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De Varsovia a Kiev: cómo se destruye una ciudad europea hasta los cimientos
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De Varsovia a Kiev: cómo se destruye una ciudad europea hasta los cimientos

Adelanto editorial de 'Metrópolis' (Debate), el nuevo libro de Ben Wilson sobre la historia de la ciudad que muestra tanto los escenarios de aniquilación más salvaje como la increíble resistencia de sus habitantes

Foto: Un antiguo mercado de Varsovia, en 1945. (Dominio público)
Un antiguo mercado de Varsovia, en 1945. (Dominio público)

La historia de cómo la humanidad ha intentado erradicar las ciudades nos dice más que cualquier otro medio sobre cómo funcionan. Puestas al límite, las urbes revelan lo que son. Incluso en el apocalipsis, en el desierto urbano, de un modo u otro el tictac del reloj continúa.

Mucho antes de la invasión alemana de Polonia, se habían trazado planes para convertir Varsovia en una ciudad modelo nazi para 130.000 alemanes arios. Tendría casas medievales con estructura de madera vista y callecitas estrechas, en medio de extensas zonas verdes. Los únicos polacos autorizados estarían relegados a un suburbio en la orilla este del Vístula: 80.000 esclavos para atender a sus amos alemanes.

Foto: El presidente Putin, durante una entrevista en Russia Today. (RT)

Mientras planeaban la campaña, antes de la guerra, los generales habían sugerido que no se atacase Varsovia, ya que, una vez que se hubiese derrotado al ejército polaco, los alemanes podrían entrar sin más. "¡No! —gritó Hitler—. Hay que atacar Varsovia". Aborrecía de manera especial la capital polaca. Según un testigo, Hitler se recreó en "cómo se oscurecerían los cielos, cómo millones de toneladas de bombas lloverían sobre Varsovia, cómo la gente se ahogaría en sangre. Casi se le salían los ojos de las órbitas, se volvió una persona diferente. Lo poseyó una súbita sed de sangre".

¿Qué hace falta para destruir una ciudad? La humanidad ha diseñado numerosos medios. Y entre 1939 y 1945, la mayoría de ellos se experimentaron en la capital polaca.

placeholder 'Metrópolis'. (Debate)
'Metrópolis'. (Debate)

Varsovia sufrió el terror de los bombardeos aéreos desde el primer día de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939. Durante las siguientes semanas, mientras el ejército alemán hacía retroceder a las fuerzas polacas y aterrorizaba a los refugiados que huían hacia Varsovia, la ciudad estuvo sometida a continuos ataques aéreos. Se volvieron más y más feroces a medida que la Wehrmacht estrechaba el cerco a la capital. Bombardeos aéreos sin medida se combinaban con el asalto de la artillería. "Los daños en Varsovia son colosales —informaba el Correo de Varsovia el 28 de septiembre—. No funcionan ni la electricidad, ni las tuberías, ni el alcantarillado, ni los teléfonos. Todos los hospitales han sido bombardeados [...] no hay ni un solo edificio histórico o monumento que no esté destruido o gravemente dañado". Ese fue el día en que Varsovia capituló ante los nazis. Los varsovianos salieron de los sótanos a las ruinas humeantes, desconcertados de que la ciudad se hubiese rendido; si se lo hubiesen permitido, seguramente habrían luchado. Los alemanes entraron en Varsovia y la ocuparon el 1 de octubre. El día 15, la ciudad fue entregada a la administración colonial nazi, comandada por Heinrich Himmler.

[...]

Un año después del levantamiento del gueto contra los alemanes, el resto de Varsovia se rebeló. Las circunstancias eran totalmente diferentes. A medida que el Ejército Rojo se acercaba a la ciudad, tras el éxito arrollador de la operación Bagratión, los líderes polacos se sentían en el deber de reivindicar su papel en el futuro del país antes de caer bajo el dominio soviético.

Pobremente armados, cóctel molotov en mano, la resistencia polaca se levantó a las cinco de la mañana del 1 de agosto de 1944. "En quince minutos nuestra ciudad, con un millón de habitantes, se había unido a la lucha", escribió Tadeusz Bór-Komorowski, comandante del Ejército Nacional Polaco. La mayor parte de Varsovia estaba en manos polacas por primera vez en mucho tiempo. En los altavoces, que durante tanto tiempo habían servido para machacar a los polacos con propaganda, amenazas y órdenes, sonaba el himno nacional polaco, que la gente no había oído desde 1939. La bandera de Polonia ondeaba en lo alto del edificio Prudential, el tercer rascacielos más alto de Europa. Había un ambiente de euforia. Hombres, mujeres y niños de todas las edades se apresuraban a construir barricadas, a hacer cócteles molotov y a excavar túneles entre edificios.

placeholder Ruinas del gueto de Varsovia tras la Segunda Guerra Mundial. (Dominio público)
Ruinas del gueto de Varsovia tras la Segunda Guerra Mundial. (Dominio público)

Cuando Hitler supo del levantamiento, le empezó a temblar todo el cuerpo y levantó los puños con furia. "Estaba casi gritando, parecía que se le iban a salir los ojos de las cuencas y se le hincharon las venas de las sienes". Pero Himmler lo calmó: el levantamiento era una "bendición". "Nos iremos dentro de cinco o seis semanas —dijo Himmler—. Pero para entonces Varsovia [...] se habrá extinguido". Al principio, Hitler quería sacar a las tropas alemanas, rodear la ciudad y bombardearla hasta convertirla en polvo. Pero era militarmente inviable. En su lugar, Hitler y Himmler emitieron la Orden para Varsovia el 1 de agosto: "Todos los ciudadanos de Varsovia deben morir, incluyendo hombres, mujeres y niños. Varsovia debe ser arrasada, convertirse en un ejemplo aterrador para el resto de Europa".

Lo que sucedió a continuación supuso la destrucción sistemática de toda una ciudad. La reconquista y destrucción de Varsovia se encomendó al 'Obergruppenführer' de las SS Erich von dem Bach-Zelewski, un hombre que había supervisado el asesinato en masa de judíos durante la operación Barbarroja y acciones de genocidio contra partisanos. Himmler lo envió al conjunto de las unidades de las SS más sanguinarias y temidas de todo el Reich. Entre ellas estaba la tropa comandada por Oscar Dirlewanger, constituida por prisioneros liberados de cárceles alemanas, soldados considerados demasiado trastornados para el ejército regular, desertores del Ejército Rojo, azeríes y combatientes musulmanes del Cáucaso. La Brigada Dirlewanger se había desplazado desde Europa oriental saqueando, violando, torturando y asesinando, masacrando judíos, presuntos partisanos y mujeres y niños inocentes en números que revuelven el estómago.

"Nos iremos dentro de cinco o seis semanas —dijo Himmler—. Pero para entonces Varsovia [...] se habrá extinguido"

Soltaron a estos violadores y asesinos en serie en el distrito de Wola, en Varsovia, el 5 de agosto, con órdenes de matar y destruir todo lo que encontrasen en su camino. Rodeaban los edificios de viviendas. Después, tiraban granadas de mano dentro y los incendiaban. Disparaban con ametralladoras a los hombres, mujeres y niños que salían. Esto se repetía, edificio por edificio. Pero se tardaba demasiado. Cambiaron la táctica, de modo que llevaban multitudes de civiles a lugares de ejecución en fábricas, estaciones de tranvía y viaductos de tren y los tiroteaban en masa.

El 'modus operandi' de la Brigada Dirlewanger era violar antes de asesinar; no tenían reparos en masacrar niños. Para cuando los alemanes tomaron Wolwa, las SS ya habían matado a 40.000 polacos. Al mismo tiempo, el igualmente genocida Ejército Ruso de Liberación Nacional (RONA), una brigada heterogénea de rusos antibolcheviques que servían en el ejército alemán, estaban provocando escenas igualmente horripilantes en el distrito de Ochota. En el Instituto Radiológico Marie Curie, matones borrachos del RONA violaron por igual a personal sanitario y pacientes, incluyendo enfermas terminales de cáncer, antes de empaparlas en petróleo y pegarles fuego. Después continuaron con otros hospitales. Se cumplían las órdenes de Hitler y Himmler: primero fueron masacrados los ciudadanos de Varsovia, después se destruyeron los edificios. Sin embargo, las matanzas indiscriminadas pararon llegado un cierto momento. Los líderes nazis decidieron que querían que todos los habitantes trabajasen como esclavos. Entonces, columnas de ciudadanos eran obligadas a salir de sus distritos para enviarlas a los campos de concentración.

placeholder Muro del gueto de Varsovia. (Dominio público)
Muro del gueto de Varsovia. (Dominio público)

La Brigada Dirlewanger y el RONA se marcharon. En su lugar llegaron algunos de los equipamientos militares más destructivos que se hayan desplegado en las calles de una ciudad. Las calles del casco antiguo de Varsovia eran demasiado estrechas para los tanques normales. Miles de polacos se escondían allí, en una fortaleza aparentemente inexpugnable de edificios y callejuelas. A una orden de Hitler, un mortífero arsenal de armamento se trajo desde lugares lejanos para ayudar en la destrucción de la ciudad. Aplastar el levantamiento de Varsovia tenía un valor ínfimo en términos militares. Pero Hitler había emprendido una cruzada mesiánica para arrasar la metrópolis a cualquier precio. Su mejor equipamiento fue retirado del frente y se envió a la ciudad para perpetrar una carnicería.

Esas armas habían sido diseñadas específicamente para combates urbanos tras el cerco de Stalingrado. Llegaron cuatro gigantescos morteros Karl-Gerät, una de las armas de asedio más grandes de la historia, que disparaban proyectiles de mil quinientos setenta y siete kilos, capaces de destruir un edificio entero. Llegó un enorme tren blindado para bombardear la Ciudad Vieja; se le habían añadido lanzacohetes fijos y un conjunto de obuses pesados. Las armas de asalto más punteras también se desplazaron a Varsovia a toda prisa: diez Sturmpanzer IV armados con obuses de corto alcance; dos gigantescos Sturmtigers provistos de lanzacohetes y noventa tanques Goliat de control remoto, con la potencia suficiente para demoler muros. Pero el arma más aterradora era el lanzacohetes Nebelwerfer de seis cilindros, capaz de disparar sin parar conjuntos de bombas incendiarias. Los polacos las llamaban krowy, "vacas", ya que sonaban como un rebaño mugiendo agónicamente. Todo esto, todo el poder de la tecnología de asedio nazi al completo, se usó para destruir Varsovia edificio a edificio. La artillería y los bombarderos en picado Stuka asolaron la Ciudad Vieja hasta convertirla en escombros. Entonces, llegaron los Goliats para destruir las barricadas y demoler las paredes que quedasen en pie. Después, entraron los Sturmtigers, seguidos por la infantería y los lanzallamas. Y, por último, la Brigada Dirlewanger y las demás unidades de las SS.

Los polacos lucharon, amenazando a los alemanes con otro Stalingrado. Pero nadie podía desafiar las superarmas alemanas

Los polacos lucharon valerosamente, amenazando a los alemanes con otro Stalingrado. Pero nadie podía desafiar las superarmas alemanas. Toda la Ciudad Vieja quedó devastada, y 30.000 personas enterradas bajo toneladas de ladrillos. Muchos polacos huyeron por las alcantarillas. Pero muchos miles se quedaron y se enfrentaron a los violadores genocidas de la Brigada Dirlewanger.

Después de eso, los bombarderos Stuka y las armas más potentes se dirigieron contra el centro de la ciudad, donde 250.000 polacos se veían obligados a vivir en sótanos. En la supeficie, los edificios se destruían "de arriba abajo, trozo a trozo o saltaban en pedazos de un disparo directo". Incluso así, la resistencia siguió peleando, participando en algunas de las batallas más feroces de toda la guerra. Durante sesenta y tres días, los alemanes lucharon para recuperar la ciudad. Finalmente, el 2 de octubre, cuando estaba claro que el Ejército Rojo no iba a llegar al rescate, los polacos se rindieron. Al salir de sus búnkeres, echaron un último vistazo a su ciudad: "Era una visión horrible, con enormes bloques quemados [...] delante de mí veía algo desconcertante, una fila interminable de gente con equipaje y otras cosas extrañas como bicicletas o carritos de bebé".

Al principio del levantamiento, quedaban más de 700.000 personas viviendo en Varsovia. Las muertes de civiles en el levantamiento ascendieron a 150.000. De los supervivientes, 55.000 se transfirieron a Auschwitz y otros campos de concentración; 150.000 viajaron al Reich como esclavos; 17.000 fueron encarcelados como prisioneros de guerra y se deportó a 350.000 a otros puntos de Polonia. Según la novelista Zofia Nałkowska, Varsovia se convirtió en "una de las muchas ciudades muertas de la historia", y sus gentes "los nuevos sintecho".

Foto: Konzentrationslager Warschau. (M.A.G.)

"La ciudad debe desaparecer por completo de la faz de la tierra —ordenó Himmler—. Que no quede piedra sobre piedra. Todos los edificios deben ser demolidos hasta los cimientos". Todo lo que podía ser arrancado de la ciudad se cargó en más de 40.000 vagones de tren y se envió a Alemania. Se lo llevaron todo: desde tesoros y obras de arte hasta cuerdas, papel, velas y virutas de metal. Después, llegaron los equipos especialistas en demolición llamados 'Verbrennungskommandos' ("comandos de aniquilación"). Lo que quedó de la ciudad se destruyó metódicamente. Los zapadores incendiaban edificios con lanzallamas y dinamita; los tanques abrían fuego contra armazones vacíos. El Palacio Krasin´ski, la Biblioteca Załuski, el Archivo Nacional, el Museo Nacional, la Universidad de Varsovia, el Castillo Real, palacios, iglesias, monumentos, hospitales, bloques de viviendas, escuelas: todo fue eliminado. En enero, el 93% de la ciudad ya no existía.

Solo se puede destruir una ciudad recurriendo al genocidio, la deportación en masa y la demolición total. Pero, aun así, ¿estaba Varsovia realmente muerta?

Cuando las tropas soviéticas llegaron a Varsovia el 17 de enero de 1945, entraron en una "ciudad fantasma". "He visto muchas ciudades destruidas —dijo el general Eisenhower—, pero en ningún sitio me he enfrentado a tal grado de destrucción ejecutada con tal bestialidad".

Foto: Militares ucranianos junto a un tanque, presuntamente ruso, a las afueras de Kharkiv (Reuters/Maksim Levin)

La guerra contra la Alemania nazi alcanzó su clímax en abril en la Götterdämmerung, el "ocaso de los dioses", cuando el Ejército Rojo luchó, violó y saqueó casa por casa un Berlín ya destrozado por los continuos ataques aéreos aliados y la artillería rusa. El 30 de abril, los rusos se hicieron con el Reichstag. Esa misma noche, Hitler se suicidó en su búnker. Entre el 2 y el 3 de mayo Alemania se rindió. "La luna llena brillaba en un cielo sin nubes —escribió un miembro de la Cruz Roja—, de modo que podías ver el terrible alcance de los daños. De aquella metrópolis mundial solo quedaba una ciudad fantasma de habitantes de las cavernas".

Antes de la guerra, se creía que las ciudades eran frágiles y vulnerables a las armas modernas. Cualquiera que, en mayo de 1945, revisase los restos de edificios quemados y las montañas de escombros urbanos a lo largo y ancho de Europa tendría motivos para preguntarse si algún día se podrían reparar los daños. Berlín yacía bajo 55 millones de metros cúbicos de escombros; Hamburgo bajo 35 millones. Pero la historia de la Segunda Guerra Mundial es la historia de la increíble resiliencia de las ciudades, incluso en las circunstancias más extremas.

placeholder Gueto de Varsovia. (Dominio público)
Gueto de Varsovia. (Dominio público)

El destino de Varsovia sobrepasaba con mucho lo que cualquier ciudad hubiese experimentado en una guerra moderna. Si Berlín parecía una ciudad posapocalíptica, los daños a la capital de Polonia se medían con otra escala. Yacía enterrada bajo setecientos millones de metros cúbicos de escombros. Aproximadamente un 81% de Berlín había sido destruido, pero, de esta cifra, un 11% de los edificios se habían arrasado y el 70% solo dañado. En Varsovia, por el contrario, más del 80% de los edificios habían desaparecido de la faz de la tierra.

Pero incluso en medio de la destrucción total quedaban rastros de vida. Mientras los Verbrennungskommandos llevaban a cabo las demoliciones, pequeños grupos de judíos y polacos se agazapaban bajo las ruinas en búnkeres ocultos y cloacas. Se los conocía como los "Robinson Crusoe" o los "cavernícolas", o, entre los nazis que les daban caza, "las ratas". Un grupo incluso produjo una revista con un anuncio paródico: "¿Para qué ir a Egipto a ver pirámides? ¡Hay muchas ruinas en Varsovia!". Los "Robinsones" vivían en lo que una sobreviviente, Helena Midler, llamó "la ciudad de la noche eterna", escondidos bajo un desierto urbano, donde había que rebuscar la comida y el agua arriesgando la vida. Muchos murieron de hambre y frío o fueron descubiertos y ejecutados por los alemanes. Cuando los rusos liberaron Varsovia, este puñado de personas salieron a la luz.

El pianista Władysław Szpilman describió cómo era entrar en calles que otrora vibraban con gente y tráfico. Ahora eran un mar de ladrillos y él tuvo que trepar por montañas de escombros "como si fuesen taludes pedregosos. Mis pies se enredaban en un revoltijo enmarañado de cables de teléfono arrancados, catenaria de tranvías y jirones de tela que un día decoraron pisos o vistieron seres humanos que llevaban tiempo muertos".

Cuando el corresponsal de guerra ruso Vasili Grossman llegó a Varsovia el 17 de enero, la destrucción era tal que tuvo que acceder a la ciudad trepando por un sitio improvisado: "Fue la primera vez en mi vida que entré en una ciudad usando una escalera de incendios". Por los taludes pedregosos lo seguía "una fila de hombres jóvenes y viejos con sombreros chafados, gorras, abrigos de entretiempo o gabardinas que caminaban empujando carritos de ruedas anchas cargados de fardos, bolsas y maletas. Mujeres y muchachas caminaban soplándose los dedos congelados y mirando las ruinas con los ojos inundados de pena. Se contaban por cientos, por miles.

Foto: Un niño ayuda a un hombre desmayado en las vías por las que pasaba el tranvía que salía del gueto en 1941. (Cordon Press)

Después de que los nazis los expulsaran, los habitantes de Varsovia volvieron a su ciudad en cuanto pudieron. Al principio, acamparon en medio de la desolación. Pero su presencia significaba que había fallado el ejemplo moderno más extremo de intento de asesinato de una ciudad. El influjo de los que volvían avivó las brasas casi extintas de Varsovia. Emprendieron la reconstrucción de la ciudad ellos solos levantando casas en el centro. Cuando llegaron, había un encendido debate sobre el futuro de las ruinas. En el Gobierno, las opiniones estaban divididas. Algunos querían abandonar Varsovia y trasladar la capital a Cracovia o Łódz´, dejando que aquellas ruinas desesperanzadoras se conservasen como un monumento imperecedero de los crímenes cometidos contra Polonia. Otros creían que debía ser reconstruida tal y como estaba antes de septiembre de 1939, tanto como un acto de desafío a los nazis como un modo de devolverles a los varsovianos traumatizados que habían sobrevivido a la guerra todo aquello que les resultaba querido y familiar. Para un puñado de planificadores urbanísticos y arquitectos, como Jan Chmielewski, que acababa de escapar de un campo de concentración, la visión de Varsovia destruida no supuso un golpe terrible, sino un "alivio": era una oportunidad de oro para construir una ciudad radicalmente nueva, ahora que el caos irracional de la vieja metrópolis había sido eliminado.

Los dilemas a los que se enfrentaba Varsovia eran una versión de los que afrontaban las poblaciones de otras ciudades parcial o totalmente destruidas, de Londres a Tokio, de Minsk a Hamburgo, de Kiev a Coventry. A los pocos días de la liberación de Varsovia, se constituyó el Biuro Odbudowy Stolicy (BOS, "Oficina para la Reconstrucción de la Capital"). Si la aniquilación de Varsovia no tenía precedentes en la historia bélica moderna, tampoco lo tuvo la escala y velocidad de la reconstrucción de sus monumentos históricos. El esfuerzo de voluntad fue notable, dados el nivel de destrucción, la muerte del 60% de la población que había antes de la guerra y la pobreza del país. Se recaudaron fondos y llegaron donaciones de toda Polonia; del mismo modo, muchos trabajadores se ofrecieron como voluntarios. Para 1952, casi toda la Ciudad Vieja de Varsovia se había reconstruido desde cero.

La historia de cómo la humanidad ha intentado erradicar las ciudades nos dice más que cualquier otro medio sobre cómo funcionan. Puestas al límite, las urbes revelan lo que son. Incluso en el apocalipsis, en el desierto urbano, de un modo u otro el tictac del reloj continúa.

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