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Ni las casetes suenan bien ni la vida era mejor en los 90: la nostalgia te ha vuelto a engañar
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'TRINCHERA CULTURAL'

Ni las casetes suenan bien ni la vida era mejor en los 90: la nostalgia te ha vuelto a engañar

Las casetes vuelven hoy porque ahora nos toca a los jóvenes de los 90 recibir nuestra dosis de nostalgia e intentar metérsela por la garganta a los 'centennials'

Foto: Casetes de la colección personal del autor compiladas para las vacaciones de verano del año 2000. (Héctor G. Barnés)
Casetes de la colección personal del autor compiladas para las vacaciones de verano del año 2000. (Héctor G. Barnés)

Hay una imagen que se repite en novelas, en canciones, en ensayos escritos por 'millennials' y 'centennials'. Aparece en los libros de Anna Pacheco, de Marta Jiménez Serrano, de Ana Iris Simón, de mi compañera Ada Nuño, en algunos de mis artículos y en canciones. En 'Yo fui a EGB' y, casi, en Rigoberta Bandini: "Y Julio Iglesias en tu coche y yes we can".

El recuerdo insistente es el siguiente. Eres niño, viajas en el asiento de atrás del coche de tus padres. A tu lado, tu hermano o tu abuela. La música, quizá Juan Luis Guerra, o Jarcha, o Rosana, o Estopa. La ventanilla bajada; el destino, el apartamento en la playa o el pueblo de los abuelos. Muchas horas por delante, calor pegajoso, la ignorancia de que ese momento insoportable se convertiría en uno de tus recuerdos más felices. Eso no ocurriría hasta que, décadas después, leas una novela que reproduciría ese mismo instante. La nostalgia necesita que alguien nos la confirme.

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El rito de hacerse adulto implicaba que se dejaban de escuchar las canciones del radiocasete de tus padres y empezabas a oír las tuyas propias, en el walkman, en el discman, en el mp3, en el móvil. O directamente desaparecías de esos viajes. No ibas con tus padres al pueblo de los abuelos porque ya no había abuelos ni al apartamento de la playa porque qué pintabas tú con tus padres en la playa a los 20.

Hacerse adulto era, básicamente, poder elegir tu propia música. Aparatos como el walkman eran objetos mágicos que te daban individualidad y personalidad, que te aislaban, que te decían que tenías una habitación propia. Pero una de las ventajas que tenían las casetes frente a otras formas de reproducción es que uno podía transportarlas o crearlas grabando canciones de distintos discos, y uno negociaba con su familia la posibilidad de poner tu propia casete entre una y otra. Así, la cinta terminaba siendo una manera de compartir intimidades. Una puerta de acceso para que tus padres, o tus abuelos, o tus hermanos, supiesen quién eras.

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Foto: EFE/Zipi.

La nostalgia por las casetes, que cada cierto tiempo nos cuentan que han vuelto como objeto de coleccionismo, es la de la nostalgia por una era en la que las experiencias se compartían y existía una sospechosa unanimidad. Es lo mismo que persigue gran parte de la música actual: devolvernos a la era en la que había dos canales y solo se escuchaban dos tipos de música, o Extremoduro o Camela, donde las cosas no eran tan complicadas, donde había actos impuestos que nos unían.

Por supuesto, esa era nunca existió. Han sido nuestros recuerdos los que la han creado, y lo que nos une ahora es la nostalgia por tiempos que parecen mejores, pero seguramente no lo fueron.

Mausoleos de nostalgia

Con las casetes nos ocurre como con nuestro pasado. Fueron, probablemente, el peor formato para escuchar música que haya existido jamás. Se rompían con facilidad, la calidad de sonido era mala, se gastaban con las escuchas y era muy fácil que alguien las borrase por accidente. Los viajes eran también más pesados, los coches más incómodos, las fricciones familiares relativamente habituales y hacía calor, mucho calor, antes del aire acondicionado. Queríamos llegar al apartamento de la playa o al pueblo cuanto antes y poder poner la minicadena con CD. Algo sí hay que reconocer a la casete: su fisicidad. Cortar la cinta en un punto concreto era cortar la música, pegarle un tajo a Raphael en mitad de un gorgorito.

Hemos convertido nuestras casas en mausoleos del pasado, llenos de discos antiguos, pósteres retro, figuritas de superhéroes...

Un inciso. ¿Por qué ya a la gente no le gustan los CD, por qué no se han convertido en un objeto de nostalgia incluso ahora que todo es susceptible de serlo? Teoría: porque nos recuerdan demasiado a nuestra decepción con el futuro. Los CD fueron, durante su breve reinado, la promesa de un siglo XXI esplendoroso, objetos retrofuturistas. Hoy los tiramos a la basura como hemos hecho con nuestras esperanzas. La democratización del compact fue su devaluación, su muerte. Hoy sirven para espantar pájaros.

El supuesto 'boom' de las casetes del que se habla de vez en cuando es falso, porque aunque se dupliquen las ventas, el doble de uno es dos. Las casetes que algunos grupos venden en sus 'stands' de merchandising hoy son otro objeto más de la industria de la nostalgia. Migajas nostálgicas. Hemos convertido nuestras casas en mausoleos del pasado, llenos de discos antiguos, pósteres retro, figuritas de superhéroes o series de anime, incluso Funkos que gentrifican la cultura pop, cementerios donde almacenamos nuestros pasados felices, mientras que nuestro presente está en la nube.

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Foto: EFE/Emilio J. López.

La industria de la nostalgia vive precisamente de confundir lo pasado con lo feliz. Nadie tiene un reproductor de casetes para escuchar esas cintas, y aunque lo tuviese, no las pondría. Ni siquiera tienen la coartada del "sonido cálido", del ritual, de los discos de vinilo. Las cintas de casete hoy existen para que estén ahí, para que nos recuerden cuando las miremos en la estantería otros tiempos que no eran mejores, sino nosotros más jóvenes.

Las casetes vuelven hoy porque ahora nos toca a los jóvenes de los 90 recibir nuestra dosis de nostalgia e intentar metérsela por la garganta a los 'centennials'. En ocasiones, cada vez menos, vuelvo a hacer largos viajes de coche con mis padres y no me importa escuchar sus canciones, que son las mismas que hace 30 años, pero ya no están grabadas en casete, sino pasadas a mp3 de forma laboriosa por mi padre, aunque otras veces paso y me vuelvo a poner la música del móvil. A veces está bien integrarse en la conversación, a veces está bien ser uno mismo. Pero también lo está que la nostalgia se acabe al bajarse del coche.

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