liberales pregunta por la bicicleta y les dan todo tipo de explicaciones mientras suena Pokerface de Lady Gaga. Un matrimonio sonríe ante el entusiasmo de su hija veinteañera por el descubrimiento de unas gafas que incorporan audio. "¡Lo necesito!", grita la criatura.

"Mira, hacemos una cosa: yo me quedo en la planta de tecnología y tú te vas a las cremas", comenta un señor a su acompañante. Me dan ganas de regañarle por alimentar estereotipos, pero uno: habíamos dicho que no veníamos a dar la chapa y dos: ella sonríe feliz ante la propuesta. Y qué demonios, yo habría hecho lo mismo.
"¡Mira qué guapos los zapatos!", jalea una adolescente que viene del mismo sitio que yo. Ambas sabemos que no gastará nada.

Una sección de lencería que te lleva a vivir a un capítulo de Dinastía en el que una puede escoger entre Linda Evans y Joan Collins

Y luego está Zara, que en la mañana de viernes, día no lectivo por obra y gracia de las vacaciones de Semana Santa, estaba a rebosar de todo tipo de mujeres. Un local que podría ser Zara o el Armani de Madison Avenue. Que se note que una ha viajado.

Ventanales enormes, todo colocado por colores. Madres e hijas tocando con esmero unas prendas que sí pueden comprarse. Dependientas vestidas con casacas tan minimales que parecen recién sacadas de Manhattan. Fotógrafos repartidos por el local inmortalizando el acontecimiento. Señoras mayores que regañan flojito a una de ellas: "Oye, le dices a Amancio que nosotras también nos queremos vestir de aquí. A ver qué pasa con las tallas". Y la interpelada que contesta: "No se preocupen que yo se lo digo".

Una sección de lencería que te lleva a vivir a un capítulo de Dinastía en el que una puede escoger entre Linda Evans y Joan Collins. Una zona de belleza donde te maquillan y los productos están colocados como en paredes que parecen pantones. Escaleras que rebosan como los armarios de los que las suben y bajan. Mucho trajín y mucha caja. Probadores donde puedes reservar online y otra clase de virguerías tecnológicas en las que apenas reparo porque acudo de nuevo al grito de otra señora ante su grupo de amigas: "Esto no tiene nada que ver con la tienda de La Vaguada. Ahí está todo bien junto. Aquí, como se ve tan bien y encima te lo ponen por colores, aprovechan para subirle el precio". Las oyentes asienten convencidísimas y de repente se esparcen por la tienda a la caza de algo que les convenza.

Lo que una aprende cuando mariposea.

"Lo hice mal durante quince años. Empecé a elegir mi propia ropa —con el dinero de mis padres, que duele menos— en la adolescencia. Armarios a rebosar. A punto de cumplir los treinta seguía vistiendo de pena. Mariposeaba por las tiendas, elegía al tuntún y luego no me ponía lo que había escogido. Aprender a comprar parece sencillo. No lo es".

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