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¡Ja, ja, estás calva! Los crímenes contra la honra en el siglo XXI
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'TRINCHERA CULTURAL'

¡Ja, ja, estás calva! Los crímenes contra la honra en el siglo XXI

Puedes meterte con un señor calvo, pero como te metas con una señora calva se monta el cirio mundial. Nada como el viejo concepto barroco de la "honra" para entender esto.

Foto: Natalie Portman presumiendo de corte de pelo en el Festival de Cine de Cannes de 2005. (Getty)
Natalie Portman presumiendo de corte de pelo en el Festival de Cine de Cannes de 2005. (Getty)

José Santiago, un gitano que iba conmigo al colegio, se paró en medio del partido de fútbol en el recreo, caminó como Will Smith hacia Ginés y le soltó una hostia en toda la boca que lo derribó de espaldas. Nos volvimos locos de alegría y de misterio. ¿Qué demonios había pasado? José estaba como una mona y tuvimos que agarrarlo para que no siguiera aplicando a Ginés el correctivo. Nadie se había dado cuenta, pero cuando José falló un pase, Ginés gritó lo habitual, "¡tus muertos!" Lo que no sabíamos es que a un gitano no le podías decir eso, ni como cliché.

Los gitanos honran a sus muertos. No hay más que ver las lápidas donde están enterrados en el cementerio, cuidadas y abrillantadas siempre como si fuera la víspera de Todos los Santos. José nos explicó a su manera que el amigo había pinchado hueso y, aunque Ginés se había llevado una hostia descomunal, fue quien acabó disculpándose, porque estaba claro que José se sentía herido de verdad. Su abuelo se había muerto recientemente y en su visión del mundo era tan sagrado como Alá para un musulmán o las Spice Girls para un cristiano de nuestra edad y contexto escolar.

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Bien: son unas consideraciones previas sobre el tema que os ha tenido interesados toda la semana, lo de los Oscar, los chistes y las bofetadas. Me disculparéis que lo reabra a estas alturas, pero no he conseguido leer nada que vaya al centro del problema. Por una parte, hay defensores del chiste, por otra hay defensores del honor, y se han publicado toneladas de artículos previsibles sobre el laberinto de la interseccionalidad: análisis basados en opresiones sistémicas (no siempre aplicables a millonarios) y abusos coloniales difíciles de achacar a Chris Rock, Jada Pinkett o Will Smith.

Cambiemos la perspectiva del trampantojo: tenemos a un hombre, antigua pareja de una señora que ahora está casada con otro, haciendo chanza delante del público mundial, del actual marido y de la señora, sobre la calvicie de esta. ¡Estamos hablando de la honra! Y los españoles, si leyéramos nuestra propia historia y conectáramos con las verdades reveladas en el Barroco, podríamos aportar al debate mundial un punto de vista audaz que desata el nudo gordiano y resuelve la ecuación.

En España tenemos siglos ganados de reflexión sobre la honra y sus amenazas. Ha sido nuestra mayor maldición, con permiso del absolutismo.

La honra en el siglo XXI

Vivimos en una sociedad de estructura y costumbre patriarcal, ¿no? ¿De acuerdo? Ahora bien: ¿qué significa eso? Las mujeres maltratadas, sexualizadas o esclavizadas son una cara del prisma de la que se habla mucho, pero hay más. La norma general del patriarcado no ha sido necesariamente la brutalidad, sino la infantilización de la mujer. Negarle a la mujer la agencia, el desarrollo mental y tratarla en consecuencia como a una niña a la que, además, se hace depositaria del honor y la honra de toda la familia.

Esto significa que se las castigaba cuando mancillaban la honra (la lista de crímenes "pasionales", como se los llamaba antes, no es más larga que la de sentencias arcaicas), pero también que se las protegía. Durante siglos, muchas mujeres aceptaron sin rebeldía la protección que les brindaba el patriarcado, entregando la autonomía a cambio de seguridad, porque la libertad y la autonomía tampoco valían gran cosa hasta el siglo XX en sociedades clasistas, a no ser que fueras aristócrata.

A cambio de la protección y la manutención que los hombres debían a las mujeres, se les exigía a ellas buen comportamiento, y se las controlaba con el rigor de un colegio jesuita. En el viejo contrato social, ya extinto, ellos las protegían de los peligros físicos y económicos (que no eran pocos) y ellas tenían que protegerlos a ellos de los peligros sociales, como el deshonor. Y también cuidarlos como si fueran críos, ¡qué paradoja! A la mujer, además del cuidado doméstico, le tocaba la tarea más difícil de cuidar la honra, tan frágil y sensible como el ánimo de los activistas adolescentes de hoy.

Foto: La 94ª edición de los Oscar será recordada por esta bofetada (Reuters/Brian Snyder)

Las sucesivas olas de la revolución feminista supusieron la entrada de las mujeres en el mundo adulto: primero el voto y los derechos básicos, como poseer cuentas corrientes o negocios; después la autonomía sexual y la libertad para ser tan desleales como los hombres, y el divorcio; más tarde la pugna por la seguridad sexual, por sentirse inviolables, y la conquista definitiva de unos derechos que ya no les niega la sociedad consciente, pero que a veces siguen remoloneando en los resabios inconscientes: en ese punto andamos, por si alguien se ha perdido.

Sin embargo, como dicen las feministas, el patriarcado persiste. Una de las pruebas de que es cierto quizás no interesa destacarla mucho: se sigue sobreprotegiendo a las mujeres. "Las mujeres y los niños primero", expresión patriarcal por excelencia, que las saca con las criaturas del barco en el que fenecerán todos los hombres, sigue vigente y ha ido reciclándose. Podemos verla en la frontera de Polonia estos días, y también en la ofensa colectiva que ha desatado el chistecito de Chris Rock sobre la calvicie de Jada Pinkett Smith.

Que algunas señoras se hayan puesto como hidras es tan comprensible como que lo hagan cuando alguien se burla de una gorda. Las chanzas con el objeto de temor existencial nos irritan, ha sido siempre así. Y la explicación está, sin duda alguna, en la honra: un viejo concepto al que hoy nos referimos con eufemismos como "dignidad".

Foto:  Jada Pinkett Smith junto a Will Smith. (EFE/ David Swanson)

Los motivos de tortazo por un chistecito han cambiado con el paso de los años, como nuestros temores cervales. A los hombres españoles de los años 50, por ejemplo, les violentaba sobremanera que los llamasen cabrones, pues lo que más temían era esa deshonra. Hoy "cabrón" ni siquiera se considera insulto, porque estamos en la época de los cuernos, las relaciones líquidas y el poliamor.

Aceptamos que los hombres sean descuidados con su familia y que las mujeres se vayan con otro, pero el tabú de la deshonra no ha desaparecido, sino que se ha desplazado. ¿Adónde? Al terreno de los atributos físicos o mentales, porque estamos en la época de Instagram y la autoayuda. Así, de la misma forma que en el siglo XIX la gente se retaba a muerte en duelos o llevaba existencias pútridas a lo Madame Bovary en defensa de la honra, hoy se someten a operaciones de cirugía estética, se implantan pelo, se matan en el gimnasio y se gastan en ropa más dinero que un esquimal.

Hoy la honra está en la superficie, en lo visible. De ahí que toda la moralina interseccional divida la calidad y fragilidad de la honra de los seres humanos según los atributos visibles, como el género, la raza o la opción sexual. No se puede insultar igual a una mujer que a un hombre, ni a un negro que a un blanco, porque no todos tienen la honra en el mismo sitio. Y sobre las mujeres recae el mayor peso de la honra. El "quiérete tal como eres" no es más que el nuevo "honrarás a tu padre y a tu madre" (a tu ego y a tu estética).

¡Ey, puto calvo!

Paraos a pensar qué maravillosa muestra de patriarcado es el hecho de que la calvicie, tan temida por todos los hombres con pelo del planeta, tan sufrida por tantos millones de alopécicos incipientes, se haya convertido en un problema de orden mundial en el momento en que un cómico se permite bromear con la ausencia de pelo de una señora. Por mucho que los aliados feministas retuerzan sus discursos, en su defensa de Jada Pinkett vuelven a colocar a las mujeres en un lugar inferior, aniñado. El aliado feminista es el defensor de la honra patriarcal típico del siglo XXI.

Para convertir una tara estética común en los hombres en un problema mundial ha habido que esperar a que lo sufra una mujer y a alguien se le ocurra burlarse de ello. Cierto que en las mujeres la calvicie es rara y triste: Pantene no podría hacer caja si empezamos a pensar que el cabello femenino no es tan importante, así que la única calva aceptable es la que se rapa por propia voluntad, como Kirsten Steward o Natalie Portman.

Así, siglos de chistes y burlas impunes contra los hombres calvos se han salido abruptamente del carril cuando un tío comparó a una señora con la teniente O'Neil, por cierto, una de las rapadas más guapas y atractivas de la historia del cine, junto a la Ripley de 'Alien 3'. En mi opinión, el chiste era un piropo: ¡tampoco la estaba comparando con Anasagasti! Pero la diferencia entre el piropo y el insulto radica en el sentimiento que despierta en el receptor.

Foto: Momento en que Smith golpea a Rock. (Brian Snyder/Reuters)

¿Significa este debate mundial que los hombres calvos dejarán de ser burlados? No. Tengo para los calvos la misma noticia que para los gordos: no esperéis que la sociedad ponga el grito en el cielo cuando se metan con vuestros atributos. Porque seguimos viviendo en una estructura patriarcal, y esto significa que vuestros sentimientos se pueden atacar porque se entiende que sois adultos. Capaces de aceptar los golpes con la misma entereza de Chris Rock cuando recibió el tortazo de Smith, o Ginés cuando recibió el de José Santiago.

Vuestra honra sigue dependiendo del dinero que ganéis y no de ser unos adefesios. Así es la vida.

José Santiago, un gitano que iba conmigo al colegio, se paró en medio del partido de fútbol en el recreo, caminó como Will Smith hacia Ginés y le soltó una hostia en toda la boca que lo derribó de espaldas. Nos volvimos locos de alegría y de misterio. ¿Qué demonios había pasado? José estaba como una mona y tuvimos que agarrarlo para que no siguiera aplicando a Ginés el correctivo. Nadie se había dado cuenta, pero cuando José falló un pase, Ginés gritó lo habitual, "¡tus muertos!" Lo que no sabíamos es que a un gitano no le podías decir eso, ni como cliché.

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