¿Y tú qué harías por salvar la vida de tu hijo?
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¿Y tú qué harías por salvar la vida de tu hijo?

Sean Bean y Stephen Graham protagonizan el 'thriller' carcelario de 'Condena' (Movistar), una sórdida trilogía sobre la rutina, tristeza y claustrofobia de una prisión de provincias

Foto: 'Condena' se puede ver en Movistar.
'Condena' se puede ver en Movistar.

El marasmo de la oferta de series que prodigan las plataformas tanto abruma al espectador como le constriñe a mecanismos selectivos de supervivencia. Por eso procede fiarse del sello de calidad que propone la BBC. Y por la misma razón resulta procedente alistarse a los tres capítulos de 'Condena', más todavía cuando la miniserie en cuestión (Movistar) expone la sordidez de una cárcel británica y reúne en el reparto a Sean Bean y Stephen Graham.

El patriarca de los Stark ('Juego de tronos') y el Al Capone de 'Boardwalk Empire' son los protagonistas de un juego de espejos que contrapone la vida del presidiario y del carcelero. El primero, profesor universitario alcoholizado, expía una sentencia por haber matado a un ciclista en un accidente de tráfico. Y el segundo, un funcionario ejemplar e íntegro, se encuentra en la tesitura de saltarse todas las normas para salvar la vida de su hijo, presidario en otra cárcel y expuesto a la extorsión de un feroz clan mafioso.

placeholder Fotograma de 'Condena'.
Fotograma de 'Condena'.

No contaremos más cosas respecto a la trama porque todavía no han prescrito los 'spoilers', pero no reviste peligro alguno reconocer los méritos estéticos y narrativos que trasladan la angustia y la claustrofobia de los personajes primarios y secundarios. Una cárcel de provincias. Una grisura que cala en los huesos. Y un estado permanente de tristeza.

La serie expone con aire clásico las leyes darwinistas que operan en una penitenciaría, el instinto de supervivencia, la violencia

Nadie sonríe un solo instante en la trilogía de 'Condena', porque tampoco hay razones para la diversión. La serie expone con aire clásico las leyes darwinistas que operan en una penitenciaría, el instinto de supervivencia, la violencia entre los presos, los favores debidos y cobrados, la impunidad de los clanes, las drogas, aunque el mayor vuelo proviene del carisma deprimido de los protagonistas. Sean Bean y Stephen Graham impresionan en la economía de medios y en la tensión psicológica. Gravitan ambos en la dialéctica del crimen y el castigo. Y a ambos les desafía el conflicto de la integridad. Por eso el profesor ebrio asume su condena sin concederse alivio ni atenuantes, como un tormento. Y por la misma razón, el carcelero se expone a la mayor angustia deontológica: venderse al clan que gobierna la cárcel o aceptar el sacrificio de su hijo.

Todo por un hijo

¿Qué seríamos capaces de hacer por salvar a nuestro hijo? Es una de las cuestiones que sacuden este inquietante 'thriller' carcelario. Y no la única, pues, más allá de los estereotipos narrativos que habitan en una prisión, la serie plantea y se plantea cuáles son los límites del perdón y de la clemencia, especialmente en la confrontación de los reos con las víctimas.

Es el contexto en que destaca e impresiona el papel de Siobhan Finneran. La hemos visto en todas las series que nos importan —'Downton Abbey', 'Happy Valley'—, pero aquí desempeña el papel de una monja que intercede entre los presos y las víctimas de sus fechorías. Participa Finneran de la atmósfera de resignación. Y se incorpora al ritmo desesperante de tiempo.

placeholder Fotograma de 'Condena'.
Fotograma de 'Condena'.

'Time' (tiempo) se llama originalmente la serie de que hablamos. La ha concebido Jimmy McGovern y tiene sentido el título porque los tres capítulos describen hasta qué extremo la rutina abrumadora desdibuja el transcurso de los minutos, de las horas, de los días, de las semanas y de los años.

Sin pretenderlo, 'Condena' es un escarmiento preventivo a la tentación de delinquir

Sin pretenderlo con fines pedagógicos, 'Condena' es un escarmiento preventivo a la tentación de delinquir. Incluso a la oportunidad de pasar una sola noche entre las paredes de la prisión inglesa de Shrewsbury. Viene a cuento decirlo porque la cárcel existe de verdad. Y porque su transformación en plató cinematográfico y en atracción turística ofrece la posibilidad de transcurrir una noche en una de las celdas.

Ocuparla parece una frivolidad. No ya porque resulta obsceno jactarse de haber estado en el camastro de un violador, de un asesino o de un evasor fiscal, sino porque es una falta de respeto no ya a la víctimas y a los victimarios, sino a las familias descoyuntadas de los unos y de los otros.

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