La histeria y la mitomanía excitan la 'Tosca' del Real
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La histeria y la mitomanía excitan la 'Tosca' del Real

Clamores y fetichismo en el regreso de Jonas Kaufmann y Anna Netrebko, aunque corresponden al maestro Luisotti el mérito y la emoción de la trama sonora

placeholder Foto: Anna Yúrievna Netrebko y el barítono italiano Luca Salsi, durante su interpretación de la opera 'Tosca', de Giacomo Puccini, en el Teatro Real de Madrid. (EFE)
Anna Yúrievna Netrebko y el barítono italiano Luca Salsi, durante su interpretación de la opera 'Tosca', de Giacomo Puccini, en el Teatro Real de Madrid. (EFE)

Tiene sentido que las primeras entradas en agotarse de 'Tosca' correspondieran a las funciones de Jonas Kaufmann (19 y 22 de julio) y de Anna Netrebko (22 y 24). El tenor germano y la soprano rusa representan la cima del escalafón operístico. Y nadie reparó en ellos la última vez que cantaron una ópera en Madrid. Kaufmann intervino en una función semiclandestina de 'La clemenza di Tito' (Mozart) en 1999. Netrebko lo hizo en el reparto de 'Guerra y paz' (Prokofiev) hace ahora 20 años.

Tiempo han tenido de consolidar su reputación de primeras estrellas. Y de regresar al Real convertidos en objetos de culto y de mitomanía, a semejanza de los divos de antaño. Pasión en las gradas. Revuelo en los camerinos. Fans y 'groupies' apostados en la entrada de artistas.

La sugestión y el histerismo forman parte del gran espectáculo. Bien pudo experimentarlo Kaufmann cuando el foro le reclamó el bis

La sugestión y el histerismo forman parte del gran espectáculo. Bien pudo experimentarlo Jonas Kaufmann cuando la melomanía del foro le reclamó el “bis” en el aria del tercer acto. No dejaban de aplaudirle. Sepultaban al tenor con bravos y clamores. Kaufmann reaccionó al plebiscito. Y convino con el maestro Luisotti la oportunidad de hacer un bis. Tan grande era el alboroto. Y tan estupefacto, el gesto del tenorísimo abrumado por la devoción.

Podemos comprender la sorpresa de Kaufmann. Nadie mejor que él mismo conoce la precariedad con que interpretó 'E lucevan le stelle'. Más que cantar el aria, la balbuceaba. Y la exponía a una versión inaudible e introspectiva, como si fuera un lied de Hugo Wolf. Y como si el recurso del intimismo le permitiera encubrir todas las limitaciones canoras.

placeholder La soprano norteamericana Sondra Radvanovsky. (EFE)
La soprano norteamericana Sondra Radvanovsky. (EFE)

Costaba trabajo reconocer la autoridad vocal de Kaufmann, su antigua carnosidad y valentía. Se diría incluso que no estaba cantando el aria a voz. Y que resolvía el aria con las precauciones de un ensayo, aunque unas y otras dificultades no contradijeron la euforia popular. Más que escucharse a Kaufmann, se veía a Kaufmann. Y se le atribuían las facultades y las proezas de su imponente carrera. El emperador estaba desnudo, pero el público de Madrid lo revistió de sedas y damascos, hasta el extremo de forzarle a repetir el aria, como si estuviéramos delante de un episodio histórico.

También a Radvanovski la han constreñido estos días a repetir el aria de 'Vissi d’arte'. Con más razones que a Kaufmann

“Bis, bis, bis…”. El griterío y el fetichismo del público 'realense' ha convertido en rutina y en trámite administrativo la situación extraordinaria que antaño exigía la repetición de un aria. Bien lo sabe Sondra Radvanovsky, gran protagonista de las funciones de 'Tosca' en Madrid y artífice de un 'pathos' musical y teatral que merece recordarse como un hito. Mérito de la técnica, del color y del dolor. Y de la credibilidad acongojante con que asistimos a las angustias del personaje. También a ella la han constreñido estos días a repetir el aria de 'Vissi d’arte'. Con más razones que a Kaufmann. Y con una devoción que ponía a prueba las comparaciones con 'la' Netrebko.

La soprano rusa regresaba a Madrid para defender la corona, no ya provista de sus cualidades de sugestión, sino consciente de una plenitud vocal que deja en mayor evidencia la decadencia en que se encuentra Kaufmann.

placeholder La soprano rusoaustrica Anna Yúrievna Netrebko y el tenor de Azerbaiyán Yusi.(EFE)
La soprano rusoaustrica Anna Yúrievna Netrebko y el tenor de Azerbaiyán Yusi.(EFE)

Netrebko es la diosa de la ópera. No solo cuando canta. O cuando se ensimisma en los temblores de Tosca con la belleza del timbre. También cuando ejerce su poder. Lo demuestra el impuesto revolucionario que hay que pagar para escucharla. Y no hablamos del sobreprecio de la reventa, sino de la asiduidad con que impone al marido, Yusif Eyvazov. Un tenor correcto, profesional. Y un requisito imprescindible con el que transigen los teatros pequeños, los medianos y los grandes: “No Yusif, no party”.

Es la tasa conyugal que la melomanía debe sufragar a cambio de escuchar a la diva. Y no es que Eyvazov se resigne a la modestia de los papeles pequeños, no. Netrebko lo impone como 'partner' y estrella. Si ella es Tosca, Yusif es Cavaradossi. Resolvió con oficio las arias sublimes de Puccini, pero los espectadores del Real no le reclamaron el privilegio del bis.

No es que Eyvazov se resigne a la modestia de los papeles pequeños, no. Netrebko lo impone como 'partner' y estrella

Y sí se lo reclamaron a su esposa, aunque Netrebko declinó ofrecerse a la voluntad popular. Era su manera de marcar distancias. Más la aplaudían e idolatraban, más se resistía a cantar de nuevo 'Vissi d’arte'. Buscaba la mirada del maestro Luisotti en el foso. Y le conminaba a retomar la partitura, malogrando así la expectativa de participar en “otra” velada histórica.

Poderosa Netrebko. Tan poderosa que hizo lo que quiso con la dramaturgia de Paco Azorín. Se desenvolvió a su antojo por el escenario. Y se desquitó de cualquier disciplina narrativa. Porque manda ella. Y porque no puede decirse que la producción teatral le resultara demasiado estimulante.

Las ideas que contiene el oscuro montaje de Azorín son bastante mejores que la ejecución. Se antoja interesante la construcción de Scarpia como el ojo que todo lo ve. Y funciona muy bien el nexo narrativo que unifica los tres actos, pero el espacio escénico se resiente de una arquitectura fallida, especialmente el último acto, una mezcla de prisión siria y transbordador espacial cuya sordidez contraindica la emoción del desenlace.

placeholder El tenor alemán Jonas Kaufamann. (EFE)
El tenor alemán Jonas Kaufamann. (EFE)

Alcanzan dieciséis las funciones de Tosca que se han programado en el Teatro Real, la última de las cuales se representa este sábado. Han sido necesarios tres repartos. Y ha resultado particularmente emocionante escuchar a Carlos Álvarez en el papel de Scarpia, aunque el verdadero artífice de estos prodigios puccinanos se alojaba en el foso.

No cabe mejor garantía que la batuta de Nicola Luisotti. Refinado y contundente. Exquisito y feroz. Instintivo y lúcido. La trama sonora que recrea el maestro italiano convierte Tosca en un viaje iniciático. Cuestión de sensibilidad y de tensión dramática, pero también de escrúpulo cromático y de musicalidad. Y de teatralidad extrema. Tan extrema que cuando Luisotti dirige Tosca —parafraseando a Scarpia—, nos olvidamos de Dios.

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