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Más alto, más rápido... más solos: historia de los boicots olímpicos
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Más alto, más rápido... más solos: historia de los boicots olímpicos

Estados Unidos, secundado por Reino Unido y Australia, ha decidido boicotear la celebración de los Juegos por las atrocidades chinas en el campo de los derechos humanos

Foto: El público hace el saludo nazi en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936
El público hace el saludo nazi en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936

Sin pecar de chovinismo, Barcelona 1992 fue el último gran evento olímpico, por lo demás cargado de la simbología de una nueva era tras superar la Guerra Fría. El retorno de la misma desde otros parámetros vuelve a incidir en el acontecimiento planetario, en esta ocasión en su edición invernal de 2022, a celebrar en Pekín entre el 4 y el 20 de febrero. Estados Unidos, secundados desde el 8 de diciembre por Reino Unido y Australia, han decidido boicotear a nivel diplomático la celebración de los Juegos por las atrocidades chinas en el campo de los derechos humanos, bajo la acusación de perpetrar un genocidio en Xinjiang contra los musulmanes uigures, grupo étnico ubicado desde hace siglos en el noroeste de la República Popular.

La polémica, enésima crisis en las relaciones entre ambos gigantes, está servida. Desde Seúl 1988, cuando Corea del Norte renunció a participar dos semanas antes de la inauguración, las aguas han fluido tranquilas en este sentido. Por aquel entonces, Cuba, Albania y Etiopía siguieron al régimen comunista de Pyongyang, un mal menor ante la presencia de la China de Den Xiaoping, temerosa de perder sus opciones para organizar futuras ediciones. El boicot del bloque anglosajón implica la no asistencia de representantes de sus gobiernos, pero los atletas de Estados Unidos, Reino Unido y Australia sí participarán en las competiciones.

placeholder Xi Jinping, presidente de China (Reuters)
Xi Jinping, presidente de China (Reuters)

El COI, como siempre, se escuda en su neutralidad política, algo que la Historia pone en tela de juicio a partir de la geoestrategia olímpica, más trascendental desde 1936, cuando la designación de Berlín levantó un polvorín en Washington, subsanado por las garantías dadas por el Tercer Reich con relación a los judíos. Gran parte de la opinión popular estadounidense se posicionó a favor de boicotear a Hitler, si bien Avery Brundage, a la postre presidente del COI de 1952 a 1972, no dio su brazo a torcer, sin considerar ni por asomo como las Leyes de Núremberg, emanadas en 1935, suponían una flagrante violación de la carta olímpica.

La excepción española

Durante el periodo de entreguerras, la Unión Soviética comprendió a la perfección cómo lo deportivo adquiría importancia en las sociedades, bien fuera por el auge mediático de determinadas especialidades, con el fútbol en una imparable senda creciente, bien por el uso de las actividades físicas vinculadas con factores ideológicos. Ante esta tesitura, surgieron Olimpiadas Obreras, aunque el ardid más significativo fue la creación de una Internacional Deportiva Roja.

Esta, fundada en julio de 1921, predicó durante los años veinte el rechazo a la unión con cualquier atisbo de socialismo, modificándose esta postura con el ascenso de los fascismos, hasta propugnar una alianza con su tradicional oponente y los partidos reformistas burgueses. De este modo, en 1935 la IDR estableció el Comité para la Defensa de la Idea Olímpica para coordinar los movimientos de oposición a los Juegos de Berlín, tildados como propagadores del Nacionalsocialismo, la guerra, la esclavitud y el odio racial.

En marzo de 1936 se lanzó el proyecto de la Olimpiada Popular de Barcelona. Para Moscú, la Ciudad Condal era idónea por la herencia de la Exposición Internacional de 1929, con el Estadio Olímpico de Montjuic preparado para albergar las pruebas de más relieve, y la coyuntura política española, donde desde febrero gobernaba el Frente Popular.

placeholder Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona en 1936
Cartel de la Olimpiada Popular de Barcelona en 1936

Los principales adalides de la cita fueron la Unión Soviética, aún no integrada en el COI, el gobierno del Frente Popular francés, la Generalitat republicana y el Ayuntamiento de Barcelona. Se pretendía una alternativa a Berlín desde una mezcla entre deporte y folklore, con la participación de más de seis mil atletas, mil quinientos de ellos de diversas delegaciones españolas, pues a diferencia del evento oficial aquí se aceptaban regiones como Alsacia y Lorena o los protectorados marroquíes.

El estallido de la Guerra Civil impidió la manifestación, cuyo acto inaugural debía celebrarse el domingo 19 de julio de 1936, cuando los golpistas intentaron tomar la capital catalana, siendo sofocados por la intervención de los anarquistas, armados con los treinta mil fusiles rescatados del cuartel de Artillería del barrio de Sant Andreu, hoy en día desaparecido.

El franquismo no concedió mucha importancia al espíritu olímpico, privilegiando las gestas del fútbol

Esta némesis de Berlín no puede juzgarse estrictamente como un boicot. Para hablar de uno en la órbita española debemos saltar dos décadas en la cronología y situarnos en 1956. El franquismo no concedió mucha importancia al espíritu olímpico, privilegiándose más bien las gestas balompédicas de los equipos nacionales, como el Barcelona de las Cinco Copas y, sobre todo, el Real Madrid, favorecido por altas instancias y justo a punto de despegar ese año al ganar la primera edición de la Copa de Europa.

España si participó en los Juegos Olímpicos de invierno de Cortina d’Ampezzo, sin dificultades para el traslado de los deportistas a Italia. Ese 1956 el COE estaba presidido, toda una metáfora, por el general Moscardó, héroe del Alcázar de Toledo. Su fallecimiento el 12 de abril de ese año supuso su lógico relevo en la cúpula a manos de José Antonio Elola-Olaso, quien fue muy precavido a la hora de asegurar la presencia nacional en las Olimpiadas de Melbourne, tanto por lo costoso del desplazamiento como por lo precario de las opciones de medalla.

El país podía leer mucho la prensa deportiva y asistir a los estadios, pero no había ni rudimentos ni espacios físicos aptos para la práctica deportiva. Durante ese invierno la renuncia se discutió en los periódicos desde premisas económicas, planteándose la estrategia de ir a Australia con un reducidísimo contingente encabezado por Joaquim Blume, ídolo de la gimnasia deportiva, Miguel de la Quadra Salcedo para el lanzamiento de disco, Enrique Granados en natación y Ángel León Gozalo en tiro olímpico. Para el anecdotario queda el sexto puesto del equipo español de hípica en saltos por equipos porque la lid se disputó en Estocolmo seis meses antes del encendido de la llama en Melbourne.

Al final, la intervención soviética en Hungría en octubre de 1956, los Juegos se disputaron entre noviembre y diciembre, fue la excusa perfecta para boicotearlos junto a Suiza y los Países Bajos, mientras Egipto, Líbano e Irak declinaron la invitación del COI en protesta por el conflicto de Suez. Por último, la China de Mao rehusó el viaje a nuestras antípodas para no compartir escenario con Taiwán, cuyo territorio reclama desde la conclusión de la Guerra Civil en 1949.

El toma y daca de la Guerra Fría

El mayor boicot nunca efectuado fue el de México 1968. La readmisión del Comité Olímpico Sudafricano movilizó a los demás países africanos y a la Unión Soviética, quien puso en duda su asistencia a la capital azteca. La retirada de la invitación calmó los ánimos para retornar la normalidad de unos de los Juegos más recordados, sin por ello escapar de gestos como el saludo del poder negro de Tommie Smith y John Carlos, atletas afroamericanos oro y bronce en los doscientos metros lisos. Avery Brundage los ordenó la suspensión de ambos del equipo olímpico de las barras y estrellas, denegándose su expulsión de la Villa Olímpica. El presidente del COI no se escandalizó tanto en Berlín 1936, cuando los medallistas nazis realizaron la salutación romana en el podio.

En 1976, Tanzania y veintinueve países del continente negro renunciaron a Montreal 76 al denegarse su petición de excluir a Nueva Zelanda, cuya selección de rugby había jugado contra la sudafricana en una gira. La Guyana se solidarizó y las dos Chinas se quedaron en casa por cuestiones derivadas de su eterna pugna, pues Canadá reconocía a Taiwán. Sin embargo, el gran boom de los boicots olímpicos acaeció en las dos siguientes Olimpiadas. En diciembre de 1979 la URSS invadió Afganistán y Jimmy Carter, en un clímax de la Guerra Fría antes de su paulatina decadencia, apostó por no ir a Moscú 1980. Hacerlo sería ratificar la politica exterior soviética, algo que no alteró en absoluto al Presidente del COI, el irlandés Michael Killanin, para quien los Juegos moscovitas sólo podían cancelarse si se declaraba la Tercera Guerra Mundial.

El canciller aleemán dijo que las tropas yankis eran el baluarte para proteger Berlín, no el seleccionador de balonmano

La iniciativa de Carter suscitó un intenso debate internacional. Algunos la veían como una manera de concienciar a los habitantes del gran imperio comunista sobre las prácticas de sus gobernantes, mientras otros fueron mucho más prosaicos y se alinearon con los Estados Unidos al ser sus soldados los máximos defensores contra la amenaza proveniente del Este, como la RFA. Helmut Schmidt, a la sazón su canciller, dejó para la posteridad una frase donde esgrimía que las tropas yankis eran el baluarte para proteger Berlín, no el seleccionador de balonmano.

Entre cuarenta y cinco y cincuenta países cedieron a las presiones norteamericanas, no así España o Italia, recompensadas en lo deportivo con un mayor número de preseas al respaldar sólo de palabra a la Casa Blanca, participando amparados por la bandera olímpica o la de su comité nacional. Como era previsible, Moscú boicoteó los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, supuestamente por miedo a recibir agresiones en un ambiente tan hostil, uniéndose otras quince naciones del bloque comunista, además del Irán del Ayatolá Jomeini, fuera de juego por el imperialismo americano en Oriente Medio y en Latinoamerica.

Los excluidos por voluntad propia festejaron su propia Olimpiada en Los Juegos de la Amistad, brillantes por acoger las pruebas en nueve países y nulos por el impacto mediático, a diferencia del evento angelino, un giro copernicano desde esa perspectiva por su éxito comercial, clave para comprender el apogeo del Olimpismo durante un breve lapso durante los estertores del siglo pasado. El boicot diplomático anglosajón esconde componendas mucho más complejas, insertándose en dinámicas contemporáneas desde una Guerra Fría multilateral. Quizá el futuro lo recuerde como una nota al pie de página, pero hoy en día, con el mundo enfrascado en distintas problemáticas sin haber resuelto la pandemia, su aroma rezuma desazón, como si esa pequeña gota preludiara futuras tormentas de mucho mayor calado.

Sin pecar de chovinismo, Barcelona 1992 fue el último gran evento olímpico, por lo demás cargado de la simbología de una nueva era tras superar la Guerra Fría. El retorno de la misma desde otros parámetros vuelve a incidir en el acontecimiento planetario, en esta ocasión en su edición invernal de 2022, a celebrar en Pekín entre el 4 y el 20 de febrero. Estados Unidos, secundados desde el 8 de diciembre por Reino Unido y Australia, han decidido boicotear a nivel diplomático la celebración de los Juegos por las atrocidades chinas en el campo de los derechos humanos, bajo la acusación de perpetrar un genocidio en Xinjiang contra los musulmanes uigures, grupo étnico ubicado desde hace siglos en el noroeste de la República Popular.

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