'El juego del calamar' desde dentro: ¿cómo ha diseñado Netflix su serie estrella?
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'El juego del calamar' desde dentro: ¿cómo ha diseñado Netflix su serie estrella?

Se estrenó el 17 de septiembre pero ha sido la semana pasada cuando esta serie distópica coreana se ha convertido en un fenómeno global

Foto: Una imagen de 'El juego del calamar'. (Netflix)
Una imagen de 'El juego del calamar'. (Netflix)

Es encomiable la habilidad de Netflix para dirigir la conversación pública sobre la última serie de moda. Antes de que nadie la hubiese visto -se estrenó el 17 de septiembre, pero la mayor parte de los artículos que le han dedicado se han publicado a partir de octubre-, Ted Sarandos, el director ejecutivo de Netflix, ya había anunciado con fuegos artificiales que 'El juego del calamar', su serie surcoreana de género 'survival', se había convertido en la producción de habla no inglesa más exitosa de la historia de la plataforma. Y que iba camino de ser la producción, a secas, más exitosa de la historia de la plataforma. Netflix contabiliza el éxito de sus series y películas originales en base a la gente que, en los primeros 28 días desde el estreno, reproduce al menos dos minutos del contenido. A partir del anuncio de Sarandos, esta serie de nueve capítulos de alrededor de una hora de duración se ha convertido en la sensación del momento. No hay periódico ni blog ni hoja parroquial -y aquí está la prueba- que no haya ofrecido su análisis más o menos sesudo sobre un proyecto que llevaba más de diez años dando vueltas por los cajones hasta que Netflix apostó por ella.

Pero, ¿qué tiene la serie del guionista y director Hwang Dong-hyuk para que haya saltado el obstáculo cultural, lingüístico y del 'starsystem' anglosajón? La pujanza de Corea del sur como una de las industrias audiovisuales más potentes del mundo -sobre todo teniendo en cuenta una población de 50 millones de habitantes- se viene forjando en los últimos 30 años, desde que llegó la democracia al país asiático. El Oscar de 'Parásitos' de Bong Joon-ho y el éxito de El juego del calamar' son el resultado de unas políticas culturales muy ambiciosas y unos hábitos de consumo del audiovisual como pocos países en el mundo. Además, el cine surcoreano ha hecho marca de la casa, además del cine de autor -Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Hong Sang-soo, Yeong Sang-ho-, el género de terror y fantástico; el Festival de Sitges siempre ha llenado su programación de películas asiáticas en general y surcoreanas en particular. Netflix, con buen olfato, ha decidido invertir 500 millones de dólares en la industria surcoreana, y este es el resultado.

placeholder Lee Jung-jae, en el centro, es uno de los actores surcoreanos más reconocidos. (Netflix)
Lee Jung-jae, en el centro, es uno de los actores surcoreanos más reconocidos. (Netflix)

Porque lo primero que llama la atención de 'El juego del calamar' es su factura y la apuesta estética de su creador, que al mismo tiempo que se diferencia del 'standard' de la producción de Netflix -como esos escenarios al estilo Escher de colores chillones- a la vez que mantiene el sello 'standard' de las producciones de Netflix: algo nuevo, pero sin pasarse. Resulta paradójico, pero solo hay que comprobar el vestuario de sus villanos, que no ocultan su referencia a 'La casa de papel': monos rojos con capucha, caretas y armas automáticas. La fotografía es pulcra e híperdefinida, saturada de colores, con planos aberrados y grandes angulares, lo que la hace terriblemente atractiva al ojo y la emparenta con el manhwa -el manga coreano-. Además, la serie ha recurrido a un casting misceláneo en el que encontramos caras conocidas del cine de acción surcoreano con modelos e ídolos juveniles reconvertidos en actores. El atractivo nunca está de más. 'El juego del calamar' bebe de esa tradición de cine ultraviolento a la par que hiperestético del cine popular oriental, como, por ejemplo, el 'Battle Royale' del japonés Kinji Fukasaku y 'As the Gods Will', de Takashi Miike. Además, en la televisión coreana y japonesa los juegos de adultos que deben pasar pruebas físicas -'Humor amarillo', por ejemplo- siguen siendo tremendamente populares.

La premisa es sencilla y con el suficiente componente sociopolítico para hacer la serie atractiva sin hacerla densa: a un grupo de personas endeudadas hasta las gónadas les proponen participar en una serie de juegos cuyo premio final es el de 45.000 millones de won, unos 32 millones de euros. La contrapartida: que solo puede llevarse el bote uno de ellos y que la consecuencia de perder el juego es, también, perder la vida. El juego es, al fin y al cabo, la representación del turbocapitalismo en el que el ciudadano adquiere unas deudas que le obligan a participar en un mercado laboral muy competitivo ante la promesa de enriquecerse, lo que al final solo ocurre en casos muy concretos, dejando tras de sí un reguero de cadáveres o convirtiéndose uno mismo en un cadáver. Y mientras, en las sombras, la clase rica, dirigente y desconectada mira el espectáculo y se aprovecha de ello. La metáfora es sencilla y fácilmente exportable a cualquier país que haya visto crecer la desigualdad en la última década, es decir, todos.

placeholder Otro momento de 'El juego del calamar'. (Netflix)
Otro momento de 'El juego del calamar'. (Netflix)

La genialidad de la idea de Hwang Dong-hyuk ha sido la de contraponer un contexto tan inocente y lúdico como los juegos tradicionales infantiles con una propuesta gore -aunque no tanto como lo venden- en la que los concursantes son asesinados de maneras diferentes y cruentas para aparente diversión de un misterioso personaje escondido detrás de una máscara. Aquí Hwang también acierta alternando juegos populares en todo en mundo, como el escondite inglés, con tradiciones populares de Corea, como el que da el nombre a la serie. En realidad, lo más interesante que aporta 'El juego del calamar' a ojos occidentales, más allá del entretenimiento puro de ver cómo los personajes se arrastran por el fango moral por propia supervivencia, es conocer a través de los resquicios de costumbrismo la realidad social de un país que ha crecido vertiginosamente como potencia económica y tecnológica pero que, a la vez, convive con unas formas de vida tradicionales y que ha sufrido una reconversión que ha agudizado la precariedad de las clases más deprimidas. Que 'Parásitos', 'Snowpiercer' y muchas de las películas surcoreanas más relevantes de los últimos años hablen de la desigualdad y la lucha de clases resulta significativo.

Hwang presenta una serie de personajes que representan lo que el capitalismo considera como perdedores: un parado divorciado que vive con su madre, vendedora en un puesto de comida en un mercadillo; un hombre de negocios acosado por los delitos fiscales; una ladrona huérfana que, además, es desertora de Corea del Norte, el cabecilla de una banda criminal, un inmigrante pakistaní -es interesante conocer la relación con la inmigración de un país como Corea del Sur- cuyo jefe le ha dejado a deber varios meses de sueldo... Todos ellos parias que ven en las apuestas y el dinero fácil -es decir, en un milagro- la única manera de salir adelante. El creador de la serie les otorga la humanidad que el propio juego les quita; en el capítulo final, el diálogo plantea el 'quid' de la historia: ¿cuándo nos volvimos tan inhumanos como para dejar de confiar en nosotros como especie? ¿Cuándo perdimos la empatía para con el sufrimiento ajeno?

placeholder Otro momento de la serie. (Netflix)
Otro momento de la serie. (Netflix)

'El juego del calamar' comienza cuando Seong Gi-hun (Lee Jung-jae), el protagonista, se encuentra con un hombre de negocios en una estación de metro que le ofrece ganar un dinero a cambio de someterle a una humillación. Seong Gi-hun acepta, ya que ha perdido mucho dinero en las casas de apuestas -al parecer fuera de España también existe dicha pandemia entre las clases más humildes. El hombre trabajaba en una industria que cerró. Luego intentó montar su propio negocio y quebró. Se divorció -su exmujer se ha vuelto a casar-, perdió la custodia de su hija y malvive haciendo trabajillos y robándole lo que puede a su anciana madre, con la que vive en un apartamento diminuto. En Corea, hay que sumar a la pobreza la culpa cultural de haber avergonzado a la familia y a la comunidad. El misterioso hombre le ofrece, entonces, ir más allá: le llevarán a un lugar secreto para que juegue con otros competidores por una gran suma de dinero.

Sin inventar nada nuevo, repito, 'El juego del calamar' consigue enganchar con una narrativa en la que se entrecruzan las historias personales de los personajes -¿por qué han llegado a la situación en la que están?- con un relato de acción distópica en el que continuamente hay que tomar decisiones de vida o muerte que son un reflejo de los valores morales de los protagonistas. También engancha la sorpresa a la hora de plantear los retos: que pueden ser físicos o de habilidad. Y a cada fallo, un tiro en la cabeza, o una caída mortal desde varios metros de altura.

Hwang también ha escrito una crítica directa al colonialismo estadounidense que ha vivido su país desde la Guerra de Corea. En un momento de la serie aparecerán un puñado nuevo de personajes, hombres, blancos y anglosajones, que viajan por el mundo visitando este tipo de juegos que, se entiende, tienen lugar en otras partes del mundo. Hay un placer sádico en ver morir de la manera más imaginativa a los concursantes que emparenta al espectador con el villano de 'la película'. Porque, ¿no estamos nosotros también divirtiéndonos mirando como ametrallan a gente dispuesta a morir por el sucio dinero? También es interesante la decisión que toma el director en el segundo capítulo, que a priori puede parecer que corta el ritmo narrativo, pero que luego sirve para dar más empaque a la alegoría: nadie juega obligado. Como en la vida, el subterfugio moral de los explotadores: nadie te obliga a ser explotado, eres tú el que lo elige. La gran falacia.

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