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La dieta del ayuno intermitente: solo tenías que dejar de comer, maldito gordo
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MALA FAMA

La dieta del ayuno intermitente: solo tenías que dejar de comer, maldito gordo

La popularización de una dieta-milagro cada año da paso a la solución final: no comer

Foto: Foto: EFE/Sáshenka Gutiérrez.
Foto: EFE/Sáshenka Gutiérrez.

Asistir al progreso de la humanidad es un espectáculo edificante. Cada año penábamos la moda de una dieta concreta, revolucionaria y, al cabo, fallida. El sobrepeso no parecía tener una solución inmediata, un remedio definitivo, como sucede con el dolor de cabeza. Pero la especie humana es terca y, después de varios siglos de dietética, Durhams, stevia y básculas insidiosas, se ha descubierto felizmente la fórmula mágica para adelgazar: no comer.

En efecto, el, así llamado, 'ayuno intermitente' es la estación término de todos nuestros desvelos grasientos. Ha habido que darle muchas vueltas al metabolismo del personal para concluir que una manera sensata de perder peso era dejar de comer. Este logro humano, realmente, debe llenarnos de orgullo. No veía una cosa igual desde la invención del pañal unisex. O sea, desde que los bebés de ambos sexos utilizaban sin problemas el mismo modelo de pañal y una empresa decidió fabricar pañales para niños y pañales para niñas, diferentes a buen seguro, porque uno tenía dinosaurios azules y el otro, dinosaurios rosas; y esa bifurcación perduró dolorosamente en el supermercado durante años hasta que un genio —no cabe otra palabra— inventó el pañal unisex, que obviamente era mucho mejor que el pañal de toda la vida que habían utilizado tanto niños como niñas, dado que llegaba después de complicarnos la vida desdoblando el producto. El progreso no consiste en inventar cosas nuevas; consiste en inventar la rueda otra vez.

La gente no te quiere si eres gordo, obesa, plantígrada; se divorcia de ti y se va con otro más delgado. Ser gordo es muy sufrido

¿Por qué deseamos adelgazar? Es la pregunta cuya respuesta parece más fácil del mundo: deseamos adelgazar para que nos quieran. La gente no te quiere si eres gordo, obesa, plantígrada; se divorcia de ti y se va con otro más delgado. No te invita a subir a su bicicleta. Te borra de las fotos. Ser gordo es muy sufrido. Las escaleras las hacen así para putear a los gordos.

Foto: Foto: iStock.

La gente, como saben, quiere que la quieran, sobre todo en primavera y verano, que es cuando queda más bonito. Por eso, en estas estaciones asoleadas y floridas corre por las conversaciones la “dieta definitiva”, que era la dieta que valía única y exclusivamente para el año en curso. Ahora todo esto ha quedado en la prehistoria porque tenemos el 'ayuno intermitente', sintagma que llevo semanas leyendo en todas partes, escuchando en el bar, admirando como un devoto. Ayuno intermitente. Por cierto, si no fuera 'intermitente', sería muerte por inanición.

Queremos estar buenos, que nuestra novia esté buena y que pongan menos chocolate en el chocolate. Todo no se puede. Estar delgado es imprescindible para muchos trabajos, como por ejemplo, para ser moderno. La gente más moderna es la más delgada, aunque siempre es fácil estar delgado si te metes dos gramos de cocaína al día. Después del ayuno intermitente vendrá la 'politoxicomanía intermitente'. La cocaína se vendía en las farmacias a principios del siglo XX. No es tan loco.

Siempre es fácil estar delgado si te metes dos gramos de cocaína al día

Para adelgazar es imprescindible conocer el propio cuerpo, y de esa necesidad ha surgido la expresión encantadora que todos conocemos: “Esos kilos de más”. Hay mucho genio del idioma en ese demostrativo, que nos apela quizá más íntimamente que nuestra madre cuando nos dice: “A ver si vienes a verme”. ¿Cuáles son 'esos' kilos de más? Tú lo sabes, no te lo tiene que decir el anuncio de Fontvella. 'Esos' kilos de más son los que te miras en el espejo, te tocas y aprietas carniceramente, te ves en las fotos que te hacen, que siempre son fotos, no de ti, sino de esos kilos de más. No hace falta decir dónde están, cuántos son, cómo los odias. Son 'esos', sin más, tu infierno holgado.

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Todo esto es pasado, pues la Humanidad es feliz y está comiendo poquito. Hay que imaginar a no pocos millones de españoles ahora mismo entregados al ayuno intermitente, que consiste en pasarse 16 horas sin ingerir alimentos. Parece que una tacita de caldo caliente sí puedes tomar, aunque hay opiniones diversas sobre este aspecto: consulten la sección más estúpida de su periódico favorito. Dieciséis horas sin comer no lo hacía ni San Juan de la Cruz, que de ayunar debía saber algo, dado que creía en Dios. Dios es delgado. Pasarse tanto rato sin comer es lo más interesante que habrá hecho mucha gente en los últimos años, porque de pronto se verán cara a cara con su espíritu, sus frustraciones, sus sueños intelectuales, su cuerpo como cámara de eco de un mundo interior, también hambriento.

El tipo que más ha adelgazado nunca en el cine es Christian Bale, que pasó de 90 kilos a 60 a base de comer durante cuatro meses lo mismo: una lata de atún y una manzana. La gente se dirige en este momento, a base de no comer, hacia el papel protagonista de su vida: pesar menos sobre el mundo. Se envejece adelgazando y se muere para estar por siempre muy delgado, pero eso la gente no lo recuerda. Al contrario que en la Edad Media, la buena vida se mide por lo poco que comes. No comer es reivindicarse como sujeto digno de amor. Cuando te dicen “estás más delgado”, te lo dicen todo.

Asistir al progreso de la humanidad es un espectáculo edificante. Cada año penábamos la moda de una dieta concreta, revolucionaria y, al cabo, fallida. El sobrepeso no parecía tener una solución inmediata, un remedio definitivo, como sucede con el dolor de cabeza. Pero la especie humana es terca y, después de varios siglos de dietética, Durhams, stevia y básculas insidiosas, se ha descubierto felizmente la fórmula mágica para adelgazar: no comer.

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