"El objetivo de ETA era matarme, pero no lo cumplió"
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"El objetivo de ETA era matarme, pero no lo cumplió"

Adelantamos por su interés un extracto del libro 'Todos los futuros perdidos' (Plaza & Janés) en el que Eduardo Madina y Borja Sémper conversan sobre el final de ETA

Foto: Eduardo Madina durante su etapa como diputado en el Congreso. (EFE)
Eduardo Madina durante su etapa como diputado en el Congreso. (EFE)

Este jueves 7 de octubre Plaza & Janés publica 'Todos los futuros perdidos', el libro en el que el socialista Eduardo Madina y el popular Borja Sémper conversan con la periodista Lourdes Pérez sobre el fin de ETA y sobre la memoria del dolor de los años terribles en los que la banda marcó a sangre y fuego la historia de España. Adelantamos a continuación las páginas en las que Madina recuerda el atentado terrorista del que fue objeto.

El 19 de febrero de 2002, nueve años y ocho meses antes de decretar su adiós definitivo, ETA coloca una bomba lapa en los bajos de un Seat Ibiza negro aparcado en el barrio bilbaíno de Deusto. Es el coche que conduce a diario Eduardo Madina, dirigente de las Juventudes Socialistas de Euskadi, licenciado en Historia, veintiséis años; quizá aparezca descrito así en la ficha fúnebre de los etarras que le están vigilando. Son las ocho y veinte de la mañana y Madina sale en dirección al Fondo de Formación de Trapagaran donde realiza prácticas de atención a desempleados. Los terroristas han cargado su vehículo con medio kilo de dinamita Titadyne, oculta en un palier para hacerla indetectable si su víctima, como ya es obligada costumbre al no llevar escolta, echa un vistazo rutinario a los bajos del medio de transporte que tiene que utilizar para poder llegar al trabajo. Madina circula durante diez kilómetros con la muerte adosada a centímetros de su cuerpo. Hasta que el artefacto, activado por un sensor de movimiento, acaba estallando.

placeholder 'Todos los futuros perdidos' (Plaza & Janés)
'Todos los futuros perdidos' (Plaza & Janés)

—El coche explota cuando estoy camino del trabajo. Un martes de febrero. Un mes en el que ETA se doctora de nuevo. El contexto es un periodo de ataques de alta intensidad de la organización terrorista contra el socialismo vasco. Poco después de atentar contra mí, intentan asesinar a una concejala de Portugalete, una mujer maravillosa que se llama Esther Cabezudo, afortunadamente sin éxito. Y luego matan en Orio a Juan Priede, en vísperas de un congreso del partido en Euskadi con tres candidatos a la Secretaría General; un momento muy complicado para nosotros. Esa mañana de febrero me levanto tarde y no miro debajo del coche porque llueve mucho. Mucho es muchísimo.

—¿Lo tienes aparcado en la calle?

—Sí, en mi barrio, donde vivo con mis padres. Me digo: "Llego tarde, llueve, bah". Me encuentro ya muy cerca de la empresa donde trabajo, a unos doscientos metros, justo delante de una gasolinera —la estoy viendo ahora mismo— y, al terminar de salir de una rotonda, se produce la explosión. Fue un atentado clásico de ETA en el sentido operativo y nada clásico en su resultado. Porque, normalmente, los coches bomba cumplían con su cometido a todos los efectos. Hay pocas víctimas de un coche bomba que estén vivas. Los atentados con pistola son otra cosa, tienen otra mecánica, pero los coches bomba... Es raro que ETA no cumpliera con su objetivo. Que lógicamente no era que yo quedara vivo, sino matarme aquel día cuando iba a mi trabajo.

Es raro que ETA no cumpliera con su objetivo. Que lógicamente no era que yo quedara vivo

—Eres una víctima fácil. Sin guardaespaldas y sin garaje.

—El problema es que los planos se cruzan. Está el plano de las prevenciones contra la amenaza terrorista que opera, por ejemplo, en tu lugar de residencia y, luego, el plano cotidiano en el que resulta imposible aplicar todas las cautelas. No tengo garaje, vivo en un barrio de trabajadores, todo el mundo deja el coche en la calle... y no puedo decirle a mi jefe: "Voy a llegar los miércoles y los jueves cuando me dé la gana, los viernes y los lunes teletrabajaré, cambiaré los horarios a voluntad...". Nada de eso es una posibilidad. Debo entrar al trabajo a las nueve de la mañana y salir a las tres de la tarde. Todos los días. Y tengo muchas más rutinas. Por las tardes curso un máster de Recursos Humanos al que suelo ir andando. Al salir, a las ocho, me voy a entrenar con el equipo de voleibol siempre en el mismo sitio; no puedo decirle al entrenador que lo cambie. Es decir, el plano teórico de la seguridad no cuadra con la repetición cotidiana de las cosas. Y es en ese desajuste donde ETA mata. ¿Qué hago yo? Invierto el menor tiempo posible y calculo el menor riesgo posible. Pero sí, lo más fácil es atentar contra alguien sin escolta, que todos los días cubre las mismas rutas en el mismo coche, con los mismos horarios y con las mismas pautas.

—¿Notas todo en todo momento?

—Como para no notar algo así.

—Me refiero a si hay algo que te alerte, incluso un momento antes. Si no lo presientes.

—No, todo es completamente normal hasta el segundo anterior. La radio habla de Aznar, del proceso de paz en Oriente Medio, de la ilegalización de Batasuna... Un día normal y corriente. No noto absolutamente nada, todo es igual que siempre. En el momento en que explota el coche sí sé inmediatamente lo que ha pasado. El coche estalla de una manera nítida: es una bomba. No es un accidente, no es un fallo mecánico; no hay duda alguna. Consigo salir como puedo y entonces llega alguien. Le digo que se trata de un atentado y que, por favor, llame a una ambulancia. Que no tarda mucho porque mi empresa está en Sestao, no muy lejos del Hospital de Cruces. Así ocurre todo.

En el momento en que explota el coche sí sé inmediatamente lo que ha pasado

—¿Cuándo te percatas de que has perdido la pierna izquierda?

—Al salir del coche. Cuando veo las heridas. Y en la ambulancia medicalizada camino del hospital lo compruebo con el médico que va conmigo. Lo veo todo. Es fácil acertar.

—¿Te explican cómo es posible que salves la vida?

—Seguramente el artefacto está mal colocado y, seguramente también, me salva la altura, la mía. Porque con una persona de metro sesenta conduciendo más cerca del volante es probable que las consecuencias sean mortales. Creo que la distancia con las ruedas y el volante es lo que me salva. Medir un metro noventa y uno resulta determinante para que hoy esté con vida. Su error está ahí, entre que no colocan del todo bien la bomba y mi estatura.

—Sales del coche por ti mismo, pero te debates entre la vida y la muerte.

—Me quedo cuatro o cinco días en la UCI, donde amanezco al día siguiente de la explosión. Los médicos me mantienen allí porque mi evolución no está clara. Quizá se protegen también, ¿no? Porque la mayoría de los atentados de ETA han acabado como han acabado. Pasados esos días, me anuncian que me van a bajar a planta y todo empieza a mejorar de una manera muy nítida. Pero esos primeros días transcurren envueltos en una nebulosa. Al segundo siguiente sé que es un atentado de ETA, me llevan a una UCI después, siento dolores nuevos que no conocía; pruebo medicamentos que no he probado nunca, como la morfina. Todo entra en un terreno como de ficción, medio irreal. Yo tengo entonces veintiséis años y no hay nadie que pueda explicarme qué hacer en unas circunstancias como esas. Así que hago lo que puedo.

Tengo entonces veintiséis años y no hay nadie que me explique qué hacer en esas circunstancias

—¿No pierdes la consciencia en ningún momento?

—No.

—Estás despierto. Y tienes un rapto de lucidez como, según has relatado, no has vuelto a tener en tu vida.

—Completamente. Entro en un plano que no había visitado nunca. De hecho, he querido regresar ahí en otros momentos posteriores y no he sido capaz. Allí veo las cosas con una amplitud y un grado de enfriamiento que no he vuelto a alcanzar en ningún otro momento de mi vida.

—¿Le das la vuelta al atentado en ese instante?

—Lo identifico, lo racionalizo y lo enfrío muy pronto. Me concentro inmediatamente en salir de aquello. Lo hago consagrándome a una idea: mis días van a ser míos. ETA no va a quedarse con ninguno de ellos. Solo será suyo el 19 de febrero de 2002. Encapsulo en esa idea el atentado y por ahí encuentro un camino. Y lo veo con luz. Y me decido a recorrerlo. Es curioso, jamás he estado tan mal y, a la vez, jamás he tenido tanta capacidad para mirar tan de frente y de manera tan decidida unas circunstancias tan difíciles.

—¿Sientes en esos momentos miedo a morir?

—No lo recuerdo bien, aunque no, creo que no. Una vez despierto en la UCI, pienso que eso va a acabar saliendo bien.

—¿Habías pensado alguna vez en la muerte antes de ese día?

—Sí, lo había hecho, porque ya había asistido a muchos funerales y a muchas manifestaciones por los atentados de ETA. Había visto muy cerca la muerte, desde el asesinato de Enrique Casas hasta el del juez Lidón, un profesor muy querido en la Universidad de Deusto donde yo estudiaba. Había visto la muerte con múltiples formas, así que piensas en ella casi de manera obligatoria.

—¿Y qué relación mantienes con la muerte ahora?

—No pienso mucho en ella. Con la que quizá sí tengo una relación distinta, a partir de aquello, es con la vida. La enseñanza es evidente: conviene aprovechar el tiempo de la vida, de los días que te quedan. Esto a veces se me olvida y me lo reprocho, porque me tropiezo con tonterías. Hay que dotar de un mayor valor y de una mayor significación al sencillo hecho de vivir.

Sé que nunca voy a volver a alcanzar la lucidez de aquellos días

—¿Tú piensas a veces que han intentado matarte, quiero decir, es algo que esté muy presente en tu vida?

—No suelo acordarme de ello. Hay consecuencias físicas que, lógicamente, están ahí. Pero el día 19 de febrero de 2002 no está ahí, salvo cuando yo voy a buscarlo. No me busca él a mí, sino que yo lo busco a él. Voy a por él a veces, cuando leo algún asunto que tiene que ver con ETA o cuando recuerdo algo concreto relacionado con todo aquello. Ha pasado tiempo, casi veinte años, y este ha sido un periodo de maduración que ha jugado su papel.

—Y cuando regresas a ese día, a ese instante, ¿lo haces buscando la lucidez que no has vuelto a encontrar?

—No, tampoco, porque ya sé que no la voy a volver a alcanzar nunca. Me habría venido bien en algunos momentos políticos de mi vida, para saber mirar con un mejor enfoque, con la ventana más amplia... Pero no, la lucidez de aquellos días allí se quedó.

—Cuando se celebra el juicio por tu atentado, algunos años después, y entras en la sala de la Audiencia Nacional, ¿quieres encontrarte con ellos? ¿Ver a esos dos etarras allí sentados?

—Quieras o no, están ahí, porque tienen que estar presentes, encerrados en una especie de jaula de cristal. Cuando se acercaba la fecha de la vista oral, pensé en qué consistiría la sensación de tenerlos delante, de ponerles cara y ver cómo reaccionaban. Y la verdad es que la experiencia defrauda, porque no le encontré mucho valor a aquello. Primero me senté y ellos montaron su numerito habitual de discusión con el juez para que los echara de la sala; para no tener que estar presentes en los testimonios de los testigos. Después me formularon preguntas la Fiscalía y el juez, su abogado no lo hizo. No me generó ninguna sensación especial verlos allí, nada relevante; uno no tiene, en realidad, muchas ganas de andar encontrándose con gente como esa. Pero tampoco fue para tanto.

No me generó ninguna sensación ver a los terroristas; uno no tiene muchas ganas de andar encontrándose con gente así

—Estos tíos no consiguen matarte, pero el daño que te hacen es inmenso. Entre otras cosas, tú jugabas a voleibol y ETA truncó tu carrera deportiva, algo que formaba parte de tu identidad.

—Sí, era una actividad muy importante para mí, invertía en el voleibol muchas horas a diario, fines de semana viajando por toda España... Que el deporte se acabara para mí fue, claramente, el primer impacto o uno de los principales del atentado. El vóley salió de mi vida y durante unos cuantos años dejé, además, de mirarlo; dejé de quedar con mis compañeros de equipo porque me resultaba demasiado doloroso no ser ya uno de ellos. Y como no lo llevaba muy bien, dejé de verle la gracia al deporte. Luego, con el paso del tiempo, lo normalicé. Y algunos de mis mejores amigos eran y son compañeros de aquel equipo.

—Cuando escuchas a ETA hablar del daño causado y estas cosas, ¿qué significa para ti el reconocimiento del daño causado?

—En un plano general, político, histórico, te lo puedo definir porque lo tengo más trabajado. Pero en un plano más personal, no tengo claro qué es eso. En el plano general, sí veo necesario que el entorno político de ETA reconozca algún día todo el daño que produjo esa organización, como paso principal para otro que es el relevante: la enmienda a la totalidad de lo que hizo en su pasado. Porque el reconocimiento del daño causado lo puede proclamar cualquiera si usa palabras vacías y después no pretende hacer nada más con ello.

Las palabras, esta vez también, deberían preceder a las acciones. Pero ya digo que en el plano personal no lo tengo tan claro. No sé muy bien qué valor aporta. El daño provocado es evidente, no hace falta constatarlo.

—¿Tú no lo necesitas?

—No, porque no lo sé disociar de la realidad colectiva sufrida por mucha gente a causa de la violencia de ETA. En ese plano personal no me va a cambiar absolutamente nada. Es en el tránsito donde está la clave de todo y ese tránsito no es personal, es colectivo. Me interesa que suceda porque quiero que mi hijo Unax viva en un lugar donde jamás vuelva a cometerse un acto terrorista, como una salvaguarda de futuro, como un instrumento de no repetición ni en el País Vasco ni en España. Pero en el plano más personal le he dado vueltas y no termino por adivinarle una especial relevancia. A lo mejor la tiene y necesito más tiempo, otros enfoques o hablarlo con gente que lo tenga elaborado de distinta manera que yo. Pero necesitarlo, no lo necesito mucho, la verdad.

Sentí mucho más miedo a que volvieran después del atentado que a que vinieran antes del atentado

—Durante un tiempo, dejaste de salir de casa.

—Sí, una temporada larga. De hecho, hay zonas de Bilbao a las que he vuelto muy poco, aunque ya no tienen que ver con todo aquello. Pero son zonas que formaron parte de la geografía de mi miedo personal. Como si algunos paisajes urbanos contuvieran todavía en su interior las historias de otro tiempo. Y aunque ETA ya no existe, no las veo del todo liberadas de peso. Esa geografía sigue siendo muy evidente para mí, tiene forma: son algunos pueblos de Gipuzkoa, lugares de mi ciudad natal... Son experiencias tan relevantes que marcan de una manera acojonante.

—¿Como el temor a que ETA regresara para rematar el trabajo?

—Yo sentí mucho más miedo a que volvieran después del atentado que a que vinieran antes del atentado. Y durante el primer año o los dos primeros años, aquello fue recurrente, fue muy relevante en mí. De hecho, mantuve conversaciones sobre ello, no te diré cotidianas, pero sí varias —y varias son bastantes—, con los escoltas. "¿Consideráis que hay opciones de que vuelvan? Y si vuelven, ¿cómo lo harán?", les preguntaba. Eso estaba todo el rato orbitando a mi alrededor. Crees que como han atentado una vez contra ti, van a volver a hacerlo. Aunque no existen precedentes, que yo sepa, de varios atentados contra la misma persona. Pero ETA estaba ensayando nuevos límites, nuevas fronteras del horror, así que todo era posible. El miedo distorsiona las emociones, el análisis, la percepción. Tiene un enorme poder.

Eduardo Madina Terrorismo