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'Ternura y derrota': Luna Miguel, los adoquines y el "deseo disidente"
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'Ternura y derrota': Luna Miguel, los adoquines y el "deseo disidente"

La escritora debuta en la escena con una obra propia llena de símbolos y referencias al cuerpo y a la literatura

Foto: 'Ternura y derrota'. (Sergio Parra/CNTC)
'Ternura y derrota'. (Sergio Parra/CNTC)

Desde que dejé de tratar a Luna Miguel, la autora ha ido de mal en peor. Ha escrito novelas, ha sido editora y se ha hecho como 10 o 15 tatuajes extra, de esos diminutos colocados al tresbolillo sobre el brazo, significando cosas cotidianas. Esta inclinación autodestructiva solo podía acabar en el teatro. 'Ternura y derrota' se llama la obra que estrenó ayer y que pueden ustedes disfrutar hasta el 19 de diciembre.

Yo he asistido porque me he reencontrado con mi vieja amiga hace poco y una cosa lleva a la otra. Les recomiendo que no se hagan amigos de gente que hace teatro, porque una cosa lleva a la otra y, al final, tienes que asistir a sus obras de teatro.

Si les cuento estas intimidades banales es para que calibren, así sea por las puntas, mi juicio sobre 'Ternura y derrota'. La gente, la crítica, no dice que ha ido a ver la obra de un amigo o de un enemigo, de un amante; solo dice que la obra estaba bien o mal o regular, y ahí les engañan un poco. Yo, obviamente, voy a ver la obra de Luna Miguel con ganas de que me guste, y sin posibilidad alguna de hacer un artículo donde la destroce sin piedad. Es importante que ustedes lo sepan.

placeholder Cartel de 'Ternura y derrota'. (CNTC)
Cartel de 'Ternura y derrota'. (CNTC)

Pero, hablando de teatro, déjenme apuntar lo poco que me gusta. Nunca he salido de un teatro contento, impactado, con mareos. Quizá solo de 'Incendios', ahora que lo pienso, en la representación de 2016, con Nuria Espert. Estuvo bien. Todo lo demás, siendo poco, era inane. También pasa que el teatro lo hacen ahora gente a la que le gusta hacer teatro, a la que le gusta verse haciendo teatro, y no a la que le gusta que el público se emocione. Teatro modernete, vamos. La obra de un tipo o varios haciendo el imbécil sobre el escenario también la he sufrido. El tipo dice que nadie le entiende y llama a su padre, desde el escenario, sí, para contarle que el patio de butacas está medio vacío. Luego boxea, toca el violonchelo, canta y juega al parchís ante tus ojos. Esas chorradas.

Se hace, además, mucho monólogo porque sale más barato. Uno habla, o una pareja, como en 'La clausura del amor', con Bárbara Lennie e Israel Elejalde, y eso es todo. No ponen ni un árbol de cartón al fondo. Es un teatro muy de pobretería, como que van a cerrar pronto.

En varios momentos, la actriz y la autora se encuentran, pues el texto, por momentos digo, brilla como si se le acabara de ocurrir

Lo de Luna Miguel se inscribe ahí, en lo pobretón. Está la autora y actriz de sí misma sobre un escenario desolado, vistiendo un camisón negro transparente. Hay una cama con cabecero de barras de hierro blancas y con las sábanas arrebujadas. Eso es todo. Luego aparecerán adoquines, unas flores que creo que se llaman pillanovios y unas tijeras relucientes, bastante grandes. Este ajuar simbólico ya linda con lo que más arriba he llamado “chorradas”.

'Ternura y derrota' empieza hablando de “mi palabra de seguridad”, esto es —recuerden la película 'Magical Girl', de Carlos Vermut—, con trazas de BDSM. Cuando una persona en prácticas sexuales de riesgo considera que algo es demasiado para él (o ella), pronuncia esa palabra de seguridad y todo se detiene. En la obra esa palabra es 'ternura'.

placeholder 'Ternura y derrota'. (Sergio Parra/CNTC)
'Ternura y derrota'. (Sergio Parra/CNTC)

El texto, que es lo sustancial de la representación, resulta bastante sólido. Participa de la poética carnal, en rigor, mil veces vista, desde Pizarnik por lo menos, de ese “escribo con el cuerpo”, que tantas grandes páginas de literatura escrita por mujeres nos ha dado; siendo algo visto, como digo, funciona y tiene sus resplandores, sus provocaciones, sus exterminios. En varios momentos, la actriz y la autora se encuentran, se dan la razón, pues el texto, por momentos digo, brilla en la boca de su autora como si se le acabara de ocurrir, muy felizmente, con gran arrastre emocional y catártico.

La obra, realmente, no sé de qué va, pero va todo el rato de la piel al papel y de la cama a la biblioteca. Se cita a Simone Weil, a Kierkegaard o a Sarah Kane. Es todo un punto esnob, pero sin pasarse. Obviamente, se rinde honores a Angélica Liddell.

Deseo disidente

Como no quería desaprovechar la oportunidad de comentar la obra con la propia autora, por ver si la autora conseguía convencerme de lo genial que era, quedé con ella al día siguiente de asistir a la representación. La esperé a las siete en un bar, donde, casualmente, fueron llegando chicas jóvenes que acababan de ver 'Ternura y derrota', y que hablaban de ella desde un implacable estado de éxtasis. Las había vuelto locas. Una dijo que Luna Miguel “se comía el escenario”; otra, que me pareció inteligentísima, soltó una frase que, de hecho, apunté en mi móvil: “No tenemos ni siquiera palabras para hablar del deseo disidente”. Se supone que la obra (primera noticia) trataba del deseo disidente, sea esto lo que sea.

Cuando llegó Luna Miguel al bar (yo estaba fuera, en una terracita), me dijo que esas chicas eran amigas suyas, como de hecho había podido yo deducir al ver cómo se saludaba con todas. “Es todo cíclico”, decía la misma chica inteligente, y también: “¡Lo de Dido!”. Les había gustado mucho la historia de Dido y Eneas inserta en el discurso de la autora.

Nada más sentarse a mi lado, le dije a Luna Miguel que había visto cosas peores que su obra. Entonces pidió un vino

Nada más sentarse a mi lado, le dije a Luna Miguel que había visto cosas peores que su obra. Entonces pidió un vino.

Insistí en que ese iba a ser mi veredicto: he visto obras de teatro mucho peores que 'Ternura y derrota'. Obras de licenciados en la RESAD, quiero decir, de profesionales absolutos, de grandes nombres del teatro modernete español. Creo que no captó que era un elogio.

Luego me explicó que el Teatro de la Comedia le había pedido una obra al pie de 'El cerco de Numancia', de Cervantes, que se representa simultáneamente en la sala principal. De ahí, entiendo, que en 'Ternura y derrota' se trace un cerco con, va dicho, adoquines, flores que técnicamente se llaman 'Gypsophila paniculata', folios y trozos de sábana cortados 'in situ' por la actriz. A las amigas de Luna Miguel les había molado mucho lo de los adoquines, pero a mí, tanto estos pedruscos como las flores que caían ridículamente desde la viga de las luces como todo lo demás, me pareció simbolismo aleatorio, de ese que irrita bastante.

Luna Miguel me dijo que tenía moratones por todo el costado, ya que, en un momento de la obra, tiene que golpearse la cadera con un adoquín.

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