El Real vuelve con una Cenicienta 'kitsch' y caótica
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El Real vuelve con una Cenicienta 'kitsch' y caótica

La reina Sofía y las cámaras de TVE dan testimonio de un montaje histriónico de 'La Cenerentola' (Rossini) en el que brilla la batuta de Riccardo Frizza

placeholder Foto: Los actores Carol García (Tisbe), Renato Girolami (Don Magnífico) y Rocío Pérez (Clorinda), durante un ensayo de 'La Cenerentola'. (EFE)
Los actores Carol García (Tisbe), Renato Girolami (Don Magnífico) y Rocío Pérez (Clorinda), durante un ensayo de 'La Cenerentola'. (EFE)

Correspondió a la emérita Sofía inaugurar este jueves la temporada del Real, no porque le estuviera reservado el papel de amadrinar el estreno de 'La Cenerentola' (Rossini), sino porque el viaje de los Reyes titulares a La Palma precipitó la sustitución de última hora en el palco y justificó los honores que le concedió el público antes de prorrumpir el himno de España.

La voluntariosa marcha de granaderos servía de placebo para solemnizar el trance de la apertura. No solo para disfrute de los melómanos presentes, sino para todos aquellos espectadores que decidieron enchufarse a La 2 en directo. Tiene sentido enfatizarlo porque la televisión pública justificaba sus obligaciones de Estado con la divulgación cultural y porque el Real responde a la idiosincrasia orgánica de un teatro nacional. Se entiende así la elección de una ópera 'para todos los públicos' y la apuesta de una producción amable, sobrecargada de gags y de atenciones visuales, incluso expuesta a un insólito caso de actualidad coyuntural.

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Foto: EFE/Teatro Real, Javier del Real.

Resulta que la 'première' de 'La Cenerentola' ha coincidido con el estreno de la nueva versión de “La Cenicienta” en los estudios de Amazon. Y resulta menos curioso que una y otra producción se hayan relamido en el oportunismo de las opciones correctamente extravagantes.

La película de Amazon otorga el papel del hada a un varón negro —el hado padrino— y transforma a la heroína una suerte de empresaria empoderada, mientras que la producción 'kitsch' de Stefan Herheim convierte Angelina —así la llama Rossini— en la mujer de la limpieza de un teatro, una curranta del siglo XXI rodeada de pelucones y terciopelos dieciochescos.

Las transgresiones pueden entenderse y deben observarse con toda indulgencia, entre otras razones porque carece de sentido hablar de una Cenicienta ortodoxa o canónica. El origen mito se remonta a un remoto cuento egipcio al que han dado forma todas las culturas euroasiáticas. Hay versión china e india. Tradición oral torrencial. Y referencias literarias específicas que jalonan las versiones publicadas de Gianbattista Basile (1634) y de los hermanos Grimm (1812), aunque la referencia de mayor prestigio obedece a 'La Cenicienta', de Charles Perrault (1697).

Es el antecedente a la que ha acudido con toda suerte de libertades la nueva película de Amazon y el punto de partida de 'La Cenerentola' de Rossini, aunque el propio compositor italiano dispuso a su antojo de la fábula, no ya renunciando al zapato del encantamiento, sino sustrayéndose a la trama sobrenatural del hada madrina y sacrificando la figura de la madrastra.

Semejantes correcciones no procedían de la arbitrariedad, sino de las limitaciones técnicas, presupuestarias y hasta vocales. Se trataba de improvisar. Y de responder a la emergencia contractual con que hubo de componerse la ópera. Lo que sí hizo Rossini fue perfilar un personaje femenino mucho menos cómico y frívolo de cuanto lo ha concebido el montaje caótico de Herheim en el Real. Se trata de una ópera bufa, de acuerdo, una obra maestra del género, un caso insólito de fertilidad creativa, de audacia teatral, de inspiración melódica, pero se diría que el compositor italiano revestía a Angelina de toda la melancolía de un personaje serio, suspendido entre la realidad y el sueño. Incluso precursor de las heroínas románticas que estaban por llegar, empezando por 'La donna del lago'.

Rossini había cumplido 25 años y escribió la ópera en tres semanas. Y no tuvo reparos en abastecerla con el reciclaje de unos cuantos pasajes de 'La Gazzeta' y hasta de 'El barbero de Sevilla'. Era su manera de trabajar. O la manera de trabajar en aquellas coyunturas provisionales, pero bien puede decirse que las presiones y las urgencias del tiempo estimularon la creatividad del genio. Prefería escribir una partitura nueva antes que recoger la que se le había caído al suelo, como suscriben algunas leyendas.

Las burbujas de Rossini excitan la producción escénica que ha abierto este jueves en el Real. No solo aportando el prodigio de la partitura, sino adquiriendo una dimensión corpórea, pues el montaje de Herheim lo convierte en 'deus ex machina', en una figura oronda y alada que espía y escruta el drama, velando por la dicha de su Cenicienta' y contribuyendo al espíritu histriónico y delirante del montaje. Herheim dispone de todos los medios técnicos, logísticos y tecnológicos con los que no pudo contar Rossini en el fallido estreno del Teatro Valle de Roma. Por eso convenía de vez en cuando cerrar los ojos, distanciarse de toda la 'información' que trasladaba la escena, abstraerse de las fallidas coreografías.

Foto: Carmen Lomana. (Limited Pictures)

Y reparar así en la esmerada dirección musical de Riccardo Frizza, gran especialista del repertorio rossiniano y artífice de una lectura trepidante, dinámica, matizada y sensible al vaivén de los cantantes. Los mecía Frizza desde el foso. Especialmente en el dúo amoroso del primer acto y en el aria del segundo con que Karine Deshayes rompió el encantamiento: la Cenicienta se despierta del sueño y se resigna a la fregona. Así lo decide Stefan Herheim después de tanto mareo narrativo.

Era la mezzo francesa, por fuerza, la protagonista del estreno. No le sobra el carisma ni le ayuda la indumentaria con que la viste Herheim, pero dispone de suficientes recursos pirotécnicos y enjundia canora. Así quiso reconocérselo el público en el reparto de las ovaciones. No es que retumbara el teatro en el desenlace del espectáculo, pero la amabilidad de la noche inaugural sirvió para recompensar la valentía del tenor, Dmitry Korchak, la personalidad del barítono, Floren Sempey, y la desigual competencia de los personajes secundarios en presencia de las cámaras de RTVE. ¿Y si el 'share' del jueves noche nos diera una sorpresa?

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