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Ta-Nehisi Coates, el escritor negro que quiere que los blancos paguen por su racismo
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Ta-Nehisi Coates, el escritor negro que quiere que los blancos paguen por su racismo

Empezó a ejercer como periodista en publicaciones pequeñas como el 'Washington City Paper', el 'Philadelphia Weekly', 'The Village Voice' o en otra más grande, 'Time', que le despidió de mala manera

Foto: Ta-Nehisi Coates. (Reuters/Aaron P. Bernstein)
Ta-Nehisi Coates. (Reuters/Aaron P. Bernstein)
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En 2014, un desconocido periodista de 39 años nacido en Baltimore se hizo de repente famoso en Estados Unidos. Fue por un artículo en la revista 'The Atlantic' titulado simplemente "A favor de las reparaciones". En él sostenía que, después de 250 años de esclavitud, 90 de leyes explícitamente racistas y 60 de segregación, Estados Unidos debía a sus ciudadanos negros algo más que una disculpa. Les debía dinero y debía pagárselo no solo para reparar el sufrimiento pasado, sino porque sus vidas seguían teniendo un punto de partida —económico, sanitario, y en cuanto a vivienda y educación— muy inferior al de los blancos.

Hasta entonces, la vida profesional de Ta-Nehisi Coates había sido complicada. Su padre, Paul Coates, era un veterano de Vietnam que había pasado por los Panteras Negras y acabó fundando una editorial especializada en literatura escrita por afroamericanos, Black Classic Press. Coates padre tuvo siete hijos con cuatro mujeres distintas y una casa en la que convivían fluidamente muchas de esas personas, y él se comportaba, dice Coates hijo, “en la práctica como un fascista”, que daba alguna que otra paliza, ordenaba a sus hijos los libros que debían leer —él se formó como escritor leyendo los libros que publicaba su padre— y les prohibía la religión.

Foto: Frederic Laloux. (Freunde von Freunden/Robert Rieger)

Ta-Nehisi era un mal estudiante, escribía poesía del montón y, según diría más tarde, "no estaba seguro de lograr hacer algo con mi vida". Empezó a ejercer como periodista en publicaciones pequeñas como el 'Washington City Paper', el 'Philadelphia Weekly', 'The Village Voice' o en otra más grande, 'Time', que le despidió de mala manera. En ese momento, en paro y sin saber qué hacer, pidió ayuda a su antiguo editor, David Carr, que más tarde se haría famoso como periodista del 'New York Times'. Carr le sugirió que mandara una propuesta de artículo a 'The Atlantic', la vieja revista de pensamiento, seria pero bien escrita, para las clases medias-altas progresistas. Entonces, sucedió lo inesperado: 'The Atlantic' le pidió que escribiera 8.000 palabras y le ofreció dos dólares por palabra. El artículo, sobre el conservadurismo negro de Bill Crosby, gustó, la revista le contrató, empezó a escribir un blog que se fue haciendo cada vez más popular y luego vendrían el artículo sobre las reparaciones, la popularidad y los debates en torno a su pensamiento.

Entre el mundo y yo

Al año siguiente, en 2015, publicó un librito, 'Entre el mundo y yo' (traducido al español por Seix Barral), un ensayo en forma de carta a su hijo. En él, afirmaba que buena parte de la historia estadounidense se ha basado en la destrucción del cuerpo de los negros: así fue con la esclavitud, luego con los linchamientos y más tarde con la violencia policial. El cuerpo de los negros da miedo a los blancos —es considerado salvaje, sexual, violento—, que ven en su progresivo aniquilamiento una manera de civilización. El libro apareció en el momento culminante del movimiento Black Lives Matter. Se convirtió en un superventas. El entonces presidente, Barack Obama, que llevaba tiempo leyendo a Oates, lo recomendó. Recibió el National Book Award, más tarde se adaptaría para un documental de HBO. Y un año después de la publicación, tras lograr al fin un enorme éxito, Coates se marchó de Estados Unidos y se instaló en París. Dijo que no tenía intención alguna de convertirse en una figura profética, que no le apetecía desarrollar el ego que suelen tener los gurús. Su siguiente proyecto fue, al mismo tiempo, difícil de entender y del todo lógico: se convirtió en guionista de cómics para Marvel. Escribió seis entregas del personaje Black Panther (que inspirarían parte de la película de Marvel del mismo título) y luego otras seis de una secuela.

Su siguiente proyecto fue, al mismo tiempo, difícil de entender y del todo lógico: se convirtió en guionista de cómics para Marvel

Luego vendría otro libro de ensayos sobre los ocho años de Obama en el Gobierno estadounidense, 'We Were Eight Years in Power' (no traducido). A pesar del potencial optimismo que podía haber suscitado la llegada de un negro a la Casa Blanca, el libro mantenía el pesimismo tradicionalmente asociado a Coates. Sí, se había entusiasmado con su triunfo, había llegado a pensar que “el racismo era como un tumor que podía aislarse y amputarse del cuerpo americano”, pero, incluso con Obama al mando, quedó claro que el racismo era “un sistema ubicuo, nativo de ese cuerpo y esencial para él”. De hecho, Obama, con sus buenos modales, la inexistencia de escándalos durante su mandato y su familia perfecta, no había sido más que una especie de “presidente en funciones”, el prudente y responsable líder del “buen gobierno negro” que, a pesar de su exceso de cautela, había despertado de nuevo a la bestia: el revanchismo del supremacismo blanco encarnado en Donald Trump. Si Obama fue el primer presidente negro, dice Coates, Trump fue el primer presidente “blanco”, en el sentido de que explicitaba el racismo que en la política presidencial estadounidense había sido, durante mucho tiempo, más bien implícito.

placeholder Ta-Nehisi Coates (REUTERS / Aaron P. Bernstein)
Ta-Nehisi Coates (REUTERS / Aaron P. Bernstein)

Coates puede producir en el lector blanco europeo una cierta incomodidad. Es persuasivo, agresivo y sentimental; paradójicamente, es capaz de transmitir la absoluta justicia de su causa y, al mismo tiempo, extrañeza: ¿es verosímil pensar que puede pagarse ahora con dinero un sufrimiento real generado durante siglos no por un Gobierno concreto, sino por una cultura entera, una masa indiscernible de hombres anónimos, autoridades y grupos ilegales? ¿Es cierto que la columna vertebral sobre la que Estados Unidos se ha erigido en la primera potencia del mundo, y en su democracia más antigua, es el racismo? ¿Es la adoptada por Coates la manera más efectiva de que los blancos asuman su racismo e intenten deshacerse de él, o no hace más que provocarles?

¿Es la de Coates la manera más efectiva de que los blancos asuman su racismo o no hace más que provocarles?

Ahora Coates vuelve, en otro paso excéntrico pero lógico en su carrera, con una novela, recién traducida también por Seix Barral: 'El baile del agua'. Esta cuenta, con una mezcla de realismo mágico, lirismo y crudeza, la vida de un esclavo de Virginia, Hiram Walker, hijo de una esclava negra, que fue vendida cuando él tenía nueve años, y del propietario blanco de la plantación. Walker tiene un extraño poder: puede recordarlo absolutamente todo con una precisión total. Con una excepción: es incapaz de recordar a su madre. Pero necesita hacerlo para desarrollar otros poderes clásicos del género fantástico, pero que aquí se cruzan con las historias de liberación de los esclavos.

Seguramente Coates es mejor escritor de no ficción que de ficción. Yo recomendaría entrar en su obra por 'Entre el mundo y yo' o sus artículos de 'The Atlantic', que están disponibles en la página web de la revista, empezando por el de las reparaciones. Pero, en todo caso, siempre vale la pena leer a Coates, que, con su tono oracular que busca la contundencia del hip hop, ha reinventado la noble tradición del pensamiento antirracista.

En 2014, un desconocido periodista de 39 años nacido en Baltimore se hizo de repente famoso en Estados Unidos. Fue por un artículo en la revista 'The Atlantic' titulado simplemente "A favor de las reparaciones". En él sostenía que, después de 250 años de esclavitud, 90 de leyes explícitamente racistas y 60 de segregación, Estados Unidos debía a sus ciudadanos negros algo más que una disculpa. Les debía dinero y debía pagárselo no solo para reparar el sufrimiento pasado, sino porque sus vidas seguían teniendo un punto de partida —económico, sanitario, y en cuanto a vivienda y educación— muy inferior al de los blancos.

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