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Cuando el racismo no deja respirar… al espectador
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Cuando el racismo no deja respirar… al espectador

'El asesinato de Kenneth Chamberlain' reconstruye en un claustrofóbico docudrama el abuso policial y el desamparo de los enfermos mentales

Foto: Fotograma de 'El asesinato de Kenneth Chamberlain'.
Fotograma de 'El asesinato de Kenneth Chamberlain'.

No puedo respirar. El lema que identifica los abusos policiales hacia los mártires de la minoría negra —George Floyd, 2020, y Eric Garner, seis años antes— forma parte de la precaria investigación que se abrió en 2011 para investigar la muerte de Kenneth Chamberlain en su domicilio de Nueva York.

Cuatro agentes redujeron al anciano exmarine con un 'teaser' y terminaron disparándole dos veces. Una ejecución desproporcionada que los policías atribuyeron a la obstinación del sujeto, aunque no puede decirse que la edad (68 años) y los problemas coronarios significaran demasiada resistencia.

El suceso se define en una película claustrofóbica que ha reanimado la parrilla de Movistar y cuyo título es tan inequívoco ('El asesinato de Kenneth Chamberlain'), como la impunidad de los policías. Ni siquiera se les sancionó administrativamente. Ni por la desmesura de la fuerza ni por las expresiones racistas que jalearon el asalto al domicilio del exmilitar en un barrio de NY.

Foto: El escritor Colson Whitehead (EFE) Opinión

Revestía su expediente tantos problemas físicos como mentales (trastorno bipolar), razones todas ellas por las que Chamberlain disponía de un sistema de comunicación con las asistencias sanitarias que se activó accidentalmente en la madrugada del 11 de noviembre. Fue el motivo por el que se personaron tres agentes. Tenían la misión de atender la emergencia, pero la resistencia de Kenneth Chamberlain a abrirles la puerta —recelaba de ellos y les exigía un mandato judicial— precipitó una escalada de violencia que despertó a los vecinos, que incendió el histerismo y que convirtió el apartamento del exmilitar en un territorio disparatado de conquista.

La perspectiva de un docudrama —lo ha dirigido David Miller— contribuye a la verosimilitud del episodio. Tanto impresiona la 'credibilidad' de los policías en sus métodos y en sus decisiones —creen que Chamberlain oculta armas y hasta personas— como lo hace la actuación angustiosa de Frankie Faison.

Ya desempeñó un papel notable en la serie tótem 'The Wire', pero aquí dispone de todos los recursos técnicos, físicos y psicológicos para trasladar a la audiencia la sensación de que estamos asistiendo a su fatal agonía.

Tanto impresiona la 'credibilidad' de los policías en sus métodos y en sus decisiones como lo hace la actuación angustiosa de Frankie Faison

El espectador comparte la impresión de la apnea, sobre todo porque el movimiento de la cámara y los recursos teatrales de un documental redundan en la captura de una presa alojada en su madriguera. Los depredadores llevan el uniforme. Y recurren a más medios y a más refuerzos para terminar prorrumpiendo con violencia en el apartamento. Chamberlain lleva consigo un cuchillo. Lo levanta sin energía ni convicción antes de que lo reduzcan en el suelo. Y es entonces cuando empieza a musitar su propia elegía: “No puedo respirar, no puedo respirar”.

Las ambiciones de reconstruir la historia tal como fue —hay grabaciones de los servicios sanitarios, testimonios vecinales, llamadas de la familia— no contradicen la finalidad política ni la reflexión editorial con que el actor afroamericano Morgan Freeman ha producido el docudrama. Se trata de exponer la brutalidad del racismo, la impunidad de la policía en determinadas circunstancias, pero también se denuncia el desamparo de los enfermos mentales en un país tan próspero como EEUU.

Foto: EC

Resulta que el 20% de los estadounidenses padece una patología psicológica o psiquiátrica diagnosticable, del mismo modo que la mitad de los casos no recibe ninguna asistencia. Bien porque los seguros privados encarecen las pólizas en la eventualidad de los problemas mentales. O bien porque los enfermos en cuestión no pueden organizarse en un colectivo de influencia. Más aún teniendo en cuenta el estigma de la América rural. Que es la América verdadera, pues en ella se aloja el 85% de los estadounidenses. Lo mismo puede decirse de los barrios segregados. Y de tantos soldados negros, blancos, asiáticos o latinos cuya implicación en las misiones militares —de Vietnam a Irak o Afganistán— no ha encontrado correspondencia en las terapias de salud mental. Son más los militares que se han suicidado al volver a EEUU de los que han caído en el frente.

El caso de Kenneth Chamberlain se plantea entre las dos orillas. Un patriota en su destino, un sospechoso en su casa. Y un ejemplo de las prácticas discriminatorias con que la policía blanca estigmatiza a los afroamericanos, tantas veces instalados en la unidad del precrimen.

Sorprenda o no, el ranking de los mejores hospitales psiquiátricos de EEUU se lo disputan tres prisiones. Una en el condado de Los Ángeles y las restantes en la cárcel de Cooks (Illinois) y en la penitenciaría de la isla de Rickers (Nueva York). Llama la atención la estadística porque demuestra que legislación norteamericana únicamente garantiza el derecho a la asistencia sanitaria en las prisiones. Así se explican los episodios de enfermos de cáncer sin recursos que delinquen para tratarse en condiciones. Y se entiende igualmente la preocupación que generalizan la proliferación de armas fuego y las matanzas recurrentes. No solo por el debate del armamento en su dimensión cultural, sociológica. También por cuanto se replantea el desamparo de los enfermos mentales.

No puedo respirar. El lema que identifica los abusos policiales hacia los mártires de la minoría negra —George Floyd, 2020, y Eric Garner, seis años antes— forma parte de la precaria investigación que se abrió en 2011 para investigar la muerte de Kenneth Chamberlain en su domicilio de Nueva York.

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