Y Colin Farrell se convirtió en un monstruo arponero que te hiela la sangre
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Y Colin Farrell se convirtió en un monstruo arponero que te hiela la sangre

El actor irlandés protagoniza 'La sangre helada', la historia de un ballenero inglés que lleva al extremo los límites de la naturaleza y del ser humano

Foto: Colin Farrell en 'La sangre helada'.
Colin Farrell en 'La sangre helada'.

Cuesta trabajo reconocer a Colin Farrell en su papel de arponero despiadado. La barba, los kilos y los tatuajes lo han transformado en un personaje descomunal. Y en uno de los rasgos extremos que caracterizan los seis episodios de 'La sangre helada' (Movistar). La estupefaciente serie de Andrew Haigh reúne las garantías de la BBC, la influencia atmosférica de Herman Melville, la claustrofobia de 'The Terror' y la literatura carnívora de Ian McGuire, cuyas últimas novelas de referencia enfatizan la travesía de los balleneros a las aguas extremas de Groenlandia (y más allá).

Nunca se había rodado una serie 'convencional' ni una película tan al norte de planeta, así es que las condiciones radicales del rodaje tanto sugestionan la psicosis de la dramaturgia como proporcionan un escenario de un poder estético deslumbrante. Es allí, entre el hielo y la nada, donde naufraga el ballenero The Volunteer (año 1859). Y donde los marineros supervivientes se reconocen entre sí como rehenes de un destino atroz.

Tráiler de 'La sangre helada'

La aventura comienza unos meses en el puerto inglés de Hull, reflejo trasatlántico de Nuntucket, territorio natal de McGuire y punto de partida de una travesía siniestra: los arponeros y marineros ignoran que la misión no consiste en la captura de focas ni de cetáceos sino en el hundimiento de la embarcación para que el armador pueda cobrar un cuantioso seguro.

Es el fin de una época que ya presiente la llegada del vapor. Y el comienzo de un viaje a los extremos de la tierra y de la condición humana. El personaje de Colin Farrell (Henry Drax) representa la ferocidad, el instinto, el ingenio superviviente, la crueldad, mientras que su némesis, Jack O’Connell (Patrick Summer) es un médico que huye de sí mismo y que intenta defender la cordura, la civilización y hasta la justicia a bordo del Volunteer, especialmente cuando el asesinato y violación de un débil grumete evoca o convoca la trama parajudicial de 'Billy Budd' en la novela de Melville.

"Nos llaman balleneros, pero en realidad somos refugiados de la civilización"

Corresponde al magnífico actor británico Stephen Graham (capitán Brownlee) la administración del navío y la ejecución del sabotaje, pero los planes se malogran en la hostilidad misma de los icebergs y las tormentas. Se pasa frío y miedo a medida que avanzan los episodios. Y se predisponen sin grandilocuencia todas las cuestiones existenciales y existencialistas que se derivan del fin del mundo. No solo la pugna del bien y del mal que se aloja en el corazón de los hombres, sino el conflicto de la civilización y el arcaísmo de los esquimales en la dialéctica de la corrupción y de la pureza. “Nos llaman balleneros, pero en realidad somos refugiados de la civilización”, expone el capitán Brownlee como quien recita a Jack London.

Tienen enjundia los diálogos de 'La sangre helada'. Y se agradece que una serie de aventuras, de acción, de testosterona, responda al mismo tiempo al espesor libresco y hasta filosófico de la mejor literatura de marineros.

Foto: Balleneros de Lamarela, pescando ballenas al modo tradicional. Opinión

Por eso The Volunteer es al mismo tiempo una especie de arca de Noé humana. Sin mujeres, es verdad. Y sin otras historias de amor que las impuestas por los extremos de un viaje al abismo, pero la travesía traslada la expectativa y la angustia de los últimos habitantes de la Tierra. Y los describe taxonómicamente en las fronteras trituradas por el hielo: el extranjero, el salvaje, el homosexual, el cura, el felón, el ingenuo… y el monstruo.

Corresponde a Colin Farrell encarnarlo, no solo provisto de una fisonomía irreconocible, sino protagonista de una escena brutal que ahoga el quejido de una ballena perforada por un arpón. Se encarama a ella Henry Drax, sujetándose sobre unas botas de clavos. Y le entierra la punta de su lanza hasta conseguir que un chorro de sangre parezca un géiser cuya 'fertilidad' sale de las entrañas del océano como la primera eucaristía.

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