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Así me lio Iker Jiménez para la chaladura de hablar de libros en 'prime time'
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'TRINCHERA CULTURAL'

Así me lio Iker Jiménez para la chaladura de hablar de libros en 'prime time'

Jiménez es el típico que te invita a tomar una caña debajo de tu casa y vuelves seis días más tarde con un tatuaje en la cara y un cadáver en el maletero

Foto: La sección 'Libros Malditos'. (Equipo de 'Cuarto milenio')
La sección 'Libros Malditos'. (Equipo de 'Cuarto milenio')
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Un día me sonó el teléfono y alguien aulló con aplomo al otro lado: “¡Hombre, el 'enfant terrible', me alegro de hablar contigo, Ivars, soy Iker!” Yo trataba de calibrar si lo de 'enfant terrible' era un insulto o un elogio y para ganar tiempo pregunté: “¿Qué Iker?”. El otro se sorprendió: “¡Jiménez, Iker Jiménez!” Habíamos hablado años atrás porque leyó mi libro ' Arden las redes' y me entrevistó para su pódcast. Si yo tenía entonces algún prejuicio sobre él, lo derribó con una de las entrevistas más profundas que me habían hecho hasta la fecha. Por qué no decirlo así: Iker pregunta con una clase de curiosidad inusual en los adultos.

Así que esta vez me alegró su llamada. Andaba de promoción con otro ensayo y di por hecho que querría enredarme para otra entrevista, pero no. Era algo peor. Me dijo que se le había ocurrido una sección nueva para 'Cuarto milenio' y que tenía que hacerla yo. Ni siquiera tengo televisión en mi casa, ¿qué se me había perdido a mí en 'Cuarto milenio'? Estaba a punto de decirle que se olvidara cuando soltó una palabra que me dejó estupefacto: “¡Libros!”

Foto: La vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra (d), y la concejala de Feminismos y LGTBIQ+ del Ayuntamiento de Castellón, Verónica Ruiz. (EFE) Opinión

¿Libros? ¿En la tele? La tele es una superficialidad sometida al control neurótico de las curvas de audiencia. Sales eyectado en caso de que aburras durante una décima de segundo a la gente después de la cena. Hablar de libros en la tele implicaría, pensaba, hacerlo mal. Chapucear. Pero Jiménez es el típico que te invita a tomar una caña debajo de tu casa y vuelves seis días más tarde con un tatuaje en la cara y un cadáver en el maletero. Su entusiasmo es como la pedrada de un pastor y no te deja opción a escaquearte. “¡¡Va a ser la hostia, Ivars!!”

Traté de no sonar demasiado perezoso ni pesimista, y le dije que, bueno, podíamos hacer la prueba a ver si funcionaba. Para mis adentros todo era más oscuro: "OK', es tu dinero. En dos semanas habremos fracasado y me podré olvidar de esta chifladura". Anduvimos enviándonos correos para perfilar la sección que se le había ocurrido. Quería que hablase de libros con problemas de censura, así que al menos no me llevaría demasiado trabajo. Siempre estoy atento a esas cosas.

Me pidió títulos y lancé los que me venían a la mente: libros nuevos y antiguos, polémicas conocidas y olvidadas, herejías y castigos, autores y autoras, inocentes y culpables. Iba tanteando sus límites, pero a cada 'e-mail' su entusiasmo se multiplicaba. Algunas de sus respuestas eran del estilo exaltación de la amistad en el estadio de fútbol, un largo “OEEEEEEE” que ocupaba todo el mensaje. Mientras tanto, Javier y Gerardo, dos de sus esbirros, empezaban a sondearme para ver cuándo empezábamos. Mi pereza y mi pesimismo iban en aumento.

Foto: Nuzul quran celebration during ramadan in malaysia Opinión

Volvimos al teléfono para decidir la mecánica. Di por hecho que querría varios títulos en cada sección, sin profundizar ni complicar las cosas, y que me dejaría dos o tres minutos en antena como máximo. “¡Olvídate! ¡Un libro cada vez! ¡Sin guion! ¡Tú y yo sentados cara a cara, te pregunto qué nos traes y hablas lo que te dé la gana, si quieres 10 minutos, 10; si quieres 15, 15, me da igual!” Ahí ya sí que pensé: “Se le ha subido el éxito a la cabeza, ha enloquecido”.

15 minutos hablando de un libro en 'prime time', en Mediaset, con los platos fuertes del domingo noche compitiendo desde todas las cadenas, es algo que tiene un nombre muy concreto en el diccionario de los productores de televisión: suicidio. Los libros son veneno, y por eso la televisión ha expulsado a la cultura de las parrillas y la ha relegado a programas marginales de La 2. En España no se lee, y al televidente, al que se toma por mongoloide, hay que darle lo que pide: patatas. Nada de despertar su interés en lo que no conoce. Nada de apelar a su posible curiosidad, o a su inteligencia. La televisión no es una escuela, ni un club de lectura.

Mi autoestima como personaje televisivo era nula cuando recibí esta oferta. Ya había tenido algunas malas experiencias, así que estaba convencido de que esto no me iba a salir bien. Mantengo un colaboración en el matinal de Tv3, un formato pequeño, pero en la supertele las cosas no me habían ido nada bien. Había rechazado por ese motivo ofertas apetecibles en programas de éxito monstruoso y con equipos de gente espectacularmente simpática. No me gusta el agobio, no sirvo para hablar en corto, no sé eludir palabras esdrújulas, pierdo el hilo con las interrupciones y el ritmo atropellado del plató suele sacar lo peor de mí. Ensombrecido por estas ideas llegó el día de la primera grabación.

Foto: Winston Marshall, de Mumford and Son, en el festival Bilbao BBK en Bilbao en 2015 (EFE)

Cuando metí la cabeza en la famosa nave del misterio, el sitio me sorprendió: he visto muchos platós y eso no se parecía a nada. No había cuarta pared, ni se venían las tramoyas, ni los aparatos y cables lo invadían todo, ni la gente parecía particularmente estresada. Nadie iba corriendo con cascos de aviador y rictus de angustia. Sonaba música ambiental, las luces eran tenues y vi a Iker Jiménez, que se me acercó. Segunda sorpresa: es más alto que un pino. Abrió los brazos: "¡Hombre, el 'enfant terrible', por fin!.

Como un niño grande, me hizo un 'tour' por el plató y me enseñó todos sus juguetes. Reproducciones de cráneos, armas y planos, papeles antiguos, y libros, muchos libros. Solo he visto a una clase de currante tan ilusionado con su lugar de trabajo: los libreros. Me llevaba de un lado para otro como a un amigo y casi de inmediato surgió la complicidad. "¡Mira qué pira hemos hecho para tu sección! ¡Vas a flipar, Ivars!" De pronto quería hacerlo bien para que estuviera contento él. ¿Será el síndrome de Estocolmo?

"¡Vamos a hacer algo insólito, algo que nadie hace en televisión! ¡Hoy vamos a hablar de libros!". A los dos minutos me había olvidado de mis dudas

Se fue a preparar algún detalle y la regidora me invitó a sentarme en mi sitio. Alguien gritó: "¡Prevenidos!", cerré los ojos, repasé el tema mentalmente y lo escuché hablar mientras venía por detrás de mí. "¡Hoy vamos a hacer algo insólito, algo que nadie hace en televisión! ¡Hoy vamos a hablar de libros!" A los dos minutos yo me había olvidado de mis dudas y le estaba contando el tema con la despreocupación con la que se lo contaría de cañas a un colega.

Nos esperaban picos de audiencias brutales y algo mejor: montones de personas acudiendo a las librerías a pedir los libros de Mijail Bulgákov, Ayaan Hirsi Ali, Abigail Shrier y demás autores que presentamos al público. Así que el chiflado de Iker tenía razón. ¿Libros en 'prime time'? Parece que se puede.

Un día me sonó el teléfono y alguien aulló con aplomo al otro lado: “¡Hombre, el 'enfant terrible', me alegro de hablar contigo, Ivars, soy Iker!” Yo trataba de calibrar si lo de 'enfant terrible' era un insulto o un elogio y para ganar tiempo pregunté: “¿Qué Iker?”. El otro se sorprendió: “¡Jiménez, Iker Jiménez!” Habíamos hablado años atrás porque leyó mi libro ' Arden las redes' y me entrevistó para su pódcast. Si yo tenía entonces algún prejuicio sobre él, lo derribó con una de las entrevistas más profundas que me habían hecho hasta la fecha. Por qué no decirlo así: Iker pregunta con una clase de curiosidad inusual en los adultos.

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