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'Múnich en vísperas de una guerra': lavado de cara al hombre que entregó Europa a Hitler
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'Múnich en vísperas de una guerra': lavado de cara al hombre que entregó Europa a Hitler

El largometraje de Netflix entronca con la reciente filmografía británica basada en recuperar episodios nacionales para venderlos desde la épica del heroísmo y la resistencia

Foto: 'Múnich en vísperas de una guerra'
'Múnich en vísperas de una guerra'

Dos son las imágenes inmortales de los Acuerdos de Múnich, rubricados en la ciudad bávara el viernes 30 de septiembre de 1938. En la primera, los primeros ministros de Reino Unido y Francia, Neville Chamberlain y Édouard Daladier, parecen sepultureros deslumbrados por la luz, menos intensa en el lado de las potencias fascistas triunfales, encarnadas por Adolf Hitler, Benito Mussolini y Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores italiano y yerno del Duce.

En la segunda, Neville Chamberlain aterriza en Heathrow tras la conferencia. Desciende del avión y acude frente a los micros con un papel, la paz para nuestros tiempos, el alfa y omega de la política de apaciguamiento aplicada a rajatabla en el caso de los Sudetes checoslovacos, cedidos al Tercer Reich sin plantar batalla ni, en el caso francés, atender a los compromisos diplomáticos con un aliado, algo más grave tras el Anchluss austríaco, acaecido el 12 de marzo de ese mismo 1938. La actitud victoriosa del Premier se oscureció días más tarde en el parlamento, donde Winston Churchill pronunció aquello de “Quien se humilla para evitar una guerra, se queda con la humillación y la guerra.”

Esta pareja de instantáneas se acompasan en un relato oficial para la memoria de lo acontecido esas frenéticas jornadas, y quizá por eso mismo el primer visionado de la película 'Múnich en vísperas de una guerra!, dirigida por Christian Schwochow y disponible en Netflix, no suscita muchos recelos como adaptación histórica, salvo por algunos elementos más bien increíbles, fruto de ser el filme una adaptación de la novela 'Múnich', de Robert Harris, con muchas licencias contrarias a la exactitud de los hechos.

El largometraje entronca con la reciente filmografía británica basada en recuperar episodios nacionales para venderlos desde la épica del heroísmo y la resistencia, exhibiéndose estas virtudes tanto desde lo individual como lo colectivo. El lavado de imagen de Neville Chamberlain es una vuelta de tuerca a la versión canónica. Condensándose los acontecimientos, pueden leerse como la consecuencia del pulso mantenido por el primer ministro para evitar un mal mayor, cerrándose la puerta del futuro inmediato, abierta de par en par a un conflicto europeo por la inacción de las democracias, asimismo decisiva tras Múnich para sellar la suerte de la Segunda República.

Menos de un año después de la claudicación anglo-británica, Hitler invadió Polonia. El folio del aeropuerto era una nada o un puñetazo directo a Checoslovaquia, indefensa y sin voz para con su destino, vendida cuando incluso había movilizado a sus tropas, estéril hasta en la estética, con dos diplomáticos en Múnich sin poder acceder a la cimera, varados en su hotel y registrados como delincuentes, cuando sólo eran humanos enmudecidos por Alemania y las demás naciones en la sala de mando.

Presión interior

Si analizamos los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial desde una óptica simplista enlazaremos combinaciones de una secuencia lógica. Como Hitler se hizo con Austria, al cabo de pocos meses le tocó a los Sudetes, paso previo a la anexión de toda Checoslovaquia, condición indispensable para zanjar el siguiente golpe a Polonia. La planificación de la operación contra Checoslovaquia se aceleró, en eso sí hay una evolución comprensible, tras el Anchluss. Un gran porcentaje de la población de los Sudetes era étnicamente alemana, enraizada desde el siglo XIII, cuando los reyes de Bohemia invitaron a los germánicos a asentarse en esta cordillera.

Las maniobras hitlerianas fueron más bien clásicas al aunar la presión mediática con las amenazas desatadas del Führer

Las maniobras hitlerianas fueron más bien clásicas al aunar la presión mediática, con los discursos del Führer desatados en sus amenazas, junto a otra sobre el territorio, donde se cedió el protagonismo al Partido Alemán de los Sudetes, encabezado por Konrad Henlein, quien el 28 de marzo de 1938 recibió instrucciones directas desde Berlín con tal de socavar la estabilidad de su región mediante demandas inaceptables para el gobierno de Praga, en un juego de nervios donde a priori había una amabilidad, a la postre truncada por los aspavientes al romper una y otra vez las negociaciones, centradas en el Programa de Karslbad, redactado el 24 de abril. Según el mismo, la solución para los Sudetes estribaba en anular las injusticias subidas por los alemanes desde 1918, obtener autonomía dentro del país y ver reconocido el estilo de vida germánico y su ideología, es decir, debía permitirse el nazismo sin cortapisas.

placeholder Adolf Hitler y Konrad Heimlein
Adolf Hitler y Konrad Heimlein

Todos estos avances se combinaron con la preparación de la Wehrmacht para afrontar el envite, estipulado desde el 20 de mayo y en previsión, como así fue, para el primero de octubre. En ese instante el escalafón supremo del OKH correspondía a Franz Halder, quien junto a otros oficiales conspiró para derrocar a Hitler al juzgar que el ejército aún no estaba preparado para afrontar un reto de tanta enjundia, factor unido a la disputa entre el partido y los militares, con estos últimos nada contentos con el decálogo nazi y bien conscientes de cómo su prominencia iba relegándose sin remisión en favor de las SS. El pronunciamiento se canceló por la postura franco-británica, clave al evitar el enfrentamiento directo.

Los meses siguientes a esa primavera vieron cómo el tablero se llenaba de sutiles matices, siempre a expensas de cómo el Tercer Reich enfocaba el baile, histérico a cuentagotas para incrementar de manera deliberada la tensión hasta el paroxismo sin dejar de llevar la batuta para manipular a su antojo a esa orquesta internacional.

El fantasma de Stalin

En otra caricatura de los Acuerdos se retrata a los asistentes alrededor de una bola del mundo, empequeñecidos por un Stalin risueño. No estuvo en la sala, y pese a ello era un factor omnipresente. Una de las opciones para resolver la crisis antes de su estallido era la intervención conjunta de la Unión Soviética junto a los franceses para auxiliar a Checoslovaquia. Lo más sorprendente de la senda hacia la ocupación de los Sudetes es consultar las fuentes y descubrir cómo muchos historiadores amnistían a sus responsables del error de Múnich por concederse dos años preciosos para reforzar a sus armadas ante la eventualidad de una guerra de más amplitud.

P.E. Carter, autor de 'Campanadas de traición' (Galaxia Gutenberg), discrepa de esta corriente apoyándose con datos estadísticos. En 1938 la Wehrmacht aún no era la de 1940, la producción armamentística aún no se había incrementado al ritmo posterior y Hitler aún abogaba por esa mezcla entre su agresividad natural y ardides diplomáticos para plasmar sus metas, como si aún no estuviera seguro del todo en lanzarse sin frenos hacia la obtención de su tan ansiado espacio vital.

placeholder 'Campanadas de traición'
'Campanadas de traición'

En septiembre de 1938 Checoslovaquia efectuó la movilización general de sus tropas y Francia, de modo más silente desde lo preventivo, la parcial. Ambas naciones sumaban más divisiones que el Reich y contaban con un doble frente para atenazar al adversario. Los galos hubieran penetrado por una Renania desguarnecida, mientras los checos confiaban en lo rotundo de sus fortalezas para contener la ofensiva del dispositivo teutón, más amilanado en esa tesitura por la hipotética colaboración de la Unión Soviética para proteger a esta nueva víctima de los nazis.

El ridículo exterior

La cobardía francesa fue consecuencia de sus imparables dudas. ¿Tenía sentido apostarlo todo por un país en el centro de Europa? Lo mismo se meditaba en Downing Street. El Reino Unido fue muy cauteloso. En agosto, Lord Runciman realizó una gira checa para calibrar el estado de la cuestión. Henlein le resultó un hombre sincero, sin malas intenciones, algo desmentido a principios de septiembre, cuando, tras refutar la cuarta ronda de negociaciones con el presidente Benes, se produjeron choques entre las fuerzas del orden checoslovacos y manifestantes de origen alemán, más intensos tras la concentración de Núremberg del 12 de septiembre de 1938. Durante el tradicional acto, Hitler puso toda la carne en su asador verbal y calificó de intolerable el acoso a los alemanes de los Sudetes por expresar su sentimiento nacional. Solicitó la autodeterminación para la zona, imperativa si querían evitarse las consecuencias de no satisfacer esta demanda.

Chamberlain quiso dar un volantazo en el liderazgo de los aliados y llevó la voz cantante al departir con Hitler

Las palabras del Führer levantaron todas las alarmas. Neville Chamberlain quiso dar un volantazo en el liderazgo de los aliados y llevó la voz cantante al departir con Hitler en dos ocasiones antes de la cumbre definitiva. Sus encuentros de Berchstesgaden yBad Godesberg, celebrados respectivamente el 14 y 22 de septiembre, y fueron escalones hacia la concreción de Múnich. En el primer diálogo, el premier se vio abrumado por su homólogo, empecinado en la cesión de los Sudetes sin derramamiento de sangre. En el segundo, el tono devino más conminatorio, reclamándose, además de la ganancia del territorio, la ocupación del mismo por la Wehrmacht.

Con Chamberlain hipnotizado por el Führer, según dejó escrito Alexander Cadogan, pocas esperanzas quedaban para Checoslovaquia. Francia aparentó no dar su brazo a torcer, conformándose Daladier con acatar las ideas británicas de renunciar a la lucha. El 20 de septiembre, las dos democracias supervivientes de la ola totalitaria en el Viejo Mundo plantearon al gobierno del Castillo de Praga esa amarga rendición como prolegómeno a la tragedia. El no, abandonados por sus supuestos amigos, era una utopía. Sin embargo, durante esa semana los términos se recrudecieron, y el máximo mandamás del Reich planteó un ultimátum para el 28 de septiembre, catapulta de la argucia de Mussolini, pues fue el Duce quien hizo la propuesta para reunir al Tercer Reich, Italia, Francia y Gran Bretaña en Múnich.

El inglés, un espárrago de cuello vuelto y cabeza de pájaro, se pavoneaba autocomplaciente por haber evitado una guerra

Tras la cimera, los diplomáticos checos Masarík y Mastny recibieron de sus homólogos franco-británicos la noticia de la inmediata ocupación de los Sudetes, prolongada del 1 al diez de octubre. Su descripción sobre Chamberlain y Daladier es elocuente. El inglés, un espárrago de cuello vuelto y cabeza de pájaro, se pavoneaba autocomplaciente por haber evitado una guerra. El galo estaba avergonzado por la actitud de los suyos, abatido por su mediocre rol en la función. Esperaba volver a París entre abucheos, pidiéndole al piloto del aeroplano retrasarse un poco para así poder beber unas cuantas copas de champaña. Los vítores de la concurrencia eran surrealistas. Esos idiotas, murmuró, no saben lo que están celebrando.

En la película uno de los dos personajes protagonistas, estudiantes del Oxford de 1932, tiene hilos para avisar a los aliados de los verdaderos designios de Hitler para con Europa. Paul von Hartmann se inspira en Adam von Trott su Soltz, un diplomático enrolado en la resistencia contra Hitler, ejecutado tras el atentado del 20 de julio de 1944 en la guarida del lobo.

El von Hartmann cinematográfico es otro entorpecimiento más para la plena comprensión del Pacto de Múnich, pues la trama paralela de rescate entre bastidores no se sostiene por ningún lado y se ajusta como un guante a las típicas y tópicas estratagemas para falsear la realidad por y para el mantenimiento del suspense sin afectar a la simplificación del relato establecido, donde nunca se desgrana cómo lo acordado debía ratificarse en Viena el 10 de noviembre. Por aquel entonces no sólo Alemania había medrado en la descomposición checoslovaca, con los Sudetes arrasados, los judíos perseguidos, las sinagogas en llamas y miles de refugiados en búsqueda de un mejor porvenir esparcidos en cualquier difícil vía de escapatoria. El arbitrio del Tercer Reich e Italia otorgó a Polonia la ciudad de Teschen, yendo para Hungría el tercio sur de Eslovaquia y el sur de la Rutenia Transcarpática. La pérdida de un tercio de sus dominios fue la antesala para su disolución el 15 de marzo de 1939, cuando los nazis finiquitaron Checoslovaquia como penúltimo punto antes del gran pistoletazo de salida en Polonia.

Dos son las imágenes inmortales de los Acuerdos de Múnich, rubricados en la ciudad bávara el viernes 30 de septiembre de 1938. En la primera, los primeros ministros de Reino Unido y Francia, Neville Chamberlain y Édouard Daladier, parecen sepultureros deslumbrados por la luz, menos intensa en el lado de las potencias fascistas triunfales, encarnadas por Adolf Hitler, Benito Mussolini y Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores italiano y yerno del Duce.

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