Margaret MacMillan: "No somos mejores por no sufrir guerras, solo hemos tenido suerte"
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¿Cómo nos han marcado los conflictos?

Margaret MacMillan: "No somos mejores por no sufrir guerras, solo hemos tenido suerte"

La historiadora canadiense publica 'La guerra. Cómo nos han marcado los conflictos'

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Margaret Macmillan

Margaret MacMillan (Toronto, Canadá, 1943) es una gran historiadora que lleva décadas estudiando las guerras. Es autora de uno de los mejores libros sobre las causas de la Primera Guerra Mundial '1914. De la paz a la guerra', de un brillante estudio sobre las negociaciones que le pusieron fin 'París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo' y de 'Las personas de la historia', una serie de retratos de personajes históricos como Bismarck, Roosevelt, Hitler, Nixon y Thatcher y su estilo de liderazgo en tiempos de guerra y de paz.

Ahora la editorial Turner presenta 'La guerra. Cómo nos han marcado los conflictos', un ameno estudio sobre cómo la guerra ha afectado a todas las sociedades, las transformaciones que ha sufrido a lo largo de milenios y por qué, a pesar de su carácter devastador, ha atraído y entusiasmado a millones de personas, que han visto en ellas una fuente de emoción y heroísmo.

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'La guerra'. (Turner)

PREGUNTA. ¿Es la guerra una consecuencia directa de nuestros instintos violentos? ¿Hacemos la guerra porque estamos condenados a ser violentos?

RESPUESTA. No creo que estemos condenados a ser violentos. Creo que podemos tener impulsos violentos a causa de nuestra evolución, que como individuos tendemos a atacar cuando sentimos miedo. Pero no es eso lo que nos lleva a hacer la guerra. La guerra es algo muy distinto de los impulsos violentos repentinos. La guerra la planeamos, es muy consciente y muy premeditada, se hace en grupo, no es cosa de individuos. La guerra, a diferencia de la violencia ejercida por un individuo en un momento dado, es una actividad muy ordenada. Pero a pesar de la evolución, si miramos la naturaleza humana vemos muchas pruebas de altruismo, de cooperación. Tenemos que separar la biología de la manera en que hacemos la guerra.

P. ¿Dónde ponemos su origen, pues? ¿En la formación de los estados modernos tras la adopción de la agricultura como medio de vida, alrededor del año 10.000 antes de Cristo?

R. El problema es que cuanto más nos remontamos en el tiempo, más difícil es demostrar las cosas. Pero parece que nos ponemos a luchar cuando nos organizamos en grupos. Y que lo hacían incluso los nómadas, cazadores que siempre se estaban desplazando, fuera para quitarle a otros sus animales o para secuestrar a su gente. Lo que ocurre cuando aparece la agricultura es que las personas empiezan a tener más cosas que defender y les resulta más difícil salir huyendo. La agricultura permite una mayor organización del trabajo porque produce un excedente de comida y la formación de grupos de gente más grandes que se vuelven sedentarios y desarrollan el deseo de quitarles a los demás lo suyo. De modo que cuando aumenta la organización tenemos unidades políticas más grandes, menos movilidad y, me temo, más guerra.

Parece que nos ponemos a luchar cuando nos organizamos en grupos

P. Es curioso, porque al mismo tiempo que muchas veces pensamos que el Estado sirve para mantener la paz en las sociedades, usted cree que también es el origen de las guerras, al menos de las más organizadas.

R. Esa me parece una de las muchas ironías y paradojas de la guerra. Las unidades políticas más grandes logran imponer la paz en su interior, pero también disponen de más recursos, de una capacidad de movilización mayor. Con frecuencia, empiezan a desarrollar una clase social de guerreros especializados en la lucha y así pueden expandir su poder gracias a la guerra y, muchas veces, mantenerlo gracias a ella. El Imperio romano se construyó por medio de la guerra porque los romanos eran muy buenos luchando, y se mantuvo por medio de la guerra. Perduró también por otras razones, porque el Imperio Romano beneficiaba a mucha gente y proporcionaba gobiernos estables, pero en esa suma de cosas siempre estaba presente la amenaza de violencia.

P. Además, el Estado va adoptando las funciones necesarias para poder hacer la guerra. Es como si uno diera forma a la otra —el Estado a la guerra— y viceversa.

R. Es mutuo. Y es difícil saber qué sucede antes: si el Estado conforma la guerra o la guerra conforma al Estado. Porque un Estado que es bueno haciendo la guerra sobrevivirá y se expandirá. Pero hacer la guerra afecta a su naturaleza. En parte, el Estado moderno se desarrolló para obtener los medios necesarios para la guerra: ideó los impuestos, la burocracia, incluso cosas como el censo, porque tienes que contar cuánta gente puedes mandar a la guerra. Su desarrollo está muy vinculado a las necesidades de hacer la guerra. Cuando más fuerte se vuelve el Estado moderno, más capacitado está para controlar a la sociedad y extraer recursos, y mejor es haciendo la guerra.

Un Estado que es bueno haciendo la guerra sobrevivirá, pero hacer la guerra afecta a su naturaleza

P. Otra cosa que se realimenta de manera constante con la guerra es la tecnología. Su libro trata sobre la guerra, por supuesto, pero a veces uno pensaría que es también una historia de la tecnología.

R. Las tecnologías que la sociedad tiene a su disposición afectan a la manera en que se hace la guerra. Si solo tiene armas de piedra, hará la guerra de una forma determinada. Cuando las sociedades progresan y empiezan a contar con otras tecnologías utilizan el bronce, el hierro, fabrican acero, con el tiempo pólvora… Además, la guerra impulsa el desarrollo de determinadas tecnologías. En tiempos de paz es muy caro desplegar determinados sectores, como la energía nuclear, que probablemente no se habría desarrollado sin la Segunda Guerra Mundial y la necesidad de fabricar la bomba nuclear. O el motor de propulsión, que también se desarrolló entonces.

P. Advierte que los occidentales estamos un poco anestesiados porque no hemos conocido guerras importantes en nuestro territorio desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Somos más pacíficos? ¿O nos estamos confiando?

R. Me parece que lo segundo. En Occidente nos felicitamos por no sufrir guerras, y pensamos que es porque hacemos las cosas mejor o porque resolvemos nuestras disputas pacíficamente. Yo soy historiadora y busco paralelismos en el pasado, y antes de 1914 muchos europeos pensaban que nunca más iban a vivir una guerra, que eran algo que sucedía en otros lugares. Hay un pasaje magnífico en las memorias de Stefan Zweig donde dice que la generación de sus padres creía que pensar en la guerra era como pensar en cosas de brujas, algo muy improbable, inexistente en los países modernos. Sospecho que hoy en día sucede algo parecido. Pero no deberíamos cometer el error de pensar que no hacemos la guerra porque somos moralmente superiores o hacemos las cosas mejor. Hemos tenido suerte. Y es posible que aprendiéramos algo de las experiencias de la primera y la segunda guerra mundiales. Después de 1945, los europeos reconocieron que habían estado a punto de destruir su propia cultura, su civilización y sus estructuras políticas y sociales. Y se dijeron que no debían hacerse eso a sí mismos nunca más. Pero no siempre aprendemos las lecciones.

Después de 1945, los europeos reconocieron que habían estado a punto de destruir su propia cultura

P. Como usted cuenta, la guerra ha ido transformándose sin dejar nunca de ser ella misma. ¿Cree que el mundo digital propiciará nuevas formas de guerra?

R. Creo que ya lo estamos viendo. Estamos viendo la ciberguerra. No implica ataques directos, pero sí tiene el potencial de provocar muertes. Esas misteriosas explosiones en Irán que dejaron fuera de servicio instalaciones nucleares fueron un acto de ciberguerra llevada a cabo con virus. Fue una forma de impedir que Irán tuviera la capacidad de atacar a sus enemigos, como Israel, de donde se cree que podría proceder el virus. Rusia está poniendo a prueba los sistemas informáticos de occidente. Hay grupos semicriminales y semiprivados que sospecho que no existirían si los gobiernos no los toleraran porque están llevando a cabo guerras en la sombra. No sabemos todo lo que está pasando, pero creo que es significativo que el ejército estadounidense haya creado una unidad dedicada a la ciberguerra. Eso significa que la cosa va en serio.

P. ¿Ha descubierto por qué la guerra es tan excitante y produce, además de miedo, entusiasmo?

R. Creo que hay algunas explicaciones. Para empezar, siempre hay gente a la que le gusta el riesgo, a la que le entusiasma ponerse a prueba a sí misma. En Alemania, se estudió a padres y abuelos que en los primeros años del siglo XX contaban a sus descendientes que habían luchado por su país, mientras que sus hijos y nietos eran unos vagos, no sabían pelear. Y estos querían demostrar que sí sabían defender a su país y que sabían hacer la guerra. En las sociedades dominadas por hombres tal vez se sientan más esa clase de cosas, pero sospecho que las mujeres también pueden tener esa tentación de ponerse a prueba y demostrar su valor. He hablado con gente que ha librado guerras y que te cuenta que estas producen entusiasmo. Puedes estar aterrado, pero vives con una intensidad extrema. Algunas personas me decían que todo, incluso lo más pequeño, es terriblemente importante cuando estás luchando en una guerra, que hasta los colores son más brillantes; sabes que puedes morir en cualquier momento, de modo que sientes las cosas con más intensidad. Y creo que tenemos sensaciones muy complejas alrededor de la guerra, pero que genera entusiasmo y tanta atracción como repulsión.

He hablado con gente que ha librado guerras y que te cuenta que estas producen entusiasmo

P. ¿Cree que seremos capaces de evitar que la rivalidad entre Estados Unidos y China, esa especie de nueva guerra fría, desemboque en una nueva guerra global

R. Espero que sí. Pero cuando miras lo que aprendimos de la Guerra Fría, lo cierto es que estuvimos muy cerca de que se produjera una guerra real. No solo durante la crisis de los misiles de Cuba en 1963. En 1983 estuvimos a punto empezar una guerra por accidente [cuando la URSS creyó detectar el lanzamiento de misiles nucleares estadounidenses]. Eso es lo que me preocupa, porque no hemos hecho lo suficiente en materia de no proliferación nuclear. Es posible que haya otros países que dispongan de armas nucleares, como Irán, que está cerca. Me pregunto por Japón, que cada vez está más preocupado por el acoso de China a sus vecinos y podría desarrollar armas nucleares si las necesitara. No digo que lo haga, pero tiene el potencial. Me preocupan los accidentes. En 1966 en España, en Palomares, cayeron por accidente dos bombas nucleares. Quién sabe qué podría haber pasado con eso. Hay una historia de un oso saltándose la valla de una instalación nuclear en el Medio Oeste americano y un militar creyendo que son los rusos. Como historiadora tengo que ser consciente de que se producen errores, algunas cosas salen mal. Si el archiduque Francisco Fernando no hubiera sido asesinado en Sarajevo, quizá las cosas habrían acabado de otra manera. No quiero ser demasiado pesimista. Creo que fue Camus quien dijo: “Me niego a ceder al pesimismo”. No quiero vivir presa del pesimismo.

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