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Beatas malagueñas y orgías en el altar: la leyenda de Hipólito Lucena y sus 'hipolitinas'
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Beatas malagueñas y orgías en el altar: la leyenda de Hipólito Lucena y sus 'hipolitinas'

El escritor Antonio Soler reconstruye en 'Sacramento' la vida del sacerdote andaluz que creó una secta religiosa para tener sexo con sus feligresas

Foto: El sacerdote Hipólito Lucena. (Archivo personal de  Pilar Oriente Guarido)
El sacerdote Hipólito Lucena. (Archivo personal de Pilar Oriente Guarido)

Rozando los años 80, un sacerdote irlandés viajó a Andalucía con una misión: debía conocer el hogar y la familia de Fuensanta Lucena, una mujer malagueña, e informar al Vaticano sobre lo que encontrara. Era una tarea delicada, la del padre Patrick, que también trabajaba como una especie de carcelero para la Iglesia católica. Debía evaluar la casa de Fuensanta porque, de ahora en adelante, acogería a un preso que ya había cumplido su condena: don Hipólito Lucena, natural de Coín, un pueblo a pocos kilómetros de la capital.

El padre Patrick había vigilado a don Hipólito durante los 20 años que pasó recluido en un monasterio de los Alpes austríacos. Allí, el preso se había ganado el prestigio del resto de monjes. Se reunía con ellos, daba charlas. El carisma de Hipólito Lucena desdibujaba los delitos por los que cumplía penitencia: la creación de una secta religiosa años atrás, la manipulación de sus feligresas y la práctica de orgías en el altar de una pequeña parroquia malagueña. Tras conocer a Fuensanta y a su hijo, el padre Patrick les confesó: "Llevo veinte años siendo su carcelero y puedo decirles que solo le temo a dos cosas en el mundo. A Dios y a don Hipólito".

placeholder Cubierta de 'Sacramento'. (Galaxia Gutenberg)
Cubierta de 'Sacramento'. (Galaxia Gutenberg)

"El padre Patrick le hablaba a Hipólito de usted, pero Hipólito le hablaba de tú", cuenta el escritor Antonio Soler, que conoció este testimonio a través de un familiar del sacerdote malagueño. Su última novela, 'Sacramento' (Galaxia Gutenberg, 2021), es una reconstrucción de la vida de ese personaje oscuro y mesiánico en el que se convirtió Lucena durante el franquismo. "Esto dice algo sobre su personalidad. Cómo debía de ser para manipular a todas esas mujeres, ser juzgado, condenado por ello y, a la vez, mantener ese respeto que desprendió hasta el momento de su muerte".

En 'Sacramento', el relato es una sonda a las profundidades de este personaje. Para ello, Soler se sirve de la literatura, pero también de las fotos, documentos y, sobre todo, testimonios a los que ha tenido acceso durante décadas. De ahí el extenso capítulo de antecedentes que se incluye antes de descubrir a Hipólito Lucena, el sacerdote que manipuló y reclutó un grupo de jóvenes feligresas durante los años 50, las convenció de que solo a través del sexo -con él- podrían alcanzar la plenitud espiritual y las empujó a practicar orgías frente al altar de la parroquia de Santiago, en Málaga.

"Llegué a esta historia casualmente, hace años", explica Soler. "A mediados de los 80, querían publicar una entrevista cultural en Málaga y me encargaron escribir sobre don Hipólito. Me escribieron esta historia y me dieron algunas pistas. Hice un poco de investigación entonces, pero la revista nunca se llegó a publicar y no escribí nunca. Con el tiempo y el azar de por medio, me fueron llegaron nuevas informaciones sobre este personaje. Parece que se corrió la voz y, cuando alguien tenía noticias sobre Hipólito Lucena, acudía a mí y llegué a saber muchas cosas. Se conocía poco de él, de su entorno, incluso de su aspecto físico. Pero en 2019 apareció una persona con un álbum de fotografías de él, de toda su familia, de su infancia... Y también muchos documentos insólitos sobre la vida de Hipólito Lucena. Me pareció que estaba llamando escandalosamente a mi puerta".

placeholder Lucena, en Santiago de Compostela. (Archivo personal de Pilar Oriente Guarido)
Lucena, en Santiago de Compostela. (Archivo personal de Pilar Oriente Guarido)

La novela engarza cartas y escritos del sacerdote, como este desahogo adolescente que Lucena escribió en una cuartilla como un presagio, muchos años antes de comenzar sus actividades con las 'hipolitinas'. "Esa es la lengua de fuego que viene a posarse sobre mi cabeza, pero no me ilumina, la llama me quema, quema por dentro y por dentro arden los campos mustios así como en la noche queman los rastrojos y todo es oscuridad salvo las llamas que se arrastran y van lamiendo el suelo".

Hipólito Lucena fue ordenado presbítero en 1930, poco antes del inicio de la quema de conventos. "En Málaga, este fenómeno tuvo mucha virulencia", cuenta Soler. "Muchos sacerdotes fueron atacados. Los inicios de la Guerra Civil fueron especialmente duros allí. Un hermano de Hipólito, también sacerdote, fue fusilado. Y él mismo estuvo en la cárcel, a punto de ser asesinado. El mundo de Lucena fue convulso... La posguerra también resultó oscura, repleta de rumores y habladurías que sirvieron de caldo de cultivo para la estrategia de este hombre".

Foto: La dotación al completo del Crucero Baleares al completo en la cubierta en 1936 (AGA)

Huérfano de madre, Lucena encontró su vocación en el sacerdocio desde muy pronto. Cuando se hizo cargo de la parroquia de Santiago, en Málaga, desarrolló la estrategia que acabó conformando la secta de las 'hipolitinas'. "Yo traigo la misión del Verbo encarnado que vino al mundo para amar y entregarse, lo mismo que yo amaré y me entregaré", declaró cuando tomó los hábitos. En su 'Enciclopedia del erotismo', Camilo José Cela describió aquel grupo de mujeres como "un grupo de beatas malagueñas que ejercieron de coimas de su director espiritual".

"La teoría que Lucena prodigaba era que a través del sexo se podía mantener una cercanía con Dios, y tomaba a los místicos como ejemplo", explica Antonio Soler. Una de los mantras de este sacerdote novelado son las famosas palabras de San Agustín de Hipona: "Ama y haz lo que quieras". "A través del confesionario, fue captando a un grupo de mujeres para formar lo que realmente tiene una estructura de secta", cuenta el escritor.

"La posguerra también resultó oscura, repleta de rumores y habladurías que sirvieron de caldo de cultivo para la estrategia de Lucena"

Durante años, Hipólito Lucena convencía a sus feligresas, mujeres de la sociedad malagueña, para que se unieran a él en unos "ejercicios espirituales" que terminaron convirtiéndose en ritos sexuales y orgías frente al altar. Escribe Soler en la novela: "Ellas, como el propio Hipólito, eran ejemplo de cristiandad. Llevaban alimentos, dinero, medicinas, a los más necesitados. [...] Se recluían en retiros espirituales. No se mostraban apegadas a las banalidades de este mundo. Algunas incluso habían renunciado a la indumentaria normal y vestían túnicas moradas no por la simbología que une ese color a la nobleza, sino por lo que lo casa con la espiritualidad".

Pese a la actitud ejemplar del padre Hipólito, las sospechas comenzaron a levantarse en la sociedad malagueña sobre los actos ocultos de aquella congregación femenina. Llegó la inspección del Vaticano, el cese del párroco y el juicio en Roma, bajo los mandatos del Derecho Canónico y con los apelativos que la Iglesia reservaba para los depravados, iluminados y herejes. El proceso se llevó en secreto y la Iglesia "lavó sus trapos sucios en casa", según explica el escritor. "Hablamos de un personaje con una gran ambivalencia. No solo era un sacerdote que cometía abusos de poder con aquellas mujeres, va mucho más allá. Lucena revistió aquello de una ideología mística, como una secta religiosa, sino por una gran contradicción: fuera de los abusos, desde el punto de vista de la sociedad de la época y de la ortodoxia cristiana, era percibido como una persona ejemplar".

"No solo era un sacerdote que cometía abusos de poder con aquellas mujeres, va más allá. Lucena revistió aquello de una ideología mística"

"Personas que lo conocieron me contaron que podía toparse con un mendigo, recogerlo y llevarlo a un médico para pagar sus tratamientos", cuenta Antonio Soler. "Pero la Iglesia actuó con contundencia en este caso porque, seguramente, creían que Satanás andaba por medio. Hipólito Lucena no se estaba 'extralimitando en su amor al prójimo', o algo parecido, sino que estaba abriendo una corriente herética y aberrante para la propia Iglesia. Con esas prácticas sexuales realizadas en el propio altar, se emparentaba con los iluministas que fueron castigados por la Inquisición", opina el escritor.

A la ocultación de las 'hipolitinas' contribuyeron la Iglesia y el régimen franquista como una alianza, según explica Antonio Soler, en una sociedad marcada por la desinformación que fue un terreno fértil para las fabulaciones y los rumores. "En la prensa de la época se podía ver todos los días informaciones estrambóticas: platillos volantes, perros que se vuelven locos por la televisión en Estados Unidos...".

Lo que Hipólito Lucena se llevó a la tumba

Durante su juicio, hubo unas palabras que Hipólito Lucena no dejaba de repetir: 'Habeo ultram conscientiam peccati'. En latín, "no tengo conciencia de pecado". Así lo mantuvo durante el juicio, durante los 20 años que pasó recluido en aquel monasterio de los Austria, y hasta el día de su muerte. Ese es el enigma de Hipólito Lucena, que también se plantea en la novela: si él mismo se creía su delirio mesiánico, si en su mente solo fue una estratagema para abusar de aquellas mujeres... o una mezcla de las dos cosas. "Ciertamente, se cumplen algunos patrones que se dan en otras sectas. Los de un líder que se acuesta con sus seguidores".

"Él mantuvo esta especie de coherencia, si puede llamarse así. Algunas 'hipolitinas', de hecho, lo veneraron hasta la muerte. Se comportó como un creyente fervoroso de su doctrina y nunca se derrumbó. Tenía una gran capacidad de convicción y de manipulación, que puso en práctica con estas mujeres, desde luego. Eso le hizo tener un gran prestigio en la sociedad malagueña, que también usaba como armadura. Pero si él se creía esta teoría o no es un misterio que se llevó a la tumba".

Rozando los años 80, un sacerdote irlandés viajó a Andalucía con una misión: debía conocer el hogar y la familia de Fuensanta Lucena, una mujer malagueña, e informar al Vaticano sobre lo que encontrara. Era una tarea delicada, la del padre Patrick, que también trabajaba como una especie de carcelero para la Iglesia católica. Debía evaluar la casa de Fuensanta porque, de ahora en adelante, acogería a un preso que ya había cumplido su condena: don Hipólito Lucena, natural de Coín, un pueblo a pocos kilómetros de la capital.

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