Siempre nos quedará Ridley Scott: sorprende en Venecia con un gran 'Rashomon' medieval
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78 edición de la mostra

Siempre nos quedará Ridley Scott: sorprende en Venecia con un gran 'Rashomon' medieval

'Duelo final' cuenta la historia basada en hechos reales del enfrentamiento entre dos caballeros franceses en el siglo XIV

Foto:  Ridley Scott en Venecia (Reuters)
Ridley Scott en Venecia (Reuters)

Ojos abiertos y mano tensa, aún hoy día Ridley Scott se alza como el gran clásico, el mayor afianzador de imaginarios del cine de estudio, quizás el último ejemplar de una forma de hacer y pensar las películas que se encuentra ya en peligro de extinción. Los años corren, la industria modifica su aspecto, cambian los temas, las voces y, sin embargo, las historias de Scott hablan tan claro como siempre. No es solamente él, claro: usamos su nombre como quien apela a un estilo, a una escuela que promete y da según unos principios fundamentales. La Academia, con sus más y sus menos. A su lado, caminan hoy Matt Damon, Ben Affleck y Nicole Holofcener, guionistas y también productores de su última película, 'Duelo final'. La propuesta, que llegará a cines en unas pocas semanas, cerró esta mañana la retahíla de taquillazos que han dado forma a esta 78ª edición de la Mostra.

Tráiler de 'Duelo final'

Damon, Affleck y Holofcener proponen en 'Duelo final' un ejercicio de escritura interesante. Parten de una historia real, documentada por el historiador Eric Jaeger en 'El último duelo' (Ático de los libros), según la cual en el siglo XIV dos caballeros franceses, Jean de Carrouges (Matt Damon) y Jacques Le Gris (Adam Driver), mejores amigos, se batieron en duelo como respuesta a la denuncia que Marguerite (Jodie Comer), la esposa de De Carrouges puso sobre Le Gris, acusándolo de haberla violado. Pero lo que podría haber sido un espectáculo que anudase intimidad con épica, a la manera de la ya añeja 'Gladiator', deviene pronto un ensayo, una tentativa para demarcar la naturaleza y las características de una voz narrativa, como elemento expresivo pero también prisma vivencial. Damon escribirá una versión de una misma historia, Affleck otra, otra más Holofcener, y sus tres plumas pondrán ojos y estómago a De Carrouges, a Le Gris y a Marguerite, respectivamente. Como preocupada por su propia claridad, la película se divide en tres actos de título informativo (“La verdad según...”), dando paso en el último segmento a “La verdad”, a secas. Esta equivale –cómo no– a la perspectiva de Marguerite, que desbarata el grueso de los episodios anteriores y convierte la certeza que acompañaba la narración de sus hechos en mero polvo de sensaciones, siempre verdades a medias.

Foto: El último duelo.

Aunque obtengamos cierto placer escondido tras el ejercicio ordenado de revisión y remezcla de un mismo hecho, lo que salva a la estructura de caer fulminada por la rigidez excesiva de su molde son aquellas pequeñas pistas que, a lo largo de todo el triple relato, nos dan prueba de la poca fiabilidad de sus narradores. Enfrentados a la forma perfecta de los más idílicos romances de caballerías, surgen destellos que cuestionan si, por ejemplo, la versión de Jean de Carrouges es acaso tan unívoca como parece. Son pistas que nos incitan a ir más allá. Cuando Marguerite explique a su marido el crimen de su amigo, una pregunta poco sensible, en un momento poco adecuado, pondrá en duda las prioridades reales de su marido. De forma parecida, ¿cómo no tomar a los ojos llorosos de Marguerite con el mismo peso que las palabras grandilocuentes del hombre que la acompaña? En el cine, las miradas nunca mienten. Fuera de la pantalla, las mujeres llevan demasiado tiempo callando verdades a gritos.

Aquello que no se dice

La clave para acceder a la riqueza que se esconde tras el clasicismo de Scott proviene, entonces, de aquello que no se dice pero se siente, de aquella información que no necesita de ningún narrador porque es por sí sola. Si la verdad se halla en aquello que existe y ya está, esta solo podrá afianzarse en el único elemento que no muta nunca en pantalla, que sobrevive al salto caprichoso entre capas narrativas. Hoy confiaremos solo en el cuerpo de los intérpretes. La figura de Matt Damon es entera: musculosa pero no demasiado, tiene ojos claros y mentón alzado, se mueve a pecho descubierto y pasos firmes. Encarna en sí misma el prisma idealista de un cowboy, de un colono adentrándose en tierras lejanas.

Driver tiene la capacidad de revelar que tras su semblante helado corren fogonazos de energía

La contraposición de su cuerpo con el de Adam Driver descubre que la sonrisa de la cara luminosa de Damon no era más que rigor mortis. Contenido y hierático, Driver (que aún copa carteleras con su masculinidad peligrosa en Annette) tiene la capacidad de revelar, casi como si se tratara solo de un accidente, que tras su semblante helado corren fogonazos de energía. De mano firme, camaleónica, Driver ha demostrado que podría echar por los suelos, con la libertad de un auténtico espíritu dionisíaco, la estabilidad de toda etiqueta, clase y, en definitiva, de todo juicio. Que en' Duelo final' esgrima esta energía, pero solo por accidente, convierte cualquier gesto mínimo en un auténtico tour de force.

Al lado de estos gigantes, Ben Affeck, que da vida al sádico conde Pierre d'Alençon (sádico superior de Le Gris), queda reducido a la anécdota, o peor: a la parodia. Las botas amarillas de este aristócrata son demasiado chillonas para tener el coraje de pisar a alguien, su cabellera luce un rubio demasiado platino para maquinar más que tretas. Pero ni él será el verdadero villano de la película, ni el “último duelo” al que refiere el título será el punto y final de esta historia. La violencia contra Marguerite, contra todas las otras mujeres, está tan enhebrada en las fibras íntimas del sistema que resulta imposible resolverla con un combate y nada más. Tampoco lo hará una simple película, por muy buena que sea. Abandonemos ya nuestras butacas.

Ridley Scott Matt Damon