Los claroscuros de la incomparable Mercè Rodoreda
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Los claroscuros de la incomparable Mercè Rodoreda

La controversial vida de la catalana se vio envuelta en un matrimonio no deseado, el exilio, el abandono de su único hijo y el olvido de parte de la crítica literaria actual

Foto: Mercè Rodoreda
Mercè Rodoreda

'Aloma' es una novela deslumbrante, con algunos de los párrafos más brillantes de ese género único llamado novela de Barcelona. Mercè Rodoreda la publicó durante la Guerra Civil, revisándola y acortándola a finales de los años sesenta. El paseo bajo la lluvia de su protagonista por el centro de Barcelona es de altísimo voltaje literario por una belleza mágica, dotada del don de transportar al lector a esas calles mojadas de una jornada cualquiera.

En esa ficción tiene una importancia fundamental una figura popular en la Catalunya de principio de siglo XX: el tío de América. La narradora sabía muy bien del tema, por vivirlo en sus propias carnes.

La autora de 'Mirall trencat', título con enorme carga simbólica en torno al cambio acaecido en el arte de novelar, nació en la Ciudad Condal el sábado 10 de octubre de 1908, en el seno de una familia afincada en una villita del barrio de Sant Gervasi, justo al lado de una riera devenida más tarde la calle Balmes, una de las principales arterias hacia el Eixample.

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Rodoreda junto a su abuelo en Sant Gervasi

El paterfamilias del clan era el abuelo, un entusiasta catalanista desde lo literario, tanto como para contagiar a los padres de la criatura de esos ideales. En el jardín de la casa se instaló un altar a Jacint Verdaguer. Los Gurguí Rodoreda eran bastante excéntricos, muy felices y derrochadores, paliándose su tendencia a lo manirroto por cierta comprensión de los vecinos.

Su gran esperanza para solucionar sus penurias económicas era Joan, hermano de la madre, emigrado a la próspera Argentina en busca de fortuna a mediados de 1909, poco antes de la Semana Trágica.

Las nupcias pudieron celebrarse a través de una dispensa papal por el grado de consanguineidad entre los cónyuges

Durante su ausencia todo fue como la seda pese a las dificultades monetarias. Mercè acudió a la escuela de los siete a los diez años, sacándola del centro pese a sus extraordinarios resultados académicos por poder aprender, un disparate como la copa de un pino, entre los suyos. Más tarde, la niña afirmó aquello de la felicidad termina a los doce años, momento donde en su singladura se juntó la muerte del yayo y el regreso de ese tío de Ultramar, decidido a imponer austeridad y orden dentro del desbarajuste, como si el retorno del hijo pródigo se hubiera tornado en pesadilla por virar de la ensoñación a la absoluta crudeza de la realidad, a la postre aceptada, muy a regañadientes según parece, con el matrimonio entre Joan y Mercè justo el día en que ella cumplía veinte años. Las nupcias pudieron celebrarse a través de una dispensa papal por el grado de consanguineidad entre los cónyuges, separados, entre muchas otras cosas, por catorce años de edad y una visión diametralmente opuesta de cómo cultivarse en el mundo.

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Rodoreda en su juventud

Un limbo entre un viento único

La relación estaba condenada al fracaso, como así aseveró el inclemente paso del tiempo. Al cabo de nueve meses nació Jordi, hijo único de la pareja, protagonista, como veremos más tarde, de uno de los episodios más turbios y omitidos en el perfil de la escritora, en la actualidad, algo arquetípico de un país devoto de las obras y más bien reacio a las biografías, canonizada por activa y pasiva por su valor literario, sin mácula al ponderarse sus letras, como si toda su construcción fuera una mera nota a pie de página.

placeholder Mercè Rodoreda y su único hijo, Jordi
Mercè Rodoreda y su único hijo, Jordi

Los años treinta fueron muy propicios para una cultura catalana en auge desde el decenio anterior, cuando la Dictadura de Primo de Rivera consolidó un modelo muy poderoso en lo literario, bien respaldado por el auge de la prensa escrita. La proclamación de la Segunda República, con ese aire nunca antes respirado de La plaça del Diamant, lo propulsó más si cabe, insertándose Rodoreda en el mismo tanto desde la radio como por su vis de articulista y novelista, si bien a posteriori rechazó toda la producción de ese periodo, salvo 'Aloma'.

Pese a no posicionarse en ninguno de los grupos hegemónicos emprendió el camino del exilio

El estallido de la Guerra Civil la encontró en plena crisis matrimonial. Desde 1937 trabajó como correctora de catalán en el Comisariado de Propaganda de la Generalitat de Catalunya. Pese a no posicionarse en ninguno de los grupos hegemónicos emprendió el camino del exilio en un bibliobús de la Institución de las Letras Catalanas. Abandonó Barcelona el 23 de enero de 1939, y el vehículo le proporcionó un rápido camino hacia la frontera, a diferencia de muchos otros republicanos, con toda probabilidad más amenazados por el peligro de represalias por la escandalosa Ley de Responsabilidades Políticas. Atrás dejó a Jordi, su hijo de nueve años, bien resguardado junto a su abuela en esa Barcelona terrible y por suerte siempre más estudiada, la de los años cuarenta sin luz, miedo a terminar en el camp de la Bota, centro de fusilamiento hasta 1952, y la perpetua inseguridad ante el mañana.

Veinte años para definirse

Esa huida topó de nuevo con la convulsa Historia del Novecientos, aliviada por el flechazo con Armand Obiols, 'nom de plume' de Joan Prat, miembro del vanguardista Grup de Sabadell. Hasta la invasión nazi, el grupo de literatos del Principado se instaló en la placidez de un castillo del siglo XVII en Roissy-en-Brie, en parte gracias al auxilio del Comité de ayuda a los escritores españoles, presidido por André Gide.

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Mercè Rodoreda con su pareja, Armand Obiols

Junio de 1940 marcó la separación de los exiliados, muchos de ellos hacia México, mientras Rodoreda y su gran amor optaron por permanecer en Francia, donde él fue el sustento económico gracias a su trabajo vinculado al ministerio de Trabajo francés tras ser liberado de una cantera en las cercanías de Burdeos.

La derrota nazi allanó su senda, trasladándose a París en 1946. Durante esos dos decenios Rodoreda experimenta. Obiols es contratado por la UNESCO en 1951 y ambos alternan la ciudad de la luz con Ginebra, en una particular situación si se atiende a la leyenda de esa época, tan surcada de un sufrimiento colectivo, aquí si se quiere muy relativo, con ella dedicada a perfeccionar su prosa, pintar durante un quinquenio, presentarse y ganar los Juegos Florales y, al fin, acariciar un reconocimiento tardío en el cierre de la década de los años cincuenta al ser galardonada en 1957 con el Víctor Català por sus cuentos y publicar con frecuencia en el renacido universo editorial catalán, reacio a colmarla de todos los parabienes al negarle en 1960 el prestigioso Premio Sant Jordi, al que se presentó con 'Colometa', versión previa de su inolvidable 'La plaça del Diamant'.

El éxito y la oscuridad

Sin embargo, Joan Fuster, miembro del jurado, apreció la narración, enviándola al Club de Novelistas, dirigido por el asimismo escritor, autor de la imprescindible 'Incerta Glòria' (Club Editor, 1956), Joan Sales, quien a partir de ese momento fue el gran valedor de Rodoreda. Su colaboración, sin menospreciar la devoción de Obiols, fue fundamental para catapultarla al éxito.

placeholder Rodoreda en la Plaça del Diamant
Rodoreda en la Plaça del Diamant

'La plaça del Diamant' (Club Editor, 1962) es una novela de dimensión mundial; en ella su autora demuestra un prodigioso dominio de la lengua, salvándola de ese corsé aún presente en mucha literatura catalana, donde a lo escrito le cuesta muchísimo plasmar la evolución léxica de la cotidianidad. Esa carencia de lo biográfico ha suscitado pasiones en estudiosos y lectores, fascinados por esa capacidad de plasmar la joya del Mediterráneo con tanta solvencia, como si ella fuera Joyce y escribiera cartas a sus allegados para recordar los detalles de la urbe. Esto tiene trampa, pues Rodoreda viajó con relativa frecuencia a Barcelona, hasta comprarse un piso a la vera de sus dominios infantiles, siempre sembrada de nostalgia por ese pasado idealizado.

Tras el 'Diamant', a posteriori adaptada el cine en una mal envejecida adaptación de 1982, llegó el turno de 'El Carrer de les Camèlies' (Club Editor, 1966), otra gran novela de Barcelona con la curiosa anécdota de su título, poético sin duda y relativo a una calle fronteriza entre el Baix Guinardó y Can Baró. En una visita en 1963 documenta cómo el pasear ese espacio le provocó una enorme desilusión por imaginarla floreada, cuando más bien era víctima del urbanismo indecente del Ayuntamiento de José María de Porcioles, alcalde entre 1957 y 1973.

'El Carrer de les Camèlies' y 'Últimas tardes con Teresa' son libros complementarios al abordar periferias desde postulados muy distintos

'El Carrer de les Camèlies' vio la luz en 1966, en coincidencia con 'Últimas tardes con Teresa' (Seix Barral, 1966), de Juan Marsé. Si se quiere, son libros complementarios al abordar las periferias desde postulados muy distintos. Las barracas de Rodoreda son un tránsito para abrazar la ruta hacia el Eixample, donde Cecilia Ce malvive ante el sadismo de sus compañeros, mientras en 'Últimas tardes' la dualidad de las Barcelonas y la utopía de reconciliarlas tiene un cariz ideológico mucho más profundo.

placeholder Vivienda de Rodoreda en Romanyà de la Selva
Vivienda de Rodoreda en Romanyà de la Selva

Los sesenta son una encrucijada en todos los sentidos para Mercè, triunfales en su cometido profesional, traducida a múltiples idiomas, y nefastos en lo personal con la muerte de su esposo, la madre y el adiós definitivo a tratar con un hijo, de quien se despidió tras transcurrir una noche juntos, discutiendo por una herencia. Poco después Jordi fue ingresado en un psiquiátrico de Reus, diagnosticado en 1976 de esquizofrenia.

La guinda a todas estas calamidades ocurrió en el lecho mortuorio de Armand Obiols, exánime en Viena el 15 de agosto de 1971, acompañado en su agonía por otra mujer.

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Estatua de la Colometa en la Plaça del Diamant

Todos estos traumáticos pasajes no entorpecieron la carrera hacia la cima de Mercè Rodoreda. Con la muerte de Obiols volvió a España y vivió en un chalé de Romanyà de La Selva, en el Baix Empordà, hasta 1979, cuando se hizo construir una vivienda con un frondoso jardín en la misma localidad. Durante esa década se registra la efeméride de uno de sus nietos visitándola durante pocas horas, hasta ser despachado por lo acuciante de continuar con la escritura. Falleció de un cáncer de hígado en 1983, y, a diferencia de Josep Pla, siempre ha gozado de unanimidad cultural en Catalunya. En la plaça del Diamant de Gràcia una estatua de la Colometa, Natalia en el registro, la recuerda, con los adultos aprovechándola para sentarse y los niños ufanos por poder dejar reposar sus balones en el pie del bronce. En esa ágora el personaje grita tras atreverse a cruzar el carrer Gran de Gràcia y encarar de frente el pasado, como debería hacerse con su autora, pues nadie es santo y todos estos claroscuros, aún demasiado desdibujados, sólo pueden enriquecer su inestimable valía.

Novela Generalitat de Cataluña Siglo XX
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