'Herederos del ocaso': no eran paralímpicos, eran pillos españoles
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'Herederos del ocaso': no eran paralímpicos, eran pillos españoles

Estos días se puede ver en las Naves del Español en Matadero de Madrid esta hilarante obra sobre el fraude de la selección de baloncesto en los Juegos Paralímpicos de Sídney

Foto: 'Herederos del ocaso' se puede ver estos días en las Naves de Matadero de Madrid.
'Herederos del ocaso' se puede ver estos días en las Naves de Matadero de Madrid.

“¿Y si a los Juegos Paralímpicos llevamos un equipo en el que no haya jugadores con discapacidad? Ganamos la medalla de calle y nos llevamos la subvención”. El entrecomillado no pertenece a nadie en concreto, pero aquella idea, que parece sacada de una noche de copas y quizás algo más, sí se llevó a cabo. En el año 2000, España se colgaba la medalla de oro en baloncesto masculino en los Juegos Paralímpicos de Sídney. El leve detalle, que descubrió un periodista infiltrado en el equipo y al que le había llegado el chivatazo, es que solo dos de los 12 jugadores tenían algún tipo de discapacidad. Por supuesto, la medalla se devolvió, pero su responsable, Fernando Martín Vicente, expresidente de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (Feddi) y encargado de los 'fichajes', solo tuvo que devolver el dinero obtenido (142.000 euros) y pagar 5.400 euros de multa. El resto ya lo sabemos: una página más en el libro de la España de traca, pandereta y fraude. O lo que a veces también se ha llamado, quizá para tapar vergüenzas, picaresca.

La compañía Club Caníbal ha recuperado el espíritu Berlanga en sus ‘Crónicas ibéricas’: las fiestas populares, la corrupción y el nepotismo

Luis García Berlanga fue uno de los encargados de sacar a la luz nuestras historias más patéticas con humor, desparrame e hilaridad extrema. A falta del maestro, entre sus discípulos se encuentra la compañía Club Caníbal —el director y autor Chiqui Carabante y los actores Font García, Juan Vinuesa y Vito Sanz— con sus ‘Crónicas ibéricas’, donde tocan temas como las fiestas populares, la corrupción y el nepotismo en el deporte y en el mundo empresarial y político. Dicho en crudo: el puro mamoneo que ya estaba en ‘La escopeta nacional’. Como grita uno de sus personajes: “¡Este es un país de enchufados!”. Es probable que todos lo sean —Francia, con todo, nos gana por goleada—, pero por aquí nos gusta regodearnos en ello (y contarlo).

Después de ‘Desde aquí se ve sucia la plaza’ sobre esa ibérica costumbre de tirar una cabra del campanario porque sí y luego todos a beber, ‘Herederos del ocaso’ cuenta aquel fraude de los Juegos Paralímpicos de Sídney. Esta obra ha pasado por festivales y algunas salas, pero todo el conjunto de las 'Crónicas ibéricas' ha encontrado su esplendor estas últimas semanas en las Naves de Matadero de Madrid. La próxima semana llegará ‘Algún día todo esto será tuyo’, una especie de ‘Ciudadano Kane’ con el dueño de El Corte Inglés, Ramón Areces, y sus sueños de la infancia entremezclados con los anuncios por megafonía de las ofertas navideñas.

placeholder Los caníbales, en la obra 'Herederos del ocaso'.
Los caníbales, en la obra 'Herederos del ocaso'.

‘Herederos del ocaso’ no es la primera creación artística que bebe de aquel timo deportivo. La historia también inspiró la película ‘Campeones’, de Javier Fesser. Pero si el filme era más blanco que la cal, la obra de teatro sí recoge la mala leche y la falta de escrúpulos que tenía de por sí el hecho real. Porque, no lo olvidemos: utilizaron a personas sin discapacidad en una competición con deportistas discapacitados. Con un único fin: ganar dinero.

Desparrame por todo el escenario

Club Caníbal no centra su montaje exactamente en un equipo de baloncesto. Su protagonista es Juan Alegría, un tipo de mediana edad que en su juventud fue campeón de ping-pong de Castilla-La Mancha. Un tipo gris que trabaja como técnico de riesgos laborales y cuyo mayor reto fue el día que le pusieron delante de un ordenador apagado. Él es a quien reclutan para hacerse pasar por discapacitado Soto —una especie de alias de Fernando Martín Vicente—, presidente de la federación de deportistas discapacitados y enganchado a un vaso de brandy soberano, y un tal Leandro de Borbón, número 45 en la sucesión al trono de Felipe, y deseoso de ir a los Juegos Paralímpicos “como mi hermana, que fue con un caballo y era el caballo el que lo hacía todo”. Todo lo hacen en connivencia con un médico que con lenguaje acelerado expide certificados médicos de discapacidad solo con que el pobre Juan Alegría se quite la camiseta y dé varias vueltas sobre sí mismo. La traca hubiera sido que el personaje se chupara también el dedo del pulgar.

La obra no escatima en desparrame. Desde el formal: todo el escenario sirve. Los tres personajes —con qué poco el teatro puede construir una historia entera— nunca salen del escenario. Caminan, se cambian de ropa, bailan sin desaparecer nunca del mapa. Y juegan con todos los elementos de los que disponen como las pelotas de ping-pong, desperdigadas por toda la sala. Es teatro de plaza del pueblo, de charanga en el que incluso hay 'sketches' de humor mímico. Una muestra de que se pueden hacer montajes enormes con muy poquitas cosas.

Los caníbales no se cortan y salen escaldadas instituciones sin dejar de criticar el meapilismo con que se habla de las 'personas especiales'

Y el desparrame es también toda la temática: la España fiestera de finales de los noventa y los primeros dos mil. Aquella en la que la corrupción campaba a sus anchas. Los caníbales no se cortan y por ahí sale escaldada desde la monarquía a los directivos de algunas instituciones —como ese Ministerio de Cultura y Deportes que no se había enterado de nada (¿seguro?)— sin dejar de criticar el meapilismo con el que se habla de las 'personas especiales' y los 'subnormales' (para después hacer negocio con ellas). Por supuesto, en toda esta fiesta no faltan ni las copas ni los locales de estriptis.

El humor ácido está bien dirigido porque no fuimos nosotros los que cometimos el fraude, fueron los malos. Y el público se ríe mucho porque cuando exhibes la artimaña resulta patética. Pero es una risa que se congela. Es la última bofetada mientras resuena el cántico del “yo soy español, español, español”: ¿qué fue de los que, en la realidad, fueron engañados y pagaron finalmente el pato del timo? Disparan bien estos caníbales.

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