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La semana que cambió el mundo: medio siglo de la visita de Richard Nixon a Mao
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La semana que cambió el mundo: medio siglo de la visita de Richard Nixon a Mao

Ambos formaban parte de las selecciones participantes en el campeonato del mundo de tenis de mesa, celebrado en Nagoya entre el 28 de marzo y el 7 de abril de 1971

Foto: Mao y Nixon
Mao y Nixon

Glenn L. Cowan murió el 6 de abril de 2004. Justo treinta y tres años antes jugó durante un cuarto de hora con el chino Lian Gellang. Según la leyenda, este entrenamiento surgió por la incomprensión del silencio entre ambos países y el absurdo, sobre todo para un joven estadounidense casi en la veintena, de deber rechazar cualquier tipo de conversación con los orientales comunistas. Ambos formaban parte de sus respectivas selecciones, participantes en el trigésimo primer campeonato del mundo de Tenis de Mesa, celebrado en Nagoya entre el 28 de marzo y el 7 de abril de 1971.

La práctica de los dos terminó al irrumpir un oficial japonés. Debía cerrar el recinto. Fue entonces cuando Cowan se percató de haber perdido el autobús de su equipo, subiéndose al de la delegación china. El viaje duró quince minutos, diez de los cuales transcurrieron en un absoluto mutismo, sólo roto por la inteligencia del tricampeón mundial Zhuang Zedong, quien tras rebuscar en su bolsa ofreció al oponente un retrato de seda de las montañas Huanghshan, si bien otras fuentes mencionan la entrega de una bufanda. A partir de ese instante, Zhuang fue para Mao el mejor de sus diplomáticos.

placeholder Zhuang Zedong y Glenn L. Cowan
Zhuang Zedong y Glenn L. Cowan

El norteamericano recibió encantado el regalo, disculpándose por sólo poder replicarlo con un triste peine. Al día siguiente, reaccionó con una camiseta con el emblema de la paz y la inscripción 'Let it Be', en alusión al último disco publicado por The Beatles.

Este episodio, complementado con otros menos simbólicos, fue la catapulta para el milagro de la denominada Diplomacia del Ping-Pong. La escuadra USA cruzó el puente que separaba la colonia británica de Honk Kong de la China continental para realizar una gira de una semana, amenizada con visitas turísticas a la Gran Muralla y la invitación a asistir a una presentación local de ballet. Menos de un año después, del 21 al 28 de febrero de 1972, llegaría el turno de Richard Nixon en el mayor logro diplomático de su presidencia, clave para romper con el bilateralismo y abrazar unas coordenadas desconocidas, ruta esencial para comprender tantos porqués de nuestra época.

El enemigo de mi enemigo es mi amigo

La cumbre de 1972 tuvo una larga elaboración previa determinada, como es bien comprensible, por los intereses geoestratégicos, tanto de la República Popular China como de los Estados Unidos de América. Las relaciones entre el gigante asiático y la potencia occidental eran inexistentes, aunque tensas, desde el primero de octubre 1949, cuando Mao ascendió al poder tras vencer en la Guerra Civil. Durante la de Corea, Douglas MacArthur pidió lanzar bombas atómicas contra el régimen comunista, aún aliado de los soviéticos desde la lógica de la Guerra Fría.

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Mao y Stalin

Mao hizo migas con Stalin. Su idilio con la URSS empezó a resquebrajarse tras el discurso secreto de Nikita Kruschev en el vigésimo congreso del PCUS de 1956. Esta traición, según el gran timonel, fue profundizándose a lo largo de los años siguientes, con su cénit en la crisis de los misiles de 1962, observada desde Pekín como una vergonzosa capitulación al capitalismo desde la ruptura de la ortodoxia comunista, intuida justo un año antes por la condena soviética al régimen albanés de Enver Hoxa, apoyado por los chinos. Durante la década de los sesenta, Mao no quiso comprender el concepto de coexistencia pacífica de la Guerra Fría, algo nada anómalo si se atiende a cómo su senda distaba siempre más de la de su aliado natural, asimismo reacio a aceptar medidas chinas como el Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural.

La crisis de los misiles de 1962 fue observada desde Pekín como una vergonzosa capitulación al capitalismo

El choque sólo podía beneficiar a la administración Nixon. El presidente tenía mucha experiencia en el campo internacional, su asunto favorito hasta el punto de elegir como secretario de Estado a un títere como William P. Rodgers, manejándolo a su antojo junto a su Consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger. La amistad entre ellos nula pese a su coincidencia en la mayoría de cuestiones dirimidas en sus reuniones en el Despacho Oval de la Casa Blanca, entre ellas la china, vista con muy buenos ojos durante el segundo lustro de los años sesenta, entre otras cosas para dar con una solución para desbloquear el atolladero de Vietnam del Sur y ahondar en la obsesión nixoniana de perdurar como un príncipe de la paz.

La perspectiva del encuentro entre civilizaciones quizá se forjó en 1967, cuando Richard Nixon publicó en Foreign Affairs un artículo donde expresaba que a largo plazo no podía dejarse a China fuera de la familia de las naciones al carecer de fundamento aislar a más de mil millones de habitantes de una región tan trascendental. Nixon y Kissinger, como Mao y su primer ministro Zhou Enlai, adoraban la realpolitik. La serie de escaramuzas fronterizas entre chinos y soviéticos en 1969 les hizo temer por el estallido de una guerra nuclear de intensidad media. ¿He escrito temer? Más bien la hubieran recibido con algarabía por esa destrucción mutua asegurada, idónea para dejarles las manos libres en Asia.

Secreto e interés

Sin embargo, estos tanteos hacia el futuro se enfocaron en Washington con la manifiesta intención de debilitar a la Unión Soviética, aún sin un rostro visible en el mando, Leónidas Breznev sólo se impondría de modo definitivo a Aléksei Kosyguin en 1971, y afectada en su imagen por la Primavera de Praga, antesala de un nuevo rumbo de los partidos comunistas europeos durante la década de los setenta.

La apertura de negociaciones debía realizarse en el más absoluto secreto; desde la conciencia del mutuo interés, Mao solía citar aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Al placer de alcanzar un hito se podía añadir noquear a Moscú, sin hundirlo, pues Nixon y Kissinger tenían bien clara la urgencia de establecer una diplomacia trilateral como fórmula para disponer siempre de un as en la manga, no en vano la administración de las barras y estrellas anhelaba cerrar acuerdos con los soviéticos en torno al desarme nuclear en pos de la tranquilidad planetaria y no lamentar tanto su inferioridad numérica en cabezas de misiles, cifra nada desdeñable, más bien lo contrario, para la atmosfera de toda la Guerra Fría.

La oportunidad surgió en un desfile de moda en la embajada yugoslava, chispa para otros cónclaves de carácter informal

Prueba de lo dicho en el anterior párrafo es el mecanismo para establecer contacto. William Stoessel, embajador en Varsovia, recibió del presidente el orden de abordar a su homólogo, el encargado de negocios Lei Yang. La oportunidad surgió en un desfile de moda en la embajada yugoslava, chispa para otros cónclaves de carácter informal, como el del 20 de enero de 1970, cuando se estableció la posibilidad de recibir a un emisario norteamericano en Pekín.

La sugerencia era un éxito incontestable al superar el temor chino a una unión de los dos poderes hegemónicos de la Guerra Fría en su contra, algo desmentido por Stoessel, conminado, por lo previsible de la pregunta, a manifestar la buena voluntad de su país para con el escollo de Taiwán, sólo resuelto en diciembre de 1978, cuando el demócrata Jimmy Carter rompió relaciones con el gobierno de la isla y anunció la normalización de las mismas a nivel diplomático con Pekín.

Eureka

Los puentes tendidos auguraban amistad. Para Nixon, China era ejemplar por su milenario gobierno, bien distinto al de la URSS, un sitio suspendido entre Europa y Asia nacido del rompecabezas del siglo XX. Para Mao, el republicano era fiable al ser el mandamás de los derechistas mundiales, pues estos, a diferencia de los izquierdistas, suelen ir con la verdad por delante sin jamás mentir.

El emisario para acercar más si cabe las posturas fue Henry Kissinger. La excusa convenida fue una gira por el continente asiático y el Viejo Mundo para confirmar los pareceres de Zhou Enlai y celebrar, al fin, una reunión de alto nivel. El 8 de julio, durante una cena con Yahya Khan, sanguinario presidente del Pakistán y máximo responsable de múltiples masacres en la crisis de independencia de Bangladesh, el consejero de Seguridad Nacional declaró sentirse mal, consecuencia de tanto cambio continuado en su alimentación.

Khan, implicado en la operación Marco Polo, le propuso reposarse en Nathia Gali, una residencia vacacional del gobierno a dos mil cuatrocientos metros de altura, perfecta para recomponerse de sus achaques gastronómicos. En realidad, Kissinger, disfrazado con unas gafas de sol y un sombrero, subió a un avión rumbo a la capital china, donde permaneció dos días, calificados en sus recuerdos como los más apasionantes de su existencia por la variedad de temas departidos con Zhou Enlai y la emoción de acordar la visita del presidente antes de mayo de 1972.

El 11 de julio regresó a Pakistán, no sin comunicar, como habían fijado, a Nixon el éxito de su gestión a través de un mensaje recibido en primera instancia por el adjunto militar de Kissinger, Alexander Haig. Contenía una sola palabra: Eureka.

El triunfo envalentonó a Nixon, pletórico el 15 de julio ante las cámaras televisivas, cuando hizo saber, ante el estupor generalizado de la Secretaría de Estado y el Congreso, de su próximo viaje a China para dialogar con Mao, algo no asegurado hasta casi el descuento porque el dictador no solía recibir a ningún dignatario, si bien aquí hizo una notoria excepción porque, como comentó a Kissinger en 1973, ambos bandos plantaban cara al mismo bastardo y eso los hacía fuertes juntos en su pacto de no agresión.

Bingo

Nixon y Kissinger podían asentir ante esta opinión, pero en su fuero interno el reto diplomático comportaba una serie de carambolas desde su táctica de enlazar todas las situaciones internacionales, relacionándolas para así poder dominarlas con mayor prestancia. La amistad con China no debía perjudicar la buena sintonía con la Unión Soviética, rota de modo esporádico por frecuentes tensiones geopolíticas y guiada hacia la Détente.

Estados Unidos quería un equilibrio favorable y una refundación de los impactos políticos para el último tercio de la centuria. Lo mediático en la era de la televisión no podía ningunearse. Las imágenes de Nixon recibido por más de un millón de chinos darían la vuelta al mundo, así como su paso por la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla. Con eso, que no es poco, bastaría para justificar tanto riesgo controlado, activado en su esplendor el lunes 21 de febrero de 1972, cuando el antiguo vicepresidente de Eisenhower aterrizó en el aeropuerto de Pekín con la partida medio ganada tras superar una carrera de obstáculos en el otoño precedente entre la expulsión de Taiwán del Consejo de Seguridad de la ONU, reemplazado por la República Popular, y la guerra indo-pakistaní de diciembre de 1971, cuando se temió una mayor escalada en una situación muy típica, con norteamericanos y soviéticos invisibles y omniscientes en las hostilidades desde su ayuda económica y militar.

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Mao y Nixon

Por lo demás, Kissinger había facilitado mucho la tarea al proporcionar a sus nuevos socios no declarados fotografías confidenciales de las tropas rusas estacionadas en la frontera china. Tantos parabienes divirtieron a Mao, para quien los estadounidenses asemejaban a primates en franca evolución. El mito de regalos a mansalva, como si se hubiera retrocedido a una barbarie con tintes carpetovetónicos, es una estupidez como un templo.

El gran timonel y el hombre más tarde demonizado por el Watergate conectaron de inmediato. Sus detractores, con muchos ingenuos en sus filas, podrían atribuirlo a su total ausencia de escrúpulos en su función al ser políticos de raza. No se llega a una cima así, menos en el Novecientos, con comportamientos de buena persona. La semana del presidente en el coloso de Oriente fue un paripé sensacional rubricado con el comunicado de Shanghái, muy vago en sus términos con relación a Taiwán, Kissinger habló de ambigüedad constructiva, la renuncia de conseguir la hegemonía en Asia y el Pacífico y el establecimiento de intercambios comerciales y culturales como prolegómeno a la plena normalización de las relaciones.

La fraseología belicista, de comunistas contra capitalistas y viceversa, podría continuar de cara a la galería para animar las rotativas, ignorantes de tanto principio de la realidad forjado entre las paredes de las cancillerías para voltear la escena global, remodelándola hasta sus cimientos.

Glenn L. Cowan murió el 6 de abril de 2004. Justo treinta y tres años antes jugó durante un cuarto de hora con el chino Lian Gellang. Según la leyenda, este entrenamiento surgió por la incomprensión del silencio entre ambos países y el absurdo, sobre todo para un joven estadounidense casi en la veintena, de deber rechazar cualquier tipo de conversación con los orientales comunistas. Ambos formaban parte de sus respectivas selecciones, participantes en el trigésimo primer campeonato del mundo de Tenis de Mesa, celebrado en Nagoya entre el 28 de marzo y el 7 de abril de 1971.

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