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Los sucios intereses y la primacía moral: tras el seísmo en la guerra ideológica
  1. Cultura
'TRINCHERA CULTURAL'

Los sucios intereses y la primacía moral: tras el seísmo en la guerra ideológica

La invasión de Ucrania supone un cambio en el pensamiento. Llega una época más dura que exige pensar de otra manera. O quizá no, y simplemente pone de manifiesto todo lo que hemos ocultado estos años

Foto: Los líderes europeos se dieron cita en Bruselas esta semana. (EFE/Olivier Hoslet)
Los líderes europeos se dieron cita en Bruselas esta semana. (EFE/Olivier Hoslet)

Las manifestaciones y las movilizaciones de las últimas semanas, alentadas por el alza de los precios, ponen sobre la mesa elementos significativos respecto a las dificultades de buena parte de la población, de sus reivindicaciones económicas y de la complicación de sus presupuestos mensuales. Estas movilizaciones están también inmersas en una guerra ideológica, en la que cada cual tira hacia su lado, y desde luego no quedan exentas de preconcepciones simplificadoras. Pero el problema está ahí. ¿Cómo se afronta este momento? ¿Qué propuestas o soluciones pueden ofrecerse? ¿Qué tipo de salidas pueden encontrarse? Qué hacer con la gente que está pasando dificultades aparece como un asunto esencial, aunque en términos políticos siga orientándose hacia una teórica capitalización del descontento por parte de la ultraderecha.

La invasión de Ucrania, las tensiones energéticas y el giro geoestratégico están de fondo. Ha emergido una época dura que generará transformaciones importantes, y lo hará también en el interior de las sociedades europeas. Los conflictos sociales que estamos comenzando a presenciar forman parte de este contexto. Los tiempos exigen visiones diferentes, y es interesante observar cuáles son las respuestas políticas y económicas que se están ofreciendo.

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1. Los crudos intereses

Sirva una pequeña historia, sectorial, como elemento simbólico. 'La pastoral de los olvidados' es un texto de Germán Cano, prólogo al libro ‘Los olvidados’, en el que expone su visión acerca de este tiempo. Cano perteneció a Podemos, era uno de los cercanos a Errejón en aquella época en la que estaban convencidos del ‘sorpasso’. No me detendré en el texto, sus propuestas hablan por sí mismas, pero sí en la posición que esa parte de la izquierda ha decidido ocupar. En un instante de cambio en todos los niveles, en una era que exige reflexión profunda sobre el futuro, regresa a las viejas cuitas internas para atacar a otra parte de la izquierda. Los argumentos son más o menos los mismos que utilizaban hace diez años para referirse a IU, aunque ahora empleen expresiones como neorrancios, realistas que se miran al ombligo o tramposos en su regreso a la clase. En lugar de encarar los tiempos y entender cómo se pueden defender sus ideales, reaccionan atacando a los mismos que antes criticaban, siempre con la figura del intelectual manipulador de fondo, y cómo no, de las costumbres estalinistas.

Lo significativo, sin embargo, no es tanto el ajuste de cuentas, que de ellos está la política llena, sino hasta qué punto se trata de una discusión fijada en un marco muy común. Ellos querían construir un modernismo popular que vinculase a la clase trabajadora con las vanguardias culturales, y se han encontrado con unos reaccionarios que "entienden los aspectos supraestructurales como expresiones de crudos intereses" y que no perciben la relación entre lo material y lo ideal. Es decir, ellos tienen una agenda modernista, tienen valores, mientras los otros se revuelven en el fango de los intereses.

2. La deconstrucción de los valores de izquierda

Esta lectura ofrece una pista evidente de qué está en juego cuando se habla de guerras culturales. Estas no han sido una apuesta exclusiva de la izquierda, porque la derecha las han utilizado intensamente, en especial en los países anglosajones, pero también muy presentes en España desde que el PP pasó a la oposición. Si en primera instancia se contentaban con calificar a sus oponentes de populistas radicales o de bolivarianos, más tarde abrazaron la lucha cultural de una manera decidida. Vox fue más atrevido que el PP en ese terreno, pero después la intensidad se fue igualando.

La derecha ha satirizado y minusvalorado los valores progresistas de una manera que le ha permitido obtener rédito

Lo peculiar en esta batalla no es que la derecha haya respondido en los mismos términos y haya abogado por valores que le son tradicionales, como el patriotismo (sea español o periférico), sino que ha actuado sobre todo deconstruyendo el discurso progresista y volviéndolo contra ellos. El rédito que ha sacado la derecha de esta confrontación en términos morales es mayor por diversas causas, pero sobre todo porque ha sabido satirizar las posturas progres, o minusvalorarlas, de una forma tal que le ha permitido cohesionar a los suyos y alejar a posibles simpatizantes de la izquierda. Hay ejemplos suficientes de esta pelea cultural en la que estamos inmersos, desde el feminismo, las energías verdes, las identidades sexuales y demás, como para insistir en ello.

En todo caso, y desde ambos lados, esta ha sido una guerra de valores que encajaba plenamente con la época posmaterial. Los ideales ligados a la autorrealización, a la autoexpresión y a la agenda modernista se enfrentaron a los de la derecha, sostenidos en la identidad nacional, en la firmeza de la familia tradicional y en el anclaje en la libertad. Por supuesto, hubo derivadas económicas, pero estaban también construidas desde trincheras culturales, lo que se nota especialmente en la clase de damnificados que cada parte del arco ideológico escogió en esta lucha.

3. El terremoto intelectual

Sin embargo, y dado que hemos entrado en tiempos duros y los valores posmateriales son ya percibidos como menos importantes, debería llegar el momento de resituarse intelectualmente. La derecha parece tenerlo más fácil, ya que la invasión de Ucrania ha arrojado sobre la mesa una serie de cuestiones, como la primacía de las armas, la inversión en defensa, el regreso de los combustibles fósiles, el cierre sistémico y el aumento de los sentimientos nacionales, que resultan favorables a las derechas tradicionales, pero más todavía a las extrasistémicas.

La invasión de Ucrania beneficia a la derecha porque disuelve las guerras culturales internas y las convierte en guerra de valores civilizatorios

Ese giro complica el futuro a la izquierda, ya que le obliga a relegar las ideas que habían sido centrales en su ideario reciente. El mismo PSOE ha aprendido lo que es el realismo político muy rápido, con Sánchez negándose a enviar armas a Ucrania para después hacerlo con entusiasmo, o con la filtración de la carta sobre el Sáhara por parte de Marruecos y con los mismos acuerdos que ha tenido que suscribir. De modo que esa aspiración a un mundo verde, digital, sostenible y con igualdad de género lo va a tener complicado como propuesta política mayoritaria en los próximos tiempos. Unidas Podemos, también por razones tácticas, ha querido separarse de la postura del gobierno, pero lo ha hecho defendiendo otros valores, como la paz, que tampoco le han resultado muy útiles, o regresando a lecturas realistas demasiado ligadas a tiempos pretéritos.

Pero, ante todo, esta época beneficia a la derecha porque disuelve las guerras culturales internas y las convierte en guerra de valores civilizatorios. Lo que importa es hacer frente a Putin y a las autocracias, y a ese objetivo quedan supeditadas la mayoría de las acciones. Y desde luego, en cuanto agenda modernista, los regímenes como el ruso aparecen como los primeros enemigos de las identidades sexuales, el feminismo y las libertades, con lo que los discursos que se habían utilizado internamente palidecen. Basta con constatar las transformaciones en la política europea y en la nacional que ha supuesto la guerra de Ucrania para ser conscientes de cuánto han cambiado los tiempos en un mes.

4. La primacía moral

Ha llegado pues, el momento de constatar que la guerra cultural ha tenido lugar, tanto en un lado como en otro del espectro político, entre dos clases de valores, pero sobre todo desde el enfrentamiento entre los valores y los intereses, con la permanente superioridad de los primeros. Esto es lo que aparece en el texto de Cano con el que se iniciaba el artículo: la evidente primacía moral de quienes reclaman valores superiores frente al atraso cínico de quienes señalan que los intereses son importantes. Y no ha sido únicamente una retórica izquierdista. Un ejemplo entre otros muchos: la derecha ha señalado de manera incesante a los perdedores de la globalización que debían reinventarse y adaptarse, y que si vivían malos tiempos era por su culpa, ya que les faltaban las cualidades precisas para encajar en la nueva época.

Quien expresaba una idea heterodoxa podía ser rechazado e incluso demonizado por no defender suficientemente los valores comunes

Reducirlo todo al marco de los valores y los intereses añadía un matiz importante, porque permitía evitar cualquier razonamiento de fondo: quien expresaba una idea diferente, aun cuando se coincidiera en los valores de partida, podía ser rechazado e incluso demonizado por no defender suficientemente los ideales comunes. En la izquierda ha habido muchos ejemplos de este desdén moral.

Y como hemos elevado el mismo discurso al plano civilizatorio, la invasión de Ucrania está siendo abordada desde una perspectiva moral. La guerra entre la OTAN y Rusia, entre Occidente y China, tanto en sus componentes bélicos como en los económicos, está sostenida en el discurso público y de manera contundente como una guerra de valores. Lo que tiene el peligroso efecto, y más en tiempos bélicos, de provocar el rechazo de quienes, estando contra la invasión de Putin, aportan visiones heterodoxas, ya que no resultan suficientemente asertivos. Es una señal muy negativa desde el punto de vista democrático.

5. La verdadera guerra cultural

Avanzaré una tesis: la verdadera guerra cultural que hemos vivido, y que todavía estamos viviendo, no tiene lugar entre izquierda y derecha, sino entre los moralistas y los realistas ilustrados. O por decirlo de una manera más expresa: no estamos en una lucha entre valores e intereses, un marco irreal, sino en la pelea entre quienes reducen sus opiniones y sus análisis a la defensa de unos valores, y entre quienes insistimos en que, sin la comprensión de las estructuras de las sociedades, tanto económicas como de poder, de las enseñanzas de la historia, de las variables geográficas y de los humores sociales dominantes no se pueden realizar buenos diagnósticos y, por tanto, no se pueden encontrar soluciones buenas ni eficaces. No tomar todos estos elementos materiales en consideración nos dejará la sensación de que somos mejores, de que la superioridad moral está de nuestra parte, pero no podremos llevar a cabo las acciones precisas para lidiar con los nuevos tiempos.

Cuando las sociedades se desorganizan, predomina el egoísmo. En la balsa de la Medusa no hay valores, solo lucha para la subsistencia

Eso no significa abandonar los valores para volcarnos en los intereses, como insisten los críticos con el realismo, sino entender hasta qué punto unos y otros quedan ligados y, sobre todo, dónde se pone el acento. Toda la insistencia en los valores que ha predominado en la era global partía de la convicción de que transformar la sociedad, cambiarla a través de la introducción de unas nuevas pautas de actuación, nos llevaría a un mundo mejor. Y, una vez que eso sucediera, los efectos se desplegarían en cuanto a bienestar material. Era una traducción de la economía del goteo a la vertiente moral. Lo cierto es que no ha sido así, y las transformaciones negativas en el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos europeos y occidentales, que son la raíz del malestar social, lo demuestran.

Hay quienes pensamos de forma distinta. Una sociedad asentada, estable, con un grado de bienestar extendido, permite que los valores sean mucho más sólidos, y también más avanzados. Cuando las sociedades se desorganizan y son muy desiguales, aparece la anomia, en el mejor de los casos, y predominan las posiciones egoístas, cuando no decididamente agresivas. En la balsa de la Medusa no hay valores, sólo lucha por la subsistencia.

Y es curioso el cambio operado en la mentalidad occidental, porque este fue el aspecto central de la guerra fría en Europa: había que construir sociedades estables y materialmente equilibradas, porque eso permitiría que los valores democráticos se consolidasen frente al enemigo del otro lado del muro. En algún momento esa perspectiva exitosa se transformó, y Occidente se volvió moralista al mismo tiempo que desorganizaba su estructura interna, con lo que se volvía mucho más débil, también en lo estratégico (como estamos viendo). Entender esto es una forma de realismo, de pensamiento estructural, que no oculta los valores; de hecho, es tener valores. Me atrevería a decir que, sin esta visión, los valores democráticos van a vivir momentos muy, muy difíciles.

6. Un recordatorio

La última vez que vimos una confrontación que fue definida como civilizatoria fue a raíz del 11 S. Los talibanes, los extremistas radicales religiosos, querían que regresáramos a la edad media, y utilizaban las armas del terror para conseguir sus objetivos. Defender los valores occidentales era un deber, no ya europeo, sino mundial. Más allá de los efectos concretos que vinieron después, y que conocemos bien, hay que subrayar un aspecto evidente y relegado: la consecuencia colateral de ese enfrentamiento vino de la mano del ingreso de China en la OMC, que tuvo lugar el 11 de diciembre de 2001. El país asiático iba a ser un aliado en el libre comercio y en la forja de esa globalización que querían destruir los fanáticos; nos ayudaría a defender nuestros valores. El resultado fue el ascenso de China a segunda potencia mundial, que es lo que late detrás de la guerra de Ucrania. Algo más de realismo nos es necesario. Ver el mundo en blanco y negro, que es a lo que suele conducir el moralismo, trae estas cosas.

Las manifestaciones y las movilizaciones de las últimas semanas, alentadas por el alza de los precios, ponen sobre la mesa elementos significativos respecto a las dificultades de buena parte de la población, de sus reivindicaciones económicas y de la complicación de sus presupuestos mensuales. Estas movilizaciones están también inmersas en una guerra ideológica, en la que cada cual tira hacia su lado, y desde luego no quedan exentas de preconcepciones simplificadoras. Pero el problema está ahí. ¿Cómo se afronta este momento? ¿Qué propuestas o soluciones pueden ofrecerse? ¿Qué tipo de salidas pueden encontrarse? Qué hacer con la gente que está pasando dificultades aparece como un asunto esencial, aunque en términos políticos siga orientándose hacia una teórica capitalización del descontento por parte de la ultraderecha.

Conflicto de Ucrania Trinchera Cultural
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