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La belleza y la muerte: Thomas Mann y Luchino Visconti en Venecia
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La belleza y la muerte: Thomas Mann y Luchino Visconti en Venecia

La arrogancia del genio cede hasta alterar sus mandamientos. Poco a poco, con una intencionalidad muy medida, asistimos al doble juego entre la racionalidad y su contrario

Foto: Escena de 'Muerte en Venecia', de Luchino Visconti
Escena de 'Muerte en Venecia', de Luchino Visconti

En mayo de 1911 Thomas Mann, consagrado como escritor a principios de siglo con su novela 'Los Buddenbrook', viajó a Venecia con su familia, instalándose en el Hotel des Bains del Lido. Durante esa estancia supo de la muerte de Gustav Mahler, sorprendiendóse por la presencia de un joven bellísimo, de tensa calma exuberante por su belleza en contraposición a sus hermanas, similares por su atuendo a monjas civiles.

Cuarenta años más tarde, el alemán conversó con el director italiano Luchino Visconti, confirmándole la veracidad de lo vertido en 'La muerte en Venecia'. La obra, publicada el 23 de mayo de 1912, fue adaptada al séptimo arte por su interlocutor justo hace cincuenta años, ahorrándose esa versión el artículo inicial del título literario.

La efeméride se ha resucitado con el ruido vacuo, tan típico de nuestra época, bien aprovechado por Björn Andrésen, el elegido para interpretar a ese símbolo imperecedero de belleza universal y protagonista del documental 'El chico más bello del mundo', de doble rasante al suscitar en redes cierta culpabilidad del aristocrático cineasta, cuando la responsabilidad debiera ir más bien para su abuela, y permitir al sueco la resurrección de un estrellato enterrado por múltiples componendas. No entraremos en ello, si bien es lícito reflexionar sobre cómo su papel supuso una encrucijada, no sólo en su vida, sino más bien de un cierto tipo de celuloide, pues con 'Morte a Venezia' iban apagándose los fuegos de una época esplendorosa, sepultada de modo definitivo, salvo las habituales excepciones, con la inclemente llegada del neoliberalismo, tan amigo de anteponer lo comercial a lo estético con cuajo, como si ambos términos fueran antitéticos.

Tráiler de 'El chico más bello del mundo'

A partir de esta premisa el filme de Visconti queda catalogado por los siglos de los siglos como lento, cuando en realidad ofrece una velocidad inteligente determinada por la música, escanciadora del ritmo narrativo, los silencios y una puesta en escena muy deudora de su inspiración literaria. La ausencia de celeridad no sirve como acusación, menos aún si hablamos de arte en mayúsculas, no tan mal envejecido y enmarcado en una trilogía de altos vuelos con lo germánico como centro, de 'La caída de los Dioses' a Luís II de Baviera.

Algo querrá decir si, después de tantos decenios, aún comentamos ciertas creaciones, patrimonio humano

El relato largo, tildado de denso cuando es casi perfecta pieza de cámara, también padece las críticas de una época donde, de modo paradójico, muchos sellos editoriales apremian a sus autores para realizar textos de no más de ciento cincuenta páginas. Las formas de consumo cultural han cambiado, pero algo querrá decir si, después de tantos decenios, aún comentamos ciertas creaciones, patrimonio humano con múltiples mensajes para el presente. En este sentido sorprende, rodeados como estamos de tanta lumbrera analítica, que casi nadie asociara hace poco ambas perlas con el momento pandémico, si bien, no está de más decirlo, su textura va mucho más allá del cólera asiático, causa última de la muerte de Gustav von Aschenbach en esa playa desierta de turistas, en fuga para huir de una de tantas pandemias.

Von Aschenbach o la transgresión de sí mismo

Luchino Visconti, por premisas líricas y estructurales, omitió los dos primeros capítulos de 'La muerte en Venecia'. En ellos, Mann traza las causas del fatídico viaje de su homólogo, un hombre maduro amado tanto por las musas como por el poder. La visión de un misterioso desconocido en un cementerio le impulsará a buscar un destino para reposar, y tras una breve estadía en una isla optará por recalar en la ciudad de las lagunas, donde desde su misma llegada en el vaporetto las máscaras irrumpirán en su camino, no en vano el viejo desquiciado de esa plácida y siniestra nave es comparado con la decadencia absoluta al lucir un ridículo maquillaje y un traje asimismo grotesco, casi idéntico al del protagonista en la conclusión de sus andanzas.

En el Lido, transportado por un turbio gondolero, la tranquilidad y la alegría coparán el ambiente. Aschenbach es un literato riguroso, con temáticas y estilos sin ninguna concesión a la fantasía, menos aún a cualquier tipo de sensibilidad basada en lo exterior. Esto se romperá con la epifanía de Tadzio, ingenuo, silencioso y juguetón como cualquier niño de su edad, sin considerarse ningún Adonis al concentrarse en el mero disfrute del asueto junto a otros chavales mientras el huésped alemán lo observa con cautela desde su mesa de trabajo, al lado de las casetas playeras.

placeholder Cartel original italiano de 'Muerte en Venecia'
Cartel original italiano de 'Muerte en Venecia'

El asunto de la sensibilidad se muestra de otra manera en 'Morte a Venezia', donde Visconti introduce unos fragmentos de 'Doktor Faustus' de Mann para remarcar, desde una vertiente más conceptual, cómo el músico Aschenbach es un ser anclado desde unos prejuicios tan fuertes como para no poder escapar a los mismos, algo sólo posible con la trampa mortal veneciana del efebo polaco.

En una y otra recreación de la trama Aschenbach, rodeado de fantasmas, deja sucumbir su inteligencia a la beldad encarnada por el muchacho. En un momento decide partir porque intuye futuros problemas, rehuyéndolos en la misma estación de Santa Lucia, donde Visconti, no contento con tanta advertencia mortuoria en la nouvelle, tiene a bien regalarnos la agonía de un desgraciado, atizado por la peste. Mann es más sutil y deja progresar la travesía hacia el deceso más bien a cámara lenta, con pasos muy medidos.

Poco a poco, con una intencionalidad muy medida, asistimos al doble juego entre la racionalidad y su contrario

La arrogancia del genio cede hasta alterar sus mandamientos. Poco a poco, con una intencionalidad muy medida, asistimos al doble juego entre la racionalidad y su contrario. Aschenbach inquiere sin cesar sobre la extensión del mal, topándose con mentiras en muchas bocas para no perjudicar los cuantiosos beneficios turísticos de ese amasijo de islas congeladas en un instante indeterminado de la Historia.

La locura, si así podemos definirla, es la atracción fatal hacia Tadzio, reflejada con maestría en el paseo por callecitas y plazoletas, bien regadas de desinfectantes y ambiguos bandos admonitorios. La caída de Aschenbach junto a un pozo, cada vez más maniatado por la enfermedad, nos ofrece otra pareja de significados, con el adolescente mirándolo cual ángel de la muerte y un farmacéutico ignorándolo, pese a la cercanía. No hay salvación posible. Ese es el sacrificio por traicionar sus principios y entregarse al ideal platónico expresado en Fedro: la belleza es divina y perceptible, por eso es la ruta hacia lo sensible, guía hacia lo espiritual.

Detente instante, eres tan bello

Mann atisbó en 'La muerte en Venecia' el apagón de toda una era, la Belle Époque en vísperas de la Primera Guerra Mundial. El artículo determinado nos habla de la señora de la guadaña como gran dama en medio de esas luminosas tinieblas. En cambio, 'Muerte en Venecia' se enfoca más en el propio Aschenbach, quizá trasunto del mismo Visconti, consciente de cerrar un ciclo de Cultura europea, sobre todo tras las sobrevaloradas revueltas de 1968, Guerra Civil, como anunció Pier Paolo Pasolini, entre padres e hijos burgueses.

El teutón y el milanés imaginaron a su artista desde la aureola de Gustav Mahler. Para Mann elegirlo, además de por recibir la luctuosa noticia de su traspaso, era una asociación con los estertores de un mundo, mientras a Visconti le confería la completa armonía de su propia partitura, bien imbricada con partes de la quinta y la tercera sinfonía del compositor austrohúngaro, hipnosis para progresar en el desarrollo de los acontecimientos y apuntalar la gran ceremonia hacia la despedida.

placeholder Primera edición de 'La muerte en Venecia' en español. (Calpe, 1920)
Primera edición de 'La muerte en Venecia' en español. (Calpe, 1920)

Algunas fuentes mencionan otras evocaciones en Aschenbach. La más evidente, remota para nuestra contemporaneidad, sería la del poeta August von Platen, notorio homosexual y víctima del cólera en Siracusa el 5 de agosto de 1835, donde se hallaba por la permisividad de costumbres, propicia a sus querencias. Otra evocación, fundamental, es la del último amor de Johann Wolfgang von Goethe por Ulrike von Levetzow, de quien le separaban cincuenta y cinco años.

Visconti fue un personaje extraordinario. Su origen de rancio abolengo, su familia fue una de las más poderosas de Milán durante centurias junto a los Sforza, y el prodigio de sus talentos lo convirtieron en una de las personalidades culturales más espectaculares de todo el Novecientos, con una trayectoria cinematográfica ciertamente incomparable, donde figura un embrión del Neorrealismo como 'Ossesione', adaptación de 'El cartero siempre llama dos veces', experimentos excepcionales y comprometidos como 'La terra trema', crítica social casi operística con 'Rocco e i suoi fratelli' o joyas indelebles como 'Il Gattopardo', con la Historia entrando en el jardín de los Salina a través de un soldado yaciente, aviso para navegantes de una quiebra inminente pese al celebérrimo cambiar todo para que todo permanezca igual.

Visconti no debió disimular su homosexualidad, a diferencia de Thomas Mann, reprimiéndola amparado por su numerosa y conflictiva progenie. Este factor no es relevante en la génesis de este artículo, con toda probabilidad por trascender Tadzio el erotismo y englobarse en una órbita casi metafísica, reconocible en esa guinda para clausurar el telón.

placeholder Luchino Visconti y Thomas Mann.
Luchino Visconti y Thomas Mann.

Al fin, tras tanto preguntar, Aschenbach ha asumido la presencia del cólera en Venecia. La derrota es segura, y sólo queda finire in belleza. Una mañana, bien emperifollado de tinte y maquillaje, le informan de la marcha de los polacos. Queda el consuelo de mirar por última vez a su ídolo, con hechuras del David de Donatello, en el Lido, junto al Adriático. Se sienta en su hamaca y el joven, a la greña con uno de sus coetáneos, efectúa una serie de movimientos. A pocos metros una cámara permanece sin compañía, huérfana de visitantes, sensatos al regresar a sus hogares para sortear la epidemia.

La imagen vista por el escritor es única. La luz del sol se derrama en la atmósfera. De repente, Tadzio, con su enamorado entre temblores, alza el brazo y señala un improbable horizonte. Mann lo refleja como un proceso de contemplación antes del último suspiro. Visconti lo mejora desde la imagen, y así entendemos como esa silueta entre las ondas remite al faustiano Detente instante, eres tan bello. La acción de los sirvientes para quitar el cuerpo de las posesiones hoteleras es la miseria humana y el triunfo del Capitalismo, sin piedad ni respeto por el arte y sus artífices.

En mayo de 1911 Thomas Mann, consagrado como escritor a principios de siglo con su novela 'Los Buddenbrook', viajó a Venecia con su familia, instalándose en el Hotel des Bains del Lido. Durante esa estancia supo de la muerte de Gustav Mahler, sorprendiendóse por la presencia de un joven bellísimo, de tensa calma exuberante por su belleza en contraposición a sus hermanas, similares por su atuendo a monjas civiles.

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