Entró en las UCI en los días más oscuros de la pandemia: "Vi caras de miedo como en Liberia"
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Entró en las UCI en los días más oscuros de la pandemia: "Vi caras de miedo como en Liberia"

El periodista Agus Morales se metió en hospitales y residencias de ancianos en los días más negros de 2020 y ahora lo cuenta en 'Cuando todo se derrumba' (Libros del KO)

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Médico desifectándose tras acabar el turno en Barcelona al principio de la pandemia. Foto: Anna Surinyach

Hay historias que, por su tamaño y magnitud, ponen a los periodistas en un brete, tanto técnico como ético. ¿Cómo acercar a las personas lo que está tan cerca que se les ha venido encima? ¿Cómo contar la historia de la pandemia? ¿Con qué herramientas narrativas, con qué rudimentos periodísticos? Y sobre todo, ¿con qué derecho? Son algunas de las preguntas que sobrevuelan en el extraordinario trabajo de Agus Morales convertido en libro, 'Cuando todo se derrumba' (Libros del KO, con fotos de Anna Surinyach).

Es una narración -o intento de narración- de lo que nos ha pasado, escrito por uno de los periodistas más singulares de nuestro país, director de la revista 5w, y uno de los pocos profesionales que se metió en las UCI y las residencias de ancianos en los días más negros de 2020. Conversamos con Morales sobre la pandemia, ese tema manido del que todos creemos saberlo todo, que ya nos aburre y nos abruma, para descubrir que no lo sabíamos todo, ni de lejos.

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'Cuando todo se derrumba' (Libros del KO)

PREGUNTA: Suele decirse que una gran catástrofe sólo puede contarse con distancia, pero en tu caso esta distancia no ha sido el tiempo, sino el viaje, la geografía. ¿Qué has aprendido tomando esa distancia?

RESPUESTA: Más que aprender, quizá he desaprendido exotismo, que es un vicio común entre corresponsales, enviados especiales o periodistas freelance en el extranjero. El punto de partida del libro era contar la pandemia desde mi casa, desde Barcelona, como he contado otro tipo de emergencias en Pakistán, Sudán del Sur, el Mediterráneo, África Occidental… Durante mucho tiempo escribí de lo que está lejos, a menudo desde la diferencia. Ahora he intentado la operación inversa: demoler algunas de las ilusiones que nos separan, como por ejemplo el prejuicio de que la muerte y el dolor son muy diferentes en uno u otro lugar del planeta. Cuando describo la primera UCI con pacientes de covid-19 que vi en Badalona, al principio del libro, recuerdo un hospital que vi en Siria, pero no lo hago para subrayar la desigualdad (un tema que siempre me ha importado y que me seguirá importando), sino para buscar un sustrato común. Me he preguntado si hay una reacción antropológica similar cuando todo se derrumba. Y, en líneas generales, creo que sí la hay.

Existe el prejuicio de que la muerte y el dolor son muy diferentes en uno u otro lugar del planeta

P. Desde el punto de quien ha estado metido en la epidemia de ébola de África, el sentido común nos animaría a preguntarte si lo que hemos pasado aquí es una filfa. Pero, como dices, tu libro parece decirnos exactamente de lo contrario. ¿Es el sentido común uno de los enemigos del buen observador?

R. Una de las peores cosas que puede hacer un periodista es ir a una cobertura con la historia ya hecha. Con el titular decidido de antemano. ¿Entonces para qué vas? ¿Por qué te dedicas a esto? Tienes que sorprenderte, dejar que la realidad te hable, por mucho que a veces vaya contra tus ideas o prejuicios. El sentido común es útil si es flexible, pero también puede ser un enemigo para el observador si se convierte en cerrazón, si es un freno para que profundices, si te impide revisar tus ideas. A mí me pasó eso precisamente con la epidemia de ébola en África Occidental. Lo que vi sobre todo en Liberia me dejó impactado durante mucho tiempo, pensé que algo más terrible podría pasar, pero me resultaba difícil comunicarlo, porque el ébola, que es mucho más letal que el coronavirus pero menos transmisible, era algo lejano e inimaginable para las personas con las que hablaba.

Cuando empezaron a aumentar los casos de covid-19 en España, antes de la declaración del estado de alarma, dudé sobre si debía comparar lo que viví en Liberia, Sierra Leona o Uganda con lo que ya se estaba viviendo aquí. Pensaba que no, que sería indecente comparar ese sufrimiento. Luego me di cuenta de que sí tenía sentido. Porque son realidades socioeconómicas diferentes, sí, con consecuencias humanitarias diferentes, sí, pero había cosas en común. La cara de miedo del personal sanitario en Monrovia y en Barcelona era la misma. Las desigualdades globales deben contarse, yo he dedicado buena parte de mi trabajo a eso, pero los efectos de la pandemia en Occidente no deben relativizarse.

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Agus Morales

P. Te metiste en la UCI en la primera ola. Pocos periodistas lo pueden decir. Yo he pensado mucho en aquel tabú que impedía mostrar lo que ocurría ahí dentro con imágenes, y a toro pasado creo que fue un grave error. ¿Cómo lo ves tú?

R. Sí que fue un error, porque no nos permitió entender lo que pasó ni procesarlo emocionalmente. En la epidemia de ébola en África Occidental de la que hablábamos, se hicieron fotografías durísimas, algunas de ellas demasiado crudas, en mi opinión. Cualquiera que consulte noticias de aquel momento lo verá. Aquí se dio la increíble situación de que mientras la gente se amontonaba en los pasillos de urgencias y moría en los hospitales, en las redes sociales veíamos fotografías de aplausos. Fue una desconexión delirante. Afortunadamente no soy fotógrafo, no sé cómo habría hecho para contar en imágenes la pandemia, pero como cronista intenté hacer lo de siempre, lo que hice en tantos otros lugares: escribir desde el respeto a la realidad y a las personas. Por ejemplo, explico que el doctor Esteban González Albiol estuvo a punto de morir, que cuando ingresó en la UCI con covid-19 tenía visiones de la muerte porque había visto 'Ghost', y también su alivio y sus bromas cuando se recuperó. En general, creo que a la prensa le vino grande la pandemia, sobre todo las primeras semanas. Nos vimos superados por la situación, como le pasó a tantos otros sectores. Hay periodistas que hicieron un trabajo extraordinario, pero no sé si cumplimos con lo que teníamos que hacer, que en el fondo es simple: contar lo que pasó.

Fue un error no mostrar lo que ocurría porque no nos permitió entenderlo ni procesarlo

P. Hablando de lo que pasa, al final lo que pasa es lo que se cuenta, y la muerte, la enfermedad y la vejez "no pasan", porque están fuera de la sociedad de consumo. La muerte se encierra en tanatorios que parecen aeropuertos, la enfermedad se oculta en la intimidad de los hospitales, la vejez en las residencias. Hemos creado sitios prohubidos y luego nos echamos las manos a la cabeza cuando nos dicen que ahí están pasando cosas horrendas. ¿Crees que hemos aprendido algo o seguiremos escondiendo estas cosas debajo de las alfombras?

R. No me parece que nuestra relación con la muerte haya cambiado después de esto, así que supongo que la cosa seguirá igual. Cuando estuve en el tanatorio de Badalona, me dijeron que la sala donde trabajaban los tanatopractores pareció en los peores momentos un Tetris, porque estaba llena de ataúdes y casi no se podía caminar por allí. Me daba reparo escuchar y escribir cosas como esta, porque la muerte es un tabú, porque aquel era un lugar tabú. Y es llamativo que esos tabúes existan sobre todo en la representación de las sociedades occidentales, pero no cuando hablamos de África o Asia. Eso es lo que intento girar en el libro: entro en hospitales y tanatorios que están al lado de mi casa y lo intento contar sin exceso dramático, con la misma crudeza y con la misma humanidad que usé cuando estaba en la India o Pakistán de corresponsal.

P. También comparas las residencias con el mar: dos antesalas de la tumba a las que preferimos no mirar. ¿Qué puedes decirme de esta comparación?

R. Uno de los capítulos es sobre un rescate en alta mar, sí. Quería relacionar ambas cosas. Miles de personas mueren cada año en el Mediterráneo intentando llegar a Europa en barcazas. Cada vez importa menos que haya un naufragio, porque se han normalizado. Son los muertos de cada día. Con la pandemia, pasados los meses, llegó a pasar lo mismo. Este es el número de personas que han muerto hoy. Y seguimos. En general, no creo demasiado en el poder de las crisis para purgar nuestros pecados. No creo que los terremotos o las guerras o las pandemias nos hagan más solidarios.

Dicho lo cual, quizá de la pandemia puedan nacer cosas interesantes, y no tanto a partir de debates éticos que a veces son grandilocuentes, sino de circunstancias prácticas que invitan a que las cosas cambien. Por ejemplo, hay miles de sanitarios en España (y en buena parte del mundo) que se han enfrentado a una emergencia de primera magnitud como ha sido la pandemia. Cari, Belen, Gerard, Noemí o Guillem, sanitarios que aparecen en el libro, ya tienen la formación para ir mañana a un tifón en Filipinas, a un terremoto en Centroamérica o a una crisis nutricional en Etiopía. Para ir a cualquier tipo de emergencia. No somos más solidarios ahora, pero sí tenemos más capacidad para ayudar. Y ha pasado en muchos países, así que hay un efecto multiplicador. Eso puede ser útil en el futuro.

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Agus Morales

P. Hablas de una censura de tipo casi bélico en torno a las residencias. ¿Podrías comentar esto?

R. Cuando todo se derrumba, cuando todo se va al garete, lo primero que se alza es la censura. El Estado se tapa las vergüenzas. No hace falta que sea en guerras, también sucede, por ejemplo, en catástrofes naturales. Durante la pandemia, uno de los casos más extremos de censura fue el de las residencias. Yo fui a algunas residencias literalmente empotrado con una oenegé que siempre quiere que se sepan las cosas, Proactiva Open Arms. Solo ese detalle ya te hace pensar que estás en una guerra, ¿no? Empotrado. Prácticamente era la única manera. No me gustó que se empleara la retórica bélica para hablar del virus, pero la censura que se aplicó va en consonancia con ello. Decir que el coronavirus es una guerra, como lo hizo Sánchez y como hicieron otros líderes políticos, es la antesala de la censura. Porque es un momento en que el poder pide que todo el mundo se alinee con él, de forma incondicional, y si el mensaje surte efecto, el Estado puede eludir todo tipo de responsabilidades en una situación en la cual tiene mucha responsabilidad.

Cuando todo se derrumba, cuando todo se va al garete, lo primero que se alza es la censura. El Estado se tapa las vergüenzas

P. Toda la enfermedad del covid, si lo pensamos un poco, ha sido contagiada por el tabú: la gente asintomática no ha vivido la realidad, ha vivido de alguna forma fuera de la realidad. Esto provocaba grandes disonancias cognitivas, grandes choques. ¿Tienes la impresión de que nuestra sociedad está partida, en realidad, en muchas que no se tocan casi nunca?

R. Tuve esa sensación en la epidemia de ébola en Liberia y Sierra Leona. A un lado el mundo de los sanos, al otro el mundo de los enfermos. Pensaba que iba a pasar lo mismo con el coronavirus. Pero creo que esa división absoluta no se ha dado. Todos, en buena parte del mundo, hemos pensado en lo mismo a la vez. Hay gente que ha estado a punto de morir, o que ha perdido a familiares, a amigos, y hay gente que desde ese punto de vista puede haber salido más o menos indemne. Pero yo creo que nadie sale indemne, esto nos deja heridas a todos. Ha sido un problema compartido, es un problema compartido, aunque haya afectado más a unas personas que otras, a unas regiones que a otras. Esto nos interpela a todos. Dicho esto, es cierto que hay disonancias que nacen de la experiencia que hemos tenido de la pandemia. El mundo está distorsionado: se divide entre covid y no covid. Está todo lo relacionado con la pandemia, y luego todo lo demás. ¿Qué pasa ahora, por ejemplo, con la inversión para luchar contra enfermedades como la malaria? Está en pausa.

Muchos de los sanitarios con los que hablé me llamaban la atención sobre eso. ¿Qué pasa con el cáncer, con las enfermedades crónicas? Una de las enfermeras que seguí durante el estado de alarma, Cari Fernández, atendía a pacientes neurológicos o con discapacidades y cuando llegó la pandemia tuvo que volcar su atención a los pacientes con covid-19, pero ella lo que quería era volver a sus pacientes, que no habían desaparecido, claro. Seguían allí. Ahora que hablamos más sobre la salud, se da la paradoja de que más ámbitos de ella quedan desatendidas. En todo caso, creo que la disonancia más exagerada está por llegar: se dará cuando la mayoría de la población esté vacunada en los países occidentales y no lo esté en el resto del mundo, sobre todo en África y partes de Asia. Tendremos la percepción de que la pandemia, esa que afecta a todo el mundo, habrá acabado, pero la epidemia seguirá en países como la India o Brasil.

La disonancia más exagerada se dará cuando la mayoría de la población esté vacunada en Occidente y no en el resto del mundo

P. Siguiendo en esta línea, los médicos y enfermeros han vivido una vida de la que el resto de la sociedad ha tenido poca noticia. Y no será porque no se los ha paseado por los medios, ¿no? ¿A qué se debe la incomunicación, según tú?

R. La sociedad ha tenido demasiada noticia de la crisis. Quizá ese sea el problema. Hemos tenido un exceso de datos y opinión durante la pandemia que ha saturado a todo el mundo, pero no hubo, por ejemplo, tantas crónicas. Costó hacer una interpretación de lo que estaba pasando. Para saber lo que pasó en las ucis hay que verlo o que te lo cuenten desde dentro. El testimonio del personal sanitario viene de dentro, pero no es suficiente para hacernos entender lo que pasa si no nos llega en el contexto adecuado, si no podemos relacionar sus palabras con lo que sabemos. Es un testimonio, además, necesariamente parcial. La enfermera Cari Fernández, de la que hablaba antes, me hacía muchas preguntas cuando iba a seguirla al hospital. Qué has visto en los tanatorios, en otros hospitales, en la calle. Entonces me di cuenta. Ella llevaba un ritmo infernal de trabajo en el hospital. Trabajaba, comía y dormía. No tenía tiempo para nada más. De alguna forma, estaba aislada, y contar la realidad que ves en esa situación no es siempre fácil. En cambio, como periodista yo pude tener una visión mucho más general de la emergencia, y por lo tanto podía interpretar lo que ella me contaba, ponerlo en su contexto y explicarlo. Si no hemos entendido el dolor del personal sanitario en parte es por culpa de la prensa, pese a que, como dices, se da la paradoja de que muchos fueron entrevistados.

P. Hagamos un salto en paralelo ahora. La guerra de Yugoslavia fue importante para mí, siendo crío, porque por primera vez veía a gente como yo, con mi aspecto, con los mismos chándal, envuelta en una guerra, que hasta ese momento me parecía una cosa "de negros". ¿El derrumbamiento nos hermana con los diferentes?

R. No sé, no lo tengo claro. Al principio de la pandemia intuía que sí, ahora creo que no. En la línea de lo que comentas sobre la guerra de los Balcanes, en 2015, cuando un millón de personas llegó a Europa a través del mar, vimos una ola de solidaridad (que quizá no era tal, porque se desvaneció en seguida) bajo el lema Welcome Refugees. Creo que hubo un factor determinante en ello: el reconocimiento. Las imágenes de sirios o afganos caminando con zapatillas Nike y móvil en mano. Anda, pero si es como yo. Ese “como yo” no tiene tanto que ver con coordenadas culturales o con un derrumbamiento, sino con ver a la otra persona en el mismo universo simbólico, que en este caso es el del consumo. Entonces puedes quererla u odiarla, maldecirla o querer ayudarla, pero ya consideras que está en tu mundo.

¿Cómo no voy a contar lo que está pasando al lado de mi casa a causa de la pandemia de coronavirus?

P. Renuncias activamente en este libro a un tono periodístico. Parece que la realidad exigía algo más, literatura, hablar con honestidad desde el yo, desde sus limitaciones.

R. Si conté lo que pasaba cuando mataron a Bin Laden en Pakistán, si conté lo que pasaba cuando la guerra arrasaba Sudán del Sur, si conté lo que pasaba cuando iba en un barco de rescate y veía pateras naufragar en el mar Mediterráneo, si incluso conté lo que pasaba en una epidemia de ébola en África Occidental, ¿cómo no voy a contar lo que está pasando al lado de mi casa a causa de la pandemia de coronavirus? Así fue como me sentí al principio del estado de alarma, e intenté hacer un ejercicio de honestidad, como dices, y no impostar una tercera persona neutra al abordar el libro, sino contarlo en primera persona, porque yo era una parte (no importante, pero una parte) de la historia. Una primera persona que duda, que hace autocrítica, que se deja llevar. No sé si es paradójico, pero eso me pareció más periodístico que limitarse a contar las historias de los sanitarios. Tenía más verdad.

P. Hay otra reflexión importante para los periodistas, la de la lealtad hacia el entrevistado, que siempre se rompe en los reportajes. Ellos hablan, pero tú no metes lo que dicen porque no cabe, porque no sirve, porque sale de la línea. He querido ver en tu libro, en parte, una reivindicación de otro tipo de periodismo, otra relación entre el periodista y las personas que utiliza para construir historias.

R. Los periodistas editamos la realidad, seleccionamos una parte. No puede ser de otra manera. Pero me siento mal cuando hablo con personas rescatadas en un barco en el Mediterráneo o con pacientes hospitalizados por covid-19 en Barcelona y luego no publico lo que me cuentan. Por falta de espacio, por exigencias del momento, porque "no cabe", como dices tú... En buena parte, eso viene determinado por la industria mediática y nuestras rutinas de producción, que a menudo merecen ese horrible nombre. Me siento mal porque de alguna manera rompo el pacto original: la persona me da su tiempo en un momento difícil de su vida, y yo publicaré lo que me cuenta. Me duele romper eso incluso cuando hablo con un cabrón, porque él se merece más que nadie que eso sea publicado.

Sé que no es racional, tampoco para el lector, publicarlo todo. Pero no puedo evitar esos remordimientos. Estos días, por ejemplo, ando obsesionado con una historia que reporteé en 2018 en Túnez con el compañero Edu Ponces, del colectivo Ruido Photo, y que no logramos colocar. Es sobre un grupo de 30-40 refugiados que lleva ya casi diez años colgado en un albergue cerca de la capital, tras haber huido de la guerra libia. Tengo apuntadas sus palabras en la libreta, pero aún no han sido publicadas. Por distintos motivos voy tarde, muy tarde, pero estoy retomando contacto con ellos y espero en algún momento llegar.

En medio de una pandemia, en una guerra o en una catástrofe natural se anulan el pasado y el futuro

P. Otra frase que me ha dejado pensando: "el presente es una dictadura". ¿En qué sentido y cómo derrocarla?

R. Siempre lo es, pero más aún en medio de una pandemia, en una guerra o en una catástrofe natural, porque se anulan el pasado y el futuro. Desaparece el horizonte. Lo más doloroso para mucha gente en un campo de refugiados no es la escasez de agua y alimentos, sino carecer de un horizonte. Se pasan a veces años esperando, a que se resuelva una guerra, una solicitud de asilo o un traslado a otro sitio, pero no saben qué pasará. No pueden planificar. Eso te deshumaniza, porque lo que nos hace humanos es precisamente tener proyectos. José Antonio Marina lo cuenta muy bien en el libro Teoría de la inteligencia creadora. Ahora que durante un tiempo no hemos podido hacer muchos planes, esta idea se entiende mejor. Cuando no hay proyección hacia delante (y hacia atrás), el presente impone su dictadura, y la única forma de derrocarla, parafraseando a Marina, sería crear las condiciones para que podamos usar la imaginación y la libertad.

P. Esta crisis ha puesto al descubierto las fragilidades de nuestra sanidad pública, esa que presume de ser la mejor del mundo. ¿Qué otras ideas preconcebidas deberían morir con la covid?

R. La crisis ha puesto al descubierto las fragilidades del sistema sanitario, sí, pero la gente dentro del sistema ha demostrado no ya valentía, coraje o alguna de esas palabras de las que tanto abusamos, sino que son unos verdaderos currantes. Afortunadamente para todos los demás. No puedo hacer otra cosa que admirar el derroche de trabajo, por ejemplo, de la doctora Belen Garcés, con la que pasé muchas horas, y vale la pena escuchar sus críticas a cómo funciona el sistema sanitario y su reivindicación de la sanidad pública. Millones de muertos después, me sorprende que no se haya implantado la idea de que la salud debe ser universal, sobre todo en un momento de emergencia.

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