Muerte de un poeta en un país en llamas: lord Byron en la guerra de independencia griega
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Muerte de un poeta en un país en llamas: lord Byron en la guerra de independencia griega

En 1824, el poeta británico llegó a Grecia y se esmeró, por su cuenta y riesgo, en el reclutamiento de mercenarios para luchar contra el Imperio otomano

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'La muerte de Lord Byron' (1826)

Lo más importante es cómo se cuenta la Historia. La de la independencia griega se ve pervertida por un repertorio idílico, enhebrado por los hombres de cultura durante los años veinte del siglo XIX. En el recuerdo visual, justo previo a la lenta irrupción de la fotografía, los lienzos de Eugène Delacroix, de su 'Matanza de Quíos' hasta la encarnación femenina de la Hélade conmovida en las ruinas de Missolonghi, quedan como emblemas pictóricos de un momento con un proceso político bastante opuesto al configurado por el mito romántico si bien, como menciona Eric J. Hobsbwam en 'La era de la revolución' (Crítica), tampoco podemos obviar el surgimiento de un selecto movimiento transnacional, sólo comparable al emprendido a favor de España tras el golpe de Estado del general Franco contra la Segunda República.

Entre estos elementos el gran símbolo es Lord Byron, adalid de la izquierda del Viejo Mundo, tanto por su popularidad como por el brío de sus acciones. En 1824 el poeta británico llegó a un país en llamas y se esmeró, por su cuenta y riesgo, en el reclutamiento de mercenarios para luchar contra el Imperio Otomano, dominador del territorio desde hacía casi quinientos años.

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Delacroix - 'La matanza de Quíos'

El bardo falleció de modo poco heroico durante esa primavera, víctima de las infinitas sangrías perpetradas por sus galenos. En su 'Don Juan' había deseado el retorno de la libertad para Grecia, basándose su ensueño en un mundo perdido hacía más de dos milenios, configurador de Occidente desde la Democracia ateniense y una cultura cívica sin la que no hubieran podido brotar tantos dones artístico-filosóficos, de Policleto a Sócrates, de Fidias a Platón.

La realidad de 1821 era otra bien distinta. Europa intentaba despertar de la resaca de las guerras napoleónicas. El orden nacido en Viena intentaba mantenerse con mano dura a través de puestas en común de las cinco grandes potencias. Rusia, Prusia, Austria, El Reino Unido y Francia, admitida de nuevo en ese club selecto sólo en 1818, celebraban congresos puntuales cuando algún punto del mapa trastocaba sus planes de Restauración y retorno al Absolutismo.

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Delacroix - 'Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi' (1826)

Las revueltas de 1820, mal llamadas revoluciones porque no triunfaron, en Italia y España fueron sofocadas mediante intervenciones militares contra los ideales liberales de los insurgentes, encabezados por militares en nuestro país, mientras en el transalpino las heterogéneas sociedades secretas de carbonarios, simplificarlos como masones es un insulto a la inteligencia, llevaban la voz cantante.

El recurso a las injerencias policiales de esa especie de Consejo de Seguridad tuvo un ámbito muy específico y era más bien complicado mantenerlo con el transcurrir de la centuria. Los Cien Mil Hijos de San Luis para apagar el eco de Cádiz y la presencia austríaca en el norte de la Bota no servían, a priori, en Grecia, encrucijada con demasiados intereses, condicionados por el dominio secular del Imperio Otomano. La expresión 'El enfermo de Europa' aún no se había acuñado, pero todos los implicados en ese tablero de Risk de carne y hueso eran muy conscientes de su fragilidad. Ello no significaba masacrarlo, pues existían otros métodos para sorber su energía y canalizarla sin derramar sangre ni deponer sultanes.

La fragua de una revolución

Desde finales del siglo XVII, los historiadores suelen fijar el cambio con la paz de Karlovitz en 1699 entre la Liga Santa y la Sublime Puerta, los griegos tuvieron un papel relevante en el comercio centroeuropeo, ampliado más tarde hacia el Mar Negro, donde floreció el ramo cerealístico, conectado con centros mercantiles italianos, franceses e ingleses, no sin reforzar lazos con Rusia.

Esta emigración pudo asimilar las ideas de las Luces, y así fue como poco a poco estas comunidades del exilio se dotaron de una serie de rudimentos de cariz liberal, mezcladas desde una órbita nacionalista con el ascendiente de los fanariotas en el Imperio Otomano, donde constituyeron una acaudalada clase en colaboración con las autoridades turcas, tanto como para ostentar los gobiernos de los principados danubianos, Valaquia y Moldavia, además de copar la administración del Patriarcado Ortodoxo de Constantinopla.

Aquella combinación se develaría decisiva para encender la chispa de la independencia

Esta combinación se develaría decisiva a la hora de encender la chispa hacia la independencia. Su primer peldaño nació en Odessa, ciudad bandera en la industria del cereal. En 1814 sus muros asistieron a la fundación de la Filikí Etería, literalmente sociedad amistosa, desde el impulso de tres comerciantes convencidos de la posibilidad de ir más allá de las habituales bravuconadas verbales. Su estrategia se centró, una vez extendieron sus redes y reclutaron a más adeptos para la causa, en promover una insurrección desde los principados danubianos para, a posteriori, penetrar en las montañas de Morea, el actual Peloponeso, donde recibirían el respaldo de los Klefte, bandidos locales estructurados en unidades de cincuenta hombres para triunfar en sus asaltos.

Como bien es sabido una cosa es lo establecido en la imaginación y otra bien distinta la concreción en la superficie. En 1820 Alí Pachá, gobernador de Rumelia, la península Balcánica, se enfrentó al sultán Mahmut II. Alí, juzgado por Byron como un tirano sin ningún tipo de escrúpulos, se había comportado durante su gestión como un líder casi independiente de los designios de la Sublime Puerta. Su lucha contra sus propios mandamases, previo pago de un sicario para asesinar a un rival, generó la oportunidad buscada al desguarnecer el flanco ansiado para arrancar las hostilidades.

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Mahmut II

El 22 de febrero de 1821 Dimitrios Ipsilantis accedió desde Rusia, acompañado de un ínfimo contingente militar, a los principados danubianos. Su ardid, estéril en el campo de armas, sirvió como maniobra de distracción según la versión oficial de esta guerra de independencia, iniciada de manera simbólica el 25 de marzo de ese mismo año, cuando Germanos, arzobispo de Patras, escapó de las garras de sesenta caballeros otomanos gracias a la protección de mil quinientos paisanos. Tras este milagro celebró un 'Te Deum' y conminó a sus compatriotas al reto de batirse solos, sin el auxilio de los miembros del Concierto Europeo.

Esta narración tiene visos legendarios y un valor pedagógico para explicar la génesis de la liberación como un asunto donde humildes, burgueses y religiosos caminaron unidos desde una idea nacional. Desde luego hablar de nacionalismo en un sentido moderno sería un absurdo, a lo sumo podemos especular sobre cómo durante ese decenio fue configurándose, pero en marzo de 1821 el concepto estaba en pañales al depender del estricto presente. Al fin y al cabo, las esferas nacionalistas siempre se han destacado por reescribir la Historia para engendrar relatos míticos, y este, esencial para el futuro desarrollo del Ochocientos europeo, no podía ser una excepción.

Durante los primeros meses la guerra sonrió a los helenos, hasta proclamar la tan ansiada independencia en el teatro de Epidauro en enero de 1822, preludio de un brusco viraje entre la reacción otomana y las disensiones intestinas de los hasta ese instante victoriosos hijos de la Hélade, enfrascados en un conflicto dentro del conflicto por las ansías de políticos y militares por colgarse la medalla del éxito.

Del filohelenismo a la intervención internacional

La opinión pública europea, algo existente con ciertos mimbres desde el último tercio del siglo XVIII, se manifestó a favor de una intervención para rescatar a los rebeldes. La ópera, las letras o los pinceles derramaron su talento para alterar el horizonte de los eventos, hostil para los griegos entre 1823 y 1826, cuando su anhelo pareció truncarse. Mehmet Alí, virrey de Egipto, y su hijo Ibrahim reprimieron la revolución, destacándose en crueldad durante el asedio de Missolonghi, culminado con la voladura de los resistentes con sus reservas de pólvora para evitar rendirse. Los supervivientes fueron vendidos como esclavos; durante semanas tres mil cabezas griegas colgaron de las murallas de la urbe vencida.

El impacto de estos sucesos movilizó a sectores cultivados de las principales capitales europeas. En París muchos estudiantes se manifestaron en las Tullerías, hasta sonsacar a Carlos X la promesa de no cerrar más los ojos ante la carnicería. La intelectualidad francesa fue una de las más lúcidas al valorar el contexto, aunque muchos de sus componentes aún nadaban en el mar de la Grecia clásica.

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Retrato de lord Byron en la Guerra de Independencia griega

El más atinado quizá fue el escritor y diplomático François-René de Chateaubriand, quien en la actualización de su 'Itinerario de Paris a Jerusalén' no se amilanó al ponderar el factor del cristianismo heleno como un argumento para acudir a su socorro, con el peligro de interpretar este recurso desde el recuerdo a las viejas cruzadas medievales. Este antiguo ministro de Asuntos Exteriores no fantaseaba con túnicas y ágoras de debate. Los griegos eran toscos, vulgares, analfabetos y uno de los pueblos más maltratados del Orbe; aun así, tenían el incontestable derecho de elegir la forma de su existencia política.

Esta última frase abría una senda para todo un siglo. La diplomacia sólo se agitó cuando el nuevo zar Nicolás I firmó con la Sublime Puerta la convención de Akkerman, mediante la cual Rusia conseguía el derecho a proteger Moldavia, Valaquia y Serbia. Acto seguido, los británicos solicitaron una mediación para zanjar la pesadilla. El 6 de julio de 1827 el Tratado de Londres proponía un armisticio ideado para seducir a los dos bandos. Grecia dependería del Estado Otomano, pero podría escoger su gobierno, pendiente de la aprobación del Sultán. Habría intercambio de poblaciones entre los oponentes y Rusia, Francia e Inglaterra no aprovecharían el caos para adueñarse de territorios ajenos a sus posesiones. La exclusión de Prusia y Austria, reacias a lo pactado, determinó el fin de la armonía posnapoleónica, clausurándose la Santa Alianza.

Los firmantes mandaron fuerzas navales al Peloponeso, hasta aniquilar casi por completo la flota turca en la batalla de Navarino

Como Constantinopla guardó silencio se aplicaron las clausulas secretas del acuerdo y los firmantes mandaron fuerzas navales al Peloponeso, hasta aniquilar casi por completo la flota turca en la batalla de Navarino, dilucidada el 20 de octubre de 1827

Quedaban algunos flecos para resolver en esta historia endemoniada. En 1828 el cierre de los Dardanelos lanzó a Rusia en solitario contra su antípoda. La inferioridad marcial del Imperio Otomano reportó a San Petersburgo el control de Moldavia y Valaquia, la autonomía de Serbia y el pago de una cuantiosa indemnización, como se estipuló en el Tratado de Adrianópolis, cuyo undécimo artículo obligaba a los turcos a transigir con lo acordado en la capital británica. Todo este proceso sembró la simiente para las venideras crisis balcánicas.

Coda catastrófica, independencia impuesta

Este texto no puede colmar todos los detalles de un enredo tan intrincado. Los franceses desembarcaron en 1828 con una expedición a la napoleónica en Egipto al desplegar su arsenal de estudio científico y arqueológico. Su toma de Missolonghi simbolizó el fin de las hostilidades, sólo finiquitadas con una doble apuesta diplomática en Londres. El 3 de febrero de 1830 el triunvirato internacional impuso a Grecia unas fronteras limitadas al Peloponeso, la región de Atenas y las islas Cícladas. La ambición de 1814 era recuperar el Imperio Bizantino, y esa esperanza anidaría en el espíritu nacional hasta el postrer encontronazo con Turquía, cuando tras la Primera Guerra Mundial Kemal Ataturk dispuso la liquidación de centenas de miles helenos asentados en Asia desde tiempos inmemoriales.

Estas fronteras, modificadas con el paso de los decenios, querían manejar un cuerpo y redundaron en un embrión nacionalista, moldeado por obra y gracia de Lord Palmerston en régimen monárquico, sana forma de contentar a Metternich y a las testas coronadas, tras el asesinato en octubre de 1831 del gobernador de Grecia, Ioannis Kapodistrias. Otón de Baviera devino monarca de ese pueblo humillado incluso en el triunfo, como si la espiral de su destino fuera la de jamás poder soltar las cadenas, impuestas allende sus confines.

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