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Un día cualquiera en la vida de Maricarmen: cómo tratamos en España a los mayores
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Un día cualquiera en la vida de Maricarmen: cómo tratamos en España a los mayores

Te planteas señalar cómo trata el segundo país con mayor esperanza de vida después de Japón a los ancianos. Que serán cada vez más con las proyecciones que tenemos de población a futuro

Foto: Imagen: Unsplash/AndreeaPopa.
Imagen: Unsplash/AndreeaPopa.

Esta semana hemos hablado mucho de personas mayores. De la campaña de recogida de firmas para pedir a los bancos que no les traten como idiotas y hacerles entender que la digitalización no está al alcance de todos. Nos hemos enterado del incendio en una residencia en Moncada (Valencia) en la que fallecieron seis ancianos y hemos comprobado la extrema vulnerabilidad de las personas con movilidad reducida. Nos hemos llevado las manos a la cabeza por la muerte de una persona enferma de Alzheimer por culpa de los sistemas de retención que la mantenían postrada a la cama en otra residencia de Villa del Prado (Madrid).

Son hechos que nos hacen fibrilar, expresar el “no puede ser” no sé cuántas veces. Pero intentas ir más allá porque no se trata de decir simplezas, como que todos los empleados de banca tienen el corazón de hielo, el mismo que tienen los empleados de residencias y los hijos que llevan a sus padres a esas residencias.

Te planteas señalar cómo trata el segundo país con mayor esperanza de vida después de Japón a los ancianos. Que serán cada vez más con las proyecciones que tenemos de población a futuro. Un país en el que viven unos 20,2 años de media desde la jubilación, de los cuales 14,5 estarán libres de discapacidad para las actividades básicas de la vida diaria y el resto probablemente necesiten ayuda externa, según el INE.

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Te gustaría transmitir el entorno hostil al que se enfrentan muchos mayores a diario. Un maltrato invisible al que asistimos como testigos sin hacer demasiado al respecto. Por mucho que denunciemos en redes sociales o en artículos como este.

La llamaremos Maricarmen porque es el nombre más frecuente en las españolas nacidas en la década de los 40. Será mujer porque ellas tienen mayor esperanza de vida y también las que viven peor durante más años. Forma parte de ese ejército de ancianos que puebla España y otros países desarrollados del mundo, ese al que algunos denominan tsunami gris.

Foto: Una mujer, con mascarilla para protegerse del virus. (EFE)

Maricarmen se levanta temprano como casi todas las personas llegadas a una edad. Le cuesta incorporarse, la cama está muy alta y los pies ya no le llegan al suelo. Porque, como todas las personas de su generación, decreces con los años. Sus hijos le han dicho mil veces que tiene que poner barrotes porque cualquier día de estos se cae. “Yo no me meto en vuestras vidas, dejadme que haga lo que quiera con la mía”, les dice siempre que puede.

Maricarmen va al baño. Cada día le cuesta más lavarse porque, en vez de plato de ducha, sigue con la misma bañera de hace más de 40 años. La maldita artrosis, o artritis, quién demonios pone los nombres a las cosas.

Algún amable vecino con patinete pasará rozándola y ella protestará un poco, sabiendo que no servirá para nada

Se viste despacio. Abrocharse los corchetes del sujetador exige un escorzo con los brazos y un tiempo. Desayuna y decide salir a pasear. Cerca del 70% de la población mayor en España no presenta ninguna limitación en su actividad diaria, un 24,5% presenta alguna limitación moderada y un 5,7% presenta limitaciones severas. Ella pertenece al segundo grupo aunque resume su estado como “bien, con los achaques de la edad”.

Para salir a la calle deberá bajar escaleras. Maldice a los vecinos que decidieron no poner ascensor en su momento porque muchas de sus amigas ya no tienen que hacer ese esfuerzo. Va despacio y se agarra de la barandilla para no caerse. Tiene una amiga, la más agorera y de peor genio, que dice que romperse la cadera es el principio del fin y no quiere confirmar sus sospechas. Las aceras son estrechas y bailan las baldosas. Algún amable vecino con patinete pasará rozándola y ella protestará un poco, sabiendo que no servirá para nada.

Foto: Dos personas circulan en patinete eléctrico. (EFE)

Acude al supermercado a comprar algo que le saque del apuro del día. Maricarmen es tauro y el orgullo le puede, pero aprovecha que en el pasillo hay una clienta bastante joven para pedirle un favor: “¿Me puedes decir si este pan de molde tiene azúcar? No leo bien la etiqueta”. Vuelve a maldecir, esta vez a los que ponen la letra tan pequeña de todas las etiquetas y de todos carteles de los lineales. También el día que el médico le dijo que es diabética.

Sale del súper después de sonreír de forma hipócrita al chico que la ha cobrado. Está harta de que le hablen como si fuera una niña pequeña. De que la infantilicen cuando en su pelo ya solo hay canas. Odia los diminutivos, que todo desde hace un tiempo sea: “¿Qué, a hacer la comprita?”, “está usted muy solita” y otras memeces parecidas.

Foto: El semáforo nutricional ya está implantado en otros países.

Nota que las rodillas le piden descanso. Mira a un lado y al otro. Como en el resto de ciudades, no hay bancos a menos de 200 metros de distancia. Esta vez no maldice, prefiere suspirar. Hay un bar cercano, así que hará una breve parada y se tomará un descafeinado. Aprovechará para ir al baño. Cuando pregunte dónde está, el camarero le dará la respuesta a la que está más acostumbrada: “Bajando las escaleras, al fondo”. Aguantará, aunque el médico le haya dicho que hacerlo es malo para los riñones.

Recuerda a su marido, ya fallecido, buscando un baño desesperadamente por sus temas de próstata. Lo recuerda malhumorado y también pudoroso, protestando por los aseos en los sótanos y la falta de baños públicos en esta maldita ciudad que no está hecha para viejos ni para niños. Luego recuerda que en el pueblo tampoco hay baños para cuando hay prisas. Y, si los hay, siempre están sucios. Según el INE, en España, el 75,15% de las personas mayores habita en municipios mayores de 10.000 habitantes.

Ve pasar a la gente, con prisa, hablando por el móvil, paseando al perro, a sus cosas. Nadie la ve

Mientras recuerda a su esposo, agradece el tamaño de la taza, pequeño y perfecto para sus manos pequeñas y sus dedos agarrotados. Está harta de pedir vasos pequeños para tomarse su cerveza sin alcohol de los domingos. Esa manía de los vasos de sidra para todo cuándo acabará, se pregunta. Porque a esta edad casi todo pesa.

Coge fuerzas y vuelve a casa con la comida y la cena del día. El sol le calienta el cuerpo, pero le impide ver bien las señales. Tiene que ir a revisarse la vista, se dice. Otro día. Por fin encuentra un banco en el que sentarse. Está demasiado bajo y medio se desploma en él. "A ver luego quién me levanta", piensa. Ve pasar a la gente, con prisa, hablando por el móvil, paseando al perro, a sus cosas. Nadie la ve. “Ya os tocará, ya”, se dice, y sonríe. Conseguirá levantarse por sí misma aunque, como casi todo, le llevará más tiempo del deseado. Llegará a casa y le tocará de nuevo subir el mismo número de escaleras que bajó hace un rato.

Foto: Visitas en residencias en junio del año pasado. (EFE)

Deja la compra, que no comprita, y se sienta en su sillón. Enciende la televisión y ve la noticia del incendio en una residencia de mayores. Se acuerda de lo que diría su amiga, la de las roturas de cadera, que lleva años afirmando con rotundidad que eso lo hacen de vez en cuando, al igual que los accidentes de autobuses del Imserso, “para acabar con los viejos y no pagar tantas pensiones”.

Mira a su alrededor y piensa que, como en casa, en ningún sitio, que se mantiene en lo que siempre ha dicho, que no quiere ser una carga para sus hijos. Y que quizá debería pensarse lo de los barrotes.

Esta semana hemos hablado mucho de personas mayores. De la campaña de recogida de firmas para pedir a los bancos que no les traten como idiotas y hacerles entender que la digitalización no está al alcance de todos. Nos hemos enterado del incendio en una residencia en Moncada (Valencia) en la que fallecieron seis ancianos y hemos comprobado la extrema vulnerabilidad de las personas con movilidad reducida. Nos hemos llevado las manos a la cabeza por la muerte de una persona enferma de Alzheimer por culpa de los sistemas de retención que la mantenían postrada a la cama en otra residencia de Villa del Prado (Madrid).

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